Alicia se miró en el reflejo del cristal del restaurante de moda en el barrio de Salamanca. Diez años de matrimonio resumidos en una cena con velas, vino caro y un silencio que ya olía a despedida. Sergio jugueteaba con la servilleta, incapaz de sostenerle la mirada.
—Tenemos que hablar —dijo él al fin, con esa voz impostadamente grave que usaba cuando quería parecer valiente.
Alicia dejó la copa sobre el mantel, muy despacio.
—Adelante.
—He conocido a alguien —soltó, de golpe—. Se llama Lucía. Es… diferente. Es sencilla, natural. No le importa el dinero, ¿sabes? Es… más de verdad.
Durante un segundo, el restaurante pareció volverse mudo. Alicia sintió un cosquilleo frío en la nuca, no por celos, sino por la absoluta previsibilidad de la escena. Diez años pagando hipoteca, tarjetas, coche, vacaciones familiares, los tratamientos de la madre de Sergio en la clínica privada… para acabar escuchando la frase “no le importa el dinero”.
Alicia sonrió. Primero, apenas un gesto en una comisura. Luego, una carcajada baja que hizo al camarero girar la cabeza.
—¿Te ríes? —Sergio frunció el ceño, herido en su orgullo.
—No, cariño —contestó ella, aún sonriendo—. Estoy… fascinada.
Se inclinó hacia él.
—¿Y qué esperas de mí exactamente?
—Quiero separarme —dijo, intentando sonar digno—. Quiero ser honesto con lo que siento. Lucía y yo… esto es de verdad. Ella no está conmigo por lo que tengo.
“Por lo que yo tengo”, rectificó Alicia en su cabeza.
Alicia cogió el bolso con calma y se levantó.
—Necesito hacer una llamada. No te vayas —añadió, casi divertida.
Caminó hacia el pasillo que llevaba a los baños, marcó un número y esperó.
—Marta, ¿estás despierta? —su voz se volvió seca, empresarial.
Al otro lado, la asistente bostezó.
—Sí, Alicia, dime.
—Toma nota, por favor. Uno: cancela hoy mismo todas las tarjetas de crédito de Sergio, las personales y las vinculadas a la empresa. Dos: llama a la clínica de la señora Pilar y comunica que, a partir de este mes, dejamos de hacernos cargo de sus medicamentos y tratamientos privados. Que se gestionen por la Seguridad Social. Tres: mañana por la mañana quiero un cerrajero en casa. Se cambian todas las cerraduras. Solo te quedas tú y yo con copia. ¿Está claro?
Hubo un breve silencio.
—Clarísimo —respondió Marta, ya completamente despierta.
—Perfecto. Mañana vemos el resto en la oficina.
Colgó, se retocó el pintalabios ante el espejo del baño y regresó a la mesa con paso tranquilo. Sergio la observaba con una mezcla de culpa y alivio, convencido de que ella acabaría facilitándole el camino, como siempre.
Alicia se sentó, tomó de nuevo la copa de vino y lo miró fijamente.
—Bueno —dijo, con una serenidad helada—. Me alegra que hayas encontrado a tu “amor verdadero”. De corazón.
El móvil de Sergio vibró sobre la mesa. Una notificación del banco parpadeó en la pantalla bloqueada. Después, otra. Y otra.
—Porque ahora, Sergio —añadió Alicia, sin apartar la vista—, por fin vas a poder demostrarme cuánto no le importa el dinero a esa mujer.
Él bajó la mirada al teléfono justo cuando entraba el aviso: “Tarjeta bloqueada. Operación denegada”. La sangre se le heló en la cara mientras Alicia sostenía la copa, esperando su reacción.
La primera bofetada de realidad llegó dos días después, en una inmobiliaria del distrito de Tetuán. Sergio, con la camisa remangada y Lucía del brazo, estaba a punto de firmar la reserva de un piso de alquiler “con encanto”, como lo había descrito el agente.
—Son 1.200 euros de fianza y el mes en curso —explicó el comercial—. ¿Tarjeta o transferencia?
—Tarjeta —respondió Sergio con seguridad, sacando una de sus siempre brillantes tarjetas doradas.
La pasó por el datáfono. “Operación denegada”.
Sergio frunció el ceño.
—Debe ser el TPV, prueba otra vez.
El agente lo intentó de nuevo. Mismo resultado. Sergio cambió de tarjeta. “Operación denegada”.
Lucía le lanzó una mirada incómoda.
—¿Pasa algo?
—No, será el banco. Algún límite diario —improvisó él, la mandíbula tensa—. Hago una transferencia luego.
Pero el comercial no parecía muy convencido.
—Sin el pago hoy, no puedo reservar el piso —dijo, profesional pero frío.
