—“Espero que te guste el fuego”, susurró Álvaro, tan pegado a mi oído que pude oler el whisky barato en su aliento. El cerrojo metálico sonó detrás de mí como un disparo. Luego, el clic del candado.
La puerta de la cabaña se cerró y el silencio de la sierra de Gredos duró apenas tres segundos. Después llegó el olor. Gasolina. Y el primer crujido de una cerilla.
—Estáis locos —grité—. Lucía, aún puedes abrir.
La voz de mi hija atravesó la madera, fría, limpia, como si hablara por teléfono, no con su padre encerrado en una trampa.
—Adiós, papá. Descansa.
El fuego se extendió con una rapidez casi elegante. Las cortinas, el sofá de cuero, el parquet envejecido… todo empezó a arder como si hubiera estado esperando ese momento. El humo bajó desde el techo en una ola espesa y negra. Me picaban los ojos. Toqué la puerta: nada. Álvaro había pasado la cadena por fuera; lo había visto mientras trataba de disimular un temblor en sus manos.
Cinco mil millones no se heredan sin que alguien haga cuentas. Lo supe en cuanto mi única hija trajo a casa a ese abogado encantador con sonrisa preparada y reloj suizo. Álvaro Jiménez, 34 años, experto en herencias, de Málaga, muy atento con su “suegro”. Demasiado atento.
Tosí, me cubrí la boca con el pañuelo y caminé hacia la chimenea, donde la temperatura era peor pero el aire circulaba. No era la primera vez que alguien intentaba matarme. Ni el primer incendio. En los ochenta, cuando apenas era un promotor inmobiliario mediocre, otro “socio” había intentado quemarme vivo en un garaje de Vallecas. De aquello me quedaron dos cosas: una cicatriz en la espalda y una obsesión enfermiza por las salidas de emergencia.
Me arrodillé junto al alfombrín gastado frente al hogar. Pasé la mano por la esquina izquierda, notando el borde metálico bajo la madera. Mientras el techo empezaba a crujir, tiré con todas mis fuerzas. La plancha levantó apenas unos centímetros, lo justo. El humo descendía ya como una manta.
—No vais a heredar nada —murmuré, más para mí que para ellos, antes de desaparecer en la oscuridad del hueco.
Álvaro apagó el motor del Audi frente al portal del piso en Chamberí casi cuatro horas después. Habían dejado que la cabaña ardiera hasta el amanecer, observando las llamas desde la carretera, en silencio. Lucía no lloró ni una vez.
Subieron en ascensor. En el espejo, mi hija se repasó el rímel con gesto automático, como si volviera de una cena, no de un asesinato. Álvaro le acarició la mano.
—Se acabó, cariño. Mañana serás la mujer más rica de España.
La cerradura del piso giró con un chasquido familiar. La puerta se abrió. Lucía dio dos pasos, encendió la luz del salón y se quedó clavada.
Yo estaba sentado en mi sillón de siempre, piernas cruzadas, la camisa todavía oliendo a humo, con el rostro intacto… y sobre las rodillas, apoyada con calma entre mis manos, una pequeña caja metálica ennegrecida por el fuego, cerrada con un código que sólo yo conocía.
—Buenas noches —dije—. Llegáis tarde.
Álvaro fue el primero en reaccionar. Cerró la puerta del piso despacio, sin apartar los ojos de mí, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerme desaparecer de nuevo. Lucía, en cambio, se llevó la mano a la boca. No lloró; sólo abrió mucho los ojos, como cuando era niña y descubría que la había pillado en una mentira torpe.
—Eso es imposible… —susurró.
Apoyé la caja metálica sobre la mesa de centro. El cristal tembló ligeramente bajo su peso. El olor a humo llenaba el salón con un detalle que les recordó, sin duda, que el incendio no había sido un mal sueño.
—Hay muchas cosas que os resultan imposibles —respondí—. Por ejemplo, pensar a largo plazo.
Álvaro trató de recomponer su máscara de abogado exitoso. Se soltó el nudo de la corbata, sonrió con los labios pero no con los ojos.
—Ernesto… esto… tiene que haber un malentendido.
Lo dejé hablar. Los culpables siempre creen que las palabras son extintores. Caminé hasta el mueble bar, serví un poco de whisky caro —del bueno, no del que olía en su aliento— y volví a sentarme sin ofrecerles.
—Os escucho —dije.
Lucía reaccionó por fin.
—¿Cómo… cómo has salido de la cabaña? —preguntó, la voz ronca.
—Con dificultad, hija. Y con previsión. —Golpeé suavemente la caja—. La construí después de que intentaran quemarme vivo por primera vez. Debajo de la chimenea, un conducto que lleva a un sótano de hormigón y luego a un viejo túnel de servicio de la época de Franco. Las casas viejas guardan más secretos que las personas.
