Me representé a mí misma en el tribunal porque no tenía a nadie más, y cuando mi esposo soltó una carcajada cruel diciendo: “Eres demasiado pobre para contratar a un abogado”, sentí cómo todos en la sala asentían en silencio, convencidos de que estaba derrotada antes de empezar. Me puse de pie con las manos temblando pero la mirada firme; el murmullo cesó cuando pronuncié mi primera frase, y de pronto el aire se volvió pesado, como si cada palabra mía estuviera a punto de cambiarlo todo.

Cuando el ujier dijo mi nombre —“Marta Álvarez García, en representación propia”— escuché la risita ahogada de Javier detrás de mí.
—Claro, como no puede pagarse un abogado… —murmuró lo bastante alto para que lo oyera media sala.
Su abogada sonrió por lo bajo, revisando una carpeta gruesa con separadores de colores. Yo solo llevaba una carpeta azul, gastada, llena de post-its y fotocopias.

El Juzgado de Primera Instancia nº 12 de Madrid olía a papel viejo y café recalentado. El juez, don Antonio Requena, levantó la vista por encima de sus gafas.
—Bien. Procedemos con la vista de divorcio contencioso entre don Javier Serrano y doña Marta Álvarez. ¿Listas las partes?

La abogada de Javier asintió con seguridad. Yo me levanté, sentí las rodillas temblar, pero la voz me salió más firme de lo que esperaba.
—Sí, señoría.

El juez me miró con una mezcla de curiosidad y condescendencia.
—¿Confirma que comparece sin letrado ni procurador?
—Así es, señoría. He solicitado la dispensa conforme al artículo 23 de la Ley de Enjuiciamiento Civil. —Había repetido esa frase tantas veces en el espejo que sonó automática.

Se produjo un leve murmullo en el público. Javier se inclinó hacia su abogada.
—Verás el show —le susurró, creyendo que yo no le oía.

El juez pidió silencio.
—Muy bien. Comenzaremos con las alegaciones iniciales. Doña Marta, tiene la palabra.

Noté cómo todos esperaban que balbuceara algo incoherente. Apreté los dedos contra el borde de la mesa. Había tardado meses en llegar a ese momento: noches sin dormir, leyendo sentencias en el móvil, viendo vídeos de juicios en YouTube, subrayando artículos de la ley que apenas entendía al principio.

Tomé aire.
—Señoría, antes de exponer mi demanda de divorcio, solicito que se incorpore al procedimiento un hecho nuevo de especial gravedad: la existencia de cuentas bancarias ocultas en Luxemburgo a nombre de mi marido, no declaradas ni a Hacienda ni en este juzgado.

La sala se quedó en silencio absoluto.

La abogada de Javier dejó de sonreír.
—Protesto, señoría —saltó enseguida—. Mi representado no ha sido informado de ninguna ampliación de hechos…

Yo abrí mi carpeta azul y saqué un fajo de documentos cuidadosamente ordenados.
—Ayer recibí este extracto bancario, señoría —seguí, sin dejarme interrumpir—. Procede de la Banque de Luxembourg. En él constan transferencias periódicas desde la cuenta de la empresa de mi marido, Serrano Consultores S.L., a una cuenta a su nombre abierto como “no residente”. Las fechas coinciden con los meses en los que, en este procedimiento, ha declarado carecer de ingresos suficientes como para pagar la pensión de su hijo.

El juez se incorporó en su asiento.
—¿Está afirmando que su marido ha ocultado patrimonio relevante al tribunal y a la Agencia Tributaria?

Tragué saliva. Ese era el punto de no retorno.
—Sí, señoría. Y puedo demostrar que, además, intentó destruir estas pruebas hace solo tres días.

Javier, que hasta ese momento parecía divertido, se puso pálido. Se levantó de golpe, golpeando la mesa con la rodilla.
—¡Eso es mentira! —exclamó.

El juez golpeó con la maza.
—¡Silencio! —bramó. Sus ojos pasaron de Javier a mí, fríos, calculadores—. Doña Marta, si mantiene esa acusación, deberá estar preparada para asumir todas las consecuencias legales… para usted y para él.

Lo miré fijamente. Mis manos temblaban, pero no las escondí.
—Las asumiré, señoría. Porque lo que voy a contar a continuación no solo cambia este divorcio… cambia la forma en la que este tribunal ve a mi marido desde hoy.

