Regresé inesperadamente tres días antes de un viaje de negocios, con esa corazonada pesada que te aprieta el pecho sin explicación, y al ver un coche desconocido frente a mi casa supe que algo no encajaba; entré en silencio, conteniendo la respiración, y encontré a mi marido acariciando a una mujer en nuestro sofá mientras susurraba: «Estás tan apretada… nada que ver con mi esposa». En ese instante tomé una decisión tan fría y precisa que hizo que ambos se desmayaran, porque esa mujer era yo.

Volví a Madrid tres días antes de lo previsto. El congreso en Milán se había cancelado a última hora y, mientras el taxi doblaba por la Calle Alcalá, pensé que igual le hacía ilusión a Marcos que apareciera por sorpresa. Eran las cinco de la tarde de un jueves gris, de esos en los que la ciudad parece cansada.

Al bajar, vi un coche que nunca había visto aparcado justo delante del portal: un Renault gris, con la ventanilla trasera empañada. En el asiento del copiloto reconocí, sin dudar, la bufanda de lana azul de Marcos. La había buscado toda la semana antes de viajar. Sentí algo parecido a una punzada, pero todavía no un dolor claro, más bien una alerta.

Subí las escaleras con la maleta rodando detrás de mí. El ascensor estaba averiado, como siempre. A cada piso, el eco de las ruedas parecía más fuerte. Cuando llegué al tercero, donde vivíamos, noté algo más: un ruido sordo, intermitente, y una risa ahogada que venía de nuestro piso. La puerta no estaba echada con vuelta, solo cerrada de golpe.

La abrí despacio. El salón estaba en penumbra, las cortinas casi cerradas, el abrigo de Marcos tirado sobre el sofá. Del pasillo llegaban jadeos y el crujido del somier. Caminé con calma, sin prisa, como si estuviera inspeccionando una vivienda ajena, no la mía.

La puerta del dormitorio estaba entornada. A través de la rendija vi la espalda desnuda de Marcos inclinada sobre un cuerpo más pequeño, femenino, cubierto apenas por una camiseta remangada. No necesitaba ver más, pero me quedé quieta, clavada, mientras mi cerebro decidía si huir o mirar. Entonces le oí decir, con una risa corta, confidencial:

—Estás tan apretada… nada que ver con mi mujer.

El silencio que siguió dentro de mi cabeza fue absoluto. Ni rabia ni lágrimas; solo una especie de vacío frío, una distancia. Me fijé en detalles absurdos: el calcetín negro de Marcos colgando del borde de la cama, una muñeca femenina con una pulsera de hilo rojo, el sonido de mi propia respiración.

Retrocedí un paso. No tropecé, no grité, no lancé nada contra la pared. Abrí el bolso, saqué el móvil y, casi por reflejo profesional, activé la cámara. El puntito rojo de “grabando” me pareció de repente más real que todo lo demás.

Arrastré la maleta a propósito por el pasillo. El ruido metálico hizo que los jadeos se cortaran en seco. Oí un “mierda” ahogado, un crujido de somier y golpes torpes buscando ropa. Me planté frente a la puerta del dormitorio y la empujé del todo.

Marcos se giró con los ojos muy abiertos, el torso desnudo, agarrando a toda prisa sus vaqueros. La chica se cubrió con la sábana hasta el cuello, el pelo castaño revuelto, la cara medio oculta.

—Vaya —dije, apoyando el hombro en el marco, la maleta a mi lado—. No esperaba tanta… actividad para un jueves por la tarde.

Marcos balbuceó mi nombre, dio un paso hacia mí, luego se detuvo al ver el móvil en mi mano.

—Elena, puedo explicarlo.

Sonreí, una sonrisa extrañamente tranquila.

—No os molestéis en vestiros del todo —respondí, levantando ligeramente el teléfono para que vieran el icono rojo—. Esto no va de explicaciones.

En ese instante tomé una decisión que cambiaría la vida de los tres.

Les pedí que fueran al salón. No fue una sugerencia; fue una orden. Marcos se puso los vaqueros sin camiseta, todavía desorientado. La chica se envolvió en la sábana como si fuera un vestido improvisado y caminó descalza, evitando mirarme a los ojos.

En el salón, abrí del todo las persianas. La luz de invierno cayó sobre la alfombra, sobre el sofá, sobre ellos dos. Coloqué la maleta junto a la puerta, como recordatorio de que yo no tenía por qué estar allí.

—Siéntate —le dije a Marcos, señalando una silla. A la chica ni siquiera le pedí nada; se sentó ella sola, aferrando la sábana.

Durante unos segundos, nadie habló. Solo se oía el tráfico lejano y una cucharilla que vibraba en la encimera de la cocina, algún vecino preparando café. Yo seguía de pie.

