Me divorció a los 50 y, sin una pizca de vergüenza, metió a su nueva esposa en nuestra casa, la misma que construimos juntos ladrillo a ladrillo; me miró a los ojos y me dijo que yo era demasiado vieja, demasiado aburrida, que ya no encajaba en su nueva vida brillante, y mientras ellos celebraban su traición en lo que aún olía a mis recuerdos, yo sonreí en silencio, vendí todo a mis espaldas, cobré cada centavo que me correspondía y, cuando menos lo esperaban, los dejé a ambos en la calle, enfrentando el frío de su propia crueldad.

Se divorció de mí a los cincuenta y metió a su nueva esposa en nuestra casa.
Y me dijo a la cara que yo era “demasiado vieja. Demasiado aburrida”.

Me llamo Marta García de la Vega, tengo 50 años y he pasado media vida en un piso amplio en el barrio de Chamberí, en Madrid, con mi ahora exmarido, Javier Ortega, 52, arquitecto de renombre moderado, pero con ego desproporcionado. Durante años creí que teníamos un matrimonio estable, más rutina que pasión, sí, pero estable.

Hasta que un día, un martes cualquiera, llegó tarde, se sentó frente a mí en la mesa del comedor y soltó, sin rodeos:

—Marta, quiero el divorcio.
—¿Hay otra? —pregunté, sin ni siquiera levantar la voz.
Sonrió, como si por fin pudiera decir lo que llevaba tiempo pensando.
—Sí. Y es más joven. Y divertida. Tú… ya no.

La “divertida” se llamaba Lucía. Treinta y dos años, influencer de interiorismo, selfie en cada esquina de Malasaña. En menos de dos meses, el divorcio express estaba firmado. Javier insistió en que era lo “mejor para todos”, mientras se paseaba por el salón que aún llevaba mis fotos, mis libros, mi vida.

—Te dejo el coche, Marta, y algo de dinero, pero la casa me la quedo yo —soltó un día—. Yo la pago, yo la mantengo. Es mi nombre el que está en todo.

Lo dijo confiado, casi con desprecio. Y ahí entendí que no tenía ni idea de con quién se había casado.

Lo primero que hice fue ir a ver a Isabel, mi amiga abogada. En su despacho de la calle Serrano, sacara una carpeta gruesa.
—Marta, la casa está a nombre de los dos. Régimen de gananciales. Aunque él haya pagado más, legalmente es el cincuenta-cincuenta. Si quieres, obligamos a la venta.
—Él dice que se la queda.
Isabel se encogió de hombros.
—Podéis negociar. O puedes ser… creativa.

Cuando volví a casa, Lucía ya estaba instalada. Sus tacones repiqueteaban por el pasillo, sus risas agudas llenaban el salón donde yo solía leer en silencio. Habían cambiado las cortinas, habían quitado mis cuadros, habían puesto velitas aromáticas baratas por todas partes.

—Marta, ¿no crees que deberías ir buscando algo más… adecuado para ti? —me dijo Javier una noche, abrazando a Lucía por la cintura—. Un piso más pequeño, más tranquilo.

Sentí cómo algo se encajaba dentro de mí, como una pieza de puzzle que por fin encontraba su lugar.

Dos semanas después estaba sentada en una notaría cerca de la plaza de Castilla, frente a un señor de pelo blanco y gafas finas. Tenía delante la escritura de la casa, el informe de tasación y una propuesta de compraventa. Había encontrado un comprador gracias a una agencia inmobiliaria que Isabel me recomendó.

El notario alzó la vista:
—¿Está segura, doña Marta, de querer proceder con la venta de su parte y solicitar la extinción del condominio?
Respiré hondo.
—Más que nunca.

Tomé la pluma. En cuanto firmara aquella página, todo cambiaría. Para mí. Para Javier. Para su “divertida” Lucía.

La firma en la notaría fue solo el principio. Isabel se encargó de todo con una calma quirúrgica.
—Obligamos a Javier a vender, Marta. Legalmente no tiene salida. O te compra tu parte por el valor real —y no el que le convenga— o se vende la casa entera.

Mientras tanto, yo seguía viviendo allí, convertida en una intrusa tolerada. Lucía hacía como si yo fuese una especie de tía rara que aún no había encontrado residencia.

—Cariño, hay que tener paciencia con la gente mayor —le oí decir una vez en la cocina, sin saber que yo estaba al otro lado de la puerta.
—Ya, ya… —rió Javier—. En cuanto arreglemos unos papeles, se va por su propio pie.