La puerta del fondo se abrió justo en ese momento y entró un funcionario con un sobre marrón en la mano, respirando con agitación. Se acercó al juez y le susurró algo al oído mientras le entregaba el sobre. El juez lo abrió, leyó el primer folio… y su rostro se tensó.

—Suspendemos la vista por cinco minutos —dijo, con la voz más seria que le había oído en mi vida—. Que nadie abandone la sala.

Y yo supe, por primera vez, que quizá no estaba tan sola como todos creían.

Los cinco minutos se hicieron eternos. No nos dejaron salir; sólo podíamos susurrar entre dientes. Javier se inclinó hacia su abogada, visiblemente alterado.
—¿Qué es ese sobre? ¿Lo sabías?
—No tengo ni idea, Javier. ¿Hay algo que deba saber? —preguntó ella, con la mandíbula tensa.

Él evitó mirar en mi dirección. Yo, en cambio, no aparté la vista de la mesa del juez, donde el sobre marrón seguía abierto, mostrando el borde de unos documentos oficiales.

Recordé la noche del jueves. Javier llamando a la puerta de mi piso de alquiler en Vallecas, borracho, golpeando con fuerza.
—¡Abre, Marta! Solo quiero hablar.
Yo no abrí. Me quedé en la cocina, con el móvil en la mano, grabando su voz mientras él gritaba que me iba a arrepentir, que nadie me creería, que él conocía a gente “muy arriba”. Al día siguiente llevé la grabación a la Agencia Tributaria, junto con las fotocopias de los extractos bancarios que había encontrado en la impresora de su oficina cuando aún trabajaba allí.

El juez volvió a entrar en la sala. Todos nos pusimos en pie. Su rostro estaba cerrado, impenetrable.
—Se reanuda la vista —anunció—. Antes de continuar, debo dejar constancia de que este juzgado ha recibido, hace escasos minutos, un informe de la Agencia Tributaria relativo al investigado don Javier Serrano.

Javier giró bruscamente la cabeza hacia mí, como si yo hubiera movido los hilos de todo aquello.
—¿Investigado? —repitió su abogada, con incredulidad.

El juez asintió.
—Efectivamente. Se está tramitando un procedimiento por posible fraude fiscal y ocultación de patrimonio. Este informe preliminar coincide, de forma llamativa, con los hechos nuevos que acaba de exponer la señora Álvarez.

Por un instante, nadie respiró.

—En consecuencia —continuó el juez—, este tribunal considera pertinente admitir la documentación aportada por la demandante y suspender parcialmente el pronunciamiento sobre las medidas económicas hasta que se aclare la situación patrimonial real del demandado.

Yo sentí una especie de nudo en el pecho aflojarse apenas un poco. No era una victoria, pero ya no podían tratarme como a una loca resentida.

—Procederemos, sin embargo, con las cuestiones relativas a la custodia del menor y el uso de la vivienda familiar —añadió el juez—. Doña Marta, puede continuar con sus alegaciones.

Abrí mi carpeta por la pestaña amarilla: Custodia de Diego.
—Señoría, durante los últimos dos años, desde que Javier se marchó del domicilio, nuestro hijo ha residido de manera continuada conmigo. Tengo aquí justificantes del colegio, del pediatra y del psicólogo infantil, donde se recoge que soy yo quien asume el cuidado diario. Además, el señor Serrano ha incumplido en repetidas ocasiones el régimen de visitas acordado provisionalmente, llegando a desaparecer semanas enteras.

La abogada de Javier carraspeó.
—Mi cliente es empresario, señoría. Viaja con frecuencia. Eso no significa que no quiera a su hijo.

No pude evitar reír, una risa amarga y corta.
—Viaja tanto que el día del ataque de asma de Diego en enero yo no conseguí localizarlo, señoría. Llamé a tres números diferentes. Tengo los registros de llamadas. Llegó al hospital a la una de la mañana, borracho. —Saqué una fotocopia de la historia clínica—. En este informe el médico anota el olor evidente a alcohol.

Javier apretó los puños.
—¡Estaba en una cena de empresa! ¡Siempre exageras!