En la calle, Sergio llamó al banco. Tras varios minutos de espera, la voz amable de una teleoperadora le confirmó lo que ya sospechaba: las tarjetas habían sido canceladas por el titular principal de las cuentas.
El titular era Alicia.
Aquella misma tarde, Pilar, su madre, discutía con la farmacéutica del barrio de Chamberí.
—Pero si siempre me lo cargan a la póliza —repetía, nerviosa—. La señora Alicia se ocupa de todo.
La farmacéutica tecleó de nuevo.
—Lo siento, doña Pilar, pero la aseguradora indica que la póliza privada ha sido dada de baja. Y este medicamento es muy caro, no lo tenemos cubierto por aquí. Tendrá que pedirlo por la Seguridad Social o pagar el importe íntegro.
La mujer salió con la receta en la mano, el bolso temblándole en el brazo. No entendía nada, solo sabía que dependía de esas pastillas.
Mientras tanto, Alicia estaba sentada en su despacho acristalado, en la planta catorce de un edificio de oficinas cerca del Paseo de la Castellana. Marta le había dejado una carpeta con varios documentos: extractos de cuentas, pólizas, el contrato de la clínica de Pilar, y, arriba del todo, las capitulaciones matrimoniales firmadas una década atrás.
—No tiene nada a su nombre —resumió Marta—. El coche es de la empresa. El piso de la calle Jorge Juan está solo a tu nombre. Y el resto, sociedades.
Alicia revisó las páginas sin pestañear.
—Perfecto. Prepara reunión con Javier, el abogado. Quiero que el divorcio esté planteado antes de que él encuentre donde dormir.
Ese mismo día, Sergio irrumpió en la recepción de la empresa, rojo de rabia.
—Quiero ver a Alicia. Ahora.
El guardia de seguridad lo detuvo antes de llegar a los ascensores.
—Lo siento, señor, tiene que anunciarse.
—¡Soy su marido!
Desde arriba, a través del cristal, Alicia lo observó unos segundos, pequeño y descolocado en el hall. Luego se volvió hacia Marta.
—Dile a recepción que, a partir de hoy, lo traten como a cualquier otro visitante. O peor.
Horas después, se vieron por fin en una sala de reuniones. Javier, el abogado, los acompañaba.
—Como sabes —explicó Javier, con tono neutro—, firmasteis capitulaciones de separación de bienes antes de casaros. Todo lo que se ha adquirido en estos diez años pertenece a quien lo ha pagado. En este caso, Alicia.
Sergio lo miró como si hablara en otro idioma.
—¿Y la casa? ¿Y el coche? ¿Y la clínica de mi madre?
—La casa está a nombre de Alicia. El coche, también. Y respecto a tu madre —intervino Alicia, cruzando las manos—, yo solo he dejado de pagar un lujo que ya no me corresponde. La Seguridad Social funciona, ¿no? Siempre dices que eres “muy de lo público”.
Sergio se puso de pie, la silla chirrió contra el suelo.
—Estás jugando con la salud de mi madre.
—Estoy dejando de financiar tu vida entera —respondió ella, sin elevar la voz—. Tú querías libertad. Esto es libertad.
Él la miró con odio abierto por primera vez.
—Crees que has ganado, pero no tienes ni idea de lo que puedo contar de ti.
Alicia lo sostuvo en silencio, como si midiera cada gesto suyo.
—Entonces habla —dijo, finalmente—. A ver quién te escucha cuando no tengas ni para el abono transporte.
Esa noche, cuando regresó al piso que ahora ocupaba sola, Alicia encontró el portero hablando con un cerrajero. Las cerraduras ya estaban cambiadas. Colgó el abrigo, fue hasta el panel de seguridad y revisó las cámaras del portal.
En la pantalla, unos minutos después, apareció Sergio, golpeando el timbre con insistencia, la cara desencajada.
Alicia se acercó al interfono, lo observó un segundo y dejó el dedo sobre el botón… sin contestar.
En el vídeo, él levantó la mirada directamente hacia la cámara, como si supiera que ella estaba al otro lado.
Y sonrió, torcido.
Las semanas siguientes se convirtieron en una sucesión de ajustes silenciosos.
Sergio acabó alquilando una habitación en un piso compartido en Carabanchel, encontrado a través de un grupo de Facebook. El propietario exigía pago en efectivo. Lucía, que había imaginado una vida bohemia pero cómoda, observó el colchón hundido y la ventana que daba a un patio interior oscuro.
—Pensé que buscaríamos algo juntos —susurró.
—Es temporal —mintió Sergio—. En cuanto arregle lo del banco…
Pero lo del banco no se arregló. La nómina que tenía como director comercial de una de las empresas de Alicia desapareció en cuanto ella firmó el cese. Legalmente impecable: pérdida de confianza, reestructuración interna. Javier se ocupó de que todo estuviera blindado.
