Me quedé sola junto a la cama de hospital de Carmen, mi suegra, mientras el monitor dejaba escapar esos pitidos cada vez más espaciados. En las otras habitaciones se oían risas nerviosas, sollozos, conversaciones susurradas de familias enteras. En la nuestra, solo el oxígeno, el zumbido de las luces y mi respiración. Ni Diego, mi marido. Ni mis padres. Ni amigas. Nadie había llamado para preguntar cómo iba todo. Nadie había inventado siquiera una excusa.
El doctor Ruiz miró el reloj, pulsó unos botones y apagó el monitor.
—Hora de la muerte: 19:42 —anunció, sin mirarme mucho a los ojos.
Asentí, con la garganta cerrada. Carmen llevaba semanas ingresada en ese hospital de Madrid, y al final las visitas se habían ido diluyendo, como el color de su piel. Diego siempre “tenía una reunión”, “un cliente importante”, “un viaje urgente a Barcelona”. Hoy ni siquiera mandó un mensaje.
Una enfermera joven, con el pelo recogido en un moño improvisado, se acercó a mí con un sobre blanco. Llevaba mi nombre escrito con la letra perfecta de Carmen: “Para Laura”.
—Su suegra me pidió que se lo entregara solo cuando el doctor certificara… —no terminó la frase— cuando llegara el momento.
Tomé el sobre con manos torpes. Me ardía. Durante años había pensado que Carmen me soportaba por obligación, con ese cariño tenso de las suegras que nunca acaban de perdonar que otra mujer se meta en la vida de su hijo. Y aun así, ahí estaba mi nombre, redondeado, cuidadosamente trazado.
Firmé unos papeles, escuché explicaciones sobre el tanatorio, la autopsia, la burocracia. Respondí con monosílabos. Cuando por fin salí del hospital, ya era de noche. La M-30 rugía a lo lejos y el frío de febrero se colaba por el cuello de mi abrigo. Me senté en el asiento del conductor, dejé el sobre encima de las piernas y lo miré durante un buen rato antes de atreverme a abrirlo.
Dentro había una hoja doblada en tres, una lista de nombres escrita a mano, y una llave pequeña de metal, de esas que parecen de taquilla o trastero. La llave iba pegada con celo a la hoja. Reconocí algunos apellidos: Ortega, Herrera, Llamas. No eran familia. Al final de la lista, subrayado dos veces, estaba el nombre de Diego.
Abrí del todo la carta. Carmen empezaba sin saludos ni adornos:
“Si estás leyendo esto, Laura, es que Diego no ha venido. No me sorprende. Por eso eres tú quien tiene la llave.”
Mis manos temblaron un poco. Seguí leyendo.
“Estos nombres son personas a las que mi hijo ha hecho daño, aunque él nunca lo admitiría. La llave es del trastero 24, sótano -2, en mi edificio de Carabanchel. Allí están las pruebas. Ve primero tú sola. No le digas nada a Diego.”
Debajo, en una línea aparte, escrita con trazo más apretado, había una sola instrucción, helada, definitiva:
“Cuando veas lo que hay dentro, tendrás que elegir a quién destruyes.”
Esa noche casi no dormí. Me metí en la cama matrimonial sin quitarme del todo la ropa, con el sobre en la mesilla, como si fuera una bomba. Diego llegó pasadas las dos de la madrugada, olía a colonia cara y a bar. Ni una llamada antes. Se desnudó en silencio, se metió en la cama y me besó en la frente, un gesto automático.
—¿Cómo sigue mi madre? —preguntó en la oscuridad.
—Ha muerto —respondí.
Noté cómo se tensaba un segundo, pero no encendió la luz.
—Lo sabía —murmuró—. Lo siento. Mañana vemos lo del tanatorio. Estoy destrozado, Laura, de verdad.
En menos de cinco minutos roncaba.
A la mañana siguiente, mientras él fingía gestionar llamadas “importantísimas” desde el salón, yo salí diciendo que iba a la funeraria. En lugar de eso, cogí el metro hasta Carabanchel. El edificio de Carmen era antiguo, de ladrillo visto, con buzones abollados y el portal siempre oliendo a lejía. Saludé de pasada al portero, que me miró con pena exagerada. En el ascensor, miré la llave una y otra vez, como si fuera a decirme algo.
El sótano -2 estaba frío, con el típico olor a humedad y detergente barato. Los trasteros se alineaban con puertas metálicas numeradas. Busqué el 24. La cerradura chirrió al girar la llave, como si también protestara. Encendí la luz amarillenta del techo. Dentro no había muebles viejos ni cajas con ropa, como en el resto. Solo una mesa plegable, una silla de plástico y cuatro archivadores negros perfectamente alineados. Encima de la mesa, un portátil antiguo y una caja de zapatos cerrada con una goma.
