La música se apagó de golpe cuando, frente a todos los invitados, la novia de mi hijo clavó en mí una mirada de puro pánico y gritó: «¿Qué haces aquí? ¡Tú no estabas invitada!». Yo solo le dediqué una sonrisa lenta, saboreando el silencio pesado de la iglesia, y respondí: «He venido a traer a un invitado especial que se moría por verte». Entonces, al descubrir quién se ocultaba justo detrás de mí, su rostro perdió hasta la última gota de color.

No debería haber estado allí, eso estaba claro desde el momento en que crucé el arco de buganvillas de la finca en las afueras de Sevilla. Nadie me había enviado invitación. A mí, la madre del novio. Pero el murmullo se fue apagando poco a poco cuando la gente se dio cuenta de que avanzaba por el pasillo central, entre las sillas blancas, del brazo de un hombre que caminaba con dificultad apoyado en un bastón metálico.

Lucía me vio primero. Con su vestido marfil y la mantilla sujeta con la peineta de su abuela, parecía una portada de revista. Hasta que abrió la boca.

—¿QUÉ HACE USTED AQUÍ? ¡USTED NO ESTABA INVITADA! —su voz resonó entre los invitados, cortando la música del cuarteto de cuerda.

Noté cómo Diego, mi hijo, daba un paso hacia delante, confundido, entre el cura y el padrino. Había sudor en su frente, no sabía si por el calor de junio o por la vergüenza.

Yo sonreí. No una sonrisa amable, sino esa sonrisa tensa que llevaba meses ensayando frente al espejo, imaginando este momento.

—He venido a traer a un invitado especial —dije, alzando un poco la voz—. Alguien que se moría de ganas de verte, Lucía.

Algunos invitados soltaron una risita nerviosa. Otros se removieron incómodos en la silla. Mi hermana, sentada en la última fila, bajó la mirada. El fotógrafo, oliendo drama, empezó a disparar sin parar.

Diego caminó hacia mí, el rostro desencajado.

—Mamá, por favor… —susurró—. Hoy no. ¿Qué estás haciendo?

No le respondí. Hacía tiempo que había dejado de responder a esa clase de preguntas. Simplemente di un paso hacia un lado para que todos pudieran ver al hombre que había permanecido semiescondido detrás de mí.

Lucía, desde el altar de flores, tuvo que entornar los ojos por el sol que caía de lleno sobre la explanada. Dio un paso, luego otro, acercándose un poco. La expresión de irritación en su cara se desdibujó, primero en sorpresa, luego en algo que sólo podría describirse como puro pánico.

Su mano derecha empezó a temblar. Se llevó los dedos a los labios manchados de carmín. El murmullo creció, como una ola acercándose a la orilla.

—Lucía —dijo el hombre a mi lado, con una voz ronca, gastada, pero inconfundible—. Cuánto tiempo.

Ella abrió la boca, pero no salió palabra alguna. El color desapareció de su rostro como si alguien hubiera tirado de un interruptor. La copa de vino que sostenía el primo de Diego cayó al suelo con un estrépito lejano.

—No… —susurró al fin, casi sin aire—. No puede ser.

Sus rodillas flaquearon justo cuando todos se dieron cuenta de quién era el “invitado especial”. Y el silencio que siguió fue tan espeso que se podía cortar.

El nombre de ese hombre era Javier Muñoz, y hasta hacía tres meses yo no tenía ni idea de que existiera.

Todo empezó con una frase de Diego, un martes cualquiera, mientras recogíamos los platos en mi piso de Triana.

—Mamá, quiero que te lleves bien con Lucía. Es lo mejor que me ha pasado en la vida —dijo, con esa sonrisa suya que siempre había sido mi debilidad.

Yo asentí, pero algo en mí se revolvía. No era sólo que Lucía se hubiera empeñado en organizar una boda enorme sin contar conmigo. Era su manera de esquivar las preguntas. Cada vez que intentaba saber algo más de su familia, de su pasado en Málaga, me respondía con frases cortas, resbaladizas.

«No tengo relación con ellos», «no merece la pena hablar de eso», «son historias viejas». Siempre lo mismo.

Un día, por pura rabia, contraté a un detective privado. Me sentí ridícula al hacerlo, pero ya era tarde para arrepentirse. El hombre, un tal Morales, se pasó dos semanas husmeando en redes sociales, registros y hemerotecas. Volvió con una carpeta marrón bajo el brazo y un olor persistente a tabaco.

