La nueva esposa de mi exmarido apareció en la puerta con una sonrisa avariciosa, casi victoriosa.
—Venimos por nuestra parte legítima de la herencia de tu padre —dijo, sin saludo, sin rodeos—. Es nuestra por derecho. Tienes que desalojar inmediatamente.
Se llamaba Lucía. Treinta y pocos, melena rubia impecable, un vestido ajustado que gritaba boutique de Serrano y un perfume tan intenso como su descaro. Detrás de ella, en el descansillo del piso antiguo de mi padre en el barrio de Chamberí, se adivinaba la silueta nerviosa de Javier, mi exmarido, mirando hacia otro lado como si la mirilla de la vecina pudiera tragárselo.
Yo apoyé el hombro en el marco de la puerta y sonreí. Primero una sonrisa corta, incrédula. Luego me eché a reír. No una carcajada histérica, sino una risa baja, casi divertida.
—¿Mi padre lleva una semana enterrado y ya venís a echarme de mi propia casa? —pregunté en voz suave—. Qué eficiencia, Javier. Veo que nada ha cambiado.
Lucía alzó la barbilla, ofendida.
—Esta casa era ganancial cuando estabais casados. La mitad ya era de Javier. Ahora somos matrimonio, así que… —hizo un gesto amplio con la mano, abarcando el recibidor a mi espalda— esto nos corresponde. Tu duelo no cambia la ley.
Noté cómo se tensaba el aire en el pasillo. Mi padre, Manuel Ortega, profesor jubilado de Historia del Derecho, habría disfrutado de la ironía de escuchar esa frase. Yo jugué con las llaves entre los dedos, dejando que el metal tintineara con calma.
—Claro, Lucía —respondí—. La ley.
En ese momento, sentí el pequeño roce en mi espalda. Alguien atravesó el umbral detrás de ella, entrando en el piso en silencio. El eco de sus zapatos de piel resonó sobre el suelo de madera encerada.
—Buenas tardes —dijo una voz firme, grave—. Lamento llegar sin aviso, pero me daba la impresión de que hoy sería un día… entretenido.
Lucía se giró, sobresaltada. Javier empalideció al ver a Carlos Álvarez, el abogado de mi padre, cerrar la puerta con calma a sus espaldas. Traía una cartera de piel negra y esa expresión neutra que siempre me recordaba a un juez cansado.
—Lucía, Javier —saludó Carlos, inclinando apenas la cabeza—. Justo a tiempo. Había ciertos documentos que quería comentar con vosotros… sobre esta casa… y sobre la querella por falsificación que presentó don Manuel antes de morir.
Lucía parpadeó, desconcertada.
—¿Qué… qué querella? —balbuceó.
Carlos sonrió levemente, abriendo la cartera y sacando una carpeta gruesa con mi apellido en la portada.
—Esa misma de la que, me temo, acabáis de aportar una prueba más… con vuestra visita de hoy.
Y el silencio, de repente, pesó más que cualquier insulto.
El ambiente del salón estaba cargado cuando nos sentamos. Lucía eligió el sillón de terciopelo verde que había sido el preferido de mi padre, como si con eso reclamara un trono invisible. Javier, en cambio, no se atrevió a apoyarse del todo, como si temiera dejar huellas.
Yo me quedé de pie apoyada en el aparador, observándolos. Las fotos familiares —mi primera comunión, el viaje a Granada, la jubilación de mi padre— parecían mirarnos desde los marcos con una mezcla de testimonio y juicio silencioso.
Carlos abrió la carpeta con una parsimonia casi cruel.
—Empecemos por lo básico —dijo—. Esta casa dejó de ser bien ganancial hace cinco años. Don Manuel la donó en vida a su hija Elena, con carácter de propiedad privativa. Escritura pública, notaría de la calle Zurbano. ¿Recordáis esa fecha?
Javier tragó saliva. Lucía lo miró con una ceja alzada.
—Eso no puede ser —escupió ella—. Javier me dijo que…
—Que la casa seguía a su nombre y al de Elena —completó Carlos, sin levantar la voz—. Lo cual habría sido muy conveniente para vuestros planes. Pero no. Aquí están las copias simples de la escritura y la nota simple del Registro de la Propiedad. La casa pertenece íntegramente a Elena desde 2019.