Jugaban a imaginar un futuro en “su” casa: reformar el salón, tirar el tabique del despacho (el único lugar que aún respetaban porque estaba lleno de mis documentos), poner una isla en la cocina. Yo escuchaba en silencio, tomando nota.

El comprador apareció rápido: un matrimonio joven con un niño pequeño, fascinados con la luz del piso y la ubicación. Firmaron la reserva en la agencia. Isabel me mantuvo al tanto de cada paso.

—Javier está furioso —me dijo por teléfono—. Ha intentado decir que no quiere vender. Pero la extinción de condominio va en serio. O te paga tu mitad a precio de mercado, más gastos, o se vende. Y, sinceramente, no tiene liquidez para pagar. He visto sus números.

Ahí entraba mi segundo movimiento. Durante años había dejado que Javier gestionara casi todo lo económico, pero no era tan ingenua. Teníamos cuentas conjuntas, inversiones y participaciones en su estudio de arquitectura. Legalmente, una parte era mía. Legalmente, yo podía disponer de ello.

Fui al banco, a la sucursal de la calle Fuencarral. Pedí cita con el director, un hombre de traje gris que me reconoció de inmediato.
—Señora García, ¿en qué puedo ayudarla?
—Quiero cancelar las cuentas conjuntas y transferir mi parte a una cuenta a mi nombre. Y quiero vender mis participaciones en el estudio Ortega&Asociados.

Los números eran fríos, asépticos. Pero cuando vi el saldo final en mi nueva cuenta, sentí algo parecido a la libertad. No era una fortuna, pero sí suficiente para empezar una vida sin depender de nadie.

La fecha de la compraventa se fijó para un viernes. Estrategia de Isabel:
—Mejor si Javier está distraído. Tiene previsto un viaje de fin de semana con Lucía a Valencia, ¿no? Me lo comentaste.

Salieron el jueves por la tarde, maletas en mano, Lucía haciendo stories en el portal: “Roadtrip con mi amor”. Yo los observé desde la ventana del salón, con una taza de té entre las manos. Cuando el taxi giró la esquina, me moví.

Esa misma tarde vino la empresa de mudanzas que ya tenía contratada. Entraron tres hombres, eficaces y silenciosos.
—Solo estas cajas marcadas, por favor —les dije. Mis libros, algo de ropa, documentos, unas pocas fotos. El resto… se quedaría.

El viernes por la mañana firmamos la venta en la notaría. El matrimonio joven estaba radiante. El notario leyó, confirmó, todos firmamos. La transferencia llegó a mi cuenta. Javier, ausente, fue representado legalmente tras negarse y perder. Había intentado frenar todo, pero la ley no conocía su ego.

A mediodía, dejé las llaves sobre la encimera de la cocina. No eran ya mis llaves, ni mi cocina. Cerré la puerta con la copia que la agencia me había pedido dejar en el buzón del nuevo propietario.

Por la tarde cogí un AVE a Valencia con una maleta y una mochila. Tenía alquilado un pequeño piso en Ruzafa, pagado por adelantado seis meses. Nadie allí sabía quién era Javier, ni Lucía, ni la Marta que “había dejado de ser divertida”.

A las once de la noche, mientras deshacía la maleta en mi nuevo dormitorio, el móvil empezó a vibrar sin parar. Llamadas perdidas de Javier. Mensajes. Fotos.

Una imagen me hizo sonreír: él y Lucía, en el portal del edificio de Chamberí, frente a la puerta… con una cerradura nueva y un timbre con otro apellido.

“¿QUÉ HAS HECHO, MARTA?”

Seguido de otro:

“¿DÓNDE ESTÁN MIS CUENTAS? ¿MIS AHORROS? ¡NO TENÍAS DERECHO!”

El último mensaje fue un audio lleno de gritos y de insultos que escuché a medias, tumbada en la cama, mirando el techo blanco.

No respondí. Apagué el móvil.
Y por primera vez en muchos años, dormí profundamente.

Las semanas siguientes fueron silenciosas, pero no vacías. En Valencia, mi vida se redujo a cosas simples: caminar por el Jardín del Turia, tomar café en terrazas donde nadie me conocía, reorganizar mi currículum. Había sido administrativa en una clínica privada durante años, antes de dejar el trabajo para “apoyar la carrera” de Javier.

