Después del divorcio, cuando por fin dejé el piso de Carabanchel que compartía con Lucía, sentí que Madrid se había encogido. Tenía treinta y ocho años, un alquiler nuevo en Lavapiés y un trabajo reciente en una aseguradora cerca de Atocha. Cada mañana hacía el mismo recorrido: metro, café rápido en el bar de la esquina y luego la caminata de diez minutos hasta la oficina. Y cada mañana la veía a ella, sentada en el mismo portal, entre un contenedor azul y la entrada de un supermercado barato.
Era una mujer mayor, muy delgada, con el pelo blanco recogido en un moño torcido y una chaqueta de lana que había conocido tiempos mejores. A su lado, un cartel de cartón con un rotulador desvaído: “Tengo hambre”. La primera semana le dejé unas monedas sin pensar mucho. La segunda, un euro. A la tercera, ya buscaba en la cartera un billete pequeño antes de salir de casa. No sé si lo hacía por ella o por mí, por esa necesidad absurda de sentir que aún podía hacer algo bien después de haber destruido un matrimonio.
Con el tiempo, empezamos a reconocernos. Yo le decía “buenos días” y ella respondía con un “gracias, hijo” que sonaba más cansado que agradecido. Nunca me dijo su nombre, y yo tampoco el mío. Éramos dos desconocidos que compartían veinte segundos al día y un sobrecito de culpa.
Aquel jueves de noviembre llovía a ratos, una lluvia fina que se pegaba a la ropa. Yo llevaba el primer sueldo completo del nuevo trabajo aún caliente en la cuenta y, sin pensarlo, doblé un billete de veinte euros y lo guardé en el bolsillo de la chaqueta. Cuando llegué a su portal, ella estaba ahí, como siempre, con las manos metidas en las mangas. Me agaché un poco, extendiendo el billete hacia su pequeño vaso de plástico.
Entonces me agarró la muñeca.
Me sorprendió la fuerza de sus dedos huesudos. Sus uñas estaban negras, pero el agarre era firme, casi doloroso. Alcé la vista. Sus ojos, de un gris apagado, me miraban con una lucidez que nunca antes le había visto.
—Has hecho mucho por mí —dijo, en voz baja pero clara—. No vayas a tu casa esta noche. Quédate en un hotel. Mañana te enseñaré algo.
Me quedé congelado, todavía agachado, con la lluvia resbalando por el cuello. Intenté soltarme con suavidad.
—¿Cómo que no vaya a mi casa? —murmuré—. Señora, yo…
Apretó aún más.
—Escúchame, Marcos —susurró.
El estómago se me encogió. Yo nunca le había dicho mi nombre.
—Te veo todos los días entrar en ese portal de la calle Sombrerería —continuó, sin dejar de mirar hacia la avenida—. No duermas allí esta noche. Por favor. No preguntes. Mañana entenderás.
Me soltó de golpe, como si la hubieran quemado. El billete quedó atrapado bajo el vaso. Yo me incorporé, mareado, con el corazón desbocado. A mi alrededor, la gente pasaba con paraguas y bolsas de la compra, ajenos a todo. Miré hacia atrás una vez más; ella ya no me miraba, tenía la vista clavada en la acera, como siempre.
Durante todo el día, en la oficina, sus palabras me dieron vueltas en la cabeza. “No vayas a tu casa esta noche.” Intenté concentrarme en pólizas y correos, pero cada vez que abría un archivo con la dirección de mi edificio, sentía un pinchazo en el pecho.
Al salir, ya de noche, caminé hasta mi calle. La lluvia había cesado, pero el asfalto seguía brillante. Desde la esquina vi la fachada de mi edificio, las ventanas oscuras, el portal iluminado con un tono amarillento. Enfrente, apoyado en una farola, un hombre con abrigo gris fumaba, la cara medio oculta por el humo.
Apreté la llave dentro del puño. Crucé la calle. El hombre apartó la vista cuando pasé, como si no le interesara nada. Me planté frente al portal, metí la llave en la cerradura. El metal rozó, a punto de girar.
Y entonces las palabras de la anciana, su voz temblorosa pronunciando mi nombre —Marcos—, me golpearon tan fuerte que se me quedó la mano paralizada en la cerradura, sin poder decidir si entrar… o dar media vuelta.
