Encontré a mi hija tirada en el bosque, rota, temblando, con los ojos perdidos, y cuando acerqué el oído a sus labios resecos solo alcanzó a susurrar: «Fue mi suegra… dijo que mi sangre estaba sucia». Sentí el mundo detenerse, la rabia mezclarse con el miedo, pero la cargué en brazos, la llevé a casa sin decir una palabra y, con las manos aún manchadas de tierra y sangre, le escribí a mi hermano: «Es nuestro turno. Ha llegado la hora de usar lo que el abuelo nos enseñó».

Encontré a Lucía en el borde del sendero, medio enterrada entre helechos y hojas húmedas, como si el bosque hubiese intentado tragársela y se hubiera quedado a medias. Tenía la camiseta rota, una pierna torcida en un ángulo raro y la cara llena de barro y sangre seca. Pensé que estaba muerta hasta que la vi parpadear, apenas un temblor en las pestañas.

—Lucía, cariño, soy papá, mírame —le sujeté la cara con las manos, notando el frío de su piel.

Sus labios se movieron, casi sin sonido. Me acerqué tanto que sentí su aliento débil contra mi mejilla.

—Ha sido… la abuela… —susurró—. La mamá de mamá… Dijo que… que mi sangre estaba sucia…

Se le nublaron los ojos y perdió el conocimiento. Durante un segundo me quedé inmóvil, con la frase clavada en la cabeza como un disparo mal amortiguado. Luego reaccioné. La cargué en brazos y eché a correr sendero abajo, hacia el coche aparcado al lado del merendero, con las piernas ardiendo y el corazón reventándome en el pecho.

La clínica comarcal de Cangas estaba a diez minutos en coche, pero el trayecto se me hizo interminable. Entré directo a urgencias, gritando, y se la arrancaron de los brazos sin hacer preguntas. Me dejaron en un pasillo con el olor a desinfectante pegado a la garganta. Ana no estaba; estaba en Oviedo, en una formación del trabajo.

Saqué el móvil del bolsillo con las manos aún temblando. Abrí WhatsApp, el chat con Sergio, mi hermano pequeño. Durante años, los dos habíamos hecho como si ciertas cosas de la infancia no hubieran existido. Como si nuestro abuelo Ramón no nos hubiera enseñado nunca a “defender a la familia” en la vieja casa de la aldea, con ejemplos demasiado concretos y demasiadas frases como “la sangre no se toca”.

Los mensajes de Ana se acumulaban en la parte alta de la pantalla, llamadas perdidas, notas de voz llorosas. No las escuché. Empecé a escribirle a Sergio, muy despacio, para no equivocarme:

La he encontrado en el monte. Casi muerta.
Ha sido Isabel.
Es nuestro turno.
Ha llegado la hora de hacer lo que nos enseñó el abuelo.

Apreté enviar.

La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba.

Dime dónde. Dime cuándo.

Miré la puerta de urgencias que se cerraba y abría con un silbido suave. Pensé en Lucía, en cómo me miraba siempre que venía de casa de su abuela materna, con algo incómodo en los ojos que yo no quería ver. Pensé en las cenas de Navidad, en Isabel hablando de “gente de barrios conflictivos”, mirando mi brazo tatuado, en la forma en que nunca pronunció mi apellido sin arrugar la nariz.

Guardé el móvil, salí de la clínica y conduje hasta la casa del pueblo, la que fue de mi abuelo, en las afueras de Arriondas. El camino de tierra seguía igual: baches, charcos, eucaliptos a los lados. Entré, encendí la luz amarillenta y el polvo bailó en el aire, reconocible, espeso. El olor a madera vieja me devolvió de golpe a los veranos en que Ramón nos hacía repetir sus reglas como si fueran oraciones.

Fui directo al armario empotrado del dormitorio grande. Detrás de la ropa apolillada seguía la caja metálica, con el candado oxidado. La arrastré al suelo, la abrí de una patada mal dada. Dentro, todo seguía allí: las bridas, la cinta americana, las esposas antiguas de la Guardia Civil, incluso la toalla enrollada que nos había enseñado a usar “para que no se oigan los gritos”.

El móvil vibró en mi bolsillo. Mensaje de Sergio:

Estoy llegando.

Y otro, de Ana, que apareció encima:

¿Dónde estás? Han dicho que Lucía está estable pero quiero saber qué ha pasado. Mamá no coge el teléfono.

Leí su mensaje sin contestar. Cerré la caja y la subí al maletero del coche. Afuera, el cielo de Asturias se había puesto del color del plomo. Me miré las manos en el reflejo del cristal: estaban aún manchadas del barro de Lucía.

