Estaba a segundos de firmar mi empresa y entregársela a mi hijo cuando mi nuera apareció con una taza de café y una sonrisa demasiado perfecta. Todo parecía un gesto amable… hasta que la empleada doméstica tropezó “por accidente”, se inclinó hacia mí y susurró con voz temblorosa: “No lo beba… confíe en mí”. Sentí un frío recorrerme la espalda. Sin que nadie lo notara, intercambié las tazas. Cinco minutos después, mi nuera comenzó a palidecer, sus manos temblaron y el silencio en la habitación se volvió insoportable.

Estaba a punto de firmar la cesión de todo lo que había construido en cuarenta años.

El despacho de la planta 18, en la Castellana, olía a cuero caro y a café recién hecho. Frente a mí, sobre la mesa de nogal, descansaba la carpeta azul del notario. A la izquierda, Javier, mi hijo, jugueteaba con la pluma Montblanc que yo mismo le había regalado cuando terminó el máster. A la derecha, Lucía, mi nuera, cruzaba las piernas con esa seguridad que siempre había mostrado desde que entró en la familia.

—Don Ricardo —dijo el notario García, ajustándose las gafas—, en cuanto firme aquí y aquí, el paquete mayoritario de acciones pasará oficialmente al señor Morales hijo.

Lucía apareció a mi lado con una sonrisa amplia, tan blanca como calculada.

—Le he traído su café, Ricardo —dijo, dejando la taza a mi derecha—. Como siempre, solo y sin azúcar.

Me miró a los ojos mientras acercaba la taza con un gesto cariñoso, casi íntimo. Ese detalle, que otros habrían tomado por afecto, a mí me resultó ligeramente impostado. Aun así, asentí.

—Gracias, Lucía.

Ana, la empleada que llevaba más de diez años en casa, entró en el despacho con una bandeja con agua para los demás. Caminó detrás de mí, rumbo a la mesita auxiliar. En ese momento, tropezó con la alfombra y su cadera golpeó mi respaldo. La taza vibró; casi se derrama.

—¡Ay, perdón, don Ricardo! —exclamó en voz alta.

En ese mismo movimiento, su mano se apoyó en mi hombro y, sin mirarme, sus labios se acercaron a mi oreja.

—No lo beba… solo confíe en mí —susurró.

Se me heló la sangre.

La escena continuó como si nada. Javier ni siquiera levantó la vista del móvil. Lucía estaba pendiente del notario, preguntando por plazos, cláusulas, detalles. Ana dejó la bandeja en silencio, con la cabeza ligeramente agachada.

Yo me quedé mirando el café. El líquido oscuro temblaba ligeramente en la porcelana blanca. Una frase cruzó mi mente: “No lo beba…”. ¿Por qué?

—Papá, el notario tiene prisa —apremió Javier—. Sabes que después tenemos la reunión con el banco.

Lucía se acercó para colocarse detrás de mí, observando el documento.

—Es un trámite, Ricardo —dijo en voz baja—. Ya es hora de que descanse.

Su mano se posó en mi hombro. Noté la presión de sus dedos, firme, segura de sí misma.

—¿Quiere café usted también, Lucía? —pregunté, volviéndome hacia ella con una sonrisa neutra.

—Ya he tomado —respondió, encogiéndose de hombros.

En la mesa, además de mi taza, había otra preparada, casi idéntica, que Ana había dejado para el notario. El aroma era el mismo; la porcelana, igual. Mientras el notario revisaba una cláusula, me incliné despacio, como quien se acomoda mejor, y con un gesto simple, casi torpe, intercambié mi taza con la que estaba más cerca de Lucía.

Nadie pareció darse cuenta. Mi mano no tembló.

—Brindemos, al menos simbólicamente —dije—. Lucía, acompáñame. Por la nueva etapa de Javier como dueño.

Ella dudó una fracción de segundo, pero el notario levantó la vista, sonriente.

—Eso siempre es buena señal —comentó—. Un brindis antes de firmar.