No sé cuánto tiempo me quedé así, con la llave a medio girar. Un vecino pasó a mi lado, soltó un “buenas” distraído y entró al edificio. La puerta se abrió del todo y el olor conocido del portal me llegó de golpe: detergente barato, humedad, un ligero rastro de tabaco viejo. Di un paso hacia dentro… y algo se revolvió en el estómago, casi físico, como una náusea.
Solté la llave, la metí en el bolsillo y me aparté de la entrada. El hombre del abrigo gris seguía en la esquina, fingiendo mirar su móvil. No pensé, simplemente empecé a caminar calle abajo, en dirección contraria. Saqué el teléfono: batería al cinco por ciento. Busqué “hostal barato centro Madrid” y llamé al primero que salió. Tenían una habitación libre, veinte minutos a pie.
El hostal estaba en una calle estrecha cerca de Sol, con un letrero de neón cansado. La habitación era pequeña, con una cama hundida y una ventana que daba a un patio interior lleno de ropa tendida. Me tumbé sin deshacer la mochila. Apagué la luz. No dormí casi nada. Cada vez que cerraba los ojos veía la mano de la anciana sujetando mi muñeca, y el abrigo gris al otro lado de la calle.
A las seis y media, el ruido de los camiones de basura en el patio me obligó a levantarme. Encendí el móvil: 3% de batería y un montón de notificaciones de WhatsApp. El grupo de vecinos del edificio, al que apenas prestaba atención, estaba lleno de mensajes:
Inés 3ºA: ¿Estáis bien todos?
Rubén 4ºB: Ha habido fuego en el portal, tío.
Inés 3ºA: Marcos, contesta, por favor.
Foto: la fachada de mi edificio, con humo negro saliendo por las ventanas del primer piso, luces azules de policía y bomberos.
Sentí un frío seco recorriéndome la espalda. Abrí otra foto: la puerta del portal totalmente chamuscada, los cristales reventados. Un mensaje de audio de Rubén describía cómo, a las dos de la mañana, alguien había olido gasolina en la escalera; luego, una explosión en la zona de contadores, gritos, alarmas, gente bajando descalza.
Mi móvil murió justo entonces, dejándome mirándome la pantalla negra.
Salí del hostal casi corriendo. A esa hora Madrid todavía bostezaba, pero alrededor de mi calle ya había movimiento. Cuando doblé la esquina, vi las cintas policiales cortando el paso y un camión de bomberos aún aparcado. El portal estaba ennegrecido, la fachada manchada por chorros grises de agua y humo.
—¿Marcos? —escuché a mi espalda.
Era Inés, la vecina del tercero, con una chaqueta sobre el pijama y los ojos rojos.
—Estoy bien —dije, antes de que preguntara—. Dormí fuera.
Ella asintió, sorprendida.
—Tuviste suerte. Dicen que el fuego empezó justo al lado de tu buzón. Si hubieras estado dentro…
No terminó la frase. Un bombero pasó a nuestro lado, comentando con otro algo sobre “olor fuerte a acelerante” y “peritos de la aseguradora”.
Mientras hablaban, vi, a lo lejos, un abrigo gris cruzando la calle y subiendo a un coche negro sin distintivos. El mismo de la noche anterior. El corazón me dio un vuelco.
Me fui sin despedirme, caminando rápido hacia la avenida. Sabía exactamente a dónde tenía que ir.
La anciana estaba en su sitio, frente al supermercado, sentada sobre el mismo cartón. Sus manos, desnudas, reposaban sobre las rodillas. No tenía el vaso de plástico, solo una bolsa arrugada a su lado. Cuando me vio acercarme, no pareció sorprendida.
—Te dije que hoy te enseñaría algo —murmuró, antes de que yo abriera la boca.
—¿Cómo sabías lo del incendio? —espeté, más alto de lo que pretendía—. ¿Quién eres?
Se incorporó con esfuerzo, apoyándose en la pared.
—Anda, camina conmigo, Marcos.
La seguí por una calle lateral que subía hacia una pequeña plaza. Desde allí se veía, a lo lejos, la humareda aún saliendo de mi edificio y el trasiego de coches oficiales. Nos apoyamos en una barandilla oxidada.
Entonces vi a un hombre bajito, traje oscuro, abrigo caro colgando del brazo, hablando animadamente con un policía junto a la cinta de seguridad. A su lado, otro hombre, el del abrigo gris, escuchaba en silencio. El bajito reía, daba palmadas en la espalda, estrechaba manos.
