El teléfono sonó en mitad de una reunión y, al ver que era el número del colegio, sentí un nudo en el estómago. Al descolgar, la voz rígida de la directora no dejó espacio a dudas: “Su nieto está en mi despacho. Ha sido expulsado. Venga a buscarlo ahora mismo”. Me quedé helado. “No tengo ningún nieto”, respondí, pero ella repitió, más tensa: “Por favor, venga ya”. Cuando crucé la puerta de su oficina, me paralicé: sentado allí, sollozando, estaba un niño.

Cuando sonó el móvil en medio de la reunión, ni siquiera miré la pantalla. Estaba hasta el cuello de facturas atrasadas y proveedores enfadados. Aun así, la llamada insistió tanto que terminé levantándome de la mesa de cristal y salí al pasillo.
—¿Sí? —dije, más brusco de lo que debía.
—Señor Javier Martín —contestó una voz femenina, firme—. Soy Marta Lozano, la directora del Colegio Público San Isidro. Su nieto está en mi despacho. Ha sido expulsado. Necesito que venga a recogerlo.

Me apoyé en la pared del pasillo, intentando procesar lo que acababa de oír.
—Creo que se equivoca, señora —respondí—. Yo no tengo ningún nieto.
Al otro lado hubo un silencio muy breve, como de duda, pero enseguida volvió la voz firme.
—Por favor, señor Martín. Le ruego que venga ahora. Es importante.
Algo en su tono, más que sus palabras, me hizo tragarme la réplica. Asentí, aunque ella no podía verme.
—De acuerdo. Tardaré unos veinte minutos.

No dije nada en la reunión al volver a entrar. Solo cogí mi chaqueta, las llaves del coche y murmur é algo sobre un asunto familiar urgente. Mis compañeros me miraron con una mezcla de curiosidad y alivio; cualquier excusa era buena para interrumpir aquella interminable discusión sobre recortes. Bajé al aparcamiento subterráneo con el corazón acelerado sin razón clara. “No tengo un nieto”, repetía mi cabeza, pero la frase empezaba a sonar menos sólida.

El colegio San Isidro estaba en el distrito de Arganzuela, a diez minutos en coche desde la asesoría donde trabajaba. Aparqué en doble fila, sin pensar en la multa, y crucé el patio de cemento. Era la hora del recreo, los niños corrían y gritaban; el ruido formaba una especie de murmullo caótico que me resultaba extrañamente lejano. Entré al edificio principal guiándome por los carteles descoloridos. Secretaría, Jefatura de Estudios, Dirección.

Toqué dos veces en la puerta de Dirección y escuché un “adelante” cansado. Dentro, una mujer de unos cincuenta años, pelo corto teñido de castaño rojizo, me miró por encima de las gafas.
—¿Señor Martín?
Asentí.
—Gracias por venir tan rápido.
Solo entonces noté la pequeña figura sentada en la silla de plástico, de espaldas a mí. Los hombros encogidos, las zapatillas negras moviéndose nerviosas. Estaba llorando en silencio.

La directora hizo un gesto hacia el niño.
—Hugo lleva repitiendo desde que ha entrado que usted es su abuelo —dijo—. Y que si no viene, no se irá con nadie.
El nombre no me dijo nada. Pero cuando el niño se giró, algo en mi estómago se contrajo con violencia. Tendría unos diez años, la piel clara, el pelo oscuro, rebelde, y unos ojos grandes, color miel. Ojos que conocía demasiado bien. No de fotos, no de sueños: de un espejo.

Me quedé clavado. Era como mirarme a mí mismo con cuarenta años menos. El mismo hoyuelo en la barbilla, la misma ligera desviación en la ceja izquierda.
—¿Abuelo? —balbuceó el niño, con la voz rota—. Has venido…
Abrí la boca para negarlo, para decir “no soy tu abuelo, hay un error”, pero las palabras no salieron. En lugar de eso, escuché algo que me heló más que la llamada de la directora.
—Mamá dijo que tú también la dejaste llorando en un despacho —susurró Hugo, mirándome fijamente—. Hace muchos años. Que te llamas Javier Martín y que eres su padre.

Sentí que el despacho se encogía. El zumbido de la fluorescente del techo se convirtió en un ruido agudo, insoportable.
Marta Lozano me observaba sin parpadear, esperando una respuesta lógica, adulta.
Pero no la tenía. Porque el nombre que acababa de pronunciar aquel niño —”mamá”— era un nombre que yo no oía en voz alta desde hacía casi treinta años

Condujimos hasta el Hospital 12 de Octubre en un silencio pesado, solo roto por las indicaciones del GPS y algún suspiro ahogado de Hugo. En los semáforos lo miraba de reojo: la frente pegada al cristal, como si contara las motos que pasaban. Sus dedos jugaban con la cremallera de la mochila, subiendo y bajando sin descanso.
—¿Hace mucho que tu madre está ingresada? —pregunté al fin.
—Desde antes del verano —contestó, sin apartar la vista de la calle—. A veces la dejan ir a casa, pero casi siempre… se queda allí.

Aparqué en el sótano del hospital y seguimos las señales azules hasta oncología. El olor a desinfectante y café recalentado me golpeó con fuerza. En la sala de espera, varias personas miraban sus móviles con expresiones agotadas. Hugo se movía con una seguridad que a mí me faltaba.
—Es por aquí —dijo, tirando de mi chaqueta.

La habitación 614 tenía la puerta entornada. Hugo llamó con los nudillos, suavemente.
—Mamá, he traído a alguien.
Una voz ronca, pero reconocible, respondió desde dentro.
—Pasa, cielo.

