Enterraron a Diego un jueves por la tarde, en un rincente discreto del cementerio de La Almudena. Digo “enterraron” por costumbre, pero en realidad sólo estábamos el enterrador, el cura y yo. Ni una corona de mis padres, ni un mensaje de mi hermana. El cielo de Madrid estaba limpio, insultantemente azul, como si nada hubiera pasado.
El cura pronunció su homilía mecánica, repitiendo mi apellido como si le costara recordarlo. Yo apenas escuchaba; sólo veía el ataúd pequeño deslizándose hacia la tierra. Nueve años de vida resumidos en una caja clara y un puñado de flores marchitas del tanatorio. Cuando el enterrador me preguntó si quería quedarme hasta el final, asentí. No tenía a nadie a quien seguir de vuelta.
Mis padres, Rosa y Manuel, estaban al otro lado de la ciudad, en un salón de eventos en Pozuelo, probando el menú de la boda de mi hermana Marta. Lo sabía porque, mientras esperábamos el coche fúnebre, me llegó una foto al grupo familiar: Marta con un vestido blanco corto, copa de cava en la mano, encabezado con un “¡Ya casi es el gran día!”. Nadie preguntó cómo estaba Diego. Nadie preguntó dónde estábamos.
Volví al piso esa noche con la sensación de haber dejado una parte de mi cuerpo bajo la tierra. El silencio me golpeó en la cara: sus juguetes en el salón, el pijama doblado sobre la cama, el dibujo que había hecho del hospital pegado a la nevera. Dormí en el sofá, con la ropa del cementerio aún puesta.
A la mañana siguiente, el móvil empezó a vibrar a las nueve en punto. “Mamá” en la pantalla. Tragué saliva y contesté.
—¿Sí?
—Lucía, por fin. —Su voz sonaba irritada, no triste—. De verdad, hija, lo de ayer… podías haber avisado mejor. Marta se quedó hecha polvo cuando no apareciste en la cena de preboda.
Cerré los ojos. La “cena de preboda” había sido el mismo día del entierro de mi hijo.
—No tenía la cabeza… —murmuré.
—Da igual, ya pasó. —Hizo una pausa breve—. Mira, te llamo por el tema del dinero del fideicomiso que te dejó el abuelo. Hemos estado haciendo cuentas. Para la finca, el fotógrafo, el viaje… Lo ideal es que uses eso. Es de la familia. No puedes ser tan egoísta.
Miré el sobre marrón sobre la mesa de la cocina. Dentro estaban las copias de la escritura que había firmado el día anterior, antes de ir al cementerio. “Fundación Diego Campos Ruiz”, ponía en letras azules.
—¿Me oyes, Lucía? —insistió mi madre—. Marta no tiene por qué empezar su matrimonio con deudas porque tú estés… en plan drama eterno.
Sentí algo romperse por dentro, pero mi voz salió suave, casi plana:
—Lo entiendo.
Al otro lado, mi madre suspiró, aliviada.
—Bien. Esta tarde vamos tu padre y yo a tu piso. Llevamos los papeles del banco, firmas y ya está.
Colgó sin despedirse. Me quedé mirando el sobre, el nombre de mi hijo en la portada.
Ellos pensaban que venían a por mi dinero. Lo que no sabían era que, cuando cruzaran mi puerta, ese dinero ya estaría enterrado con Diego para siempre.
Llegaron puntuales, como si fueran a una cita con el catering. A las cinco en punto, el timbre sonó con insistencia. Abrí y me encontré a mi madre con un vestido entallado color crema y tacones, maquillada como para una comunión, y a mi padre con camisa planchada y chaqueta. Traían prisa, no luto.
—Madre mía, qué cara tienes —soltó mi madre en cuanto me vio—. No puedes seguir así para siempre, Lucía. Tienes que arreglarte un poco.
Me hice a un lado para dejarles pasar. El pasillo olía a flores marchitas del día del tanatorio. En el salón, el coche de juguete favorito de Diego seguía aparcado junto a la mesa.
Mi padre se sentó sin pedir permiso y sacó una carpeta azul.
—Vamos a hacerlo rápido —dijo—. He hablado con el banco. Tú firmas aquí y aquí, y transferimos el dinero del fideicomiso a una cuenta que gestionaremos tu madre y yo. Es más sencillo; tú ahora no estás en condiciones de llevar números.
Me senté frente a ellos, apoyando las manos en la mesa. El sobre marrón seguía allí, a medio centímetro de mis dedos.
—¿Sabéis dónde estuve ayer por la mañana? —pregunté.
Se miraron, confundidos.
