Mi hijo Javier siempre contestaba el teléfono. Aunque fuera con un simple “¿qué pasa, mamá?”, aunque estuviera en el trabajo o en el gimnasio. Por eso, cuando pasaron tres días sin respuesta, empecé a preocuparme. A la semana, ya no dormía. A los diez días, empecé a imaginarlo muerto en una cuneta. A las dos semanas, cogí el tren a Madrid sin avisar a nadie.
Su piso en Vallecas seguía igual que siempre por fuera: persianas a medio bajar, la bicicleta de mi nieto Nico encadenada en el portal, la alfombrilla torcida. Llamé al timbre una, dos, diez veces. Nada. Marqué su número. El tono sonó amortiguado, tan cerca que noté cómo me subía la sangre a la cara. El móvil estaba dentro.
Toqué la puerta con los nudillos.
—¿Javi? Soy yo, abre, por favor.
Silencio. El rellano olía a lejía y a comida recalentada de los vecinos. Cuando probé el pomo, giró un poco, bloqueado por la vuelta de la llave puesta por dentro. Algo en mi pecho se cerró. Bajé otra vez a la calle y llamé a la policía.
Los agentes tardaron menos de veinte minutos. Una mujer rubia, la agente Núñez, me pidió el DNI y me hizo las preguntas de protocolo. Un hombre corpulento, el subinspector Morales, examinó la cerradura.
—Si su hijo no contesta desde hace tanto, lo mejor es entrar —dijo, sin mirarme.
Forzaron la puerta con un golpe seco. El olor me dio una bofetada: no era solo humedad, había algo agrio, metálico, escondido bajo el perfume barato de ambientador. Los cojines del sofá estaban en el suelo, la mesa del salón llena de juguetes de Nico mezclados con sobres abiertos, facturas, una notificación del banco. El móvil de Javier descansaba en el mueble de la tele, aún con la pantalla negra.
—¿Javier? ¿Laura? ¿Nico? —grité, adelantándome hacia el pasillo.
Las puertas estaban entornadas. El baño tenía toallas tiradas y una mancha oscura junto al desagüe de la bañera, mal limpiada. La habitación de matrimonio, deshecha, cajones a medias abiertos. Pero fue al llegar al cuarto de Nico cuando lo oí.
Un crujido, leve, como de algo duro rozando el suelo. Me quedé helada en el umbral, mirando la cama con la colcha de superhéroes.
—¿Nico? ¿Cariño? —susurré.
Nada. Solo mi propia respiración. Entonces, otra vez: un golpe suave, seco, justo debajo de la cama.
—Señora, apártese —dijo Morales, entrando con la mano en la pistola. Núñez rodeó la cama por el otro lado.
Los vi agacharse, intercambiar una mirada rápida, tensa. Morales agarró el somier.
—A la de tres, ¿vale? —murmuró.
Yo no podía moverme. Tenía las uñas clavadas en el bolso, el corazón latiéndome en los oídos. Morales levantó el somier de un tirón. La colcha se deslizó al suelo.
Primero vi unos pies desnudos, llenos de polvo. Luego unas manos atadas con cinta gris. Una cara pálida, hundida, con los labios agrietados y una mordaza sucia. No era mi nieto. No era nadie a quien yo conociera. Era una joven, casi una niña, encogida bajo la cama de Nico, mirándonos con unos ojos enormes, desbordados de terror.
Y en aquel instante, antes de que nadie hablara, supe con una claridad monstruosa que algo en la vida de mi hijo era completamente distinto de lo que yo había querido ver.
La chica se llamaba Alba, me enteré después en el hospital. Veintidós años, desaparecida desde hacía nueve días. Yo me quedé sentada en una silla de plástico del pasillo, con las manos heladas, mientras la camilla se alejaba seguida de un enjambre de sanitarios y policías.
—Señora Carmen, necesito que me escuche —dijo el subinspector Morales, agachándose a mi altura. Tenía los ojos cansados, pero una dureza en la mandíbula que me dio miedo.
—Mi hijo… ¿Dónde está mi hijo? ¿Y mi nieto? ¿Y Laura?
—De momento no hay rastro. Hemos revisado el piso entero. —Miró de reojo hacia el fondo del pasillo, donde otros agentes hablaban en voz baja—. Pero hay indicios preocupantes.
“Indicios preocupantes”. Otra forma de decir que el baño tenía restos de sangre seca, que en el cubo de la basura habían encontrado cinta adhesiva igual que la que aprisionaba las muñecas de Alba, que en el armario del pasillo había una caja con bridas, un rollo de cuerda y un cuchillo envuelto en bolsas del supermercado. Eso me lo contaría después, poco a poco, como si temiera que yo fuera a romperme en pedazos.
