Una semana antes de Navidad, mi hijo me miró a los ojos, con esa mezcla de desprecio y cansancio que llevaba meses perfeccionando, y dijo:
—El mejor regalo que podrías hacernos… sería que te murieras ya.
Silencio. Solo se oía el zumbido del lavavajillas en el piso de Chamberí. Su mujer, Lucía, fingió concentrarse en el móvil. Martina, mi nieta, estaba en su habitación, con los cascos puestos. Era la típica comida de domingo, excepto por la frase que acababa de partir en dos mi vida.
—¿Eso piensas de verdad, Pablo? —pregunté, sin levantar la voz.
—Pienso que nos has controlado toda la vida —respondió, con una mueca—. Que todo lo que tenemos está “gracias a ti”, como te encanta recordar. Que si te murieras y nos dejaras en paz, sería un descanso. Para todos.
No discutí. A mis sesenta y ocho años, ya había aprendido que las palabras hieren menos que los hechos, y que la ingratitud, en España, tiene su propio régimen jurídico. Se llama revocación de donaciones por ingratitud. Yo mismo lo había explicado, años atrás, a varios clientes en mi despacho.
—Entendido —dije simplemente, y terminé mi café.
Nadie me acompañó a la puerta. Era curioso: había pagado la entrada de ese piso, avalado la hipoteca, rescatado el negocio de Pablo dos veces. Pero ni un abrazo, ni un “lo siento, papá, se me ha ido la lengua”. Nada.
Aquella misma noche abrí una carpeta vieja en mi despacho del barrio de Salamanca. “Pablo Martín Álvarez”. Dentro: copias de las donaciones de dinero, las transferencias para el local de su empresa de reformas, el aval de la hipoteca de su piso. También, las pruebas de las “creatividades fiscales” que su gestor y él habían ido improvisando: facturas falsas, pagos en negro, todo guardado por si algún día lo necesitaba.
La frase de mi hijo seguía resonando: “El mejor regalo sería que te murieras”.
Pensé en lo literal y en lo práctico. Morir, para él, significaba desaparecer de su vida y de sus cuentas. Podía concederle ambas cosas.
Los días siguientes fueron una procesión de notarías, firmas y discretas visitas a la sucursal del banco. Revocación de donaciones por ingratitud. Cancelación del aval de la hipoteca, amparada en cláusulas que nadie había leído salvo yo. Cambio de beneficiarios en los seguros de vida. Venta apresurada, pero muy rentable, de mis inmuebles en Madrid, excepto el piso donde vivía. Abrí cuentas nuevas, fuera de España.
El viernes, una semana antes de Nochebuena, el notario me miró por encima de las gafas.
—Don Ernesto, ¿está usted seguro de todo esto? Es… contundente.
—Mi hijo me ha pedido el mejor regalo de Navidad —respondí—. No estoy acostumbrado a negarle nada.
Firmé. Mi “muerte” empezó en ese momento, aunque nadie lo sabía aún. El sábado por la tarde, con una calma casi quirúrgica, escribí tres cartas y preparé una carpeta azul. Llamé a un taxi, pasé por el portal de Pablo y le pedí al portero que dejara el sobre en su mesa del salón, como “detalle adelantado de Navidad”. El hombre no sospechó nada.
El domingo, antes del amanecer, con el billete a París en el bolsillo interior de mi abrigo, cerré la puerta de mi piso para no volver. Mientras el taxi se alejaba hacia Barajas, miré el móvil: había programado un correo para las nueve de la mañana, con un asunto muy simple.
“Para cuando ya esté muerto”.
Dentro, un único archivo adjunto: las instrucciones que harían pedazos la vida de mi hijo cuando encontrara lo que le había dejado sobre la mesa del salón.
Pablo abrió la puerta de casa el lunes a las ocho y media, con la cabeza embotada por la resaca y el mal humor de siempre. Había discutido con Lucía la noche anterior; ella le había soltado que estaba hartita de vivir pendiente de los caprichos de su padre. Paradójicamente, coincidían en el odio, pero no en el modo de gestionarlo.
—Han dejado algo para usted, don Pablo —dijo el portero, señalando el ascensor—. Lo subí a su casa, encima de la mesa del salón. De parte de su padre, creo.
Pablo frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Ayer por la tarde.
Subió sin contestar. Lucía aún dormía. La luz fría de diciembre se colaba por el ventanal del salón, iluminando la carpeta azul, colocada con una precisión casi teatral en el centro de la mesa de madera.
Encima, una nota manuscrita:
“Pablo,
Me pediste que me muriera.
Considera esto el principio de tu deseo.
Papá.”
Chasqueó la lengua, irritado.