Cuando aparqué frente al portal de Isabel, en Oviedo, ya era de noche. Las ventanas del piso estaban encendidas. Sergio, apoyado en su coche, me esperaba con la capucha puesta y las manos en los bolsillos.

—¿Seguro? —preguntó, sin acercarse.

Yo miré hacia el piso tercero, donde vivía la mujer que había dicho que la sangre de mi hija estaba sucia. Sentí algo encajando dentro, como una puerta cerrándose.

—Seguro —respondí.

Cogí del maletero la caja metálica, la cubrí con una manta vieja, respiré hondo y crucé la acera hacia el portal, justo cuando el portero automático empezó a emitir el pitido agudo de alguien que bajaba a abrir.

La puerta del portal se abrió y apareció Isabel, con el abrigo en la mano y el bolso colgado del brazo. Llevaba los labios pintados de rojo oscuro y el pelo recién peinado, como si fuera a cenar a un sitio caro. Al verme, se quedó congelada un segundo.

—Marcos… ¿Qué haces aquí? —Su mirada bajó a la caja medio oculta tras mí—. ¿Y esa…?

—Necesito hablar contigo. Es importante —sonreí, o algo parecido—. Es sobre Lucía.

El nombre de mi hija le hizo fruncir el ceño. Se acercó, lo suficiente como para que pudiera oler su perfume caro. Detrás de mí, sentí a Sergio moverse, cerrando la salida.

—Podemos subir a casa, pero solo un momento. Tengo prisa —dijo ella.

—No —intervine—. Mejor bajamos a la cochera. No quiero que los vecinos oigan.

Su desconfianza apareció un instante, un destello en los ojos. Luego asintió, quizá confiando en que, como siempre, controlaba la situación. El mando abrió la puerta de la cochera y bajamos los tres por la rampa. El eco de nuestros pasos resonó entre los coches.

El resto fue rápido. Sergio estaba detrás de ella cuando le puse la mano en el hombro. Isabel giró, molesta, y él aprovechó para cerrarle la boca con la toalla doblada mientras yo le sujetaba los brazos. La brida se cerró sobre sus muñecas con un chasquido seco. Unos minutos después, estaba tumbada en el suelo tras nuestro coche, aturdida, con los tobillos sujetos.

—Tranquila, Isabel —le dije, agachándome—. Solo vamos a hablar de sangre. De la de mi hija.

Sus ojos se abrieron como platos. Intentó gritar, pero la toalla se lo impidió. En la cochera no había nadie; los vecinos estaban en sus casas, cenando, viendo la tele. Nosotros metimos a Isabel en el maletero, nos aseguramos de que nadie nos veía y salimos rumbo a la casa del pueblo.

Conducir de noche siempre me había relajado. Aquella vez, cada kilómetro era un recordatorio. El cuerpo de mi suegra se movía de vez en cuando, golpes sordos contra la chapa. Sergio encendió un cigarro y bajó la ventanilla.

—¿Te acuerdas cuando el abuelo nos llevaba en la furgoneta? —dijo de pronto—. Decía que el miedo es más eficaz que cualquier porra.

Asentí, con la vista fija en la carretera. Recordé la voz ronca de Ramón, sus historias de interrogatorios en comisaría en los años ochenta, cuando aún se creía que los golpes arreglaban ideologías.

—Prometimos no ser como él —murmuré.

—Y aquí estamos —respondió Sergio, sin tono de reproche.

En la casa, el frío se colaba entre las rendijas. Colocamos una silla en medio del salón vacío, la misma en la que una vez Ramón nos había enseñado cómo se “sujeta” a alguien sin que pueda moverse. Sentamos a Isabel, le quitamos la toalla de la boca. Ella inspiró aire a bocanadas, la voz rota.

—Estáis locos… ¿Qué es esto? ¿Dónde está Lucía?

Me quedé de pie frente a ella, lo bastante cerca como para que viera el temblor de mis manos.

—Lucía está en urgencias —dije—. La encontré en el monte. Casi muerta. ¿Te suena?

Su cara palideció. Luego apretó los labios.

—No sé de qué hablas.

Sergio se apoyó en la pared, en silencio. Yo me incliné un poco.

—Dijo que había sido tú. Que le dijiste que su sangre estaba sucia.

Su reacción fue mínima, pero existió: un parpadeo lento, una tensión en la mandíbula.

—Es una niña. No sabe lo que dice.