—Su futura nuera tiene un pasado que no le ha contado —dijo, dejándome la carpeta en la mesa de la cocina.

Dentro había recortes de periódico, fotocopias de atestados policiales y una foto en blanco y negro de un coche rojo, completamente destrozado, en una carretera comarcal a las afueras de Marbella. El titular decía:

“Joven atropellado de madrugada, el conductor se da a la fuga”.

El nombre de la víctima: Javier Muñoz, 28 años.

Leí los detalles con las manos heladas. Madrugada de un domingo, lluvia fina, un Seat Ibiza rojo que no se detuvo. El joven, encontrado horas más tarde, entre la vida y la muerte. Un testigo habló de una chica al volante, “morena, veintipocos, vestida de fiesta”.

Morales pasó la página.

—Aquí viene lo interesante. Un año después del accidente, su Lucía vendió un Seat Ibiza rojo, matriculado en Málaga. El mismo modelo. Y hay registros de una denuncia anónima que mencionaba su nombre. Nunca prosperó.

No dormí esa noche. Ni la siguiente.

Al principio pensé en dejarlo estar. Pensé que tal vez todo eran coincidencias. Pero entonces encontré, entre los papeles, un informe médico más reciente, de una clínica de rehabilitación en Dos Hermanas. Javier Muñoz seguía vivo, aunque con secuelas. Y, según la nota de Morales, había pronunciado un nombre varias veces durante su ingreso:

—Lucía.

Fui a verlo una tarde de abril. La clínica olía a desinfectante y café recalentado. Lo encontré en el jardín interior, con una sudadera gris y el bastón apoyado junto al banco. Tenía una cicatriz larga, pálida, que le cruzaba la frente.

—¿Tú quién eres? —me preguntó, mirándome con recelo.

—Soy la madre de Diego. Se va a casar con Lucía —respondí, observando cada músculo de su cara.

El silencio que siguió fue pesado, casi insoportable. Sus dedos se crisparon alrededor del bastón.

—Así que al final lo ha conseguido —dijo al cabo de un rato, con una sonrisa torcida—. Siempre dijo que se casaría “bien”.

Me contó su historia despacio, como si cada palabra fuera una piedra que tenía que sacar de dentro. Que había salido con ella unos meses. Que habían discutido esa noche. Que ella había bebido de más. Que, cuando él cruzó la carretera para volver al coche, vio las luces demasiado tarde.

—Recuerdo su cara —murmuró—. Recuerdo que me miró, que vio la sangre, y aun así pisó el acelerador. Y luego oscuridad.

Mientras hablaba, algo dentro de mí encajaba con un clic frío. No era ya sólo la nuera que no me gustaba. Era una mujer que se había ido, dejándolo tirado en el asfalto.

Cuando me pidió, con voz rota, que lo dejara todo como estaba, que no quería problemas, supe que no le haría caso.

—No quiero venganza, señora —me dijo—. Sólo quiero olvidar.

Yo, en cambio, había encontrado una razón muy clara para no olvidar nada. Y así fue como nació la idea que hoy se estaba haciendo realidad, allí, frente al altar.

—Lucía, ¿lo conoces? —preguntó el cura, desconcertado, como si de pronto se hubiera encontrado en medio de una obra de teatro que no entendía.

Ella dio un paso atrás. Sus tacones se clavaron en la alfombra blanca.

—Diego, vámonos de aquí —balbuceó—. Ahora mismo. Esto es una locura.

Diego miraba alternativamente a Javier, a mí y a ella, como si intentara resolver un puzle sin tener todas las piezas.

—Mamá, explícalo —dijo al fin, con un hilo de voz.

No me hizo falta. Javier levantó la cabeza, sus ojos oscuros se clavaron en los de Lucía.

—Explícalo tú —dijo él—. Cuéntale dónde estabas hace cuatro años, aquella noche de lluvia, cuando me dejaste tirado en la carretera.

Un murmullo helado recorrió a los invitados. Alguien dijo en voz baja: «Madre mía…». El padre de Lucía, que hasta entonces había permanecido en un discreto segundo plano, se levantó de golpe, pero su esposa lo sujetó del brazo con fuerza.

Lucía negó con la cabeza una y otra vez, pero la palabra no salía.