—Vamos a hacerlo sencillo —empecé—. Primero, quiero saber con quién me está engañando mi marido. Nombre completo.

La chica tragó saliva. Tenía los ojos verdes, muy parecidos a otros ojos que yo conocía demasiado bien.

—Me llamo Irene —dijo al fin—. Irene… Luján Sáenz.

El apellido cayó entre nosotros como un vaso que se rompe en cámara lenta. Sáenz. Sentí cómo se me tensaba la mandíbula.

—¿Sáenz? —repetí—. ¿Cómo se llama tu madre, Irene?

Marcos me miró, confuso. Ella dudó apenas una fracción de segundo.

—Carmen. Carmen Sáenz.

Noté un cosquilleo en la nuca, una sensación vieja, casi olvidada. El nombre se me clavó en el estómago.

—Claro —dije—. Carmen.

Por primera vez desde que había entrado, me reí. No una carcajada histérica, sino una risa seca, corta.

—¿Te hace gracia esto? —preguntó Marcos, al borde del ataque—. Elena, te juro que no sabía…

Le corté con un gesto de la mano.

—Cállate, Marcos. Estoy hablando con mi hermana.

Los dos se quedaron paralizados. Irene frunció el ceño.

—¿Qué… qué dices? —susurró.

Me acerqué unos pasos. Desde cerca, el parecido era indiscutible: la nariz recta de nuestra madre, el lunar diminuto junto a la ceja izquierda.

—Compartimos padre —expliqué, sin emoción—. José Luján. Él se fue con tu madre cuando yo tenía quince años. Supongo que no te habló mucho de mí.

Irene abrió la boca, pero no salió sonido. Se aferró aún más a la sábana. Marcos se pasó una mano por el pelo, completamente blanco.

—No… —murmuró—. Esto es una broma.

Saqué el móvil y detuve la grabación. En la pantalla se veía, congelada, la imagen de la cama deshecha, los cuerpos entrelazados, su frase flotando en el audio.

—No es una broma —dije—. Y ahora vamos a hablar de la decisión que he tomado.

Me senté frente a ellos, cruzando las piernas.

—Mañana, a las diez, vamos a ir los tres a la notaría de don Alberto, en Goya. Marcos, allí firmarás la separación de bienes y aceptarás dejar este piso, que está a mi nombre desde que murió mi abuelo. No discutirás la custodia cuando presente el divorcio. No tocarás ni un euro más de nuestras cuentas.

Se volvió hacia mí, desesperado.

—Elena, piensa en lo que estás haciendo…

—Lo he pensado muy bien —le interrumpí—. Y tengo esto —levanté el móvil—. Tu jefe en el banco va a encontrar muy interesante que uses los jueves por la tarde para hacer… comparaciones creativas sobre tu mujer.

Marcos se hundió en la silla. Me giré hacia Irene.

—Tú, hermana. Vas a firmar un documento en el que reconoces que sabías que te acostabas con un hombre casado y renuncias a cualquier reclamación futura. A cambio, no le enseñaré el vídeo a mamá. Por ahora.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dijo que no. Solo asintió, temblando.

Me levanté. El salón olía a colonia barata y a sudor seco.

—Ah, y una cosa más —añadí, apoyando la mano en el respaldo de la silla de Marcos—. Antes de que empecéis a hacer cuentas mentales.

Se giraron los dos hacia mí, como si esperaran una mínima piedad.

—Estoy embarazada de seis semanas —dije—. En la notaría también firmarás que este hijo es tuyo, Marcos, y que te harás cargo de él. Aunque no vuelvas a verlo.

El silencio fue tan denso que casi se podía tocar. Marcos se quedó blanco. Irene dejó caer la cara entre las manos. Por primera vez desde que abrí la puerta de casa, sentí algo parecido a calor en el pecho.

Mañana, a las diez, seguiría siendo jueves. Pero para ellos sería otro mundo.

La mañana siguiente amaneció clara y fría. Llegué a la notaría diez minutos antes de la hora, sola. Don Alberto, un hombre de barba perfectamente recortada y corbata granate, me recibió con la profesionalidad distante de siempre.

—¿Los demás vienen de camino? —preguntó mientras colocaba las carpetas sobre la mesa de reuniones.

—Vendrán —respondí—. Tienen mucho que perder.

No tuvo tiempo de contestar. La puerta se abrió y entraron Marcos e Irene. Él con traje oscuro y ojeras marcadas; ella con un vestido sencillo y una chaqueta prestada, como si hubiera vaciado el armario a toda prisa. Detrás de ellos, apareció otra figura que no les había anunciado.

Mi madre.

Carmen llevaba un abrigo beige y el pelo recogido en un moño imperfecto. Sus ojos verdes —los mismos que los de Irene— recorrieron la sala rápido, deteniéndose en cada rostro.