En la tapa, escrito con rotulador: “HORIZONTE S.L.”. Reconocí el nombre. Era una de las empresas de construcción vinculadas al despacho de Diego. La que, años antes, había salido en las noticias por el derrumbe de un edificio en Vallecas, con dos muertos y varios heridos. Diego siempre contaba aquella historia como el peor momento de su carrera, aunque insistía en que ellos no tenían la culpa, que solo habían heredado el problema.
Abrí la caja. Dentro había copias de correos impresos, contratos con anotaciones en rojo, fotos de planos con firmas falsificadas, recortes de periódico subrayados. Y, en varias esquinas de los documentos, la firma inconfundible de Diego. La letra de Carmen aparecía a los márgenes, con fechas, flechas y comentarios. Todo parecía una investigación minuciosa, casi obsesiva.
Encendí el portátil. No pedía contraseña. En el escritorio había una sola carpeta: “PRUEBAS”. Dentro, cientos de archivos: balances, correos, informes periciales, incluso grabaciones de audio con el nombre de mi marido en el título. Abrí una al azar. La voz de Diego, más joven, sonaba clara: hablaba con alguien de “ahorrar en materiales”, de “no informar de las grietas”, de “arreglarlo después de la inauguración”. Recordé las fotos del edificio derrumbado, los juguetes rotos entre los escombros, las entrevistas a las familias.
Busqué la carta de Carmen, plegada en el bolsillo de mi abrigo. Al dorso, en letra más reciente, había una nota que no había visto antes: “Si sigues leyendo, ve a ver a Marcos Ortega primero. Vive en Vallecas. El número de teléfono está en el archivador azul. Él merece saberlo todo antes que nadie. Y recuerda: no llames a la policía. Aún no.”
Apunté el número de Marcos y subí al portal para llamar. Tardó en descolgar.
—¿Sí?
—¿Marcos Ortega? Me llamo Laura, soy… era la nuera de Carmen, la señora que vivía en Carabanchel.
Silencio. Luego un suspiro seco.
—La conozco —dijo—. ¿Se ha decidido por fin?
—Ha muerto —dije, casi disculpándome—. Pero me dejó algo para usted. Documentos. Sobre Horizonte S.L. y el derrumbe.
Marcos dio una risa breve, incrédula.
—Claro que sí. Venga a verme. Hoy. Si esto es otra broma de abogados, se lo juro, no respondo.
Quedamos en una cafetería pequeña cerca del metro de Vallecas. Cuando llegué, él ya estaba allí, con un café frío delante. Rondaría los cincuenta, con ojeras profundas y una chaqueta vaquera gastada. Sus manos temblaban ligeramente.
—Mi hija murió en ese edificio —dijo sin saludo—. Tenía siete años. A tu marido lo vi por la tele diciendo que era una tragedia inevitable. ¿Qué traes, exactamente?
Le enseñé algunas copias. Los ojos se le fueron enrojeciendo a medida que leía. No lloró. Solo respiraba más fuerte.
—Con esto podrían hundirlo —murmuró—. Pero también hundirte a ti. ¿Sabes con quién estás casada?
No supe qué contestar.
En ese momento, mi móvil vibró. Un mensaje de número desconocido:
“Sé lo que te ha dado mi madre. Deja de jugar, Laura. No vas a ganar.”
Sentí el suelo moverse un poco bajo mis pies. Marcos me miró, atento.
—¿Problemas?
Le enseñé el mensaje. Frunció el ceño.
—Entonces ya lo sabe —dijo—. Pensaba que tendría más tiempo.
—Carmen me pidió que no fuera a la policía —murmuré—. Que hablara primero con vosotros.
Marcos apretó los labios.
—Tu suegra llevaba años recopilando todo esto. Me llamaba de vez en cuando, siempre prometiendo que pronto saldría la verdad. Nunca se atrevió. Ahora te ha pasado la bomba a ti.
De camino a casa, el mensaje seguía clavado en la pantalla del móvil. No respondí. Me limité a revisar cada cara en el metro, convencida de que alguien me observaba. Al llegar al piso de Diego en Arganzuela, el salón estaba lleno de flores recién llegadas del tanatorio, que él había mandado colocar. El televisor estaba encendido sin sonido. Diego, con traje oscuro y cuello desabrochado, bebía whisky.
—¿Dónde estabas? —preguntó, sin levantar del todo la vista.
—Organizando lo del entierro —mentí.
—Perfecto. Yo he hablado con el notario. Mi madre no tenía casi nada, pero hay un piso en Toledo y unas cosas más. —Hizo una pausa, luego sonrió sin calidez—. Ah, y una serie de cajas que, según el portero, sacaste tú del trastero esta mañana. Qué eficiente.
Se me secó la boca.
—Solo eran papeles viejos —dije—. Tiré algunos.