—Qué dramático… —murmuró, rompiendo el sello de la carpeta.
Dentro encontró copias compulsadas de documentos notariales, informes bancarios y una carta más extensa, de varias páginas. Empezó por la carta, reconociendo al instante la letra firme de Ernesto.
“A partir de hoy, hijo, estoy muerto para ti. Y, jurídicamente, tú casi lo estarás para la vida que conoces.”
Pablo se dejó caer en la silla. Leyó deprisa, luego más despacio, mientras el café de la cafetera automática se enfriaba sin que nadie lo recogiera.
Su padre explicaba, con un tono clínico, que había revocado todas las donaciones, invocando la ingratitud manifiesta. Que la vivienda de Chamberí, cuyo pago inicial había salido de su bolsillo, quedaba ahora sujeta a una reclamación patrimonial. Que el banco, al recibir la renuncia formal de Ernesto como avalista, revisaría las condiciones de la hipoteca y podría exigir garantías adicionales o incluso el vencimiento anticipado.
Luego venía lo peor: un listado de cuentas, pagos en B, facturas falsas emitidas por empresas fantasma que nunca habían prestado servicio real alguno. Ernesto había adjuntado un escrito ya presentado ante la Agencia Tributaria y la Fiscalía, denunciando un posible delito de fraude fiscal y blanqueo. Las firmas del padre estaban allí, impecables.
“He guardado durante años todo lo necesario para limpiar tus errores. Decidí no usarlo mientras aún existiera algo de respeto entre nosotros. Ayer comprobé que no queda ninguno. Así que he optado por hacer lo que siempre he hecho: poner orden.”
Pablo sintió un nudo en el estómago. Las manos le temblaban. Revisó el resto de la carpeta: fecha de entrada del escrito en Hacienda, copia del resguardo; oficios dirigidos a su socio, Óscar; incluso un correo impreso dirigido a la gestoría, anunciando que toda la documentación sería remitida a las autoridades.
En la última página, una posdata:
“No busques convencerme de que exagere. Para cuando leas esto, habré salido del país. He dejado instrucciones claras a mi abogado para no atender ninguna llamada tuya. Me pediste que desapareciera de tu vida. Es lo único en lo que no voy a defraudarte.”
—No… no puede ser —murmuró Pablo, con la vista nublada.
En ese instante, sonó un aviso en su móvil. Un correo de su padre, programado, con el asunto: “Para cuando ya esté muerto”. Dentro, un único archivo PDF, que confirmaba todo lo que había visto en papel y añadía algo más: copia del nuevo testamento. Ni Pablo, ni Lucía, ni Martina aparecían como herederos. Todo iba a parar a una fundación recién creada en París.
Lucía entró al salón, con la bata semiflotando y el ceño arrugado.
—¿Qué pasa? Tienes una pinta…
Pablo levantó la vista, blanco como la pared.
—Mi padre… —tragó saliva—. Mi padre nos ha matado en vida.
El timbre del teléfono fijo sonó con la insistencia metálica de las malas noticias. En la pantalla, el nombre del director de la sucursal bancaria. Lucía y Pablo se miraron un segundo, en silencio, antes de que él descolgara, sabiendo, confusamente, que la carpeta azul había sido solo el primer golpe.
Los días siguientes se desmoronaron con una precisión que Pablo nunca habría asociado a la edad de su padre.
El banco, muy cortésmente, le explicó que la retirada del aval de Ernesto obligaba a una revisión inmediata de su riesgo. La hipoteca, ya de por sí tensionada por los retrasos en algunos pagos, pasaba ahora a una categoría “de especial vigilancia”. O aportaba un nuevo aval solvente o capital extra… o el vencimiento anticipado sería inevitable.
—Pero… es mi padre —insistía Pablo, en el despacho acristalado del director—. No puede hacer eso, no puede revocarlo así como así.
—Puede —respondió el director, encogiéndose de hombros—. Y lo ha hecho. De hecho, ha sido todo muy ordenado. Debo decirle que pocas veces he visto a alguien preparar su… “desaparición financiera” con tanta minuciosidad.
Lucía, mientras tanto, recibía una llamada distinta: Hacienda. Querían revisar ciertas declaraciones, ciertos años concretos. La voz al otro lado del teléfono era educada, pero directa. Habría una inspección, y sería exhaustiva.
La empresa de reformas, “Reformas Martín & Óscar, S.L.”, empezó a perder clientes en cuestión de horas. Uno, dos, cinco contratos cancelados cuando se corrió el rumor de que estaban “mirándolos de arriba abajo”. Óscar le gritó por teléfono:
—¡Tu padre nos ha vendido, cabrón! ¡Lo sabías, lo sabías y no hiciste nada!