Lucía empezó a coger más turnos en la cafetería donde trabajaba. Sergio, por primera vez en años, se vio obligado a enviar currículos sin el respaldo del apellido de Alicia.
Pilar, después de varios trámites, consultas y colas eternas, terminó siendo atendida en el hospital público de La Princesa. Le cambiaron la medicación por un genérico. No era tan cómodo como la clínica privada, pero los médicos la trataron con corrección. Ella murmuraba el nombre de Alicia entre dientes, sin saber si odiarla o agradecerle los años anteriores de tratamiento pagado.
Alicia, mientras tanto, reorganizó su vida como si estuviera reestructurando otra empresa. Vendió el coche que Sergio utilizaba, cambió de gimnasio, evitó los restaurantes donde solían ir juntos. Incorporó nuevos protocolos de seguridad en casa; Marta pasó a dormir allí las primeras semanas.
—¿No te da pena? —se atrevió a preguntar la asistente una noche, mientras revisaban correos en el salón.
Alicia tardó en contestar.
—La pena es un lujo —dijo al final—. Y yo ya he pagado demasiados lujos de otros.
No lo dijo con orgullo, ni con rencor. Solo como quien constata algo evidente.
El conflicto estalló del todo una madrugada de sábado. Sergio apareció borracho en la puerta del edificio, gritando el nombre de Alicia y aporreando el portal. Los vecinos empezaron a encender luces; alguien llamó a la policía.
Desde el salón, Alicia lo veía todo en la pantalla del sistema de cámaras. Había avisado a sus abogados días antes de que algo así podía ocurrir. El protocolo estaba claro.
Bajó al portal cuando sonaron las sirenas. Sergio estaba rojo, sudoroso, con la camisa abierta.
—Solo quiero hablar —balbuceó al verla.
Se acercó demasiado, agarrándola del brazo. Los dedos se le clavaron en la piel; bastaron tres segundos para dejar una marca violácea.
—Suéltame, Sergio —dijo ella, sin levantar la voz.
Las luces azules de los coches patrulla parpadeaban ya en la calle. Alicia alzó la muñeca, mostrando la marca al agente que se acercaba.
—He solicitado una orden de alejamiento —explicó—. Y todo está grabado en las cámaras del edificio.
Sergio la miró, atónito, mientras el policía le pedía la documentación.
Pasó la noche en el calabozo por un delito leve de violencia doméstica y desobediencia. Días después, el juez dictó una orden de alejamiento provisional. Su empresa, al enterarse del incidente y de la manera en que había salido de la firma de Alicia, decidió prescindir de él “por imagen”.
Lucía aguantó un mes más. Entre los problemas económicos, la presión de la madre de Sergio y los estallidos de mal humor de él, acabó haciendo la maleta.
—Pensé que eras otra persona —dijo, sosteniendo el bolso en la puerta de la habitación alquilada.
—Soy la misma. Solo que sin su dinero —escupió él, sin mirarla.
Lucía no respondió. Cerró la puerta tras de sí y se perdió por la escalera.
El divorcio se resolvió en pocos meses. Sergio obtuvo lo que marcaba la ley: nada más allá de algunas pertenencias personales y un acuerdo mínimo de liquidación de bienes comunes, prácticamente simbólico. Alicia renunció a exigirle cualquier compensación económica. No la necesitaba.
Un año después, una mañana de otoño, Alicia cruzó la Gran Vía en dirección a una reunión. Iba acompañada de Marta, hablando de una nueva inversión. Al detenerse en un semáforo, vio a un hombre repartiendo folletos de una academia de idiomas, con una chaqueta barata y un gesto cansado.
Tardó unos segundos en reconocer a Sergio.
Él alzó la vista, y durante un instante sus miradas se cruzaron. No hubo reproches, ni palabras. Solo un par de segundos congelados en los que cada uno vio lo que el otro se había convertido.
Sergio apartó la mirada primero, extendiendo un folleto a otro peatón. Alicia reanudó la marcha cuando el semáforo se puso en verde.
—¿Todo bien? —preguntó Marta.
—Sí —respondió Alicia, ajustándose el abrigo—. Solo estaba recordando una inversión… mal amortizada.
Entró en el portal del edificio donde tenía su próxima reunión, saludó al recepcionista y subió en el ascensor. En su móvil vibraba un correo sobre una nueva oportunidad de negocio.
Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y, cuando se abrieron las puertas, salió con la misma calma con la que, aquella noche en el restaurante, había pronunciado tres órdenes que cambiaron la vida de todos.
No miró hacia atrás.