La vi antes de que termináramos de entrar. El pelo corto, sin rastro de su antiguo castaño; la piel pálida; ojeras profundas. Pero los ojos… Los ojos seguían siendo los mismos que me miraron, hace casi treinta años, en aquel despacho del instituto.
—Hola, Ana —dije, antes de poder contenerme.

Ella abrió los ojos de par en par, sorprendida.
—Hacía años que nadie me llamaba así —respondió, con una media sonrisa cansada—. Ahora soy “señora Martín” o “la madre de Hugo”.
Sus ojos se desplazaron hacia el niño—. ¿Has tenido problemas otra vez?
—Me han expulsado —admitió Hugo, bajando la cabeza—. Pero he traído a…
Se giró hacia mí, inseguro—. ¿Le digo abuelo?
Ana me miró de nuevo, esta vez clavando la vista.
—Di como tú quieras —dijo, sin apartarse—. Él sabe perfectamente quién es.

Sentí una punzada de vergüenza extraña.
—Soy Javier —murmuré—. Y sí… supongo que también soy tu padre.
La palabra quedó flotando en el aire, ajena a todo lo que habíamos dejado de vivir juntos.

Ana soltó una risa breve, sin alegría.
—Treinta años tarde, pero algo es algo.
Se inclinó hacia Hugo—. Cielo, ¿puedes ir a la máquina y traernos agua? Usa las monedas del bolsillo de tu mochila.
Hugo dudó.
—¿Te vas a enfadar?
—No —respondió—. Prometo que no.

Cuando el niño salió, quedamos los dos frente a frente, como dos versiones viejas de una pelea adolescente que nunca se cerró.
—Así que le dijiste que yo era su abuelo —empecé.
—Porque lo eres —contestó ella—. Aunque te hayas pasado media vida fingiendo que no tenías hija.

No respondí. Había demasiadas excusas posibles y ninguna valía la pena. Ella suspiró.
—No te he hecho buscar —añadió—. Nunca te pedí nada. Pero cuando me dieron el diagnóstico, pensé en él. En Hugo. No quería que se quedara solo. Mis padres están muertos, los de Hugo… mejor ni hablamos. Y tú… tú estabas ahí, en Madrid, a unos barrios de distancia, todo este tiempo.
Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.
—Le conté que tenías miedo —continuó—. Que eras cobarde, pero que no eras mala persona. Que quizá, con él, te saldría mejor.

Noté una mezcla extraña de rabia y algo parecido a la culpa.
—No sé ser padre —reconocí—. Y menos abuelo.
—Yo tampoco sabía ser madre —dijo—. Se aprende. O se finge.
Me sostuvo la mirada—. No te estoy pidiendo que le salves la vida. Solo que no se la hagas más difícil. Si yo falto… no quiero que acabe rebotando de familia de acogida en familia de acogida.

La palabra “faltar” me golpeó con más fuerza que “cáncer”.
—¿Es… tan grave?
Ella se encogió de hombros.
—Digamos que los médicos ya no hablan de “curar”. Hablan de “tiempo”.
Hizo una pausa—. No quiero que Hug o vea cómo discutes conmigo. Si vas a decir que no, dilo ahora, y me las apañaré.

Me quedé en silencio. Pensé en mi piso vacío, en los fines de semana interminables, en los cumpleaños que pasaba trabajando para no tener que celebrarlos con nadie. Pensé en Hugo, sentado en la silla de plástico del colegio, defendiendo a un “abuelo” que ni siquiera sabía que existía.
—No voy a decir que no —dije por fin—. Pero tampoco voy a prometerte milagros.
—No los quiero —respondió Ana—. Solo… preséntate a las tutorías. Aprende a hacerle la cena. Llévale al parque de vez en cuando. Que alguien en su vida no se vaya. Eso ya será bastante milagro.

Hugo volvió con tres botellines de agua y una bolsa de galletas. Sonrió al vernos sentados, aún en la misma posición.
—¿Os habéis peleado? —preguntó.
—No —respondió Ana, antes que yo—. Hemos hecho un trato.
Me miró, interrogante.
Respiré hondo.
—Si tú quieres —dije, dirigiéndome a Hugo—, puedo ir a recogerte al colegio mientras tu madre esté aquí. Y puedes venir a mi casa algunos días. Podemos… conocernos.
Hugo me observó con una seriedad que no correspondía a su edad.
—¿Y luego no vas a desaparecer?
No pude prometerlo de forma absoluta. Nadie puede. Pero asentí, despacio.
—Voy a intentarlo. En serio.

Él miró a su madre, buscando aprobación. Ana asintió con un gesto casi imperceptible.
—Vale —dijo Hugo—. Pero te voy a llamar abuelo igual. Aunque no se te dé muy bien.
Por primera vez en muchos años, sentí algo parecido a una risa verdadera subiendo por el pecho.
—Haré lo que pueda —contesté.

Más tarde, al salir del hospital con Hugo a mi lado, el cielo de Madrid estaba cubierto de nubes bajas. El tráfico rugía en la avenida principal. Mientras caminábamos hacia el coche, el niño se acercó un poco más, hasta que su hombro rozó el mío. No dijo nada. Yo tampoco. No había redención ni castigo, solo pasos torpes hacia una responsabilidad que había esquivado demasiado tiempo.

Cuando arrancamos, miré por el retrovisor. Hugo estaba sentado en el asiento trasero, abrochándose el cinturón con gesto concentrado.
—Abuelo —dijo, probando la palabra como si fuera nueva—. ¿Me enseñarás tu barrio?
Esta vez, la respuesta me salió sin dudar:
—Claro, Hugo. Tenemos muchas cosas que ponernos al día.

Y, por primera vez desde aquella llamada de la directora, la frase “yo no tengo un nieto” dejó de tener sentido.