—Lo sabe perfectamente —repliqué—. Siempre has hablado de sangre. De “familias de bien” y “gentuza de barrio”. ¿Sabes qué es Lucía? Es mitad tu sangre y mitad la mía. Y estaba tirada en el bosque como un animal atropellado.

Isabel respiró hondo, como si estuviera a punto de empezar un discurso de sobremesa.

—Yo quería protegerla —dijo, al fin—. Protegerla de ti. De lo que eres.

Noté a Sergio enderezarse.

—¿Y tirarla por un terraplén en el monte es protegerla? —susurró él.

Ella cerró los ojos un segundo.

—No fue así. Solo… solo quería asustarla. Que entendiera que mezclarse con gente como tu familia solo trae desgracias. Resbaló. Se cayó. Yo… entré en pánico. Me fui. Iba a llamar a emergencias, pero…

—Pero no querías que te culparan —completé, con la voz apagada.

La miré. Vi en ella algo familiar: la misma convicción férrea de Ramón cuando decía que algunos merecían “mano dura” para entender las cosas.

—Lo que hiciste con mi hija —continué— no va a quedar en un informe médico.

Isabel tragó saliva.

—Vas a ir a la cárcel si me haces algo —dijo, sin mucha seguridad—. Pensad en Ana. Pensad en Lucía.

Sergio soltó una risa breve, sin alegría.

—Precisamente pensamos en ellas.

Me volví hacia la caja metálica abierta sobre la mesa. Dentro, las esposas brillaban bajo la bombilla desnuda. En el fondo, casi olvidada, estaba la libreta vieja del abuelo, con notas sobre tiempos, amenazas, palabras que “funcionaban mejor que los golpes”. La cogí. No la había abierto en veinte años.

Pasé las páginas, leyendo frases subrayadas. “Haz que crean que no hay salida”. “La familia siempre por encima de la ley”.

Levanté la vista hacia Isabel. La mujer que había dicho que la sangre de mi hija era sucia me miraba con una mezcla de odio y miedo.

—Vamos a hablar despacio —dije, cerrando la libreta—. Y cuando terminemos, tú vas a decidir cómo acaba todo esto.

En el pasillo, el viento hacía vibrar los cristales. Mi móvil volvió a vibrar en el bolsillo, insistente. El nombre de Ana parpadeó en la pantalla. La miré unos segundos, luego lo apagué y lo dejé boca abajo sobre la mesa, entre las bridas y la cinta americana, mientras Sergio cerraba con llave la puerta de la casa.

Las horas se volvieron espesas dentro de la casa. Isabel habló, primero a golpes de orgullo, luego a trompicones. No hubo gritos largos; la toalla del abuelo seguía sirviendo para ahogar el sonido cuando se ponía histérica. No había sangre en las paredes, solo palabras acumulándose, una encima de otra.

Descubrimos que no era la primera vez que “corregía” a Lucía. Comentarios constantes sobre mi familia, sobre el barrio donde yo había crecido, sobre el “carácter violento” que “se hereda”. Un día la había dejado sola en el portal, otro la había encerrado en una habitación oscura “para que aprendiera a obedecer”. Todo, según ella, en nombre de la educación.

—Ana no sabe nada —repetía—. Yo solo quiero lo mejor para mi nieta.

—Lo mejor para tu nieta —dijo Sergio, apoyado en la mesa— sería que jamás te hubiera conocido.

En algún momento de la madrugada, Isabel se derrumbó del todo. El maquillaje corrido, el pelo pegado a la cara.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó, con la voz casi rota.

Yo estaba cansado. El plástico de la silla crujía cada vez que se movía. La libreta del abuelo seguía abierta por una página, una frase subrayada con tinta azul: “A veces, el castigo no es lo que haces, sino lo que haces que crean que va a pasar”.

—Quiero que entiendas —respondí— que la sangre de Lucía no es sucia. Ni la mía. Ni la tuya. Solo que tú has decidido que unas valen más que otras. Y casi la matas por eso.

Isabel me miró con algo que se parecía a la confusión.

—No vais a matarme —afirmó, como si necesitara escucharlo en voz alta.

Yo me encogí de hombros.

—No necesito matarte para que desaparezcas.

El plan se fue formando mientras hablábamos, mezclando recuerdos de las historias de Ramón con cosas que había aprendido en trabajos de mierda, con jefes que sabían borrar rastros. No hacía falta sangre. Hacían falta papeles, un móvil, una despedida convincente.

Sergio le quitó las bridas de una muñeca para que pudiera escribir. La miré fijamente mientras le ponía el boli en la mano.