Lo miré, sin parpadear.
—No exageré cuando tuve que firmar sola el consentimiento para ingresar a nuestro hijo. Tampoco exageré cuando Diego me preguntó al día siguiente por qué su padre prefería el “trabajo” a estar con él.

El juez tomó notas rápidas.
—¿Tiene testigos, señora Álvarez?
—Sí, señoría. Mi vecina, Nuria Campos, que estuvo conmigo la noche del hospital y ha visto cómo se desarrollaban los intercambios durante las visitas. Y el psicólogo de Diego, que ha remitido un informe a este juzgado.

Se llamó a Nuria. Entró nerviosa, con un vestido sencillo y el pelo recogido en un moño improvisado. Declaró que había visto a Javier recoger al niño tarde, dejarlo antes de tiempo, discutir conmigo en el portal, llamarme “loca” delante del niño. Cuando terminó, la abogada de Javier intentó desmontarla, pero Nuria se mantuvo firme.

Después vino el turno de Javier. Lo vi respirar hondo, colocarse la chaqueta cara y mirar al juez con ese gesto encantador que tanto le funcionaba en las reuniones de empresa.
—Señoría, lo que intenta hacer Marta es vengarse. Yo siempre he tenido que llevar el peso económico de la familia. Ella no ha trabajado casi nunca, y ahora pretende quedarse con todo: con la casa, con el niño y, por lo que veo, con parte de una empresa que jamás ha entendido.

Su abogado le había preparado bien el discurso. Habló de mí como si fuera una aprovechada, una víctima profesional. Lo había escuchado tantas veces, en privado, que casi podría haber recitado yo misma sus palabras.

Cuando terminó, el juez me miró de nuevo.
—¿Desea formular preguntas al señor Serrano, doña Marta?

Ése era el momento que más miedo me daba: interrogar a mi propio marido, sin abogado que me guiara. Noté cómo Javier sonreía, seguro de que por fin me verían titubear.

Me levanté despacio, con la carpeta azul en las manos.
—Sí, señoría. Tengo unas cuantas preguntas. —Me giré hacia Javier—. Y la primera es muy simple: ¿Puedes explicar por qué el mismo día que presentaste este escrito alegando que no podías pagar la pensión de Diego, transferiste treinta mil euros a una cuenta en Luxemburgo?

El color desapareció por completo de su cara.

Javier abrió la boca, pero no salió ningún sonido. La abogada rebuscó desesperada entre sus papeles. El juez alzó una ceja.
—Responda a la pregunta, señor Serrano.

—Eso… —tragó saliva—. Eso forma parte de la estrategia fiscal de la empresa. No tiene nada que ver con mi situación personal.

Saqué otro documento.
—Esta es la escritura de constitución de Serrano Consultores S.L.. Aquí figura, claramente, que eres administrador único y socio mayoritario. En tu declaración jurada ante este juzgado afirmaste que tus ingresos como administrador eran de mil doscientos euros mensuales. Sin embargo, en este certificado de la Seguridad Social constan bases de cotización muy superiores. ¿También es “estrategia fiscal”?

La abogada de Javier intervino, casi cortándole.
—Señoría, mi cliente no está obligado a incriminarse a sí mismo. Le ruego que limite las preguntas de la parte contraria a las cuestiones estrictamente relativas al proceso de divorcio.

El juez apoyó los codos en la mesa.
—Lo que aquí se dirime es, entre otras cosas, la capacidad económica real del demandado para asumir sus obligaciones conyugales y parentales —respondió, seco—. Las preguntas son pertinentes.

Vi, por primera vez en mucho tiempo, a Javier acorralado. Sin la seguridad de su despacho, sin los correos de su secretaria, sin los amigos influyentes a los que siempre aludía. Solo, bajo la luz blanca y despiadada de la sala de vistas.

Continué, sin dejarle respirar. Preguntas cortas, directas, como había aprendido en un foro de afectados por divorcios en el que me había escondido bajo un nombre falso. Le pregunté por las fechas de los viajes, las facturas de hoteles de cinco estrellas cuando me decía que “las cosas iban mal”, los regalos caros a una tal “Patricia” que yo no conocía pero que aparecía como concepto en varias transferencias.

—Patricia es una clienta —dijo, al borde del ataque—. No tiene nada que ver con esto.

—Curioso —respondí, mostrando la pantalla impresa de una red social—, porque aquí aparece abrazado a ella en Roma, en una foto de hace seis meses, con el comentario: “La mujer que realmente me entiende”.

