—Dudo que esta broma de matrimonio sobreviva otro año. Ella no está ni de lejos a mi nivel.
La frase de Javier cayó en el bar como un vaso que se rompe, pero los únicos que parecieron oírla fui yo y el camarero que fingió seguir secando copas. Sus amigos se echaron a reír, golpeándole la espalda como si acabara de marcar un gol para el Real Madrid.
Yo tenía la copa de vino blanco en la mano. Noté cómo me temblaban los dedos, así que apreté más el cristal. No iba a darles el gusto de verme romperme.
Sonreí. Esa sonrisa fría que sólo se saca cuando ya no queda nada que perder.
—¿Por qué esperar un año? —dije, mirándole fijamente—. Terminémonos hoy.
La mesa se quedó en silencio un segundo, el tipo de silencio incómodo que ni la música del bar de Malasaña podía tapar. Sergio soltó una risita nerviosa. Diego, el mejor amigo de Javier desde el instituto, apartó la mirada, incómodo.
Javier arqueó una ceja, borracho de ego y cerveza.
—No dramatices, Lucía, era una broma —dijo, levantando la mano—. ¿Ves? Está sensible. Es lo que digo, no encaja con mi ritmo.
—Perfecto —respondí, dejando la copa en la mesa—. Entonces que cada uno siga el suyo.
Me levanté despacio, me coloqué la chaqueta de cuero y cogí el bolso. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Sólo escuché una tos ahogada y el murmullo de una pareja en la barra.
—Lucía, venga, siéntate, no hagas el show —añadió Javier, sin levantarse siquiera.
Le miré una vez más. Ese hombre que había sido mi marido durante siete años, el arquitecto brillante, el chico de familia acomodada de Salamanca, el que siempre decía que conmigo “había bajado de categoría”. De repente lo vi con una extraña claridad: pequeño, ridículo, rodeado de risas huecas.
—No es un show —contesté—. Es tu final.
Y me fui. Salí a la calle, al frío de Madrid en febrero, con las luces de la Gran Vía a un par de manzanas y un nudo en la garganta que me quemaba más que el vino. Llamé a un taxi, di mi dirección en Lavapiés y no miré el móvil en todo el trayecto.
En casa, el piso que compartíamos y que de pronto me parecía ajeno, metí una maleta con lo básico. Pijamas, un par de vaqueros, mis cuadernos de profesora de literatura, el portátil. El silencio del salón, con el sofá gris y las fotos de boda en Formentera, era casi agresivo.
Dejé mi anillo de oro sobre la encimera de mármol de la cocina. Hizo un pequeño sonido metálico al caer. Ese fue el momento en que comprendí que era real.
Ya en el piso de invitados de mi hermana en Embajadores, por fin miré el móvil. Catorce llamadas perdidas de Javier, seis notas de voz sin escuchar, mensajes que sólo veía a medias en la notificación: “Lucía, vuelve, estás exagerando…”, “Podemos hablar…”.
Lo ignoré todo. Me metí en la cama sin desmaquillarme, con la ropa aún puesta. El cansancio y la rabia me apretaban la cabeza. Iba a activar el modo avión cuando apareció una nueva notificación en la pantalla.
“Mensaje de Diego”.
Abrí el chat. Sólo había una frase. Una única línea que me hizo contener la respiración:
“Lo siento por lo de esta noche, pero hay algo sobre Javier que necesitas saber… y no puede esperar.”
Estuve a punto de dejar el móvil boca abajo y fingir que no había leído nada. Pero la frase de Diego se quedó clavada, como si alguien hubiera dejado una puerta entreabierta en una habitación oscura.
“Hay algo sobre Javier que necesitas saber.”
Escribí con dedos torpes:
“Dímelo.”
La respuesta llegó casi al instante.
“Preferiría contártelo en persona. ¿Puedes quedar ahora? Sé que es tarde.”
Miré la hora: 00:37. Marta, mi hermana, dormía en la habitación de al lado. Madrid seguía ruidosa al otro lado de la ventana, como si la ciudad se alimentara precisamente de noches como esa. Dudé unos segundos. Luego escribí:
“Café Comercial, en Bilbao, en veinte minutos.”
Media hora después, entré en el café casi vacío, con olor a café quemado y limpieza reciente. Diego estaba en una mesa del fondo, sin esa sonrisa relajada que llevaba siempre en las reuniones de amigos. Parecía más viejo, con las ojeras marcadas y las manos entrelazadas sobre el vaso de agua.
—Gracias por venir —dijo, levantándose a medias.
—Hazlo rápido —respondí—. Mañana tengo que hablar con un abogado.
Sus ojos se abrieron un poco.
—¿Vas en serio?
—Nunca he hablado tan en serio en mi vida.