—Vas a redactar una nota —le expliqué—. Una en la que digas que no soportas la culpa, que lo que le ha pasado a Lucía fue un accidente, que no quieres arruinarnos la vida. Y que te vas. Que no te busquen.

Ella negó con la cabeza.

—Ana nunca lo creerá.

—Ana solo verá lo que necesite ver para seguir adelante —dije—. Igual que yo llevo años sin ver lo que hacías con mi hija.

Al final, escribió. La letra temblorosa, pero reconocible. Hablaba de cansancio, de errores, de la incapacidad de vivir con lo hecho. No nombraba la palabra “suicidio”, pero la sugería lo suficiente.

Cuando terminó, le hice desbloquear su móvil. Sergio buscó el chat con Ana, con su otro hijo, con sus amigas del barrio pijo de Oviedo. Se programaron mensajes, se borraron otros, se dejaron rastros de una crisis que nunca había tenido, pero que todos estarían dispuestos a creer.

—¿Qué vais a hacer conmigo? —preguntó al final, la voz ronca.

Miré por la ventana. El cielo empezaba a aclarar por el este, gris claro sobre las montañas.

—Nada que no puedas hacer tú sola —respondí.

La llevamos al coche. No estaba atada ya; sabía que no tenía adónde ir. Conducimos hasta la costa, un mirador sobre los acantilados que ella conocía bien, de excursiones dominicales con Ana cuando eran pequeñas. Aparqué. El mar golpeaba abajo, invisibles las rocas por la altura.

Le di su bolso, su abrigo. También la nota doblada, y el móvil, con los mensajes programados.

—Aquí es donde te bajas —le dije.

—Si me tiráis, lo sabrán —susurró, con un hilo de voz.

—No te vamos a tirar —repuse—. Solo te vamos a dejar.

Nos quedamos dentro del coche. Ella abrió la puerta con manos torpes y se bajó. Caminó unos pasos hacia la barandilla. Se volvió, nos miró, esperando quizá una última palabra, una súplica, una amenaza. No dije nada. Sergio tampoco.

Al final, Isabel se quedó sola, recortada contra el mar lejano. La vi guardar la nota en el bolso, luego apoyarse en la barandilla, mirando hacia abajo. Cerré los ojos unos segundos. Cuando los abrí, seguía allí, inmóvil. Arranqué el coche y dimos la vuelta sin mirar atrás.

Durante el camino de regreso, el móvil de Sergio vibró. Era un mensaje de Ana en el grupo familiar:

Mamá me ha mandado una nota rarísima. Dice que no puede con la culpa y que necesita desaparecer. ¿Sabéis algo?

Sergio me miró de reojo.

—¿Qué le vas a decir?

Pensé en Lucía, en la cama de hospital, con la pierna escayolada, las marcas moradas que se irían borrando con el tiempo. Pensé en mi abuelo, en su voz diciendo que la familia siempre se protege.

—Le diré la verdad que pueda soportar —respondí.

Escribí:

No sé nada. Solo sé que cuando encontremos a Lucía mejor, tenemos que alejarnos de ella para siempre.

Cuando al día siguiente la Guardia Civil encontró el coche de Isabel aparcado junto al acantilado y el bolso con la nota en el asiento, nadie se sorprendió demasiado. Hablaron de depresión, de remordimientos, de lo sensible que era. La palabra “suicidio” flotó en el aire sin que nadie la pronunciara de forma definitiva.

Lucía salió del hospital dos semanas después. Cojeaba, pero sonreía al verme. Nunca volvió a ver a su abuela. Ana lloró durante meses, luego aprendió a vivir con un hueco más en una familia que ya tenía varios.

Años más tarde, un día cualquiera, encontré a Lucía en mi despacho de casa, hojeando la vieja libreta del abuelo que yo creía haber escondido mejor. Tenía quince años, los mismos ojos oscuros que Ana, pero la forma de fruncir el ceño era mía.

—Papá —dijo, levantando la vista—. ¿Qué es esto de “la familia por encima de la ley”?

La miré largo rato. En su voz no había acusación, solo curiosidad. Cerré la libreta y la guardé en el cajón.

—Es una frase vieja, de otra época —respondí—. Lo importante es que tú estés bien.

Lucía asintió, sin dejar de mirarme, como si buscara algo detrás de mis palabras.

—Yo solo sé una cosa —añadió—. Que nadie vuelve a decir que mi sangre está sucia. A nadie se lo permitiré.

No supe si aquello era una promesa o una amenaza. Me limité a asentir. Porque en mi familia, las promesas siempre se han pagado con sangre, aunque nadie quiera mirar demasiado de cerca de quién.