—¡Te juro que no! —Pablo notó cómo le fallaba la voz—. Si yo me enteré el lunes…
Pero las lealtades empresariales duran menos que un informativo. Óscar se desmarcó, llevó su propia documentación a un abogado y, en cuestión de días, estaba negociando con la Fiscalía a espaldas de Pablo.
En el piso de Chamberí, la tensión se abrió paso como la humedad en las paredes antiguas. Martina preguntaba por el abuelo y recibía respuestas vagas. Lucía, agobiada por las llamadas, las cartas certificadas y los correos de “requerimiento de información”, empezó a culpar abiertamente a Pablo.
—Siempre he sabido que jugar con el dinero de tu padre traería consecuencias —le espetó una noche, con los ojos rojos de llorar—. Pero esto… esto es otra cosa. Nos ha dejado desnudos.
—Fue él quien se quiso meter en todo —se defendió Pablo, hundido en el sofá—. Él insistió en avalar, en pagar, en controlar. Ahora nos castiga por no arrodillarnos.
—Pues ha ganado —replicó ella, seca—. Porque yo no pienso hundirme contigo. Si esto va a peor, hablaré con mi padre y con un abogado. No voy a perderlo todo por tu guerra con el viejo.
Pablo no durmió esa noche. Tampoco la siguiente. Entre correo y burofax, entre citas con abogados y llamadas desesperadas, empezó a repetirse una frase que detestaba: “El mejor regalo sería que te murieras”.
En algún lugar de París, en un pequeño apartamento alquilado cerca del Canal Saint-Martin, Ernesto observaba la ciudad a través de un ventanal. El televisor, en silencio, mostraba un debate sobre corrupción y fraude fiscal en España. De vez en cuando, algún dato le sonaba vagamente familiar.
Sobre la mesa, junto a una copa de vino tinto, reposaba su móvil nuevo, con número francés. Solamente tenía tres contactos: su abogado, el notario y el administrador de la fundación.
Había mandado una única postal a Martina, a través de un buzón intermedio, sin remitente identificable. “Estudia mucho, haz caso a tu madre, y no dejes que nadie te diga que les debes la vida. Un abrazo.” Nada más. Ninguna explicación, ninguna pista.
El abogado le informó, semanas después, de que la inspección a Pablo continuaba, que el proceso podía alargarse años, que el riesgo de sanciones y juicio penal era real. También le comentó, con neutralidad profesional, que Lucía había iniciado conversaciones para separarse legalmente, protegiendo su parte de los bienes.
—¿Desea usted reconsiderar alguna de las medidas? —preguntó el abogado, al final de la llamada—. La revocación puede matizarse, quizá negociar con Hacienda, suavizar…
Ernesto miró la ciudad, las luces, el tráfico lejano.
—Mi hijo me pidió que me muriera —respondió, con calma—. Yo ya estoy muerto para él. Él aún no lo sabe, pero también lo está para mí. No hay nada que negociar.
Colgó. No sonrió, ni se regodeó. Simplemente sintió una ausencia, como cuando uno cierra definitivamente la puerta de una casa vacía. En su vida anterior quedaban un despacho, un piso en Madrid, domingos de cocido familiar y una frase pronunciada con demasiada facilidad.
En Madrid, meses después, Pablo cruzó la puerta de los juzgados con un traje que ya le quedaba grande. Los periodistas apenas se fijaron en él: otro empresario de medio pelo, otro caso más. La casa de Chamberí estaba en venta, presionada por el banco. Lucía se había ido al piso de sus padres con Martina.
En París, la Navidad siguiente, Ernesto caminó por la Rue de Rivoli mientras las luces colgaban sobre su cabeza. Nadie lo reconocía. Nadie le pedía nada. Ni un “hazte cargo”, ni un “ayúdanos”, ni un “el mejor regalo sería…”.
Se detuvo frente a un escaparate lleno de juguetes y vio el reflejo de un hombre mayor, delgado, con abrigo oscuro y mirada cansada. Pensó fugazmente en llamar a Pablo, en escribir una carta distinta. Pero no lo hizo. Sacó un pequeño bloc de notas y apuntó solo una frase:
“Morir para alguien es, a veces, la única forma de dejar de ser su esclavo.”
Guardó el cuaderno, se ajustó la bufanda y siguió caminando entre turistas y parisinos apresurados. No había redención, ni castigo final, ni reconciliación navideña. Solo consecuencias.
Y, para cada uno de ellos, una vida nueva: más pobre, más fría, pero ajustada con exactitud a las palabras que, una semana antes de Navidad, un hijo le había regalado a su padre.



