Mi esposo me entregó una taza de café con un olor extrañamente inquietante; el aroma era tan raro que me erizó la piel antes incluso de probarlo. “Te hice un café especial, cariño”, dijo con una sonrisa que no supe descifrar. “Qué dulce”, respondí, ocultando mi desconfianza mientras, con manos aparentemente tranquilas, cambiaba mi taza por la de mi cuñada, la misma que siempre me humillaba sin piedad. Treinta minutos después, el silencio en la casa se volvió insoportable… y entonces sucedió algo que nadie esperaba.

El olor del café me golpeó antes incluso de verlo. No era el aroma denso y tostado de siempre, sino algo más ácido, metálico, como si la cafetera hubiera quemado hasta el alma del grano. Javier apareció en la puerta de la cocina con dos tazas en la mano y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Te he hecho un café especial, cariño —dijo, alargando una de las tazas.

La taza era la mía, la blanca con un borde azul que habíamos comprado en Toledo. La miré un segundo de más. El vapor subía en espirales lentas, pesadas.

—Qué detalle —contesté, obligando a mi voz a sonar ligera.

Detrás de él, en el salón, escuché la risa aguda de Marta. Mi cuñada. Llevaba toda la mañana haciendo comentarios envenenados: sobre mi vestido, sobre el piso “demasiado pequeño” para alguien de su “estatus”, sobre mi trabajo de contable en una asesoría de barrio, “tan poco ambicioso”. Lo de siempre, solo que ese día yo estaba cansada. Cansada de todo.

Coloqué las tazas sobre la mesa del salón. Mi suegra hablaba por teléfono, mi suegro comentaba las noticias deportivas, y Marta estaba reclinada en el sofá, moviendo el pie con impaciencia.

—Por fin, Laura —dijo—. Pensé que te habías perdido en la cocina.

Sonreí. Esa sonrisa automática que había practicado durante años. Javier se sentó a mi lado, demasiado cerca, observando con atención mis manos.

—Este es el tuyo —dijo, señalando mi taza blanca.

—Ay, no, espera —respondí—. He puesto azúcar en el tuyo y yo lo quería sin.

No era verdad, pero nadie se fijó. Mientras todos miraban la televisión, deslicé mi taza hacia Marta, y coloqué la suya frente a mí con un gesto casual. Ella ni siquiera me miró; simplemente cogió la taza más cercana a su mano.

—Gracias, cuñadita —murmuró, llevándose el borde a los labios.

Yo acerqué la otra taza a mi nariz. El olor extraño seguía ahí, más fuerte. No bebí. Me limité a mojarme apenas los labios, como si estuviera distraída. Javier, a mi lado, no apartaba la vista de mí.

Pasaron veinte minutos de conversación banal. Luego, Marta empezó a frotarse la frente.

—Uf, qué calor hace aquí, ¿no? —dijo, soltando una risita forzada.

Mi suegro bajó el volumen de la tele.

—Pues yo estoy bien —respondió él.

Marta se incorporó, tambaleándose. Sus ojos, habitualmente duros, tenían un brillo raro, vidrioso. La taza estaba casi vacía.

—Me… me siento un poco mareada —añadió, llevándose una mano al pecho.

El siguiente minuto se estiró como un hilo a punto de romperse. Marta dio dos pasos hacia el pasillo y se desplomó, golpeando el suelo con un ruido seco que hizo callar de golpe al salón entero.

La taza rodó por la alfombra, dejando un círculo oscuro. Javier se puso de pie de un salto.

—¡Marta! —gritó mi suegra.

Yo me quedé inmóvil, mirando el café derramado, el vapor todavía elevándose. Sentí la mirada de Javier clavarse en mi perfil.

—Llama a una ambulancia —dijo alguien.

Mientras marcaba el 112 con dedos entumecidos, oí a mi suegro murmurar algo sobre “intoxicación”. Javier se agachó junto al cuerpo de su hermana, pero, antes de hacerlo, me lanzó una mirada rápida, fría, que me heló la espalda.

Como si supiera exactamente lo que acababa de pasar.