Aquel primer día solo me preguntó:
—¿Sabía que su hijo conocía a la chica?
—No —respondí, ahogada—. Javier no es así. Javier… Es enfermero, trabaja de noche, cuida a la gente.
Morales soltó un suspiro corto.
—Hay fotos de ellos dos juntos en el móvil de ella. Mensajes. Citas. Transferencias de dinero. No sabemos aún qué tipo de relación tenían, pero… no pinta bien.
Me enseñó una foto en la pantalla de su móvil: Javier sonriendo en una terraza, gafas de sol, barba de tres días. Tenía un brazo alrededor de la cintura de Alba, que llevaba un vestido rojo y esa sonrisa de chica que todavía no ha aprendido a sospechar de nadie.
Me faltó el aire.
—Debe de ser un error.
—Lo aclararemos —dijo él, sin prometer nada.
Los días siguientes fueron una sucesión de salas de espera, declaraciones, café frío y un zumbido constante en la cabeza. Alba, ya estabilizada, empezó a hablar. Lo supe porque me volvieron a llamar a comisaría.
—Dice que la drogó en un bar, que la llevó al piso diciéndole que Nico estaba con sus abuelos, que… —Morales apretó los labios—. Que llevaba días encerrada ahí, atada la mayor parte del tiempo.
—No —murmuré—. No.
—La descripción coincide con su hijo. Lo ha identificado en fotos.
—Pero Javier no contestaba al teléfono… —oí mi propia voz, extraña—. Si estaba allí con ella, ¿por qué no lo oí? ¿Por qué nadie…?
Morales no respondió. Solo abrió una carpeta y me enseñó otra foto: el buzón de Javier, repleto de cartas sin recoger.
—Creemos que algo pasó hace unos tres o cuatro días —dijo—. Alba recuerda gritos, golpes, una puerta cerrándose. Luego, silencio. Alguien la dejó de alimentar.
Me tapé la boca con la mano. Yo, en mi casa de pueblo, marcando el número de mi hijo una y otra vez mientras él… mientras algo sucedía a kilómetros de mí.
Tres días después me llamaron del instituto forense. Habían encontrado un coche calcinado en un descampado de la M-40. La matrícula era la de Javier. Dentro, un cuerpo reducido a casi nada.
—La identificación preliminar por la estructura dental apunta a su hijo —me informó Morales, con una mezcla de compasión y distancia—. Pero hay algo más.
Puso sobre la mesa una bolsa de plástico transparente. Dentro, ennegrecida pero reconocible, había una pequeña llave metálica con un llavero del Atlético de Madrid. La conocía bien: se la había regalado a Javier cuando se mudó a aquel edificio.
—La encontraron en la boca del cadáver —dijo Morales—. Coincide con el trastero que su hijo alquiló en el garaje.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies. Trastero. Un espacio que yo ni siquiera sabía que existía. Un lugar al que Javier iba sin contármelo.
—Vamos a abrirlo ahora —añadió el subinspector—. Quiero que esté presente, si puede soportarlo.
Bajamos juntos al garaje del edificio, acompañados por otros dos agentes y una forense. El olor a gasolina y goma quemada se mezclaba con la humedad del cemento. El trastero 27 estaba al fondo, una puerta metálica gris con el número pintado de blanco.
Morales metió la llave en la cerradura. Por un segundo, su mirada se cruzó con la mía, como si me diera la oportunidad de decir “no quiero verlo”. Yo asentí, sin saber por qué.
La puerta chirrió al subir. Desde el pasillo solo vi sombras y plástico negro apilado. Y, sobre todo, una cosa: el mismo dibujo de superhéroe que Nico tenía en la pared de su habitación, repetido en una mochila infantil tirada en un rincón, manchada de algo oscuro.
El grito que salió de mi garganta no parecía humano.
Aquella mochila era la de Nico. La reconocí por el parche mal cosido en la cremallera, por el llavero de dinosaurio que le compré en el zoo. Estaba tirada junto a una caja de plástico transparente. Dentro había juguetes suyos: un coche rojo, una figurita de Spiderman, un muñeco sin brazo.
—¿Dónde está mi nieto? —jadeé—. ¿Dónde está Nico?
Morales no respondió inmediatamente. Había más cosas en el trastero. Tres grandes bolsas de basura negras, bien cerradas, alineadas contra la pared. Una nevera pequeña conectada a un alargador. Estanterías con cajas etiquetadas con nombres que no conocía: “Turno noche”, “Alba”, “Caja B”. La forense tomaba fotos sin parar.