Lucía tomó la taza que yo había colocado frente a ella. La levantó con elegancia.

—Por el futuro —dijo, mirando a Javier—. Y por usted, Ricardo.

Yo cogí la otra taza, la que ahora estaba a mi derecha. La acerqué a los labios, sin llegar a probarla. Lucía dio un sorbo. Largo.

Pasaron cinco minutos.

El notario le señaló el lugar de la firma. Yo sentía el corazón en la garganta. Lucía, que estaba apoyada en el respaldo de mi silla, soltó el aire de golpe.

—Me… me mareo —murmuró.

Su mano se deslizó de mi hombro. Tropezó hacia adelante, chocó con la mesa. La taza cayó al suelo, se hizo añicos. Sus ojos se pusieron en blanco. Javier se levantó de un salto.

—¡Lucía!

Ella se desplomó a mis pies, convulsionando, mientras el aroma a café derramado se mezclaba con el sonido agudo de la porcelana rota. Yo seguía con mi taza intacta en la mano, sin haber bebido ni una sola gota.

El grito de Javier resonó en el despacho, rebotando contra las paredes de cristal.

—¡Llamad a una ambulancia! —vociferó, arrodillándose junto a Lucía.

Ana ya tenía el móvil en la mano, marcando el número de emergencias con rapidez. El notario, pálido, se apartó de la escena, con la carpeta azul pegada al pecho como si fuera un escudo.

Lucía respiraba entrecortado, la boca torcida, las manos crispadas. Un hilo de espuma se acumulaba en la comisura de sus labios. Yo continuaba sentado en mi sillón ejecutivo, con la taza aún caliente en la mano. El café me devolvía mi propia cara, distorsionada.

Los sanitarios llegaron en menos de diez minutos. Había empleados apiñados en la puerta del despacho, mirando con morbo y miedo. Los uniformes verdes empujaron a todos a un lado. Uno de ellos se inclinó sobre Lucía.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, mientras le tomaba el pulso.

—Estaba bien, de repente se ha mareado y se ha desplomado —respondió Javier, la voz rota.

—Ha tomado algo —dije, sin pensar.

El sanitario me miró.

—¿Algo, como qué?

Mis ojos se desviaron hacia el suelo, donde los restos de porcelana seguían mojados de café.

—Estábamos tomando café —añadí—. Nada más.

Ana, pegada a la pared, apretaba las manos contra el delantal, tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos.

Se llevaron a Lucía en camilla, con Javier al lado. El notario se excusó, balbuceando algo sobre volver cuando todo se aclarara. El despacho quedó en una calma artificial, rota solo por el zumbido del aire acondicionado.

No tardó mucho en aparecer la policía.

Dos agentes uniformados primero, luego un hombre de traje gris sin corbata, con una carpeta negra bajo el brazo.

—Inspector Vega, de Homicidios —se presentó, mirando el despacho con una rapidez entrenada.

No me gustó la palabra que había escogido, pero no la corregí.

Tomaron fotos del suelo, de las tazas, de la mesa. Embalaron los fragmentos de porcelana en bolsas transparentes, etiquetadas. Un técnico recogió la taza que yo aún no había probado.

—¿Alguien más tomó café? —preguntó el inspector.

—Solo mi mujer —respondió Javier, que había regresado del hospital una hora después, con la cara desencajada—. ¿Cómo está? —le pregunté.

—En la UCI —murmuró—. Dicen que ha ingerido… algo. Una sustancia.

El inspector anotó algo.

—Bien, vamos a necesitar declaraciones de todos. Empezaremos por usted, don Ricardo.

Me llevaron a la sala de juntas pequeña, al final del pasillo. Ana esperaba sentada en una esquina, con una botella de agua sin abrir en la mano. Cuando pasé a su lado, levantó la vista. Sus ojos estaban enrojecidos.

—Yo solo… —susurró, pero el agente la hizo callar con un gesto.

En la sala, el inspector Vega encendió una grabadora.

