Cuando le pregunté a mi nuera a qué hora sería el funeral de mi hijo, me respondió sin titubear:
—Ya se fue hace días, Teresa. Lo enterramos en una ceremonia pequeña, solo para amigos íntimos.
Sentí que el teléfono se me resbalaba entre los dedos.
—¿Cómo que ya lo enterraste, Lucía? —pregunté, con la voz quebrada—. ¡Soy su madre!
Al otro lado hubo un silencio espeso, seguido de un suspiro corto.
—No tenía fuerzas para organizar nada grande. Marcos no lo hubiera querido… Además, fue todo muy rápido. Un infarto. Lo siento, Teresa.
Yo, Teresa López, sesenta y cinco años, jubilada en Zaragoza, escuchaba esas palabras desde la butaca del salón, mirando fijamente la foto enmarcada de mi hijo Marcos, con su sonrisa de siempre y Alba, mi nieta, subida a sus hombros.
—Quiero ir a Barcelona —dije al fin—. Quiero ver dónde lo enterraste.
—No. —La respuesta fue inmediata, casi cortante—. De verdad, no vengas ahora. Todo el mundo está agotado, Alba está muy nerviosa… Necesitamos tranquilidad.
Había algo en su tono que no encajaba con el de una viuda reciente. No era solo frialdad; era prisa, como si quisiera cerrar la conversación lo antes posible.
—Lucía, al menos dime en qué cementerio está.
—En el de Montjuïc —mintió sin dudar—. Pero ya está todo hecho. Por favor, respeta mi duelo.
Colgó antes de que yo pudiera decir nada más.
Pasé la noche en vela, con la televisión apagada y la casa en silencio, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con la tristeza. Mi hijo, enterrado sin mí. Una ceremonia “para amigos íntimos”. ¿Y yo qué era entonces?
Tres días después cogí el AVE a Barcelona sin avisar a nadie. En el cementerio de Montjuïc, un empleado consultó el ordenador y negó con la cabeza.
—No tenemos registrado ningún entierro reciente a nombre de Marcos García López. ¿Seguro que está aquí?
Noté un zumbido en los oídos.
—Tiene que haber un error —insistí—. Murió hace una semana.
El hombre volvió a comprobar. Nada. Salí de allí con las piernas temblorosas. Fui al registro civil. Tampoco había certificado de defunción.
Esa misma tarde llamé a Lucía. No contestó. Le dejé varios mensajes:
—Explícame esto. Necesito saber la verdad.
Al día siguiente, fui a una comisaría de los Mossos d’Esquadra.
—Quiero denunciar la desaparición de mi hijo —dije, apoyando las manos en el mostrador—. Me han dicho que está muerto. Pero no existe ningún registro de su muerte.
El agente me miró con atención, tomó notas y abrió una ficha.
Una semana después de aquella primera conversación sobre el supuesto funeral, mi móvil empezó a vibrar. Era Lucía. Contesté. Su voz sonaba agitada, casi ahogada.
—¿Qué estás haciendo con mi vida, Teresa? —gritó—. ¿Qué has ido a contar a la policía?
Y por primera vez desde que “enterraron” a mi hijo, sentí algo parecido a calma.
—He dicho la verdad —respondí, sosteniendo el móvil junto a la oreja—. Que mi hijo ha “muerto” sin cadáver, sin certificado y sin tumba.
Al otro lado escuché cómo cerraba una puerta de golpe, como si se hubiera escondido en alguna habitación.
—¿Estás loca? —susurró—. ¿Quieres que nos hunda la Seguridad Social, el seguro, todo?
La palabra “seguro” se me clavó como una astilla.
—¿De qué estás hablando, Lucía?
Colgó.
El agente de los Mossos me llamó dos días después. Me citó en la comisaría de Les Corts. Me senté frente a él, un hombre de unos cuarenta años con gesto cansado.
—Señora Teresa, hemos hecho algunas comprobaciones —dijo—. No consta ningún fallecimiento de su hijo Marcos ni ningún accidente reciente a su nombre. Tampoco ha pasado por ningún hospital.
—Entonces… —tragué saliva—. ¿Dónde está?
El agente se encogió de hombros.
—Sí sabemos que, hace tres semanas, su nuera Lucía Soler solicitó una pensión de viudedad y presentó un certificado médico de defunción emitido en una clínica privada. Estamos comprobando la autenticidad de ese documento.
Sentí una mezcla densa de vértigo y lucidez.
—¿Quiere decir que… ha fingido su muerte?
—Aún no podemos afirmarlo. Pero algo no cuadra. Necesitamos hablar con ella.