Las sirenas comenzaron a acercarse, aullando por las calles estrechas de Lavapiés, mientras yo seguía con el teléfono en la mano y un único pensamiento martilleando en mi cabeza: aquel café no estaba pensado para Marta.

El pasillo del Hospital Clínico olía a desinfectante y café recalentado. Un contraste irónico que no se me escapó. Esperábamos en una fila de sillas de plástico azul: mi suegra llorando en silencio, mi suegro hablando por WhatsApp con medio vecindario, y Javier, con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando el suelo.

Yo tenía los labios secos. No había probado nada desde aquel sorbo casi inexistente. Todavía sentía el gusto extraño, fantasma, en la lengua.

Una médica se acercó por fin.

—¿Familia de Marta Herrero?

Todos nos pusimos de pie a la vez.

—Está estable —dijo la médica—. Ha sufrido una reacción grave a una sustancia que hemos encontrado en la sangre. Aún estamos esperando los resultados toxicológicos, pero no parece algo accidental.

Mi suegra se llevó la mano a la boca.

—¿Una sustancia? ¿Qué… qué tipo?

—Aún es pronto para decirlo —respondió la médica—, pero la reacción es compatible con algún tipo de compuesto sedante mezclado con otro irritante. No es algo que se encuentre en un café normal.

Noté cómo la mirada de Javier se deslizaba hacia mí, apenas un segundo, pero suficiente. La médica continuó:

—Los agentes de policía querrán hablar con ustedes. Parte de la bebida ha sido recogida para análisis.

Cuando se marchó, el silencio cayó sobre nosotros como una manta pesada.

—¿Sedante? —musitó mi suegro—. ¿Quién haría algo así?

Nadie respondió.

En mi cabeza, la escena de la cocina se repetía una y otra vez: el olor raro, la frase de Javier, la sonrisa tensa. “Un café especial, cariño”. Me di cuenta de que estaba apretando tanto el bolso que me dolían los dedos.

Un par de agentes de la Policía Nacional llegaron poco después. Se presentaron con corrección, pidieron nuestros DNI y tomaron declaraciones por separado. A mí me llevaron a una sala pequeña con una mesa metálica y dos sillas.

—Solo es un procedimiento rutinario, señora Gómez —dijo la agente más joven—. Entienda que hay indicios de una posible intoxicación.

Les conté todo: cómo Javier había preparado el café, la frase que había dicho, el olor extraño. Les dije que había intercambiado las tazas porque pensaba que él se había equivocado con el azúcar. No mencioné el miedo. No sabía cómo ponerlo en palabras sin sonar ridícula.

—¿Es la primera vez que nota algo raro en el café que le prepara su marido? —preguntó el agente.

—Sí —mentí. En realidad, llevaba semanas notando pequeñas cosas: pastillas que desaparecían de nuestro botiquín, comentarios velados de Javier sobre lo cansada que parecía, sobre lo bien que me vendría “descansar una temporada”. Pero nada concreto. Nada que pudiera sostenerse ante un informe.

Nos dejaron marchar al cabo de unas horas, con la promesa de que nos llamarían en cuanto tuvieran los resultados. En el taxi de vuelta a nuestro piso, nadie habló. Madrid seguía su vida fuera: gente en las terrazas, motos pasando entre coches, turistas perdidos con maletas.

En casa, Javier cerró la puerta con cuidado.

—¿Por qué cambiaste las tazas, Laura? —preguntó, sin rodeos.

Me quedé quieta en el pasillo, aún con el abrigo puesto.

—Te dije la verdad. Pensé que habías puesto azúcar en la mía.

Él dio un paso más cerca.

—No me mientas. Llevamos diez años casados. Te conozco.

Su voz era baja, controlada.

—¿Qué le pusiste al café? —susurró.

Lo miré, incrédula.

—¿Estás insinuando que he sido yo?

—Estoy diciendo que, si la policía llega a la conclusión de que alguien manipuló esas tazas, van a mirar a quien las puso en la mesa. Es decir, a ti.

Me temblaron las rodillas, pero me obligué a mantener la mirada.

—Ese café lo hiciste tú, Javier. Y olía raro antes de que yo lo tocara.

Se encogió de hombros.

—Pues será interesante ver qué dicen los análisis.

