Acababan de sacarme del quirófano cuando supliqué que me llevaran a la iglesia; era mi boda y, aunque la cirugía de emergencia me había dejado débil, estaba segura de que él me estaría esperando. Sin embargo, en cuanto puse un pie en la entrada, más de veinte personas de su familia se interpusieron, empujándome hacia atrás, mirándome como si fuera una intrusa, y una mujer chilló: «Mi hijo se casó con otra mientras tú no estabas, vete ahora mismo». Lo que ninguno de ellos imaginaba era que…

Debido a una cirugía de urgencia, llegué tarde a mi propia boda. El día que yo, Lucía Martín, 29 años, tenía marcado en el calendario desde hacía más de un año, empezó en vez de con maquillaje y champán… con sirenas de ambulancia.

A las seis de la mañana me desperté con un dolor agudo en el costado derecho. Al principio pensé que eran los nervios, pero a los diez minutos estaba en el suelo del baño, sudando y con náuseas. Mi madre, Elena, llamó a una ambulancia casi a gritos.

—Hoy se casa mi hija, por favor, hagan algo —repetía al conductor, mientras me sujetaba la mano.

En el Hospital Clínico San Carlos dijeron la palabra que nadie quiere oír antes de casarse: “apendicitis aguda”. O me operaban ya o corría riesgo de peritonitis. No me dejaron ni mandar un mensaje; me quitaron el móvil al entrar a quirófano. Lo último que pensé antes de que la anestesia me hundiera fue en Javier, esperando en la iglesia de San Sebastián, en el centro de Madrid.

Cuando desperté, eran casi las doce y media. La ceremonia estaba programada a las once. Una enfermera me sonrió con cansancio.

—Todo ha salido bien, Lucía. Pero tienes que quedarte en observación.

Me arranqué casi sin pensar la vía del brazo. Mi padre discutió con el médico. Al final, firmó el alta voluntaria entre miradas reprobatorias. Me prestaron una silla de ruedas para bajar hasta el taxi.

—Estás loca —murmuró mi madre, sujetándome el vestido blanco que habíamos traído a toda prisa en una bolsa—. Pero ya que hemos llegado hasta aquí…

Me cambié en el baño del hospital, con las grapas aún tirando de la piel bajo la faja. Me miré al espejo: estaba pálida, con ojeras, pero seguía siendo la novia. “Javi lo entenderá”, pensé. “Les explicaremos todo, se reirán de la mala suerte y ya está”.

El taxi nos dejó frente a la finca a las afueras de Madrid donde se celebraba la boda. Desde fuera se veía el jardín decorado, flores blancas, música lejana. Cuando intenté avanzar hacia la verja, un grupo de gente se movió como una muralla humana. Reconocí a la madre de Javier, Carmen, y a varios tíos y primos. Sus caras no mostraban alivio, ni preocupación. Solo una mezcla de rabia y desprecio frío.

—Tú aquí no entras —escupió Carmen, cruzándose de brazos.

—He tenido una operación de urgencia, lo siento, se me ha…

Ella me interrumpió, elevando la voz para que todos oyeran:

—Mi hijo ya se ha casado con otra. ¡Lárgate!

El silencio que siguió fue más violento que los gritos. Sentí a mi madre quedarse de piedra detrás de mí. Oí a alguien soltar una risita nerviosa. Noté cómo la herida en mi vientre ardía.

No sabían que, cuando Javier pronunció “sí, quiero” esa mañana con otra mujer, ya estaba legalmente casado conmigo.

Y yo llevaba en el bolso la prueba.

Carmen me miraba como si fuera una intrusa que se hubiera colado en una fiesta privada.

—No hagas un numerito, Lucía —dijo, con esa voz baja que siempre usaba para humillar—. Bastante has hecho ya.

—¿Con quién se ha casado? —pregunté, sin reconocer mi propia voz.

—Con Sofía, con quién va a ser —intervino uno de los tíos, José Ramón—. Una mujer seria, puntual, que respeta a la familia.

Sofía. La ex de Javier. La que su madre nunca había dejado de mencionar: “Sofía esto, Sofía lo otro, Sofía ya es abogada, Sofía ha aprobado una oposición…”

Sentí que el suelo se hundía un poco más, pero me aferré al bolso. Dentro, en una funda de plástico azul, estaba la copia compulsada del acta matrimonial. El papel que lo cambiaba todo.