—En el cementerio, supongo —dijo mi madre—. No entiendo por qué lo hiciste tan temprano, la gente trabaja, Lucía.
—Antes del cementerio. Estuve en la notaría de la calle Alcalá.
Noté cómo el gesto de mi padre se endurecía.
—¿Para qué? —preguntó.
Saqué el sobre y dejé las escrituras sobre la mesa, girándolas hacia ellos.
—Para esto.
Mi madre leyó en voz alta, tropezando con las palabras:
—“Fundación… Diego… Campos… Ruiz”… ¿Qué es esto?
—Es el fideicomiso —respondí—. Todo el dinero que el abuelo me dejó. Lo he destinado a una fundación para niños con leucemia en el Hospital Niño Jesús. En nombre de Diego.
Durante unos segundos, sólo se escuchó el ruido lejano de un televisor en el piso de al lado.
—¿Qué has hecho? —susurró mi padre, pálido.
—Lo que nadie hizo por mi hijo —contesté—. Lo que vosotros no quisisteis hacer cuando os pedí ayuda para el tratamiento experimental.
Mi madre golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Ese dinero era de la familia! ¡De todos! Tu hermana cuenta con él para la boda, Lucía. ¡Estás loca!
—Era mío —repliqué—. Y de Diego. El abuelo lo dejó claro en el testamento, ¿recuerdas? “Para el futuro de Lucía y de sus posibles hijos”. Diego ya no tiene futuro. Pero otros niños sí.
Mi padre empezó a hojear los papeles con manos temblorosas.
—Esto se puede deshacer. Hablaré con el abogado. Dirá que estabas inestable, que firmaste bajo shock. No puede ser irrevocable.
—Artículo tercero —señalé con el dedo—. “La dotación inicial de la fundación será irrevocable e inembargable”. Lo leí tres veces antes de firmar.
Mi madre se levantó de golpe, la silla chirrió contra el suelo.
—Has tirado a la basura el esfuerzo de toda una vida, por críos enfermos que ni conoces. ¡Por un niño que ya está muerto!
La frase cayó en la habitación como un ladrillo. Miré hacia el pasillo, donde la puerta de la habitación de Diego seguía entornada.
—Ese “niño que ya está muerto” era tu nieto —dije—. Y lo enterré sola.
Mi padre alzó la voz por primera vez.
—Siempre has sido un problema, Lucía. Embarazada con veintidós, sin padre conocido, siempre pidiendo. Ahora nos robas. No vamos a permitirlo.
Empujó los papeles hacia mí, furioso.
—Vas a ir mañana mismo a la notaría y vas a arreglar este desastre.
Lo miré, sintiendo una calma extraña, casi fría.
—No voy a hacerlo.
Mi madre respiraba agitadamente, con los ojos llenos de una rabia seca.
—Ojalá no hubieras tenido nunca a ese crío —escupió—. Desde que apareció en tu vida, nos llevas arruinando la nuestra.
Se hizo un silencio largo. Oí el tic-tac del reloj de la cocina, amplificado.
Me levanté despacio y señalé la puerta.
—Podéis iros.
Mi padre se incorporó, tirando sin querer el portarretratos de Diego al suelo. El cristal se hizo añicos entre nosotros. Nadie se agachó a recogerlos.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el piso se quedó tan quieto que sólo se oía mi propia respiración. Y entendí que acababan de enterrarme viva por segunda vez.
La demanda llegó tres semanas después, en un sobre certificado. Mis padres me denunciaban por “administración desleal de patrimonio familiar”. El lenguaje jurídico sonaba frío, casi elegante, comparado con las palabras que ya me habían dicho a la cara.
El abogado de oficio que me asignaron hojeó la documentación de la fundación y alzó las cejas.
—Has blindado bien esto —comentó—. Quien te asesoró sabía lo que hacía.
Pensé en el notario, un hombre de gafas redondas que me ofreció un vaso de agua cuando rompí a llorar en su despacho.
—Me hizo muchas preguntas —le expliqué—. Quería asegurarse de que sabía exactamente lo que estaba firmando.
El proceso judicial fue lento, pero claro. El juez leyó el testamento de mi abuelo, los informes médicos de Diego, los correos en los que yo suplicaba ayuda para el tratamiento mientras ellos hablaban de menús y centros de mesa. La fundación había sido constituida legalmente, sin coacción. La demanda se archivó.
Lo supe por un mensaje escueto de mi abogado: “Sobreseído. Tus padres pueden recurrir, pero lo tienen difícil”. No recurrieron. Supongo que el coste del siguiente abogado competía con el precio del fotógrafo de la boda.