Los miré fijamente.
—Suelo invertir en salidas antes de que empiece el incendio. En negocios… y en familia.
Álvaro tragó saliva.
—Nadie sabe que fuimos allí ayer —dijo, más para sí que para mí.
Sonreí de lado.
—Nadie… excepto los cuatro guardias civiles que os vieron entrar a la zona de la sierra. Hay cámaras en la gasolinera donde comprasteis la gasolina. Y, por supuesto, —señalé la caja— todo lo que dijisteis allí dentro.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué hay en esa caja?
—Micrófonos. Grabadoras. Documentos. —Abrí la tapa con un clic del código—. La cabaña no era una casa de descanso, Lucía. Era una trampa. Sólo me faltaba tener la certeza de hasta dónde podíais llegar. Ahora ya la tengo.
Saqué una pequeña grabadora negra, marcada con un 3 en rojo. Pulsé play. La habitación se llenó con la voz de Álvaro, distorsionada por la madera pero perfectamente clara:
—“Cuando salga borracho del vino, le prendo fuego a la cabaña y digo que fue un accidente. No hay testigos, Lucía. Es perfecto. En un mes tú eres la heredera y yo, el marido ejemplar.”
El color desapareció del rostro de mi yerno. Lucía se volvió hacia él, incrédula, como si aún pudiera negar lo evidente.
—No puede usarse esa grabación —farfulló Álvaro—. No tenías nuestro consentimiento. Es ilegal.
Me eché a reír, un sonido breve y seco.
—Te preocupas por la ley ahora. Qué curioso.
Dejé la grabadora sobre la mesa, junto a otra pila de sobres blancos cerrados y un documento con mi firma fresca.
—No he venido a discutir tecnicismos, Álvaro. He venido a ofreceros una elección.
Los dos se mantuvieron en silencio, clavados en el sitio.
—He avisado a mi abogado y a un comisario de la Brigada de Homicidios. —Miré el reloj—. Llegarán en unos… quince minutos. Traen una orden para registrar vuestro coche, vuestra ropa, vuestros teléfonos. Si cooperáis, el juez será menos duro. Tentativa de homicidio, conspiración, incendio provocado… con suerte, veinte años.
Lucía dio un paso hacia mí, temblando por primera vez.
—Papá, por favor…
Levanté la mano para detenerla.
—O, —continué, señalando el documento firmado— firmáis esto. Ahora. En silencio. Y las grabaciones desaparecen.
El salón entero pareció encogerse.
—¿Qué es? —preguntó Álvaro, con la voz más baja que nunca.
—Vuestra renuncia absoluta y voluntaria a toda herencia, presente y futura, ligada a mi nombre. Y algo más.
Me incliné hacia delante.
—Firmáis, obedecéis mis condiciones durante el resto de vuestra vida… y nunca nadie sabrá lo que hicisteis esta noche.
El silencio se volvió denso, casi físico. Se oía el murmullo lejano del tráfico en Bravo Murillo, el zumbido del frigorífico en la cocina y la respiración acelerada de Lucía.
—¿Qué condiciones? —preguntó ella, sin mirar a Álvaro.
Saqué otro folio de la caja metálica. Esta vez no era un documento legal, sino una lista mecanografiada, con mi letra al pie.
—Muy simples —dije—. Seguiréis casados. Viviréis en vuestro piso, pero lo venderéis y os mudaréis a un apartamento más pequeño que yo elegiré. A partir de ahora, recibiréis cada mes una cantidad justa para vivir… con modestia. Sin lujos, sin viajes, sin coches nuevos.
Álvaro soltó una carcajada incrédula.
—¿Quieres convertirnos en tus… mascotas?
—En mis deudores —corregí—. Cada euro que gastéis os recordará que seguís vivos porque yo lo permito.
Lucía cerró los ojos un instante.
—¿Y mi hija? —preguntó en voz baja—. ¿Qué pasa con Sofía?
—Sofía no tiene la culpa de vuestros cálculos. —Saqué otro documento—. He modificado el testamento hace meses. Ella será la única heredera directa de la familia. Todo estará blindado en un fideicomiso del que yo seré tutor mientras viva. Cuando yo muera, un consejo de administración se ocupará de que nadie pueda tocar ese dinero salvo ella. Ni un céntimo para vosotros.
Álvaro apretó los puños.
—Esto es una locura. No puedes…
—Puedo —lo interrumpí—. Lo que no puedo es devolver atrás lo que habéis hecho esta noche. Lo habéis intentado, Álvaro. Me habéis cerrado en una casa en llamas. Ahora yo decido las reglas.