Tres meses antes, Javier y yo habíamos pasado por el Registro Civil de Madrid, casi en secreto. Él se iba a ir a Berlín por un proyecto en su empresa de ingeniería y, según su jefe, estar casado le facilitaba ciertos trámites de traslado y beneficios.

—La boda grande la hacemos en mayo, en la iglesia, como quiere mi madre —me dijo entonces, acariciándome el pelo—. Pero prefiero casarme contigo ya, por lo civil. Solo tú y yo… y dos testigos. Algo nuestro.

Fuimos con mis amigos Marcos y Clara como testigos. Firmamos delante de un juez de paz. Llevaba un vestido verde sencillo, Javier una camisa blanca arremangada. Después comimos tortilla y croquetas en un bar de Lavapiés. Él brindó con cerveza, me besó la frente y me llamó “mi mujer” con naturalidad, como si siempre hubiera sido así.

Carmen no lo supo. “Se enfadaría si no es por la iglesia”, repetía él. Yo acepté el secreto, porque confiaba en él. Porque pensaba que la boda religiosa era solo un trámite social.

Ahora, delante de la verja, me miraban como si fuera una desconocida.

—Javier sabe que estoy aquí, ¿verdad? —pregunté.

—Mi hijo no quiere verte más —dijo Carmen—. Le dejaste plantado. Has demostrado de qué estás hecha. Ahora, por favor, márchate antes de que tenga que llamar a seguridad.

Mi madre dio un paso al frente.

—Mi hija venía del hospital, señora. Tiene puntos, la han operado. ¿No han visto que no contestaba el teléfono?

—Excusas —zanjó Carmen, encogiéndose de hombros—. Una mujer que quiere casarse llega. Punto.

Algo se rompió entonces, pero no fue solo dentro de mí. Noté cómo mi padre, siempre tan correcto, se tensaba. Me miró, y supe que entendía lo que iba a hacer.

Saqué despacio la funda azul del bolso. El plástico crujió, atrayendo miradas curiosas. Algunos invitados empezaban a asomarse desde la entrada de la finca, atraídos por el alboroto.

—Javier no puede casarse con nadie más —dije, más tranquila de lo que me sentía—. Porque ya está casado. Conmigo.

Levanté el documento para que se viera el membrete del Registro Civil. Un cuñado de Javier, Luis, abogado, se acercó con expresión de fastidio.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Se lo puse delante. Leyó en voz alta, quizá sin darse cuenta:

—“En Madrid, a 14 de febrero, quedan contraídos matrimonio civil don Javier Álvarez de la Vega y doña Lucía Martín Serrano…”

Hubo un murmullo, un corrimiento de cuerpos, como si alguien hubiera soltado una bomba silenciosa. Carmen me arrancó el papel de las manos con un gesto brusco.

—Esto tiene que ser falso —dijo, pero su voz ya no sonaba tan segura.

Detrás de ella, al fondo del jardín, vi a Javier. Traje azul marino, corbata gris. A su lado, una mujer de vestido blanco sencillo, con un ramo pequeño: Sofía. Estaban posando para unas fotos. El fotógrafo bajó la cámara al notar el revuelo.

Javier giró la cabeza. Nuestros ojos se cruzaron. Vi cómo se le borraba la sonrisa del rostro.

—¡Javier! —gritó Carmen, levantando el acta matrimonial como si fuera un trapo sucio—. ¡Ven aquí ahora mismo!

Y toda la farsa de ese día empezó a resquebrajarse delante de todos.

Javier se acercó casi corriendo, con Sofía pegada a su brazo. A cada paso, parecía encogerse un poco más. Miró el documento en manos de su madre, luego a mí, luego al grupo de invitados que ya formaban un semicírculo. La música del cóctel seguía sonando, absurda, desde los altavoces del jardín.

—Lucía… —empezó.

—Contesta —lo corté—. ¿Es verdadero o falso? Solo eso.

Luis, el cuñado abogado, le pasó el dedo por la firma.

—Es auténtico —murmuró—. Está inscrito.

Sofía se separó un poco de Javier.

—¿Qué significa esto? —preguntó, sin gritar, pero con una frialdad que atravesaba el ruido.

Javier tragó saliva.

—Fue… un trámite. No significaba nada. Pensaba… pensábamos anularlo antes de…

—Para la ley sí significa —intervino mi padre—. Mi hija es su esposa. Cualquier otra ceremonia es, como mínimo, un problema serio. Y, como máximo, un delito.

Se hizo un silencio denso. Algunos invitados se retiraron discretamente, otros grababan con el móvil, fingiendo escribir mensajes. Carmen intentó recomponer la escena.