Mientras tanto, la fundación empezó a moverse. El hospital nos cedió una sala pequeña, con paredes amarillas apagadas. Con la dotación inicial pagamos transporte para familias de pueblos, una nevera nueva para la sala de padres, juguetes para la planta infantil. No eran milagros, pero eran cosas concretas, palpables. Cada vez que veía a un niño correr por el pasillo con un coche de plástico en la mano, me dolía y me aliviaba a la vez.
Yo seguía trabajando como administrativa en una asesoría, por las mañanas. Las tardes las pasaba en el hospital, organizando papeles, escuchando a madres que hablaban con la voz rota que yo ya conocía. Volvía a casa cansada, pero menos vacía.
De mi familia supe por terceros. Una prima me escribió por WhatsApp para preguntarme si era verdad “lo de la fundación esa”. Me mandó, sin querer, una foto reenviada del grupo de mis padres: Marta probándose su vestido de novia, texto superpuesto: “Aunque algunos nos hayan dado la espalda, nada nos quitará la felicidad”.
La boda se celebró igualmente, en una finca más barata de la sierra. Mis padres vendieron el piso de la playa para pagarla. Lo supe por el registro de la propiedad; necesitábamos comprobar si podían embargarse fondos en caso de que siguieran con la demanda. No lo hicieron, pero el piso ya no estaba a su nombre.
No fui a la boda, por supuesto. Ese día, en lugar de arroz y fotos, hubo una reunión pequeña en el hospital: inauguramos la “Sala de Juegos Diego Campos”. Pusimos una placa sencilla, con su nombre y un dibujo que había hecho del espacio. Cuando descubrimos la placa, una enfermera me tomó la mano. No dijo nada. No hizo falta.
Pasó un año. El primer cumpleaños de Diego sin Diego. Fui al cementerio temprano, con un cochecito de metal nuevo en el bolsillo y una copia en miniatura de la placa del hospital. El aire estaba frío y olía a tierra húmeda.
Encontré la sorpresa justo antes de llegar a la tumba: Marta, sentada en un banco, con una chaqueta vaquera y el rímel corrido. Se levantó al verme.
—Pensé que vendrías por la tarde —murmuró.
—No sabía que vendrías tú —respondí.
Nos quedamos mirándonos un segundo eterno. Tenía ojeras profundas y un cansancio distinto en la mirada.
—He tenido un hijo —soltó de golpe—. Se llama Hugo. Tiene tres meses.
Asentí, sin saber qué decir.
—Cuando estaba en el hospital con él… —su voz se quebró— vi un folleto de la Fundación Diego Campos en una mesa. Pregunté y me contaron lo que hacías aquí, en el Niño Jesús. Mamá nos dijo que habías montado “una cosa rara para limpiar tu conciencia”. No era eso.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Yo estaba en la cena de preboda mientras tú enterrabas a Diego —continuó—. Lo sabía y aún así… no me moví. No quise líos con mamá. Eso tampoco era justo.
El viento trajo el sonido lejano de una ambulancia.
—No vine a pedirte perdón —añadió—. O sí, pero sé que no basta. Sólo quería decirte que… que lo que hiciste con el dinero… si le pasara algo a Hugo, querría que hubiera alguien así.
Miré la tumba de mi hijo, la piedra sencilla con su nombre y la pequeña réplica de la placa que acababa de colocar.
—No hice nada heroico —dije—. Sólo no quería que se lo gastaran en fuegos artificiales.
Marta sonrió, triste.
—La boda fue preciosa en las fotos —admitió—. Pero yo sólo podía pensar en la silla vacía donde deberías haber estado tú. Y en una silla aún más pequeña que nunca ocupamos.
Nos sentamos un rato, en silencio. No nos abrazamos, no nos prometimos nada eterno. Pero cuando se fue, dejó un sobre a mi lado.
—Es una donación —dijo—. No es mucho, pero… quiero que Hugo sepa quién era su primo.
La vi alejarse entre las lápidas. No mencionó a mis padres, y yo tampoco pregunté. Ya no eran mi pregunta.
Me quedé sola frente a la tumba, el cochecito de metal en la mano. Lo dejé sobre la piedra, junto a la placa.
Por primera vez desde que Diego murió, respiré hondo sin sentir que el aire me cortaba por dentro. El dinero estaba lejos de las manos que querían convertirlo en photocalls y pistas de baile. Diego estaba lejos de ellos también, en sus paredes amarillas del hospital, en cada niño que reía un poco más gracias a lo que enterré con él.
Y entendí que lo único que había decidido no enterrar ese día… era mi propia vida.