Salí de la comisaría con la mente en ebullición. Pensé en Alba, en la niña de ocho años que creía que su padre estaba bajo tierra. O quizá ni eso; quizá le habían contado otra cosa. Llamé a Lucía una vez más. Esta vez respondió.
—Tenemos que vernos —le dije—. Cara a cara. O iré con la policía.
Se rindió con un suspiro.
—Mañana, a las seis, en el bar La Esquina, en la calle Mallorca. Vienes sola.
El bar estaba medio vacío. Lucía me esperaba en una mesa del fondo, con gafas de sol aunque dentro no hacía falta. Cuando me vio, se las quitó. Tenía las ojeras marcadas y un gesto crispado, pero no había lágrimas.
—Siéntate —ordenó.
Me senté.
—Dime dónde está Marcos —pedí, sin rodeos.
Lucía apretó los labios antes de hablar.
—No lo sé. Se fue. Hace dos meses hizo las maletas y desapareció. Ni una llamada, ni un mensaje. Solo deudas, amenazas y un agujero en la cuenta corriente. ¿Te sirve eso?
—¿Deudas de qué?
—De todo. Apuestas deportivas, créditos rápidos, un negocio absurdo de criptomonedas… Llevaba años mintiéndome. Cuando empezaron a llamar tipos que yo no conocía, entendí que ya no era solo dinero.
Se pasó la mano por el pelo, desesperada.
—Entonces, ¿por qué decir que está muerto?
Esbozó una sonrisa torcida.
—Porque nadie ayuda a una mujer abandonada. Pero a una viuda con una niña pequeña, sí. Mis padres, tus vecinas, el colegio, el Estado. Y porque si Marcos realmente está metido con gente peligrosa, es mejor que crean que está bajo tierra.
Me quedé en silencio. Podía imaginar a mi hijo escapando, huyendo de sus propias decisiones. Lo conocía. Siempre fue experto en irse justo antes de que las cosas explotaran.
—¿Y el certificado de defunción? —pregunté.
—Comprado. —No apartó la mirada—. Un médico que firma papeles por dinero. No eres tan ingenua como para pensar que eso no existe.
La rabia me subió como un golpe de calor.
—Has convertido a mi hijo en un muerto administrativo para cobrar una pensión.
—He salvado a Alba —replicó, clavando el dedo en la mesa—. No quiero que esos hombres la busquen algún día.
—Y me has excluido a mí.
Se encogió de hombros.
—Tú siempre lo defendiste todo. Pensé que, si sabías que era una farsa, irías directo a la policía. Y mira, no me equivoqué.
Nos quedamos mirándonos en silencio. Yo escuchaba mi propio corazón retumbando en las sienes.
—Voy a encontrar a Marcos —dije al final—. Y vas a tener que dar muchas explicaciones.
Lucía soltó una risa incrédula.
—No sabes por dónde empezar.
Pero sí lo sabía. Empecé por donde Marcos siempre se sentía más fuerte: sus viejas redes sociales, sus contactos de universidad, su obsesión por dejar rastros digitales de todo. Dos semanas después, siguiendo un hilo de fotos etiquetadas, comentarios inocentes y una factura olvidada en un correo compartido, terminé ante un portal en Valencia, en el barrio de Ruzafa.
El timbre tenía un nombre nuevo: “M. G. López / N. Ferrer”.
Respiré hondo y pulsé.
La puerta se abrió al cabo de unos segundos. Marcos apareció en el marco, vivo, con barba descuidada y una expresión que se desmoronó en cuanto me reconoció.
—Mamá…
Y toda su muerte se deshizo en ese solo susurro.
Nos quedamos mirándonos, como dos desconocidos que comparten un pasado inconfesable. Detrás de él, se escuchó una voz femenina:
—¿Quién es, Marcos?
Una mujer joven, Nuria según el buzón, apareció a su espalda, secándose las manos en un paño de cocina. Me observó con curiosidad.
—Soy su madre —respondí antes de que él pudiera inventarse nada.
Marcos se apartó, incómodo.
—Nuria, luego te explico, ¿vale?
Ella frunció el ceño, pero asintió y desapareció hacia el interior del piso. Él me hizo un gesto para que pasara.
El salón era pequeño, con cajas aún sin abrir, una tele encendida sin sonido y olor a café reciente. Me senté en una silla. Él permaneció de pie, como si no supiera dónde colocar su culpa.
—Así que estás muerto —dije, mirando a mi alrededor—. Te sienta bastante bien.
Marcos se llevó las manos a la cara y se dejó caer en el sofá.
—No tenías que venir, mamá.