—Todo esto se puede arreglar —dijo, mirando a Luis—. ¿No se puede anular algo así? Es un papel, nada más.

—Lo siento, Carmen —respondió él, ya con el gesto técnico de abogado—. Esto no se arregla hoy. Y si hay una boda religiosa sin validez civil… bueno, eso es cosa de la diócesis. Pero si se ha intentado casarse de nuevo sabiendo esto, hay riesgo de consecuencias legales.

Miré a Javier. No estaba furiosa; estaba cansada. El dolor de la herida, el mareo de la anestesia, todo se mezclaba con una claridad extraña.

—¿Sabías que me estaban operando? —pregunté.

—Tu madre… —balbuceó—. Llamó a las nueve y media. Yo ya estaba en la sacristía. Mi madre dijo que no podíamos dejar plantados a los invitados, que… que siempre has sido poco formal…

Carmen chasqueó la lengua.

—Yo solo dije que el show tenía que seguir. No obligué a nadie.

Sofía lo miraba como si fuera alguien que acababa de conocer.

—¿Te casaste por lo civil con ella sin decírmelo? —preguntó—. ¿Mientras salías conmigo?

Él abrió y cerró la boca, sin encontrar respuesta.

—No voy a hacer un escándalo —dije, sintiendo a mi madre apoyarme la mano en la espalda—. Ya lo habéis hecho vosotros. Solo voy a decir una cosa y me voy.

Respiré hondo, la faja clavándose en la herida.

—Javier y yo estamos casados. Lo estaremos hasta que un juez diga lo contrario. Hoy ibais a vender una mentira delante de Dios, de la familia y de vuestros amigos. Yo solo he venido a recordaros la verdad. Y a avisarte, Javier: voy a pedir el divorcio. Con todo lo que eso conlleva.

Luis asintió casi imperceptiblemente, como si marcara un punto final jurídico.

—Y voy a contarle a quien haga falta —añadí— cómo, mientras yo estaba en quirófano, vuestra respuesta fue buscar una novia suplente.

No hubo aplausos ni gritos. Solo una incomodidad que se extendió como una mancha. Sofía se quitó el anillo que llevaba —probablemente recién puesto en la ceremonia religiosa— y se lo devolvió a Javier con un gesto simple.

—No quiero esto —dijo—. No así.

Se giró y entró en la finca, seguida por sus padres. Varios invitados la imitaron. El fotógrafo guardó la cámara en silencio.

Yo di un paso atrás. Mi madre y mi padre me sostuvieron por los brazos.

—Nos vamos —dijo mi padre—. Mañana hablaremos con un abogado.

Mientras el taxi se alejaba por el camino de grava, vi por la ventanilla cómo la finca quedaba atrás, aún decorada para una boda que ya no tenía sentido. Javier se quedó en la entrada, rodeado de familiares que hablaban todos a la vez. No intentó detenernos.

Los meses siguientes estuvieron llenos de reuniones con abogados, notificaciones y citas en el juzgado. Javier intentó llamarme varias veces; no contesté. Mandó un correo largo, en el que hablaba de presión familiar, de miedo, de errores. Lo leí una sola vez. No lo respondí.

Al final, el divorcio se resolvió relativamente rápido. El juez reconoció el matrimonio, la posterior ceremonia religiosa y la situación creada. Hubo acuerdos económicos, reparto de bienes menores y, sobre todo, un cierre administrativo de algo que, para mí, se había roto en la verja de aquella finca.

A los seis meses me mudé a Valencia por trabajo. Cambié de hospital, de calles, de cafés. La cicatriz de la operación seguía ahí, una línea pálida en el vientre. A veces picaba cuando cambiaba el tiempo. Me la miraba ante el espejo y recordaba el día de la boda, pero no con nostalgia. Solo como un dato más de mi biografía.

Una tarde, al salir de la consulta donde trabajaba como psicóloga, vi una pareja hacerse fotos frente al Ayuntamiento. Ella llevaba un vestido sencillo, él un traje claro. Reían. El fotógrafo les pedía que se acercaran más, que se besaran. Seguí caminando. No aparté la mirada por miedo ni la mantuve por rencor. Simplemente, seguí.

La historia de mi boda no terminó en un altar, ni con un beso, ni con un “felices para siempre”. Terminó en un despacho, con firmas y sellos. Y después, en algo más silencioso: la decisión de seguir mi vida sin esperar explicaciones que ya no necesitaba.