Cuando mi madre dijo: «Eres un don nadie, deja de fingir que importas», el tenedor se me quedó a medio camino entre el plato y la boca. El cocido se había enfriado hacía rato, pero en casa de los López nunca se interrumpía una buena humillación por algo tan trivial como la comida. Mi hermano Javier rió con la boca llena y añadió, sin siquiera mirarme: «Es verdad, tío, a veces se nos olvida que existes». Mi padre siguió removiendo el pan en la salsa, como si en la mesa no hubiera nadie más que él y el partido del Madrid, que sonaba bajito en la radio de la cocina.
Entonces apoyé el tenedor, cogí mi vaso de agua y lo golpeé suavemente con el cubierto. El tintineo sonó ridículo en mitad de aquel comedor estrecho de Vallecas, pero bastó para que los tres levantaran la vista. Sentí cómo la rabia me subía por el cuello, caliente, pero mi voz salió sorprendentemente tranquila.
—Esto no va a llevar mucho —dije—. Solo necesito tres frases.
Mi madre bufó, teatral, y dejó el tenedor sobre el mantel manchado.
—A ver qué drama nos traes ahora, Diego. Date prisa, que se enfría —dijo, sin molestarse en disimular el desprecio.
Javier sonrió, esperando espectáculo. Antonio, mi padre, siguió sin mirarme, pero apretó la mandíbula; lo conozco lo suficiente para saber que, en el fondo, sí estaba escuchando.
Llevaba semanas ensayando aquel momento en mi cabeza. Tres frases, nada más. No un discurso, no un reproche lloroso en el pasillo, no otro portazo que ellos pudieran llamar rabieta. Tres frases claras, limpias, imposibles de desoír incluso para una familia experta en hacer como que yo no estaba allí. No sabía qué me daba más miedo: decirlas o descubrir que, incluso así, iban a seguir ignorándome.
Respiré hondo, notando el olor a garbanzos, lejía y tabaco viejo pegado a las cortinas.
—Primera frase —dije, mirando a mi madre—: he conseguido una beca completa para estudiar ingeniería en Barcelona y me voy de casa pasado mañana.
El silencio cayó sobre la mesa como una manta pesada. Javier dejó de masticar.
—¿Qué dices? —soltó, con un trozo de chorizo aún en la lengua.
Mi madre entrecerró los ojos, intentando adivinar si era una broma, algún chantaje barato para llamar la atención.
—Diego, no empieces con tonterías —murmuró—. Tú no te vas a ninguna parte.
Yo asentí despacio.
—Segunda frase —continué—: me dieron la beca porque les conté cómo me pegabais cuando papá bebía y cómo me encerrabais en el trastero para que los vecinos no oyeran los gritos.
Para cuando terminé la segunda frase, mi madre se quedó blanca y a mi padre se le heló la mirada.
El sonido del partido en la radio se volvió un murmullo lejano. Nadie se movía. Podía oír el tic-tac del reloj de la pared y el zumbido del fluorescente parpadeando sobre nuestras cabezas.
Tragué saliva y seguí, antes de que me temblara la voz.
—Tercera frase: ya os he denunciado. Mañana vendrán a casa la psicóloga del instituto y una inspectora de policía para hablar con vosotros.
El tenedor de mi madre resbaló del plato y quedó en el mantel, manchando de salsa roja las flores descoloridas.
—¿Qué estupidez estás diciendo? —susurró, pero la voz le salió rota—. ¿A quién, Diego?
—A la orientadora —respondí—. Y al servicio de protección. Les enseñé las fotos.
Javier me miró como si no me conociera.
—¿Qué fotos?
—Las de las marcas, las de la puerta del trastero, las de tus borracheras, papá —dije sin separar la vista de Antonio.
Antonio alzó por fin la mirada. Tenía los ojos inyectados en sangre, más por la siesta interrumpida que por el alcohol.
—Venga ya, chaval —gruñó—. Nadie se va a creer esas tonterías. ¿Te piensas que eres especial porque te han dado cuatro palmaditas en el instituto?
Recordé sus manos, enormes, empujándome contra la pared del pasillo cuando tenía doce años. El olor a cerveza, el zumbido de mis oídos, la voz de mi madre en la cocina subiendo el volumen de la tele para no escuchar.
—No son tonterías —contesté—. Y no fueron cuatro palmaditas.
Javier se pasó una mano por el pelo, nervioso.
—Tío, exageras —dijo—. Vale, alguna vez se te fue la mano, papá, pero eso pasa en todas las casas.
Lo dijo mirando a mi padre, buscando su aprobación. Siempre había sido así: Javier como el hijo bueno, el que jugaba al fútbol con Antonio, el que salía en las fotos del salón levantando trofeos de barrio. Yo era el que hacía de árbitro, el que sujetaba la mochila, el que desaparecía detrás de la cámara.