—Enterraste tu vida, no a mí. —Le clavé la mirada—. ¿Sabes que Lucía ha pedido una pensión de viudedad con un certificado falso? ¿Sabes en qué lío nos has metido a todos?
Él cerró los ojos.
—Yo no le pedí que lo hiciera. Solo… me fui.
—Abandonaste a tu hija.
El silencio respondió por él.
—Lucía dijo que tenías deudas, que te perseguían.
—No exagera —admitió—. Me metí con gente que no perdona. Pensé que, si desaparecía del mapa, al menos ellas podrían empezar de cero.
Lo observé. Mi hijo, con las mismas manos nerviosas de cuando era niño y mentía.
—¿Y esta chica? ¿Sabe que estás muerto en Barcelona?
—No. Para ella, solo corté con mi ex y me vine aquí a trabajar.
Inspiré despacio. La indignación ya no era un fuego sino una piedra fría.
—La policía ya sabe que no hay rastro de tu muerte —dije—. Si tiran un poco del hilo, aparecerás tú, tu certificado falsificado, Lucía, el médico, todos.
Marcos me miró con verdadero miedo.
—No les digas nada, mamá. Te lo suplico. Si vuelvo a Barcelona, me encuentran. Esa gente no olvida. Y si sale a la luz lo del seguro, lo perderemos todo. Lucía, Alba… tú también.
Sentí que, por primera vez, tenía algo que él deseaba: silencio. Poder.
—Lucía me llamó histérica —añadí—. “¿Qué estás haciendo con mi vida?”, me dijo. La tuya, en cambio, parece bastante tranquila aquí.
Se levantó y se arrodilló frente a mí.
—Haré lo que me pidas. Te enviaré dinero cuando pueda, iré a verte, hablaré más con Alba por videollamada… lo que sea. Solo no me traiciones.
La palabra “traición” flotó entre nosotros. Quién había traicionado a quién era cuestión de perspectiva.
—Quiero ver a mi nieta —dije al fin—. Quiero que viva lejos de tus mentiras y de las de Lucía.
—Lucía no te la va a dar así como así.
—Lucía está asustada —respondí—. Y tú también. Eso me da margen.
Salí de Valencia con una foto suya reciente en el móvil, hecha sin que se diera cuenta mientras Nuria le llamaba desde la cocina. Prueba de vida. Prueba de muerte falsa.
De vuelta en Barcelona, cité a Lucía en mi piso de alquiler, un estudio pequeño al lado de Sants. Llegó con el gesto duro, los ojos enrojecidos.
—¿Lo has encontrado? —preguntó sin sentarse.
Le mostré la foto. Ella la miró en silencio, con la mandíbula tensa. No lloró.
—Sabía que seguía vivo —murmuró—, pero verlo…
Guardé el móvil.
—Tenemos un problema común —dije—. Tú has cometido fraude. Él ha huido. Yo he removido demasiado. La policía sospecha.
—¿Vas a ir con esa foto? —preguntó, midiendo cada palabra.
La miré despacio.
—Podría. O podría no hacerlo. Depende.
Lucía se sentó frente a mí, los codos sobre las rodillas.
—¿Qué quieres, Teresa?
No fue dinero lo que pedí. No me interesaban sus cuentas ni su piso en Barcelona.
—Quiero a Alba —dije—. Formalmente. Quiero la custodia compartida, pero en la práctica, que pase la mayor parte del tiempo conmigo en Zaragoza. Un colegio nuevo, lejos de tus mentiras y de las de su padre. Y quiero que mantengas tu versión oficial ante todos, policía incluida: no sabes dónde está Marcos, no sabes nada del certificado, no sabes nada de nada.
Lucía me miró con una mezcla de odio y admiración.
—Me estás pidiendo que sostenga yo sola el peso del delito, mientras tú te llevas a mi hija.
—Tú empezaste esta farsa —respondí, sin subir el tono—. Yo puedo acabarla… o puedo dejarla en pausa.
Pasó un largo minuto. Al final, Lucía asintió, rota pero lúcida.
—Haz los papeles.
Un año después, Alba venía feliz a Zaragoza “a vivir con la abuela Teresa”. En Barcelona, Lucía seguía siendo “la viuda joven que lucha por salir adelante”. En Valencia, Marcos era “el ingeniero que se reinventó”.
En los archivos de los Mossos, el expediente de la muerte inexistente de Marcos García López seguía abierto, pero frío. Faltaban piezas, testigos dispuestos, ganas de removerlo todo.
Y yo, que sabía dónde estaba el muerto y el vivo, no tenía ninguna prisa en aclararlo.