Esa noche no dormí. Cuando por fin oí su respiración pesada, me levanté y fui a la cocina. Revisé los armarios, el cajón de los cubiertos, el mueble bajo del fregadero. En una caja de galletas, al fondo, encontré un frasco pequeño, de cristal opaco, con restos de un líquido amarillento. No tenía etiqueta.

Al lado, un sobre con papeles impresos: artículos médicos, foros, nombres de sustancias que no conocía. Nada que explicara el “por qué”, pero suficiente para encender todas las alarmas.

Hice fotos con mi móvil, las envié a mi correo personal y volví a colocar todo como estaba.

Al día siguiente, cuando estaba preparando un café —negro, esta vez—, sonó el timbre. Miré el reloj: las nueve de la mañana. Javier aún dormía. Abrí la puerta.

Dos agentes estaban en el rellano, serios.

—¿Laura Gómez? —preguntó uno.

Asentí.

—Tenemos una orden de registro y necesitamos que nos acompañe a comisaría para ampliar su declaración. Los análisis de la bebida de su cuñada han dado resultado.

Sentí cómo el pasillo se encogía a mi alrededor.

—¿Qué… qué han encontrado? —pregunté, con la voz ronca.

El agente me sostuvo la mirada.

—Una sustancia sedante de uso veterinario. Y rastros de la misma en la cafetera de su casa.

Detrás de mí, escuché la puerta del dormitorio abrirse. Javier apareció, despeinado, con expresión de sorpresa perfecta.

—¿Qué está pasando?

—Señor Herrero —dijo el otro agente—, su esposa va a acompañarnos a comisaría.

Noté entonces la primera grieta real en mi mundo: la manera en que Javier me miró, fingiendo desconcierto, mientras yo comprendía que alguien había movido las piezas mucho antes que yo.

La sala de interrogatorios de la comisaría de Moratalaz era aún más fría que la del hospital. Tenía un espejo que todos sabíamos que no era un espejo, una grabadora roja parpadeando y una carpeta con mi nombre encima de la mesa.

Frente a mí, el inspector abrió la carpeta con calma.

—Señora Gómez, los resultados toxicológicos son claros. La misma sustancia que se encontró en la sangre de su cuñada estaba en la cafetera y en un frasco hallado en su cocina.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿En mi cocina? —repetí—. ¿En qué frasco?

—En una caja de galletas, al fondo de un armario. El frasco tenía sus huellas dactilares.

Sentí un frío helado recorrerme la espalda. Yo misma lo había cogido la noche anterior.

—Ese frasco no es mío. Yo lo encontré, igual que ustedes. Es de Javier. Yo… hice fotos. Están en mi correo.

El inspector alzó una ceja.

—Ya hemos revisado su correo, con orden judicial. No hay ninguna foto.

Lo miré, desconcertada.

—Eso no es posible. Las envié anoche.

Me ofreció la pantalla de una tablet. Mi bandeja de entrada aparecía vacía de cualquier correo enviado desde mi propio móvil en las últimas veinticuatro horas. Un hueco perfecto donde debería haber pruebas.

—Su marido nos ha entregado esto voluntariamente —añadió el inspector, sacando unas hojas impresas—. Son mensajes de WhatsApp suyos, de hace dos semanas, hablando con una amiga sobre lo mucho que odiaba a su cuñada y cómo “a veces fantaseaba con que desapareciera”.

Reconocí la conversación. Había sido con Clara, mi compañera de trabajo. Lo que no recordaba era haber escrito la última frase que destacaba en amarillo: “A veces pienso que sería tan fácil poner algo en su café y ya está”.

—Eso está manipulado —susurré—. Yo no escribí eso.

—Su amiga lo ha confirmado —dijo el inspector, sin inmutarse—. Dice que usted suele hacer comentarios así, medio en broma, medio en serio.

Me tapé la cara con las manos. Cada intento de defensa parecía hundirme más.

—Escúcheme bien, por favor —dije al fin, alzando la mirada—. Javier hizo ese café, no yo. Él sabía que yo siempre bebo de la taza blanca. Dijo “un café especial”. Yo lo olí y me dio miedo. Cambié las tazas, sí, pero porque pensé que se había equivocado con algo. Yo no puse nada en la cafetera.

