—Señora Álvarez, de verdad, no creo que sea usted —repitió la empleada del banco, con la voz tensa—. Su marido está aquí ahora mismo con… con una mujer que se parece muchísimo a usted.
Sentí cómo se me helaban las manos sobre el teclado del ordenador. Eran casi las once de la mañana en el estudio de arquitectura de Chamberí, un martes cualquiera en Madrid. Daniel me había enviado una foto desde el aeropuerto de Barajas a las seis: “Embarcando. Te llamo al llegar a Frankfurt”. Había un avión detrás, su sonrisa tranquila, la corbata azul que siempre se pone para los viajes de negocios.
—Eso es imposible —respondí, intentando no subir el tono—. Mi marido está en un viaje de trabajo a Alemania.
Al otro lado de la línea hubo un silencio breve, cargado.
—Señora, han intentado retirar treinta mil euros de su cuenta conjunta —continuó la voz—. La mujer presentó su DNI, pero… no me cuadraba. Yo la conozco a usted de otras veces. Por eso la he llamado. Le ruego que venga cuanto antes. No les hemos dejado irse todavía.
Aparté la silla de golpe. Mis compañeros me miraron extrañados. Murmuré algo sobre una urgencia personal, cogí el abrigo y el bolso. Mientras esperaba el ascensor, marqué el número de Daniel. Sonó una, dos, tres veces. Buzón de voz. Volví a intentarlo. Nada. Un nudo empezó a apretarme la garganta.
En la calle, el aire frío de febrero me golpeó la cara. Caminé deprisa hacia el metro, pero a mitad de camino cambié de idea y pedí un taxi. No podía quedarme encerrada bajo tierra con semejante pregunta martilleándome la cabeza: ¿Quién era esa mujer? ¿Una estafa? ¿Una amante?
Recordé, casi sin querer, pequeños detalles de las últimas semanas: mensajes que Daniel borraba rápido, llamadas que contestaba en el pasillo, la nueva contraseña de su portátil que no me quiso decir “porque son cosas del trabajo”. Y esa frase que había soltado el domingo: “Tenemos demasiados ahorros parados, algún día deberíamos mover el dinero”. Lo dijo mirándome a los ojos, sonriendo.
El taxi me dejó frente a la sucursal del banco en el barrio de Salamanca. El guardia de seguridad, un hombre robusto al que saludaba siempre, abrió los ojos como platos al verme.
—Buenos días, señora Álvarez… —dudó, mirándome como si estuviera viendo un fantasma—. Pase, por favor.
Dentro, el aire olía a papel y a desinfectante. La directora, la señora Núñez, se levantó de su mesa en cuanto me vio.
—Marta, gracias por venir tan rápido —dijo en tono bajo—. Están en el despacho del fondo. No hemos dejado que firmaran nada.
Seguí su mirada hacia la oficina acristalada al final del pasillo. Desde allí solo veía la espalda de un hombre con traje gris —Daniel— y, a su lado, una mujer sentada. Tenía el mismo corte de pelo que yo, la misma melena castaña recogida en una coleta baja. Llevaba un abrigo beige… exactamente igual al mío.
Di un paso más y ella giró la cabeza, como si hubiera sentido mi presencia. Durante un segundo, vi mi propia cara reflejada en el cristal… hasta que entendí que no era un reflejo. Era ella.
La manilla de la puerta empezó a moverse desde dentro. Mi corazón golpeó con tanta fuerza que apenas podía respirar mientras la puerta se abría despacio.
—Agente… —oí mi propia voz, lejana—. ¿Podría darnos un momento, por favor?
El policía me observó con atención. Miró a su compañero, luego a la directora del banco.
—Cinco minutos —dijo al fin—. Pero nos quedamos en la puerta. No salgan del despacho.
Salieron ambos. La puerta se cerró, dejando un silencio pesado. Solté el bolígrafo encima de la carpeta.
—Marta, te juro que… —empezó Daniel.
—Cállate —lo corté, sin levantar la voz.
Él obedeció. Ese simple detalle me dio una claridad repentina. Miré a Clara.
—¿Desde cuándo? —repetí.
Ella respiró hondo.