Diego dejó el vaso en la mesa con un golpe seco.
—Laura, no me seas imbécil. Mi madre llevaba años obsesionada con esa historia. ¿De verdad crees que no lo sabía? La pillé más de una vez copiando documentos de la oficina. —Me miró fijamente—. Dime qué te dejó. Y te prometo que salimos de esto juntos.
Pensé en Marcos, en su café frío, en sus manos temblorosas. Pensé en la niña de siete años. Pensé en las noches en las que Diego llegaba tarde, con excusas demasiado pulidas.
—Te dejó una carta —respondí—. Nada importante.
Diego se levantó, rodeó la mesa y se detuvo muy cerca.
—No me mientas. No hoy.
Podría haberle contado todo. Podría haber abierto el portátil delante de él y pedirle explicaciones. Pero la frase de Carmen no dejaba de resonar: “Tendrás que elegir a quién destruyes”. Yo aún no sabía a quién estaba dispuesta a destruir.
Esa noche hice una copia de los archivos más comprometedores en un pendrive y lo escondí en el doble fondo de una caja de zapatos en mi armario. Luego mandé un mensaje a Sofía Llamas, otro nombre de la lista, abogada según los documentos. Quedamos para el día siguiente en su despacho, cerca de Plaza de Castilla.
Sofía era distinta a Marcos. Traje impecable, pelo recogido en un moño perfecto, ojos duros. Escuchó mi historia sin interrumpir.
—Conozco el caso —dijo al final—. Representé a una de las familias hasta que dejaron de pagarme. Todo se cerró con indemnizaciones ridículas. Tu marido salió reforzado, como “el abogado que hizo lo que pudo”.
Le mostré algunos documentos. Su expresión cambió por primera vez.
—Esto es dinamita. Pero si lo llevas directamente a la policía, él va a decir que lo manipulaste tú. Tú tienes la posesión ahora. Y él tiene amigos en todas partes.
—¿Entonces qué hago?
—Tienes dos opciones: filtrar a la prensa y desaparecer, o negociar con él. Pero que sepas que, en cualquier caso, alguien va a caer. Y no suele ser el hombre con traje caro y contactos.
Cuando salí del despacho, dos policías me esperaban en la puerta del edificio.
—¿Laura Martínez? —preguntó uno.
Asentí.
—Queda detenida por presunta extorsión y revelación de secretos. Tiene derecho a guardar silencio.
En comisaría me enseñaron impresos de correos amenazantes enviados desde una cuenta a nombre mío a varios ejecutivos de Horizonte S.L. Correos que yo nunca había escrito, exigiendo dinero a cambio de no entregar documentación comprometedora. Había registros de llamadas desde mi móvil a esos números. Algunas sí las había hecho, buscando respuestas. Otras, supuestamente, en horas en las que yo estaba en casa con Diego.
—Su marido ya ha colaborado con nosotros —dijo el inspector—. Nos ha traído un pen con copias de todo lo que usted robó del trastero de su suegra. Está dispuesto a declarar en su contra, aunque le cueste mucho.
Durante el juicio, Diego apareció como el marido dolido que había descubierto, con horror, que su esposa intentaba aprovecharse de documentos robados por la madre enferma para chantajear a gente inocente. Lloró en la sala, habló de mi “obsesión con el dinero”, de mi “resentimiento hacia su éxito”. Mostró capturas de mensajes que yo nunca envié, grabaciones en las que mi voz, manipulada, parecía exigir millones. Mis protestas sonaban débiles frente a esa avalancha de pruebas cuidadosamente construidas.
Marcos declaró a mi favor, igual que Sofía, pero sus testimonios fueron presentados como el de un padre desesperado y una abogada con rencor hacia el sistema. El tribunal escuchó, asintió, y luego leyó la sentencia: tres años de prisión para mí por extorsión y revelación de secretos. Para Diego, nada. “Falta de pruebas suficientes de su participación”.
El día que me trasladaron a la cárcel de Alcalá, vi fugazmente a Diego en la televisión del módulo. Estaba en una entrevista, hablando de ética empresarial y de la necesidad de “no tolerar ni siquiera las irregularidades dentro de la propia familia”. Sonreía con esa sonrisa pulida que yo había visto mil veces.
Por la noche, en la litera estrecha, repasé mentalmente la carta de Carmen. La llave ya no estaba; se había perdido entre las pruebas incautadas. Tal vez eso también formaba parte del plan de Diego. O tal vez Carmen, desde su cama de hospital, nunca supo cuánto se había adelantado su hijo.
“Cuando veas lo que hay dentro, tendrás que elegir a quién destruyes.”
Yo creí que podía elegir. Creí que podía destruirlo a él. Al final, él eligió por mí. Y, de algún modo, también destruyó exactamente a quien quería.