En menos de un mes encontré un puesto a media jornada en una asesoría cerca de la plaza del Ayuntamiento. Jefe correcto, compañeras discretas. Nadie me preguntaba por qué, a los cincuenta, estaba empezando de cero. O, si lo pensaban, se lo guardaban.

Javier seguía escribiendo. A veces abría los mensajes por curiosidad.
“Nos has dejado en la calle, Marta.”
“Lucía ha tenido que irse con una amiga, ¿estás contenta?”
“¿Sabes lo ridículo que es un arquitecto sin despacho y sin casa?”

Supe por un correo de Isabel que el estudio Ortega&Asociados estaba tambaleándose.
—Vendiste tus participaciones en el peor momento para él… y el mejor para ti —me explicó en una videollamada—. Tiene deudas, Marta. Y sin la casa, sin las cuentas conjuntas, está apretado. No es tu problema.

“Ya lo sé”, pensé. No lo dije. No sentía ni culpa ni euforia. Solo una calma extraña.

Un domingo, mientras comía una paella en un restaurante de la Malvarrosa, vi que entraba un correo de Javier con el asunto: “Última vez que te escribo”. Lo abrí por pura curiosidad.

“Marta:
No sé cómo has conseguido engañarme a mí y a todos los abogados. Nos has robado mi casa, mi dinero, mi estudio. Lucía no aguanta esta situación, se ha ido con su madre. Estoy alquilando un piso en Vallecas, ¿te lo puedes creer? Yo, Javier Ortega, viviendo en un piso cutre de dos habitaciones.
Si lo que querías era verme hundido, enhorabuena. Lo has conseguido.
No sé cómo fuiste capaz de hacer algo tan cruel.
J.”

Me reí por primera vez desde hacía mucho, pero no a carcajadas. Más bien una risa corta, seca. “Engañarte”, decía. Como si él no hubiera llevado a una mujer de treinta y dos años a nuestra cama mientras yo aún estaba calentando la cena en la cocina.

Esa tarde, de vuelta a mi piso, abrí una caja que aún no había deshecho. Dentro estaban algunos marcos de fotos. Javier y yo en Granada, en la Alhambra, con veinte y tantos. Javier cortando la cinta del estudio nuevo. Nosotros cenando en Navidad, con mis padres ya mayores.

Fui sacando las fotos una a una. Separé las pocas en las que solo estaba yo: en la playa con mi hermana, en un mirador de Toledo, sonriendo con el pelo revuelto por el viento. Las otras las rompí con paciencia, sin rabia. Solo papel volviendo a ser papel.

Esa noche, encendí el móvil por primera vez en días y escribí a Javier un solo mensaje:

“No te engañé. Leí todo lo que firmabas durante años. Tú fuiste quien nunca miró los papeles. Ni a mí. Yo solo me quedé con lo que legalmente me correspondía. La casa no era tuya. Era de los dos. Las cuentas, también.
Que te parezca cruel empezar de cero a los cincuenta es tu problema. Yo también empecé de cero. Te deseo que lo consigas.”

Lo envié. Apagué las notificaciones de su chat para siempre.

No esperaba respuesta, pero llegó al cabo de unos minutos:
“Eres más fría de lo que creí. No vuelvas a escribirme.”

Sonreí. No pensaba hacerlo.

Pasaron los meses. En la asesoría me ofrecieron ampliar horas. Empecé a ir a clases de fotografía los sábados. Un día, una de las compañeras del curso, Elena, me pidió que posara para un ejercicio de retrato.
—Tienes una cara interesante, Marta. No de chica joven de Instagram. De vida.
Me senté frente al objetivo sin sentir vergüenza. La luz de la tarde entraba por la ventana del estudio. Por un momento pensé en Lucía, en sus stories, en su necesidad constante de mostrarse perfecta. Y en Javier, en su piso de Vallecas, rodeado de planos que quizá ya nadie quería.

El disparo de la cámara sonó seco, limpio.

No pensé en justicia. Ni en venganza. Solo en el hecho simple y concreto de que, cuando él me dijo que era “demasiado vieja, demasiado aburrida”, todavía no había visto de lo que era capaz cuando decidía no quedarse al margen de su propia vida.

Al volver a casa, me serví una copa de vino, abrí la ventana del salón y escuché el ruido de la ciudad. Mensajes, llamadas, pasado, todo estaba lejos.

Había vendido una casa. Había perdido un matrimonio. Había dejado a dos personas sin el nido cómodo que creían tener garantizado.