Lucía se inclinó hacia delante, con el gesto crispado.
—La legítima… —intentó—. Como yerno, Javier…
—Los yernos no son herederos forzosos en España, señora —la interrumpió Carlos, por primera vez con un dejo de impaciencia—. La legítima corresponde a los descendientes, ascendientes y, en su caso, al cónyuge viudo. Javier es el exmarido de Elena, no el viudo de nadie.
La palabra “exmarido” quedó flotando en el aire como una bofetada.
Recordé perfectamente el día en que mi padre vino a verme con Carlos al despacho. Él ya tosía demasiado, se cansaba al subir las escaleras.
—No quiero que ese parásito vuelva a pisar mi casa cuando yo falte —dijo entonces, sin rodeos—. Y menos aún con otra esposa que huela a notaría y a extracto bancario.
Había sido idea de Carlos revisar todo: poderes, testamentos, propiedades. Cambiaron la titularidad de la casa, revocaron un poder que Javier aún tenía sobre unas cuentas antiguas y, sobre todo, investigaron ciertos movimientos bancarios “raros”. Mi padre presentó una denuncia por falsificación de firma cuando descubrió un préstamo que nunca había pedido.
Volví al salón del presente cuando escuché el chasquido de otra carpeta abriéndose.
—Aquí está la querella —continuó Carlos—. Don Manuel sospechaba que alguien había falsificado su rúbrica para solicitar un préstamo a su nombre. El banco colaboró. Las cámaras, los registros de acceso, los correos… —pasó las páginas con el dedo—. Javier, tu DNI aparece en la solicitud inicial. Y, curiosamente, el número de cuenta destino está a nombre de una tal… Lucía Varela.
Lucía se puso rígida.
—Eso es un montaje —dijo, la voz ligeramente temblorosa—. No tenéis nada.
Carlos levantó la mirada por primera vez en serio.
—Tengo suficiente para que un juez abra diligencias —respondió—. Y, después de lo que habéis dicho en el portal, tendré también una declaración de intento de presión y engaño sobre la heredera legítima. No es exactamente un buen punto de partida para negociar.
Javier apoyó los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos.
—Elena, se puede hablar —murmuró, sin mirarme del todo—. Podríamos llegar a un acuerdo. A tu padre no le habría gustado verte metida en juicios…
Lo dijo con ese tono que conocía demasiado bien: el de siempre, el de cuando me convenció para avalar su primera empresa desastrosa.
—Curioso que hables de lo que le habría gustado a mi padre —respondí—, cuando lo último que hizo fue denunciarte.
Entonces, Javier levantó la cabeza. Y su expresión cambió de miedo a algo más frío, más calculador.
—Pues quizá tu padre no contó toda la verdad —dijo despacio—. Ni tú tampoco.
Y su amenaza, aunque envuelta en palabras suaves, sonó más peligrosa que cualquier grito.
—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo intuía.
Javier se recostó por fin en el sillón, como si hubiera encontrado un punto de apoyo.
—A que don Manuel no era tan intachable como te gusta recordar —dijo—. Ni tú tampoco, Elena. ¿Quieres que hablemos de las facturas falsas de la academia? ¿De los pagos en B? ¿De los contratos firmados con tu nombre?
Noté cómo se me helaban los dedos. Durante años, yo había llevado la administración de la pequeña academia de idiomas de mi padre. Sabía que algunos meses los números no cuadraban, pero él siempre lo arreglaba con su gestor “de confianza”. Yo firmaba donde me ponían post-it amarillos.
Carlos me miró de reojo, como buscando una señal.
—¿De verdad quieres abrir ese melón? —pregunté a Javier, intentando que la voz no me temblara.
Él sonrió sin alegría.
—Tengo copias de todo —dijo—. Y correos. Si esto acaba en un juzgado, no seremos solo Lucía y yo los que tengamos problemas. La Agencia Tributaria no tiene sentido del humor, ¿verdad, Carlos?
Carlos cerró la carpeta con un golpe seco. Durante unos segundos, solo se escuchó el rumor del tráfico colándose por los balcones.