—Para que conste —dijo—, estamos recogiendo las primeras manifestaciones dentro de una investigación por posible intoxicación. Explíqueme qué ha ocurrido desde que entró esta mañana en el despacho.

Relaté los hechos, punto por punto. La llegada del notario, la carpeta, el café, la caída de Lucía. Omití un detalle: el susurro de Ana y el intercambio de tazas.

—¿Probó usted su café? —preguntó el inspector.

Miré mis manos vacías.

—No, no llegué a hacerlo.

—¿Por algún motivo en particular?

—Los nervios —respondí, sin titubear—. Iba a firmar la cesión de mi empresa. No tenía el cuerpo para café.

Vega me sostuvo la mirada unos segundos de más, como si buscara algo detrás de mis pupilas.

Después fue el turno de Ana. La dejaron con la puerta entreabierta; yo escuchaba fragmentos.

—…yo solo llevaba el agua…
—¿Tropezó?
—Sí, con la alfombra…
—¿Tuvo acceso al café antes de entrar?

Hubo un silencio largo.

Pasadas unas horas, el inspector regresó al despacho principal. Javier estaba sentado en mi sillón, con los codos sobre las rodillas, encorvado.

—Acaban de llamar del hospital —dijo Vega, sin preámbulos—. Su esposa ha fallecido.

El aire en la habitación pareció espesarse. Javier se llevó las manos a la cara. Yo me quedé quieto, sintiendo cómo cada palabra caía con el peso de un ladrillo.

Vega dejó su carpeta sobre la mesa de nogal.

—Los primeros análisis del contenido gástrico indican una sustancia tóxica que no estaba en el café al salir de la máquina —anunció—. Alguien la añadió después.

Abrió la carpeta y sacó una foto: un frasco pequeño, transparente, con un resto de líquido en el fondo, encontrado en el cubo de la limpieza.

—Lo hemos hallado en el cuarto de servicio —añadió—. Y según el registro del edificio, la única persona que ha entrado ahí esta mañana, antes del incidente, es Ana.

Alzó la vista hacia mí.

—Don Ricardo, su empleada de hogar queda detenida mientras seguimos investigando.

La noticia del arresto de Ana se extendió por la empresa en cuestión de horas. Los pasillos se llenaron de susurros. Al día siguiente, en los periódicos digitales, el titular era inevitable: “Sospecha de envenenamiento en una empresa familiar de Madrid”.

Yo volví a casa solo esa noche. La mansión en El Viso parecía otra, sin la voz de Lucía ordenándolo todo, sin el taconeo de sus zapatos por el pasillo. En la cocina, el delantal de Ana seguía colgado detrás de la puerta, como si fuera a aparecer en cualquier momento a preparar la cena.

Sonó mi móvil. Era el inspector Vega.

—Tenemos los resultados completos de toxicología —informó—. La sustancia hallada en el cuerpo de su nuera coincide con la del frasco encontrado en el cuarto de limpieza. Y había restos de la misma en los fragmentos de la taza rota.

—¿Y en mi taza? —pregunté, sin saber por qué.

—Negativo —dijo—. En la suya no había nada.

Colgamos. Me quedé mirando la encimera vacía. Recordé con precisión el roce del cuerpo de Ana contra mi silla, su voz apremiante: “No lo beba… solo confíe en mí”. Y el gesto exacto con el que yo había intercambiado las tazas.

Pasaron semanas. Ana ingresó en prisión preventiva. Javier se hundió en un silencio denso; iba del trabajo al cementerio, del cementerio al trabajo. La cesión de la empresa se detuvo, primero por respeto, luego por puro bloqueo legal.

Una tarde, Vega me citó en comisaría para una “ampliación de declaración”.

En la sala, la grabadora volvió a encenderse. El inspector apoyó los codos en la mesa.

—Hay algo que no termina de encajar —empezó—. Ana lleva diez años trabajando con usted. Sin antecedentes, sin deudas. Ningún ingreso extraño. Nada que indique que se haya beneficiado de la muerte de su nuera.