—Los vecinos también lo saben —añadí—. Marta, la del tercero, fue la que me acompañó al centro de salud cuando me dislocaste el hombro. Hay parte de urgencias.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Eso fue un accidente —dijo rápidamente—. Tropezaste en las escaleras, tú mismo lo dijiste.
—Yo no dije nada —respondí—. Lo dijiste tú, delante del médico. Yo solo asentí porque me miraste como si me fueras a matar.
Antonio golpeó la mesa con el puño. Los vasos tintinearon, y un poco de caldo saltó sobre mi camiseta.
—Baja la voz —escupió—. ¿Quieres que te oiga todo el edificio?
Sentí cómo me temblaban las piernas debajo de la silla, pero no aparté la mirada.
—Me da igual quién me oiga —dije—. Cuanta más gente se entere, mejor. Ya no podéis esconderme en ningún trastero. Ya no tengo diez años.
Antonio se levantó de golpe, arrastrando la silla contra las baldosas. Rodeó la mesa despacio hasta colocarse a mi lado. Me agarró la muñeca con fuerza, los dedos hundiéndose en la piel.
—Te vas a levantar ahora mismo y vas a decir que todo esto era una broma —susurró al oído—. O te juro que te arrepientes.
Noté el viejo miedo subirme por la garganta, pero esta vez no me aparté.
—Adelante —musité—. Dame otra marca. Mañana les enseñaré también esa.
La presión en mi muñeca aumentó hasta volverse un dolor punzante. Sentía cómo la piel empezaba a calentarse bajo los dedos de Antonio. Por un segundo pensé que no podría aguantar, que acabaría soltando un quejido, pidiéndole perdón como tantas otras veces.
Pero algo en su mirada me dijo que él también había entendido lo que significaba ese momento. Si me dejaba otra marca y yo la enseñaba al día siguiente, ya no serían solo historias viejas, recuerdos que podían discutirse. Sería presente, carne viva, prueba fresca.
—Antonio, suéltale —dijo mi madre de pronto.
No fue un grito, fue casi un ruego.
Él mantuvo la mano unos segundos más, hasta que notó que Javier lo miraba con algo parecido al miedo. Entonces me soltó de golpe, como si quemara. Me froté la muñeca despacio, dejando que el silencio volviera a llenar la habitación.
—No vas a llamar a nadie —dijo mi madre al fin, clavando los ojos en mí—. No vas a arruinar esta familia por cuatro tonterías.
Reí, un sonido seco que ni yo reconocí.
—Esta familia ya estaba arruinada mucho antes de que yo hablara —respondí—. Solo que ahora lo sabe alguien más.
La cena se deshizo en gestos automáticos. Mi madre recogió los platos sin dejar de murmurarse algo por lo bajo; Antonio encendió un cigarro en la ventana del salón, mirando al patio interior como si allí hubiera una salida. Javier se encerró en su habitación con los cascos puestos. Yo me fui a la mía y cerré la puerta con pestillo. Abrí el armario y empecé a meter ropa en la mochila azul que había comprado a escondidas hacía dos semanas. Cada camiseta doblada era un trozo de mi vida que no pensaba traer de vuelta.
Sobre la estantería, entre libros del instituto y viejos coches de juguete, estaba la foto de todos en la playa de Benidorm, el verano que cumplí nueve. Antonio sostenía a Javier sobre los hombros, mi madre sonreía a la cámara y yo aparecía a un lado, medio cortado, sujetando la toalla. La había mirado tantas veces intentando convencerme de que, en el fondo, alguna vez habíamos sido una familia normal. Esa noche la cogí, la observé un instante y la dejé boca abajo en el cajón.
No dormí mucho. Cada vez que cerraba los ojos veía el pasillo oscuro, la bombilla fundida y la puerta del trastero cerrándose delante de mí. Me levanté antes de que sonara el despertador, me duché, preparé una pequeña bolsa aparte con los documentos importantes y bajé a desayunar.
Nadie habló. Mi madre tenía las ojeras marcadas; Javier miraba el móvil sin leer nada; Antonio no había tocado el café.
A las nueve y cuarto sonó el timbre. El eco resonó en el piso como un disparo.
—Serán ellos —dije. Nadie me contradijo.
Entraron dos mujeres: la psicóloga del instituto y una inspectora de traje gris. Saludaron y pidieron hablar conmigo a solas en la cocina. Mientras respondía, sentí que las palabras tenían peso, que se quedaban flotando en el aire y no se deshacían en risas. Al final, la inspectora asintió despacio.
—Tienes dieciocho, puedes irte cuando quieras —dijo—. No vas a hacerlo solo.
Pensé en la mochila esperándome en mi cuarto y en el billete de tren a Barcelona doblado en el bolsillo. Tres frases, pensé. Al final, habían sido suficientes.