Pidió un café solo; yo, una manzanilla que sabía a nada. Diego se quedó mirando la taza como si dentro estuviera la respuesta correcta.
—Lo de esta noche… —empezó—. No era sólo una broma de mal gusto.
—Ya lo sé. Javier nunca bromea, sólo se siente intocable.
Diego tragó saliva.
—Hace meses que habla así de ti cuando salimos. Dice que estás “por debajo de su liga”, que te casaste con él para salir de tu barrio, que… —se detuvo—, que le debes la vida.
No me sorprendió tanto como debería. Había oído versiones suavizadas en casa, pequeñas puñaladas envueltas en sarcasmo. Pero algo en la voz de Diego me inquietaba.
—Eso ya lo imagino —dije—. No me has citado a la una de la mañana para eso.
Sus dedos empezaron a golpear la taza.
—También hay otra cosa. Una apuesta.
Sentí un frío distinto, más afilado.
—¿Qué apuesta?
Diego inspiró hondo.
—En Navidad, cuando cerró el contrato con el estudio de Barcelona, se emborrachó. Dijo que tu matrimonio era “una inversión temporal” y que, en cuanto firmara ese proyecto y se asegurara el bonus, te dejaría. Sergio, como idiota, le dijo que no tenía valor. Así que hicieron una apuesta.
Noté cómo se me tensaba la mandíbula.
—¿Una apuesta… conmigo?
—Con tu vida —corrigió Diego, en voz baja—. Javier apostó a que aguantarías todo un año más, por mucho que te humillara en público, mientras él empezaba a “preparar la transición” a una mujer “a su altura”. Literal. Usó esas palabras.
El café a mi alrededor desapareció un poco. La lámpara sobre nuestras cabezas, la camarera recogiendo cucharillas, todo se volvió lejano.
—¿Y tú estabas allí? —pregunté.
—Sí. Y no dije nada —admitió—. Me reí como los demás. Al principio pensé que era otra fanfarronería suya. Pero luego vi cómo te hablaba, cómo te apagabas. Y hoy… hoy ha cruzado una línea.
Quise odiarle en ese momento, tanto como odiaba a Javier. Pero lo único que sentí fue una calma extraña, una especie de vacío donde antes estaba el dolor.
—¿Por qué me lo cuentas ahora? —pregunté—. ¿Por qué no hace meses?
Diego sostuvo mi mirada por primera vez en toda la noche.
—Porque me cansé de ser su cómplice. Y porque… —dudó, como si la palabra le pesara—, porque hace tiempo que me importas tú más que él.
Me eché a reír, una risa seca.
—No estoy para dramas románticos, Diego.
—No te lo digo para que pase nada entre nosotros —se defendió—. Te lo digo para que entiendas que, si quieres hacer algo, si quieres enfrentarte a Javier, no estás sola. Conozco sus cuentas, sus correos, sus trucos en el estudio de arquitectura. Sé cosas que a su jefe no le harían ninguna gracia.
Aquello sí me hizo alzar una ceja.
—¿Qué clase de cosas?
Diego bajó la voz hasta casi un susurro.
—Facturas duplicadas, comisiones que no ha declarado, correos en los que se burla de sus clientes, fotos comprometedoras en viajes de empresa. Tiene demasiado que perder si alguien decide dejar de protegerle.
El vapor de mi manzanilla subía lento, como si marcara el tiempo de mi decisión. Podía irme, buscar un buen abogado, pedir el divorcio y desaparecer. O podía hacer algo más.
—Quieres que me vengue —dije al fin.
Diego negó con la cabeza.
—Quiero que dejes de ser la broma de nadie. Y estoy dispuesto a ayudarte a cambiar el guion.
Lo miré largo rato. Después, apoyé los codos sobre la mesa.
—Entonces empecemos por el principio —susurré—. Cuéntamelo todo.
Durante las semanas siguientes, mi vida se dividió en dos planos. En uno, el visible, era la esposa que había abandonado el domicilio conyugal; asistía a reuniones con una abogada de Chamberí, recopilaba nóminas, extractos bancarios, mensajes. En el otro plano, el invisible, escuchaba a Diego desgranar, noche tras noche, el pequeño imperio de mentiras de Javier.
Nos veíamos en sitios discretos: una cafetería cerca del Retiro a media tarde, una taberna en Lavapiés que siempre estaba llena de turistas, un banco del parque del Oeste. Él traía un USB, apuntes en una libreta, su memoria. Yo llevaba preguntas.
—Aquí está el contrato del estudio de Barcelona —me explicó un día, señalando la pantalla de mi portátil—. La cláusula del bonus. Si su reputación se ve comprometida, pueden rescindirlo sin pagarle un céntimo.
Otra tarde, me enseñó correos en los que Javier se burlaba de mí con sus compañeros:
“La pobre Lucía sigue dando clase en ese instituto de Vallecas. Como si no pudiera mantenerla yo solo.”