—La gente rompe sin motivo aparente —respondí—. Usted lo sabe mejor que yo.

Vega ignoró la frase.

—En cambio, su nuera, Lucía, sí tenía motivos para desear su firma urgente —continuó—. Hemos encontrado correos electrónicos con un despacho de inversión en Londres. Estudiaban sacar la empresa a bolsa una vez que su hijo fuera el dueño. El control directo de usted les estorbaba.

No dije nada.

—Aun así, los indicios materiales apuntan a Ana —continuó—. El frasco en el cuarto de limpieza. La oportunidad. El acceso a las tazas. Y, según cámaras internas, entra y sale del office minutos antes de que se sirva el café.

Se inclinó hacia mí.

—Le voy a preguntar algo directamente, don Ricardo. ¿Le dijo ella algo antes de que su nuera bebiera?

Sentí, por primera vez, el peso real de la elección que tenía delante. Bastaba una frase: “Me advirtió”. Otra: “Oí a Lucía hablar por teléfono de algo extraño”. Podría sembrar la duda, apuntar hacia otra parte, complicar el caso. O podía dejar que todo siguiera el curso que ya había tomado.

—No —respondí, al fin—. No me dijo nada.

Vega sostuvo mi mirada unos segundos, luego asintió despacio y apagó la grabadora.

Meses después, se celebró el juicio. Ana llegó esposada, más delgada, el rostro afilado. Evitó buscarme con la mirada. La fiscalía presentó el frasco, los informes toxicológicos, las imágenes de las cámaras del office. Un perito habló de “probabilidad alta” de que la sustancia hubiera sido manipulada por alguien con experiencia en productos de limpieza. El abogado de oficio de Ana hizo lo que pudo, pero tenía poco en qué apoyarse.

Nunca mencioné el susurro en mi oreja ni el intercambio de tazas. Nadie me lo preguntó de forma directa.

Javier declaró como viudo y como heredero en suspenso. Cuando el juez le hizo una pregunta sobre nuestro vínculo, él bajó la vista.

—Mi padre es… un hombre de negocios —se limitó a decir.

Ana fue declarada culpable de homicidio. Dieciséis años de prisión. No hubo lágrimas, ni escenas. Solo la lectura monótona de la sentencia y el sonido metálico de las esposas al ser cerradas de nuevo.

Tras el juicio, Javier y yo salimos al exterior del edificio de la Audiencia. Era una tarde fría de enero. Los fotógrafos nos esperaban.

—No he podido pagarle un buen abogado —dijo mi hijo, sin mirarme—. Todo el dinero extra se fue en el hospital, en el entierro… y en mantener a flote la empresa mientras tanto.

—La empresa seguirá —respondí—. Como siempre.

Días después, en mi despacho de la Castellana, el notario García volvió a colocar una carpeta sobre la mesa de nogal. No era azul, sino gris.

—Este es el nuevo acuerdo —explicó—. Dado que la situación personal de su hijo es tan inestable, las acciones vuelven a su poder, don Ricardo. Él conservará un paquete minoritario.

Javier firmó sin protestar. Tenía ojeras profundas. Cuando el notario se marchó, nos quedamos solos.

—¿Alguna vez pensaste que Lucía…? —empezó a decir.

—No sirve de nada —lo interrumpí—. Lo hecho, hecho está.

Él asintió, se levantó y salió del despacho sin despedirse. Me quedé solo, como al principio de todo.

Ana siguió en prisión. Nunca la visité.

Aquella noche, ya en casa, me serví un café en la cocina. Lo sostuve un momento en la mano, observando el vapor. Luego lo dejé sobre la encimera, sin probarlo.

La empresa seguía siendo mía. La casa seguía en silencio. Y el único testigo de lo que había pasado realmente aquella mañana —además de mí— estaba tras barrotes, con una sentencia firme que nadie parecía dispuesto a cuestionar.