—No sé de qué habla —alcanzó a decir—. Está loco, Diego, te lo juro…

Javier se rió sin alegría.

—La misma colonia —murmuró—. La misma forma de fruncir el labio cuando mientes.

Saqué de mi bolso un sobre doblado. Lo había traído por si hacía falta, aunque en el fondo sabía que no iba a necesitarlo. Le temblaban un poco las manos cuando se lo tendí a Diego.

—Aquí tienes los informes, los recortes, los datos del coche. Todo. Por si quieres comprobarlo. Yo ya lo he hecho.

Diego cogió los papeles como si quemaran. Empezó a leer, los ojos moviéndose de izquierda a derecha con rapidez, cada vez más abiertos.

—No… —susurró—. Lucía, dime que no. Dime que esto es un error horrible, que es otra persona, que…

Ella cerró los ojos. Por un segundo pensé que seguiría con la mentira hasta el final. Que se aferraría a su versión como a un salvavidas. Pero cuando volvió a abrirlos, algo en su mirada se había quebrado.

—Fue un accidente —dijo, casi sin voz—. Yo… yo tenía miedo. Era muy tarde, no había nadie, y… corrí. Pensé que estaba muerto. No sabía que seguías vivo, Javier. Lo juro.

Un par de invitadas se llevaron la mano al pecho. Una niña comenzó a llorar sin entender por qué los adultos habían dejado de sonreír.

El cura carraspeó.

—Creo que deberíamos… suspender la ceremonia —murmuró.

—La boda se ha acabado —dijo Diego, con una calma que me asustó—. Aquí mismo.

Lucía dio un paso hacia él, extendiendo la mano.

—Podemos hablarlo, podemos…

—¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo? —la interrumpió—. ¿Hasta tener hijos? ¿Hasta que apareciera otro “accidente” en tu vida?

No gritó. Eso fue lo peor. Hablaba bajo, pero cada palabra caía como una piedra.

Alguien llamó a la policía. No fui yo. Quizá fue el propio Javier, quizá uno de los familiares que, de pronto, recordaban términos como “omisión del deber de socorro” que habían oído en las noticias. Cuando los agentes llegaron, la música hacía rato que se había detenido y el catering empezaba a recoger discretamente las bandejas.

Lucía no se resistió. Se dejó poner las esposas con la mirada perdida, como si estuviera viendo otra vida derrumbarse frente a ella. Antes de que la subieran al coche, se giró hacia mí.

—Usted ha ganado —dijo—. Pero también ha perdido a un hijo.

No respondí. La observé entrar en el coche patrulla y desaparecer por el camino de tierra flanqueado de olivos.

Tenía razón, en parte. Diego no me habló durante semanas. Se fue a vivir a un piso pequeño en Nervión, pidió una excedencia en el trabajo y dejó de contestar mis llamadas. Sólo supe de él por mi hermana, que lo había visto comprar pan en una esquina, con la barba crecida y los ojos enrojecidos.

Pasó casi un año hasta que llamó a mi puerta.

—He venido a devolverte esto —dijo, tendiéndome el sobre con los recortes y los informes.

Lo dejé sobre la mesa, sin mirarlos.

—¿La han condenado? —pregunté.

Asintió.

—Cuatro años y medio. El juez tuvo en cuenta que se entregó y confesó todo. —Hizo una pausa—. Y que tú lo sacaste a la luz.

Nos miramos largo rato, sin saber muy bien quién era el culpable de qué. Al final, fue él quien rompió el silencio.

—No sé si algún día podré perdonarte por cómo lo hiciste —dijo—. Pero sé que no podía casarme con alguien capaz de dejar a un hombre tirado en una carretera.

Después de que se marchara, abrí el sobre y saqué la foto del coche destrozado. La miré un momento, luego la tiré a la basura. No sentí satisfacción ni alivio. Sólo una especie de vacío ordenado.

En la estantería del salón, el único recuerdo de aquella boda que nunca fue es una invitación enmarcada, con sus nombres en caligrafía dorada. A veces, cuando la miro, recuerdo la cara de Lucía perdiendo el color frente al altar, y la voz de Javier diciendo “cuánto tiempo”.

Y entonces, por primera vez en mi vida, me reconozco en un papel que nunca quise admitir: el de quien enciende la luz en mitad de una fiesta, aunque todos prefieran seguir a oscuras.