Leí cada palabra con una sensación de distancia, como si hablaran de otra persona. Esa otra Lucía ya no existía; la que quedaba ahora estaba aprendiendo a convertir el daño en estrategia.
—No quiero hacer nada ilegal —aclaré una noche—. Que quede claro.
—No tienes que hacerlo —respondió Diego—. Sólo tienes que dejar de protegerle.
Mi abogada, Nuria, no sabía nada de Diego, pero sí sabía leer las cifras.
—Tu marido se cree intocable —dijo, revisando documentación—. Pero si demostramos que ha ocultado ingresos y que te ha usado como tapadera fiscal, la cosa cambia. Y si el estudio de arquitectura se entera antes de que él pueda maquillar nada… mejor.
El plan no nació de repente. Fue formándose como una mancha de tinta que se expande. Yo le envié a Nuria los correos que Diego me iba pasando. Nuria me explicó qué podía usarse legalmente y qué no. Diego, sin saber los detalles, seguía alimentando ese archivo silencioso.
Javier, mientras tanto, insistía en interpretarlo todo como una rabieta pasajera.
“Lo siento”, “exageré”, “te echo de menos”, “vuelve a casa y hablamos”, llenaban mi WhatsApp. Empezó a dejar flores en casa de mi hermana, a llamar a mis padres en Toledo, a presentarse en la puerta del instituto.
Una tarde, al salir de clase, lo encontré apoyado en mi coche, con un ramo de rosas rojas.
—Lucía, por favor —dijo, acercándose—. Lo de aquella noche fue una estupidez. Tú sabes cómo somos los tíos entre amigos.
Lo miré como si fuera un desconocido que me ofrecía un folleto en la calle.
—Precisamente, Javier. Ahora lo sé.
—Podemos ir a terapia, cambiar cosas… —insistió, bajando la voz—. No vas a tirar siete años a la basura por una frase sacada de contexto.
Pensé en la apuesta, en “la transición a una mujer a su altura”. Sentí una sonrisa muy ligera en los labios.
—No los estoy tirando a la basura —respondí—. Los estoy usando.
A los pocos días, Javier recibió un correo de su jefe, convocándole a una reunión urgente. Yo no estaba allí, pero Diego me describió su cara al salir del despacho: blanco, con la mandíbula tensa. El estudio había recibido una carpeta anónima con copias de correos, movimientos de cuentas sospechosos y una queja formal de “una persona afectada” por sus comentarios machistas. El contrato con Barcelona quedaba congelado “hasta nueva revisión”.
La carpeta no la había enviado yo directamente. Nuria se había encargado de todo, siguiendo los tiempos legales como si estuviera dirigiendo una obra de teatro.
Poco después, empezaron las negociaciones del divorcio. Javier llegó a la primera reunión con el traje arrugado y los ojos rojos.
—No tienes por qué hacer esto tan difícil —escupió, cuando la abogada explicó nuestras condiciones.
—Tú tampoco tenías por qué convertir nuestro matrimonio en una apuesta —respondí, sin subir la voz.
Sus ojos se clavaron en los míos, por primera vez sin arrogancia.
—¿Diego? —preguntó, apenas moviendo los labios.
No respondí. No hacía falta.
El acuerdo final fue mejor de lo que había imaginado: me quedaba con el piso de Lavapiés, una compensación económica razonable y, sobre todo, un documento en el que Javier renunciaba a cualquier reclamación futura. Su estudio no lo despidió, pero el proyecto de Barcelona pasó a otro arquitecto y su nombre dejó de sonar en las reuniones importantes.
La última vez que lo vi fue en la firma ante notario, en un edificio antiguo de la calle Alcalá. Hizo ademán de decir algo, pero se lo tragó. Firmó. Yo también. El notario levantó la vista, dictó las fórmulas de rigor y, con eso, la “broma de matrimonio” terminó oficialmente.
A la salida, Diego me esperaba apoyado en una farola, con un café para llevar en cada mano.
—¿Y ahora qué? —preguntó, tendiéndome uno.
Miré el tráfico, la gente cruzando, el cielo de Madrid encapotado. Javier seguía existiendo, con su ego herido y su carrera en pausa. No se había hundido el mundo. Pero ya no tenía poder sobre el mío.
—Ahora nada de apuestas —respondí—. Sólo decisiones.
Diego sonrió, por primera vez sin culpa en los ojos. Caminamos por Alcalá sin rozarnos, como dos personas que saben que el futuro no está escrito, pero que al menos ya no es una broma contada en un bar lleno de risas ajenas.
Y por primera vez en mucho tiempo, al pensar en mi vida, no sentí vergüenza ni miedo. Sólo un silencio claro, como una página en blanco esperando ser escrita por mí, y por nadie más.



