Después de la cena familiar en el restaurante, regresé solo porque había olvidado el móvil sobre la mesa. Cuando fui a entrar, la camarera cerró la puerta con llave por dentro, me sujetó del brazo y susurró casi sin voz: «No grites. Te voy a enseñar lo que grabó la cámara justo encima de tu mesa… pero prométeme que no te vas a desmayar». En la pantalla, mi hijo hizo algo tan imposible, tan… inhumano, que sentí las piernas rendirse y caí de rodillas.

Después de la cena familiar en el restaurante “El Olivar”, en el centro de Valencia, salimos al fresco de la noche riendo todavía por algún chiste de mi cuñado. Era sábado, casi las once, y las terrazas seguían llenas. Laura se adelantaba con Sofía de la mano, saltando entre las baldosas como si fueran islas. Álvaro caminaba a mi lado, con la sudadera negra subida hasta la barbilla, los auriculares colgando del cuello.

Metí la mano en el bolsillo para sacar el móvil y escribirle a mi madre que ya íbamos de camino. Vacío. Revisé el otro bolsillo, la chaqueta, la mochila de Sofía. Nada. Sentí ese hueco tonto en el estómago que da perder algo que usas cada minuto.

—He dejado el móvil en la mesa —murmuré, frenando—. Id adelantando al coche, tardo cinco minutos.

Laura resopló, pero asintió.

—Está en el parking de Colón. Te esperamos allí. No tardes, que Sofía se está quedando dormida.

Álvaro me miró un segundo, como si fuera a decir algo, pero solo se subió más la capucha.

Volví sobre mis pasos. Desde la calle se veía el interior del restaurante medio a oscuras; la puerta estaba entornada. Empujé con cuidado.

—¿Hola? —asomé la cabeza.

Desde el fondo, detrás de la barra, apareció la camarera que nos había atendido, la chica morena de coleta alta y tatuaje de olivo en el antebrazo. Llevaba ya una chaqueta vaquera encima del uniforme.

—¿Javier, verdad? —dijo, reconociéndome—. Menos mal que has venido.

Me extrañó que supiera mi nombre, hasta que recordé que había visto la reserva en la pantalla cuando pagamos.

—Creo que me he dejado el móvil en la mesa —expliqué.

Ella miró hacia la puerta, la cerró del todo y echó el pestillo con un clic seco que sonó más fuerte de lo que debería.

—Sí, lo encontré —dijo en voz baja—. Pero antes de dártelo… tienes que ver algo.

Me quedé quieto.

—¿El qué?

La chica tragó saliva. De cerca vi que en su placa ponía Lucía.

—Prométeme que no te vas a desmayar —susurró, acercándose—. No estoy exagerando. Si no te lo enseño, no voy a dormir esta noche.

Sentí una sonrisa nerviosa deformarse en mi cara.

—Lucía, de verdad, habrá sido una tontería…

—No es una tontería. Es sobre tu hijo.

El aire en mis pulmones se detuvo un instante.

Me condujo por un pasillo estrecho hasta una puerta con un cristal esmerilado. Dentro, una oficina pequeña: un escritorio, olor a tabaco frío y una pantalla grande con la imagen congelada de nuestro grupo en plano cenital, tomada por una cámara justo encima de la mesa donde habíamos cenado.

—Cuando estaba recogiendo vi tu móvil y quería comprobar en qué momento te lo dejaste —dijo Lucía, moviendo el ratón con manos temblorosas—. Y… vi esto.

Le dio al retroceso rápido. La imagen se llenó de sombras moviéndose hacia atrás, platos volviendo a llenarse, gestos invertidos. Luego, reprodujo a velocidad normal.

Me vi a mí mismo levantándome de la mesa para ir a pagar en la barra. Laura se incorporaba casi al mismo tiempo para ir al baño. Sofía seguía concentrada en su helado, golpeando el vaso de zumo de naranja con la pajita. Álvaro, sentado frente a ella, permanecía aparentemente inmóvil.

—Mira ahora —susurró Lucía.

En la pantalla, Álvaro miraba a un lado y a otro. Luego, con calma, metía la mano en el bolsillo de la sudadera y sacaba un frasquito pequeño, opaco, de tapa blanca. Lo acercaba al vaso de Sofía. Miré fijamente: inclinaba el frasco y algo caía en el zumo. Después, con la pajita, removía un par de veces.

Entonces, mi hijo levantaba la vista y miraba directamente a la cámara, a mí, a través de la pantalla. Una mirada larga, fija, sin expresión.