—Ese es Alfredo Ventura —dijo la anciana, sin apartar la vista—. Dueño de tu edificio. Y de tres más en el barrio.
El nombre me sonaba. Lo había visto en pólizas, en correos internos de la empresa.
—Trabajé limpiando en su inmobiliaria —continuó—. Oí más cosas de las que debía. Hace años, cuando todavía podía subir escaleras, vi cómo ardió otro edificio suyo en Vallecas. También fue “un cortocircuito”. También cobró el seguro.
Guardó silencio un momento, respirando con dificultad.
—Hace una semana —siguió—, dormía en el garaje de al lado, para escapar del frío. Ventura vino con ese del abrigo gris. No me vieron. Hablaban de tu portal, de “un incendio rápido, sin heridos, solo daños en la entrada”. —Me miró de reojo—. Dijeron “el nuevo, el del tercer piso, trabaja en seguros; se lo creerán mejor si le pasa a él también”.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Te reconocí por la barba, por el maletín —añadió—. Y porque eres el único que me deja algo de dinero sin apartar la vista. No podía dejar que durmieras allí anoche.
Miré de nuevo hacia el edificio, hacia Ventura y el abrigo gris. En mi cabeza se cruzaban imágenes: el logo de mi empresa en documentos, las palabras “peritos de la aseguradora”, los mensajes de mi jefe pidiéndome ser “ágil con ciertos clientes importantes”.
La anciana suspiró.
—No tengo pruebas que la policía quiera escuchar —dijo—. Solo ojos viejos y recuerdos. Pero tú… tú sí trabajas en la compañía que le va a pagar.
Sentí, por primera vez desde el divorcio, que no era solo espectador de mi propia vida, sino una pieza más en algo mucho más grande y oscuro. Y estaba justo en medio.
El lunes siguiente, en la oficina, el incendio de mi edificio ya era un número de expediente. En la lista de nuevos siniestros, leí la razón social: “Ventura Gestión Inmobiliaria, S.L.”. Importe estimado: una cifra con demasiados ceros. Responsable asignado: Marcos Álvarez Casado.
Noté la mirada de mi jefa, Clara, posarse en mí desde la mesa contigua.
—Justo iba a llamarte —dijo, señalando la pantalla—. Ese es tu edificio, ¿no?
Asentí.
—Me dijeron que dormías fuera, vaya casualidad —añadió, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. En fin, cosas de la vida. Este siniestro hay que tramitarlo rápido. Ventura es cliente desde hace años, muy buena cartera. No queremos problemas.
La palabra “problemas” quedó flotando en el aire. Yo miré el expediente abierto: fotos del portal quemado, informes preliminares de los bomberos con términos vagos como “causa probable: fallo eléctrico” y “investigación abierta”.
—Clara… —empecé—. ¿No te parece raro tanto fuego en el portal? Los vecinos hablaban de olor a gasolina.
Ella apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia mí.
—Marcos, te lo diré claro: no es nuestro trabajo hacer de policías. El informe de bomberos dirá lo que tenga que decir. Nosotros verificamos daños y condiciones de la póliza. Punto. —Pausa—. De todos modos, Ventura está muy bien relacionado con dirección. Me han pedido que, si no hay nada escandaloso, agilicemos. ¿Vale?
“Muy bien relacionado”. “No hacer de policía”. Las frases encajaban demasiado bien con la imagen de Ventura riéndose junto a la cinta de seguridad.
Esa tarde quedé con la anciana en un bar pequeño de Lavapiés. Insistió en lavarse la cara en el baño antes de sentarse. Sin la capa de suciedad, su piel seguía arrugada, pero sus ojos parecían menos opacos.
—Me llamo Rosario —dijo, mientras se abrazaba a un café con leche—. Por si algún día te interesa llamarme por mi nombre y no “señora”.
Grabé su relato con el móvil: fechas, lugares, conversaciones oídas entre Ventura y el del abrigo gris, otros incendios que recordaba. No era una declaración perfecta, pero era algo.
Al día siguiente la llevé a comisaría. El policía de turno escuchó con paciencia educada, mirando más mis zapatos que a Rosario. Tomó nota, registró la denuncia.