El inspector se recostó en la silla.

—¿Y por qué cree que su marido querría hacerle daño?

Las palabras se me quedaron en la garganta. Podría hablar del seguro de vida que habíamos firmado hacía un año, de los comentarios sobre mi cansancio, de las discusiones recientes por la posibilidad de vender el piso de mis padres en Vallecas. Pero sin pruebas, todo sonaría a paranoia.

—Porque no me quiere —fue lo único que dije.

Pidieron un abogado de oficio. Un hombre de unos cuarenta y tantos, traje gris y mirada cansada, se presentó como Diego. Me escuchó con atención, tomó notas, frunció el ceño en un par de ocasiones.

—Lo que me cuentas es grave, pero ahora mismo las pruebas juegan en tu contra —dijo en voz baja, mientras esperábamos fuera—. El frasco con tus huellas, los análisis, los mensajes. Y tu admisión de que cambiaste las tazas…

—¿Qué va a pasar conmigo?

—Por ahora, van a pedir prisión provisional hasta que se aclare. Tu cuñada sigue ingresada, pero estable. Si mejora y corrobora una versión en tu contra, será complicado.

Pasaron semanas. Marta despertó, confusa, sin recordar nada de las horas anteriores a su desmayo. Cuando la policía le preguntó por nuestra relación, dijo la verdad: que no nos llevábamos bien, que discutíamos a menudo, que yo era “demasiado susceptible”.

Javier iba a verme a la cárcel de mujeres de Alcalá-Meco algunas veces. Llevaba comida casera que no podía pasar el control y un discurso perfectamente ensayado.

—Laura, di la verdad —me decía, con ojos húmedos—. Di que fue un accidente. Que te confundiste con las dosis. Así quizá te caiga menos. Yo quiero ayudarte, pero no puedo mentir por ti.

Escuchaba sus palabras y, por debajo, otra cosa: la certeza de que él había movido cada hilo. Que había borrado mis correos, preparado los mensajes, colocado el frasco donde yo pudiera encontrarlo. Pero nada de eso podía probarlo ya.

El día del juicio, Marta entró en la sala del brazo de su nuevo novio. Había adelgazado, su piel estaba más pálida, pero caminaba. Se sentó sin mirarme.

La fiscalía habló de “planificación”, de “resentimiento familiar”, de “acto impulsivo pero consciente”. Mi abogado hizo lo que pudo: planteó la posibilidad de que Javier hubiera tenido acceso a todos los elementos, subrayó la falta de antecedentes míos, insistió en mi conducta “normal” según compañeros de trabajo.

Javier declaró como testigo. Llevaba un traje oscuro y una expresión de dolor contenido.

—¿Cree usted que su esposa sería capaz de hacer algo así? —le preguntó la jueza.

Él bajó la mirada.

—No quiero creerlo, señoría —respondió—. Pero no puedo negar lo que dicen las pruebas.

La sentencia llegó dos semanas después. Catorce años de prisión por intento de homicidio con agravante de parentesco.

No lloré cuando la oí. Solo sentí un cansancio antiguo, como si hubiera estado corriendo una maratón sin saberlo. En el pasillo del juzgado, mientras me llevaba una funcionaria, Javier se acercó lo suficiente para susurrarme al oído:

—Te dije que el café era especial.

Su aliento olía a menta. Sonrió apenas, una línea casi invisible en el rostro. Nadie más lo vio.

Cuando el furgón judicial arrancó, miré por la ventanilla enrejada. Madrid seguía ahí fuera, con sus terrazas, sus obras interminables y su tráfico. En algún lugar, Javier y Marta quizás estaban celebrando que todo había terminado. O tal vez no. Quizá solo seguían con sus vidas, como si yo nunca hubiera existido.

Lo único que sabía con certeza era que, en ese salón de Lavapiés, aquella mañana, alguien había preparado un café para mí. Y que yo, intentando salvarme, solo había cambiado quién lo bebía.

El resto, la justicia, las pruebas, las versiones… eran, al final, solo cuestión de quién había sabido jugar mejor.