—¿Qué hace ella aquí? —susurró Marcos.

—Es mi madre —dije—. Y la de Irene. Me pareció justo que estuviera presente.

Irene dio un paso atrás.

—Elena, por favor…

—Siéntate —corté.

Nos colocamos alrededor de la mesa. Don Alberto empezó a leer, con voz neutra, los términos del acuerdo: separación total de bienes, renuncia de Marcos a cualquier derecho sobre la vivienda, régimen de custodia futura, pensión para el hijo que estaba en camino. Parecía un trámite rutinario, pero en aquella sala cada palabra era un ladrillo más en un muro definitivo.

—No voy a firmar esto —interrumpió Marcos de repente—. Es un abuso.

Saqué el móvil del bolso, conecté el altavoz y pulsé “play”. La voz de Marcos llenó la sala, clara, sin posibilidad de duda: “Estás tan apretada… nada que ver con mi mujer”, seguida de risas, susurros, el crujido del somier.

Mi madre llevó una mano a la boca. Irene cerró los ojos. Don Alberto bajó discretamente la mirada a los papeles.

Detuve el audio.

—Puedes no firmar —dije, tranquila—. Entonces iré al juzgado, al departamento de recursos humanos del banco y, si hace falta, a la prensa local. No me importa el espectáculo. Ya no.

Marcos temblaba. Miró a Irene, buscando apoyo. Ella solo pudo sostenerle la mirada un segundo antes de apartarla hacia mi madre, que ahora se fijaba en ella como si la viera por primera vez.

—¿Tú…? —susurró Carmen—. Con tu cuñado.

No hubo gritos. Solo una decepción antigua acumulándose en los pliegues del rostro. Esa expresión, más que cualquier amenaza, hizo que Irene se derrumbara por dentro.

—F–firmo —murmuró Marcos al fin.

El bolígrafo tembló entre sus dedos mientras estampaba su firma en cada página. Irene firmó donde le indicó el notario, como “testigo”, como “parte conocedora”. Mi madre no firmó nada; solo observó en silencio, los labios apretados.

Cuando todo terminó, don Alberto cerró la carpeta con un clic seco.

—Legalmente, queda todo claro —dijo.

Me levanté, guardé los documentos en mi bolso y volví a mirar a Marcos.

—Hay una última cosa de la que deberías saber —añadí—. Ayer por la noche mandé este mismo vídeo a tu jefe, Raúl. Me llamó en cuanto lo vio.

Él se quedó helado.

—Estás loca.

—No —respondí—. Estoy cansada.

Salimos a la calle. El sol de mediodía hacía brillar las fachadas, pero el aire seguía helado. Mi madre se quedó a unos metros, fumando un cigarrillo que había dejado hace años. Irene se sentó en un banco, como si las piernas ya no pudieran sostenerla.

Marcos sacó el móvil del bolsillo. Lo vi comprobar su correo, los mensajes. Su cara cambió al leer uno de ellos. Sin necesidad de acercarme, supe lo que era: un mail de despido “por pérdida de confianza y conducta impropia”.

—Se acabó —susurró, más para sí que para mí.

Guardé las manos en los bolsillos del abrigo. Sentía al niño —o la niña— como una presencia pequeña y silenciosa dentro de mí. No era consuelo ni castigo; era un hecho.

—Lo único que te queda —dije, sin dureza, solo constatando— es ser un buen pagador puntual. Eso sí que te conviene.

Marcos se dejó caer en el banco junto a Irene. Los dos estaban lívidos, los hombros hundidos, incapaces de sostenerse rectos. Por un momento pensé que se desmayarían de verdad; aquella mezcla de vergüenza, pérdida y miedo era casi física.

Los dejé allí, cuidándose mutuamente como dos náufragos que se han descubierto culpables de hundir el barco. Caminé hacia la parada de metro con mi madre a mi lado. No hablamos mucho. No hacía falta.

Esa noche volví al piso que ahora, por fin, era solo mío. Abrí las ventanas, cambié las sábanas, guardé en una caja las pocas cosas de Marcos que quedaban. En la nevera, el tupper de lentejas que había dejado antes de irme a Milán seguía allí, intacto. Lo tiré sin mirar.

Me senté en el sofá, acaricié mi vientre todavía plano y repasé mentalmente los últimos dos días. Pensé en el coche desconocido frente al portal, en la frase estúpida de Marcos, en la cara de Irene al oír “hermana”.

Llegar tres días antes había cambiado todo. No había perdón ni reparación, solo una nueva configuración de la realidad. Y en esa nueva realidad, yo seguía de pie.

A veces, pensé, llegar antes es la única forma de irse a tiempo.