—Sin pruebas materiales es difícil que el juez abra nada —advirtió—. Pero lo dejamos registrado, ¿de acuerdo?
A la salida, Rosario parecía más cansada que al entrar.
—Han escuchado menos de lo que tú, y tú ya escuchaste poco —dijo, sin reproche.
Yo no sabía qué responder.
Esa misma noche, al volver de dejarla en su esquina, noté una sombra siguiéndome por la acera. Me giré y allí estaba el abrigo gris, a pocos metros, las manos en los bolsillos. No hizo ningún intento de esconderse.
—Buenas noches, señor Álvarez —dijo al alcanzarme, con una voz neutra que no conocía—. Soy Julián. Trabajo para el señor Ventura.
Me quedé quieto.
—Seré breve —continuó—. Ha sido un accidente lamentable. Gracias a Dios, sin muertos. Nadie quiere extender el sufrimiento más de lo necesario.
Se acercó un paso, casi rozando mi hombro.
—Usted firma el informe como “falla eléctrica en contadores”, como todo el mundo espera, y Ventura arregla el edificio, los vecinos vuelven a sus casas y todos felices. —Sonrió, sin humor—. Si empieza a decir tonterías de gasolina y conspiraciones de una indigente, entonces tendremos problemas. Y créame, señor Álvarez, ya ha tenido suficiente mala suerte últimamente.
Su mirada se clavó en mí, como si supiera todo del divorcio, del hostal barato, de las noches en vela.
—Piénselo bien —añadió—. No queremos que nada más suyo acabe ardiendo.
Me dejó allí, temblando, mientras encendía un cigarrillo y desaparecía en la boca del metro.
Tres días después, sentado frente al ordenador, con el expediente abierto, el cursor parpadeaba sobre el campo “causa probable del siniestro”. En otra ventana tenía las notas de la denuncia de Rosario. En mi mesa, un sobre anónimo con un simple pos-it: “Urgente. Cliente prioritario”.
Lo abrí: dentro, una invitación al palco del Bernabéu, firmada por “Ventura Gestión Inmobiliaria” y una nota manuscrita: “Para compensar el mal trago del incendio. Gracias por su profesionalidad.”
Miré alrededor. Nadie parecía sorprendido. En la mesa de Clara reposaba una botella de vino caro, aún envuelta en papel de regalo.
Ese día, oficialmente, escribí: “Origen del incendio: fallo eléctrico en cuadro de contadores. No se aprecian indicios claros de intencionalidad.” Guardé el informe. Envié el correo. Sentí un hueco abrirse por dentro, como si estuviera firmando algo más que un documento.
Por la tarde fui a buscar a Rosario. Su cartón no estaba. Tampoco la bolsa arrugada. En su lugar, un hombre del supermercado barría la acera.
—¿La mujer mayor que se sentaba aquí? —pregunté.
El hombre se encogió de hombros.
—Ayer vino una ambulancia. Se había caído, o eso dijeron. Discutía con dos tipos trajeados, se puso nerviosa, se mareó. Se la llevaron. Nadie ha venido a preguntar por sus cosas.
Miré el trozo de cartón apoyado contra la pared, aún con el “Tengo hambre” medio borrado. No había sangre ni nada dramático, solo un vacío absurdo.
Fui al hospital que me indicó el barrendero. Nadie supo decirme nada concreto: “sin nombre, mujer sin documentación, trasladada, posible infarto, lista de espera de información”. Podía estar en cualquier planta. O ya no estar.
No volví a verla.
Meses después, cuando dejaron a los vecinos regresar, pasé por mi antiguo edificio. La fachada recién pintada lucía limpia, casi elegante. En la puerta, un cartel brillante: “Apartamentos turísticos Ventura. Lujo en el corazón de Madrid”. No quedaba rastro del hollín ni de la cinta policial.
En la acera de enfrente, apoyado en la farola, estaba Julián con un chaleco de seguridad, hablando por teléfono. Nuestros ojos se cruzaron un instante. No hizo ademán de saludar. Yo tampoco.
Seguí caminando hacia la oficina, con el maletín colgando y el peso invisible del informe que había firmado. En otra esquina, una mujer mayor, distinta, sentada en el suelo, extendía la mano sin mirar a nadie. Metí la mano en el bolsillo, saqué unas monedas, dudé un segundo.
Esta vez, seguí de largo.