Algunos asistentes no pudieron evitar ahogar una exclamación. El juez golpeó la mesa para pedir silencio, pero yo ya no necesitaba nada más. No era cuestión de humillarlo; era cuestión de desmontar, pieza a pieza, la imagen perfecta que Javier siempre había vendido.

La vista se alargó horas. Cuando por fin el juez anunció que dictaría sentencia en unos días, sentí que las piernas no me aguantaban. Al salir del juzgado, Javier se acercó demasiado, con la mandíbula apretada.

—No sabes con quién te has metido —susurró—. Esto no ha terminado.

Lo miré a los ojos. Ya no veía al hombre que me enamoró a los veinticuatro años, sino al que me había llamado inútil cada vez que yo quería trabajar, al que me escondía facturas, al que se reía de mi acento de barrio delante de sus socios.
—Tienes razón —respondí—. Esto no ha terminado. Pero por primera vez, no es a mí a quien le conviene que siga.

Los días siguientes fueron una mezcla de ansiedad y silencio. Esperar la sentencia se convirtió en otro juicio paralelo dentro de mi cabeza. Repasaba una y otra vez todo lo que había dicho, temiendo haber metido la pata en algún tecnicismo.

Una tarde, teléfono desconocido.
—¿Doña Marta Álvarez? —era la voz de un periodista de un diario económico—. Nos ha llegado información sobre una investigación a su marido por fraude fiscal. Nos gustaría…

Le colgué. No quería ser “la exmujer de un defraudador” en los titulares. Solo quería que Diego pudiera dormir sin escuchar gritos tras la pared.

La sentencia llegó un martes, en un sobre blanco, sin drama. Fui al juzgado sola. En el pasillo, vi a Javier con su abogada. Él me sostuvo la mirada unos segundos, pero esta vez fue él quien apartó los ojos.

En la sala pequeña donde se notificaban las resoluciones, la funcionaria leyó en voz monótona.
—Se concede la guarda y custodia exclusiva del menor, Diego Serrano Álvarez, a la madre, doña Marta Álvarez. Se atribuye el uso de la vivienda familiar a la misma hasta la mayoría de edad del menor. Se fija una pensión de alimentos conforme a la capacidad económica real del padre, sin perjuicio de lo que resulte del procedimiento penal y administrativo en curso…

Las palabras se mezclaban, pero lo esencial quedó claro: custodia exclusiva, uso de la casa, reconocimiento implícito de que Javier había mentido sobre su situación económica. No era perfecto —el dinero seguiría siendo un problema, y él podría recurrir—, pero era mucho más de lo que todos esperaban de “la mujer demasiado pobre para pagar un abogado”.

Al salir, respiré el aire frío de la calle. Madrid seguía su ruido indiferente: coches, gente con prisa, vendedores ambulantes. Saqué el móvil y vi un mensaje de Nuria: ¿Cómo ha ido?
Sonreí por primera vez en semanas. Luego te llamo, respondí. Pero dile a Diego que hoy cenamos pizza. Tenemos algo que celebrar.

Mientras bajaba las escaleras del juzgado, escuché los pasos de Javier detrás de mí.
—Has ganado esta vez —dijo, sin rastro de la soberbia de antes—. Pero te juro que no pienso ir a la cárcel por tu culpa.

Me giré a medias.
—Si vas o no vas a la cárcel no depende de mí. Depende de lo que hiciste y de lo que pueda probar Hacienda. Yo solo hice aquí lo que tú dijiste que no sería capaz de hacer jamás: defenderme sola.

No respondió. Se quedó en el rellano, mirando el suelo, como si de golpe el traje caro le pesara demasiado.

Crucé la puerta de cristal y, por primera vez desde que empezó todo, sentí algo parecido a la calma. No era justicia perfecta, ni venganza, ni final feliz de película. Era, sencillamente, haber aplicado la única ley que nunca había entendido hasta entonces: si nadie va a hablar por ti, más vale que aprendas a hacerlo tú misma.

Y yo lo había hecho. Con una carpeta azul, horas robadas al sueño y una sentencia en la mano que decía, negro sobre blanco, que ya no era “la mujer de Javier Serrano”. Era, otra vez, simplemente: Marta Álvarez.