Se inclinó sobre la mesa, acercando la cara a la mía. Vi el brillo desesperado en sus ojos.
—¿Y si no firmamos?
—Entonces —respondí, sin parpadear— cuando el timbre suene, abriré la puerta y les enseñaré a los agentes todo lo que hay en esta caja. Las grabaciones. Las facturas de la gasolina. Los correos que imprimí antes de que tuvieras la idea brillante de borrarlos. Y os veré marcharos esposados delante de la vecina del tercero, esa que siempre deja la puerta entreabierta para cotillear.
Lucía se dejó caer en el sofá, como si las piernas no le sostuvieran.
—Papá… no puedes hacerme esto.
—Claro que puedo —dije—. Tú ya hiciste tu elección cuando encendiste el mechero.
El timbre sonó. Una vez. Luego otra. Los tres miramos hacia la puerta. En el móvil, la pantalla se encendió con el mensaje de mi abogado: “Estamos abajo. ¿Subimos?”
Coloqué un bolígrafo sobre la mesa.
—Última oportunidad. Firmáis, yo contesto que ha habido un malentendido, invito a tomar un café y todos se marchan. No firmáis, abro la puerta y empezamos el espectáculo judicial.
Álvaro caminó de un lado a otro, como un animal enjaulado. Lucía lo observaba con una mezcla de miedo y repugnancia. Por primera vez, lo veía tal cual era, sin el barniz de encanto.
—Si firmamos, estaremos muertos en vida —escupió él.
—Si no firmáis, estaréis vivos… en prisión —repliqué.
El timbre sonó por tercera vez, más largo.
Lucía se levantó, con las manos temblando. Cogió el bolígrafo.
—Lo firmo —susurró—. Prefiero deberte la vida que perderla en una cárcel.
—Lucía, estás loca —masculló Álvaro—. Piénsalo. Nos está chantajeando.
Ella le sostuvo la mirada.
—Tú intentaste matar a mi padre —dijo, casi en un hilo de voz—. Yo también. Al menos déjame elegir cómo voy a arrastrar esta culpa.
Y estampó su firma. Primero en la renuncia, luego en la hoja de condiciones. El bolígrafo dejó una mancha de tinta azul en la esquina; sus manos temblaban demasiado.
Álvaro la miró, traicionado. Supe que, en ese segundo, se rompió algo entre ellos que ningún dinero habría podido coser.
—Te queda un minuto —le dije—. Y luego abriré la puerta.
El abogado apretó la mandíbula. Miró los folios, luego la caja metálica, luego a mí. Y entendió que no estaba faroleando. Caminó hasta la mesa, arrancó el bolígrafo de los dedos de Lucía y firmó con trazos rápidos y furiosos.
—Muy bien —murmuré, guardando los documentos en una carpeta negra—. Habéis elegido.
El timbre sonó una cuarta vez. Esta vez me levanté. Antes de ir hacia la puerta, me giré.
—Ah, una cosa más. —Saqué una tarjeta pequeña y la dejé frente a Álvaro—. A partir de mañana, acudiréis una vez al mes a mi despacho, a la misma hora. Traeréis los extractos de vuestros gastos. Quiero saber exactamente en qué se usa cada euro que sale de mi bolsillo.
Álvaro apretó la tarjeta hasta casi doblarla.
—Te odio —dijo, sin adornos.
—Perfecto —respondí—. El odio mantiene a la gente obediente.
Abrí la puerta. Mi abogado, impecable, estaba en el rellano junto a dos hombres de paisano.
—Ernesto, ¿todo bien? —preguntó.
Sonreí con una cordialidad aprendida en décadas de consejos de administración.
—Todo ha sido un malentendido familiar —dije—. Os agradezco que hayáis venido, pero no hará falta nada más.
Detrás de mí, sentí las miradas de Lucía y Álvaro clavadas en mi espalda. No se acercaron. No dijeron nada. Sabían que, a partir de esa noche, cada palabra, cada gesto, podría convertirse en prueba.
Cuando la puerta se cerró tras los invitados, el piso quedó de nuevo en silencio. Tomé la caja metálica, abrí el fondo falso y saqué la grabadora 3. Pulsé el botón de borrar. La luz roja parpadeó un segundo y se apagó.
Guardé la caja en el armario, entre trajes que ya no usaba, y pasé junto a ellos sin mirarlos.
—Dormid —dije—. Mañana empieza vuestra nueva vida.
No contestaron. No hacía falta.
Yo ya había decidido cómo sería el resto de sus días. Y, mientras pudiera, seguiría sentado en mi sillón, vigilando el fuego… desde fuera.