—He visto esas facturas —respondió el abogado al fin—. Y también he visto los correos donde presionabas a don Manuel para que siguiera con esa “contabilidad creativa” porque necesitabas liquidez. Para tus proyectos. Para tu boda, incluso.
Lucía giró la cabeza hacia Javier, sorprendida.
—¿Qué boda? —preguntó, aunque la respuesta era obvia.
—La vuestra —dijo Carlos, sin inmutarse—. La reforma del piso, el viaje a Bali… Todo eso salió, en parte, del dinero que salía en negro de la academia. Don Manuel se sintió acorralado. Por eso vino a verme.
Yo respiré hondo. Era el momento. Llevaba meses preparándome para esta conversación, aunque no supiera exactamente cuándo llegaría.
—Hace tres meses —dije, mirándolos a los dos—, mi padre y yo acudimos juntos a la Agencia Tributaria. Presentamos una regularización voluntaria. Entregamos todo: facturas, correos, contratos. Pagó lo que debía, con recargos e intereses. Fue su última gran humillación, según él. Pero quería dejar las cosas limpias.
Javier parpadeó, desconcertado.
—Mientes —murmuró.
Carlos sacó de la carpeta otro documento, esta vez con el sello rojo bien visible.
—Acta de conformidad —leyó—. Don Manuel Ortega reconoce las irregularidades, aporta documentación y colabora con la investigación. A cambio, se le garantizó que las responsabilidades penales se limitarían. Eso sí… —alzó la vista—, se abrió una pieza separada para estudiar la participación de terceros beneficiados. Entre ellos, Javier Muñoz y Lucía Varela.
Lucía se puso de pie de un salto.
—No tenéis derecho —protestó—. Nosotros solo… Javier, diles algo.
Pero Javier ya no la miraba. Me miraba a mí. Y, por primera vez en mucho tiempo, lo vi realmente solo.
—¿Entonces… ya habéis…? —balbuceó—. ¿La Fiscalía…?
—La Fiscalía tiene copia de todo —confirmó Carlos—. Y saben que hoy estabais citados aquí para hablar de la herencia. Esta conversación, por cierto, está siendo grabada con vuestro consentimiento tácito al no oponeros. —señaló su móvil, apoyado sobre la mesa auxiliar, con la pantalla encendida—. Si seguís insistiendo en reclamar una propiedad que no es vuestra, sumaremos intento de estafa a la lista.
El silencio cayó sobre el salón como una losa. Afuera, una moto pasó rugiendo por la calle, ajena a todo.
Me acerqué a la puerta, la abrí y me aparté.
—Podéis iros —dije—. No vais a recibir ni un metro cuadrado de esta casa. Ni un cuadro, ni una taza. La próxima vez que hablemos será a través de abogados… o en un juzgado.
Lucía me lanzó una mirada cargada de odio.
—Esto no se va a quedar así, Elena —escupió—. Te lo juro.
—No me interesa lo que jures —respondí—. Solo me interesa lo que puedas demostrar.
Javier pasó a mi lado sin decir palabra. Por un segundo, dudé si iba a pedirme perdón, o explicarse, o suplicarme. Pero no. Bajó la vista y salió al rellano, detrás de Lucía.
Cuando la puerta se cerró, el piso recuperó un silencio extraño, nuevo. Ya no era la casa de mi padre. Era, por primera vez, solo mía.
Carlos guardó los documentos en su cartera.
—Esto no ha terminado —advirtió—. Se avecinan meses movidos.
Asentí.
—Lo sé —respondí—. Pero al menos, cuando vuelva aquí por la noche… —miré alrededor, a las paredes, a las fotos— sabré que ninguna de sus sonrisas fue comprada por ellos.
No había alivio ni euforia. Solo una calma cansada, áspera, pero mía. Me serví un vaso de agua en la cocina, donde aún quedaba la taza de café que mi padre usó por última vez. Lo dejé sobre la encimera, alineado con el borde. Todo en su sitio.
Por primera vez desde su muerte, cerré la puerta con doble vuelta de llave y no tuve miedo de quién podría estar al otro lado.