Reconocí el frasco. Era idéntico al de las pastillas para dormir que guardaba en mi mesilla.

Las piernas se me doblaron. Sentí cómo mis rodillas golpeaban la moqueta de la oficina mientras la voz de Lucía se perdía detrás de un zumbido.

Lo que vi que hacía mi hijo en ese vídeo me hizo caer de rodillas.

Lucía se agachó a mi lado, pero la imagen seguía clavada en mi cabeza como si alguien me la hubiera tatuado por dentro. Álvaro, el frasco, el gesto meticuloso al remover el zumo de su hermana. Y esa mirada a la cámara, tan tranquila.

—Tenemos que llamar a la policía —dijo ella, con los ojos muy abiertos—. Eso es un delito, es… no sé cómo llamarlo, pero no puede quedar así.

Su voz me llegaba como desde el fondo de una piscina.

—Mi hija… —conseguí decir—. Sofía ya se ha bebido eso.

Me puse en pie de golpe, agarrándome al borde de la mesa.

—¿Cuánto hace que grabaste esto?

Lucía miró la esquina de la pantalla.

—Hace… veinte minutos, más o menos. Lo vi justo después de que os fuerais. Te estaba llamando cuando has entrado.

Veinte minutos. El corazón me golpeó en el pecho.

—Llama tú a quien quieras, pero yo me voy —balbuceé—. Mi familia está en el coche.

Ella asintió, pálida.

—Te mando el vídeo al móvil en cuanto lo conecte al ordenador. Está también guardado en el sistema. No voy a borrarlo.

Cogí el teléfono que me tendía casi sin mirarlo y salí corriendo por el pasillo, tropezando con una caja de refrescos. Abrí la puerta del restaurante de una patada y eché a correr calle abajo, hacia el parking.

El aire de la noche me cortaba la garganta. Al doblar la esquina vi el coche, junto a la salida del aparcamiento. Laura estaba agachada junto a Sofía, que estaba sentada en el bordillo, la cabeza caída hacia delante.

—¡Laura! —grité.

Ella levantó la vista. Tenía la cara desencajada.

—Se ha mareado de repente —jadeó—. Dice que le duele la barriga, que le da vueltas todo… Álvaro, trae agua.

Álvaro estaba de pie, a unos metros, mirando la escena con el móvil en la mano. No se movió hasta que yo pronuncié su nombre.

—Álvaro —escupí—. ¡Ahora!

Caminó despacio hacia el maletero. Me arrodillé ante Sofía. Tenía la piel muy fría y los labios entreabiertos.

—Cariño, mírame —susurré—. Soy papá. ¿Me oyes?

Sus ojos intentaron enfocarme, pero se iban hacia arriba. Laura ya marcaba el 112 con manos temblorosas.

—Dígales que una niña de ocho años se ha desmayado, que ha tomado… —me mordí la lengua—. Ha cenado fuera.

La ambulancia no tardó, pero cada minuto se alargó como si alguien estuviera tirando del tiempo. Sofía perdió el conocimiento justo cuando sonaba la sirena a lo lejos. Los sanitarios la tumbaron en la camilla y empezaron a hablar entre ellos en términos que no entendí.

—¿Han tomado alguna medicación? —preguntó una enfermera mientras entrábamos en la ambulancia.

—No, nada —respondió Laura, sin dudar.

Yo abrí la boca, pero la cerré inmediatamente. La imagen del frasco volvió a aparecer. Las palabras se atragantaron en mi garganta.

Miré a Álvaro. Ya estaba dentro también, sentado en un pequeño banco, agarrado a la barra metálica. Sus ojos se cruzaron con los míos apenas un segundo. No había lágrimas, ni pánico, ni siquiera curiosidad. Solo una calma extraña, tensa.

En el Hospital Clínico nos separaron. A Sofía se la llevaron corriendo por un pasillo. A nosotros nos dejaron en una sala de espera iluminada con fluorescentes crueles. Laura lloraba en silencio, con la cara entre las manos. Álvaro se sentó en una esquina, mirando el suelo.

Pasó casi una hora hasta que un médico con bata verde y ojeras profundas se acercó.

—Sofía ha sufrido una intoxicación —dijo—. Aún no sabemos de qué, pero su organismo presenta signos compatibles con la ingesta de algún tipo de sedante. Está estable, pero la vamos a mantener sedada y en observación en la UCI pediátrica.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Sedante? —susurró Laura—. Pero… ¿cómo?

—Eso tendremos que averiguarlo —intervino una voz detrás del médico.