—De momento no sabemos nada de Nico —dijo al fin—. No hay restos que indiquen… —se detuvo, como si midiera cada palabra—. Lo importante ahora es encontrarlo.
Mi mente se aferró a esa mínima posibilidad: que estuviera en algún sitio, vivo, ajeno a todo. Pero una parte de mí, la que llevaba años observando pequeñas grietas en la fachada perfecta de Javier, empezaba a encajar piezas con una lentitud cruel.
Recordé las veces que llegaba tarde a buscar al niño al colegio y me pedía que lo recogiera “por si acaso”, siempre con una excusa: un doble turno, una reunión. Recordé la vez que lo vi salir de un portal que no era el suyo, poniéndose el abrigo a toda prisa. Recordé su irritación cuando le pregunté de dónde salía: “No seas pesada, mamá”.
Esa noche, sola en la cama de un pequeño hostal cercano a comisaría, abrí el cajón de la mesilla buscando un pañuelo y encontré algo que creía haber perdido meses atrás: una libreta de Javier. La había metido sin querer en mi bolso el último día que estuve en su piso, cuando Nico cumplió siete años. La había olvidado por completo.
La abrí con las manos temblorosas. No eran notas médicas ni horarios de trabajo. Eran nombres, fechas, cantidades. Abreviaturas: “entrega”, “cobro”, “fiar”. Y, en el margen de una de las páginas, subrayado tres veces, un nombre que reconocí al instante: “Alba – 3.000€”.
Había más nombres, algunos femeninos, otros masculinos. Y al final, en la última página, una frase corta, escrita con una letra más apretada: “Si pasa algo, llamar a Luis”. Un número de teléfono, y debajo, una dirección de un polígono industrial a las afueras.
Podría haber metido la libreta en mi bolso y llevársela directamente a Morales a la mañana siguiente. Podría, quizá, haber ayudado a desmontar algo mucho más grande que mi propio dolor. En vez de eso, me quedé mirándola largo rato, escuchando el zumbido de la nevera del pasillo, pensando en Nico.
Si Javier estaba metido en algo sucio, peligroso, ¿qué pasaría con mi nieto si salía todo a la luz? ¿Con quién se quedaría? ¿Qué historias le contarían sobre su padre?
Al amanecer, tomé una decisión que ni siquiera me parecía una decisión, sino la continuación lógica de todos los silencios anteriores. Arranqué la última página de la libreta, la de “Luis” y la dirección, la doblé en cuatro y la escondí en el bolsillo interior de mi chaqueta. El resto la guardé en el bolso, como si nada.
En comisaría, entregué la libreta a Morales.
—La encontré entre mis cosas —le dije—. No sé si servirá.
La hojeó rápidamente.
—Puede ser fundamental. Gracias, señora Carmen.
No encontró la página arrancada. Nadie me preguntó si faltaba algo. Nadie sospechó de la abuela que temblaba y lloraba y firmaba papeles donde ponía “víctima colateral”.
Pasaron semanas. Buscaron a “Luis” por otros caminos, interrogaron a antiguos compañeros de Javier, cruzaron datos con casos de desapariciones. Hubo registros, ruedas de prensa, titulares en los periódicos. “ENFERMERO VINCULADO A RED CRIMINAL MUERE EN EXTRAÑO INCENDIO”. “RESCATAN A JOVEN SECUESTRADA EN PISO DE MADRID”.
A Nico lo encontraron al cabo de un mes, en casa de una amiga de Laura en Valencia. Laura había huido con él al ver “cosas que no le gustaron” —así lo explicó, sin detalles— y había tenido miedo de ir a la policía. Cuando supo lo del incendio y de Alba, se derrumbó.
El juez decidió que, mientras se aclaraba todo, lo mejor era que Nico viviera conmigo. Yo asentí, con las manos cruzadas sobre el regazo, como si no estuviera decidiendo nada importante.
Hoy, tres años después, Nico corre por el pasillo de mi piso pequeño en el pueblo, se ríe, me pide que le cuente historias de su padre. Yo le hablo del Javier niño, del chico que jugaba al fútbol en la plaza, del que me traía dibujos del colegio. No le hablo del trastero, ni de Alba, ni del coche ardiendo en la M-40.
Cada cierto tiempo, cuando él se queda dormido, saco de un cajón la página doblada con el nombre de Luis y la dirección del polígono. El papel está amarillento, la tinta medio borrada. Podría llevarla a comisaría cualquier día. Podría marcar ese número.
No lo hago. La vuelvo a guardar, apago la luz y me meto en la cama, dejando que el silencio lo cubra todo.
Al final, pienso a veces, quizá Javier no fue el único que decidió no contestar cuando llamaron a la puerta.