—Un año —dijo, seca—. Nos conocimos en una reunión en la empresa de él. Yo no sabía que estabas casada con él, no al principio. Luego… fue tarde.
—Pero no tan tarde como para negarte a presentarte aquí con un DNI falso —respondí.
Clara bajó la vista.
—Dijo que tú sabías todo. Que solo era un trámite. Que luego nos iríamos a Portugal a empezar de cero —confesó—. Tenía una carpeta con documentos, reservas de hotel, billetes… Todo preparado.
Miré a Daniel. No intentó negarlo.
—¿Me ibas a dejar una nota, al menos? —pregunté.
Él se pasó las manos por la cara.
—No iba a ser así —murmuró—. Pensaba decírtelo cuando volviera de Frankfurt…
—Pero no has llegado a irte de Madrid —le recordé.
Nos quedamos los tres en silencio unos segundos. Entonces, respiré hondo.
—Bien —dije—. Os voy a proponer algo.
Clara alzó la cabeza, sorprendida. Daniel frunció el ceño.
—No voy a firmar nada, de momento —continué—. Diré que todo ha sido un malentendido, que os habéis equivocado con el DNI y que yo autorizaba la operación.
—¿Qué? —saltó Clara—. ¿Estás loca?
—No —respondí—. Simplemente pienso más lejos que vosotros.
Me incliné hacia Daniel.
—Tengo los mensajes de esta mañana, las fotos del “viaje” a Frankfurt, que en realidad es una reserva anulada. Y ahora, dos agentes de policía que ya sospechan. Si salimos de aquí sin denuncia, tendrás exactamente una oportunidad para compensarme. Solo una.
Él me miró, desconcertado.
—¿Qué quieres?
—Quiero tu parte del piso, de los ahorros, de los fondos de inversión —enumeré, muy despacio—. Todo a mi nombre. Y quiero el divorcio firmado en cuanto el abogado lo tenga preparado. Si no, vuelvo a este banco, a estos dos agentes y a tu empresa, con toda la historia completita.
Clara abrió la boca para protestar, pero se contuvo. Daniel parecía más viejo de golpe.
—Me arruinas —susurró.
—No —dije—. Solo te dejo sin lo que intentabas robarme.
Cinco minutos después, cuando los agentes volvieron a entrar, les sonreí con educación.
—Ha sido un malentendido —expliqué—. Mi marido me había hablado de todo esto, pero no me enteré bien por teléfono y me asusté. No quiero presentar denuncia.
Los policías insistieron, recelosos, pero me mantuve firme. Al final, se fueron con una advertencia: “Si vuelve a suceder algo parecido, no podremos ignorarlo”. Daniel y Clara salieron del banco sin mirarme.
Tres meses más tarde, firmaba el divorcio en un despacho de abogados en la calle Alcalá. Daniel, hundido, aceptó todas las condiciones para evitar problemas legales. Había perdido su puesto en la empresa; un correo anónimo con copias de sus correos y movimientos sospechosos había llegado a Recursos Humanos y a la CNMV. Nadie pudo probar quién lo envió.
Clara no estaba allí. Según supe por una amiga común, se había marchado a Málaga, sola. Había intentado llamarme una vez. No contesté.
Yo me mudé a un piso más pequeño en Malasaña, con un balcón estrecho y luz por las mañanas. Cambié de sucursal bancaria. La primera vez que entré, el nuevo director me tendió la mano.
—Bienvenida, señora Álvarez.
Lo pensé un segundo.
—Marta, por favor —corregí—. Solo Marta.
Al salir, pasé junto a un cajero automático. Recordé la mañana de la llamada, la voz nerviosa de la empleada diciendo: “No creo que sea usted”. Esa frase había partido mi vida en dos.
Me quedé mirando la pantalla azul del cajero y sonreí, sin alegría. Había aprendido algo de Daniel aquel día: lo fácil que era cruzar ciertas líneas cuando uno se creía más listo que los demás.
Yo había elegido otra línea distinta. No era limpia, pero era mía. Y, sobre todo, era la primera en la que no dejaba que nadie decidiera por mí… ni siquiera el hombre que, durante años, había sabido mi PIN mejor que yo misma.