Era un hombre de traje, placa al cinto: Policía Nacional. Se presentó como el inspector Morales. Nos pidió que relatáramos con detalle todo lo que Sofía había comido y bebido.

Conté la cena, el helado, el zumo. Omití una sola cosa: el frasco. Cada vez que la palabra “pastillas” se formaba en mi mente, se estrellaba contra la imagen de Álvaro mirándome desde la pantalla del restaurante.

Cuando el inspector se marchó para hablar con el médico, sentí el móvil vibrar. Un mensaje de un número desconocido: Soy Lucía, la camarera. Te he enviado el vídeo al correo. Lo tengo también en un pendrive. La policía quizá venga a por él.

Miré a Álvaro. Seguía en la misma posición, el cuerpo rígido, las manos entrelazadas. Me acerqué despacio.

—Ven conmigo —le dije.

Lo llevé hasta una sala de descanso vacía, con una máquina de café zumbando en un rincón. Cerré la puerta. Saqué el móvil, abrí el correo y pulsé en el archivo adjunto. El vídeo empezó a reproducirse en la pantalla pequeña, pero la escena seguía siendo igual de clara.

Lo giré hacia él.

—Lo he visto todo —dije, con la voz más baja de lo que esperaba.

Álvaro apretó la mandíbula. Sus ojos, oscuros, no se apartaron ni un segundo de la imagen.

—Papá —susurró al fin, sin sorpresa—. Si Sofía se muere, la culpa también es tuya.

La máquina de café terminó su ciclo con un chasquido ridículo, como si a alguien le hubiera parecido buena idea añadir efectos de sonido a aquel momento. Yo no podía moverme. Seguía de pie, con el móvil en la mano, mientras las palabras de Álvaro se quedaban suspendidas entre nosotros.

—¿Qué has dicho? —pregunté, aunque lo había oído perfectamente.

Álvaro se recostó en la silla de plástico, sin apartar la vista del vídeo que ya había terminado y mostraba la pantalla congelada.

—Que si se muere, también es culpa tuya —repitió, despacio—. Porque tú sabías lo que estaba pasando en casa y nunca hiciste nada.

—¿Qué tiene que ver eso con drogar a tu hermana? —escupí, sintiendo cómo la rabia empezaba a abrirse paso entre el miedo—. ¡Es tu hermana, Álvaro!

Él clavó por fin la mirada en mí. No era la de un desconocido, pero tampoco la de un niño.

—Tú llegabas tarde todos los días —dijo—. Mamá se tomaba el vino, otro más, otro más. Se quedaba dormida en el sofá y Sofía la llamaba y la llamaba. Yo la llevaba a la cama. ¿Te acuerdas de aquella vez que casi se incendia la cocina? Dijiste que había sido un despiste. Siempre es “un despiste” con vosotros.

Las imágenes se arremolinaron en mi cabeza: el horno encendido, la sartén olvidada, la botella de vino medio vacía. Mis discusiones con Laura, sus lágrimas, mi huida al trabajo.

—Yo no quiero que Sofía crezca así —continuó—. Pero a ti te daba igual mientras todo pareciera normal. Así que probé otra cosa.

—¿Otra cosa? —repetí, sintiendo un escalofrío.

—Cogí unas pastillas tuyas hace meses —dijo, como quien confiesa haber copiado en un examen—. Vi que cuando te las tomabas, te quedabas dormido en nada. Pensé que, si mamá se dormía antes, no llegaría al tercer vino. La primera vez funcionó. La segunda también. Nadie lo notó.

Me quedé mudo. Recordé aquellas noches en que Laura se “quedaba frita” en el sofá a la segunda copa y yo había pensado, con un alivio culpable, que al menos así no discutiríamos.

—Hoy iba a hacer lo mismo —añadió Álvaro—. Pero tú te levantaste antes de que pudiera acercarme a su copa. Sofía tenía el vaso de zumo justo enfrente. Y pensé… que quizá tú solo reaccionarías si era Sofía. Si la veías así. Si la perdías un poco.

—¿Querías matarla? —mi voz salió rota.

Álvaro frunció el ceño, como si la pregunta le pareciera estúpida.

—No lo sé —respondió—. No pensé en matar. Pensé en parar. En que algo tenía que romperse para que os dierais cuenta. Y tú… tú fuiste el que no dijiste nada a la enfermera. A la policía. Ya estás eligiendo.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Oía el eco lejano de unos pasos en el pasillo, una silla arrastrándose, un niño llorando en otro lugar del hospital. Afuera, la ciudad seguía con su ruido normal, y aquí dentro todo giraba alrededor de una decisión.

El inspector Morales volvió a hablar con nosotros al día siguiente. Sofía seguía en la UCI, estable pero sin despertar.

—Hemos pedido análisis toxicológicos completos —nos informó—. Si hubiese indicios de administración intencionada de sustancias, tendríamos que abrir una investigación formal. De momento, podría tratarse de un accidente con medicación doméstica.

Sus ojos se clavaron en los míos un segundo más de lo necesario. Yo sentí el pendrive en el bolsillo interior de mi chaqueta, frío como una piedra.

Por la tarde, salí del hospital y me encontré con Lucía en la cafetería de enfrente. Habíamos quedado por mensaje. Llevaba el pelo suelto y una chaqueta demasiado fina para el viento que venía del puerto.

—¿Y la niña? —preguntó, antes incluso de sentarse.

—Sigue dormida —respondí—. Pero está viva.

Asintió, apretando los labios.

Saqué el pendrive que me había dado la noche anterior y lo dejé sobre la mesa.

—¿La policía ha ido al restaurante? —pregunté.

—Han preguntado si teníamos cámaras —dijo—. Les dije que sí, que las imágenes se guardan unos días. De momento no han pedido nada más.

Yo jugueteé con el pendrive.

—Lucía —dije al fin—. Tú no tienes obligación de guardar esto. La ley dice que borréis las grabaciones a los treinta días. Nadie te culparía si… desapareciera antes.

Ella me miró, entre indignada y asustada.

—Javier, lo que vi es muy grave.

—Lo sé —contesté—. Es mi hijo. Si entregas ese vídeo, lo procesarán como a un criminal, y Sofía… —mi voz se quebró—. Sofía va a necesitar a su hermano, aunque ahora mismo no lo entienda.

No añadí que yo tampoco sabía cómo mirarlo sin ver el frasco.

Lucía se quedó en silencio, mirando el pendrive como si quemara.

—No te estoy pidiendo que hagas algo ilegal —mentí a medias—. Solo… que no te adelantes. Que esperes. Que me dejes decidir qué hacer con mi familia.

Al final, cerró los ojos un segundo y asintió.

—No quiero volver a ver ese vídeo —susurró—. Haz lo que tengas que hacer.

Esa noche, en casa, conecté el pendrive al portátil. La carpeta se abrió. Copié el archivo en el disco duro, miré la barra de progreso y luego, sin pensarlo demasiado, lo borré del pendrive y del correo. Cuando la papelera mostró la opción de “vaciar”, sentí que me faltaba el aire. Pulsé.

Un mes después, Sofía estaba de vuelta en casa. Más delgada, con ojeras, un poco más callada. A veces se quedaba mirando fijamente la ventana, como si buscara algo que no recordaba haber perdido. Los médicos hablaban de “buena recuperación” y “seguimiento”, de posible terapia.

Laura dejó de beber. No hubo promesas ni discursos. Simplemente, las botellas desaparecieron de la casa. Yo llegaba temprano, cocinaba más, hablaba menos. El inspector Morales llamó un par de veces más, pero los análisis no encontraron nada concreto más allá de restos mínimos de un sedante genérico que podría estar en cualquier botiquín. Se archivó como “intoxicación accidental”.

Álvaro volvió al instituto. Sus notas seguían siendo buenas. Ayudaba a Sofía con los deberes, la acompañaba a sus citas médicas, le hacía reír con voces raras. Desde fuera, nadie hubiera sospechado nada.

Una noche, cenábamos los cuatro en la cocina. Habíamos comprado una lámpara nueva que dejaba un círculo de luz cálida sobre la mesa. Sofía remojaba pan en la salsa, Laura hablaba de su nuevo horario, Álvaro cortaba la carne en trozos perfectos.

Noté de pronto el reflejo metálico del pequeño dispositivo que había colocado en la estantería: una cámara barata que había comprado “por seguridad”, apuntando hacia la mesa. No era muy distinta de la del restaurante.

Álvaro siguió mi mirada. Sus ojos se posaron un momento en la cámara y luego en mí. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en una comisura de sus labios.

—Tranquilo, papá —dijo en voz baja, solo para que yo lo oyera—. Mientras no vuelvas a olvidarte de lo importante, no volverá a pasar.

Sofía le lanzó una servilleta hecha una bola y él fingió enfadarse. Las risas llenaron la cocina. Yo asentí, sin saber muy bien si estaba prometiendo algo o aceptando una amenaza.

Mis rodillas ya no dolían, pero, desde aquella noche en la oficina de “El Olivar”, había descubierto que también se puede vivir de rodillas por dentro.