Mientras mi marido, Diego, removía la salsa en la cocina, yo estaba sentada en la mesa del comedor revisando el correo del trabajo en el portátil. Era martes, casi las nueve de la noche, y en el piso de Lavapiés olía a sofrito y a vino tinto. El televisor sonaba de fondo con las noticias, pero yo apenas prestaba atención. El móvil de Diego, dejado boca arriba junto a la encimera, vibró.
No sé por qué miré. Tal vez porque llevaba meses notando algo raro, una distancia pequeña pero constante, como una puerta mal cerrada. En la pantalla, la notificación de WhatsApp apareció clara, con el nombre y la foto de perfil bien visibles: “Clara O.” Una chica morena, sonrisa amplia, gafas de pasta. El mensaje decía:
“Te echo de menos.”
Sentí cómo se me tensaban los hombros, pero mi voz salió tranquila:
—Diego, ¿te sirvo vino?
Él, distraído, respondió desde los fogones:
—Sí, gracias, Laura. Solo un poco.
Se giró un segundo para comprobar la pasta y me dejó sola con el móvil parpadeando. Lo tomé con naturalidad, como si fuera el mío, lo desbloqueé con el código que me sabía de memoria y abrí la conversación. No era el primer mensaje cariñoso, aunque ninguno tan directo. Fotos de cañas después del trabajo, chistes internos, frases con dobles sentidos. La última línea seguía ahí, fresca, verde: “Te echo de menos.”
Sin pensarlo demasiado, mis dedos escribieron:
“Ven a casa. Mi mujer no está hoy.”
Lo envié como si tirara una piedra a un lago muy quieto.
El corazón me latía tan fuerte que casi me dolía. Borré las notificaciones, dejé el móvil exactamente donde estaba y respiré hondo. Diego se dio la vuelta, sonriendo, ajeno:
—Prueba la salsa, a ver qué tal.
Me acerqué, lo miré a la cara, intentando encontrar alguna grieta nueva.
—Huele bien —dije, probándola con la cuchara—. Un poco más de sal y perfecta.
Hablamos de cosas pequeñas: de su jefe, de mi campaña nueva en la agencia, del partido del domingo. Él gesticulaba, pero sus ojos parecían en otra parte. Yo asentía, midiendo el tiempo en mi cabeza, imaginando a Clara leyendo el mensaje, pensando qué ponerse, cuánto tardaría en llegar desde la zona de Méndez Álvaro, donde estaba la oficina.
A los veinte minutos, cuando ya estaba poniendo los platos en la mesa, sonó el timbre. Un sonido simple, casi inocente, que me recorrió la espalda como un escalofrío. Diego se quedó inmóvil, con la cuchara en el aire.
—¿Esperas a alguien? —pregunté, mirándolo fijamente.
Él parpadeó, como si saliera de un sueño. Dejó la cuchara en el fregadero con demasiada calma.
—No… será algún vecino equivocado —murmuró, secándose las manos en el paño.
El timbre sonó de nuevo, esta vez más insistente. Fui hacia la puerta antes de que él pudiera reaccionar. Sentí su presencia detrás de mí, pegada, tensa. Abrí.
En el rellano estaba Clara. Vaqueros ajustados, un top negro bajo un abrigo beige, los labios pintados de rojo y una botella de vino en la mano. Traía también una sonrisa nerviosa, que se borró al verme.
—Hola… —dijo, bajando la voz—. Yo…
Sus ojos se movieron por encima de mi hombro, buscando a Diego. Él apareció a mi lado, pálido, con la boca entreabierta. Nadie dijo nada durante unos segundos que se hicieron largos.
Clara apretó la botella contra el pecho, tragó saliva y, mirándolo solo a él, soltó en susurro:
—Entonces… ¿se lo has dicho?
La pregunta quedó flotando en el aire como un humo espeso. Yo la sentí más que escucharla. “¿Se lo has dicho?” ¿Qué exactamente? ¿Qué era lo que yo todavía no sabía?
Me aparté de la puerta con un gesto automático.
—Pasa —dije, sin subir el tono—. No vamos a hablar aquí, en el pasillo.
Clara dudó un segundo, miró a Diego, y al final entró. Su perfume llenó el recibidor, mezclándose con el olor a pasta y tomate.
Cerré la puerta con suavidad. Diego no se movía.
—Laura, yo… —empezó.
—Luego —le corté—. Primero, que me expliquéis qué está pasando. Los dos.
Les señalé la mesa del comedor. Los platos de pasta humeaban, el vino estaba servido, las servilletas perfectamente dobladas. Una escena normal, salvo por la invitada extra y el nudo en mi estómago. Me senté frente a ellos. Diego se colocó a mi derecha; Clara, enfrente, dejando la botella sobre la mesa sin abrirla.
—Pensé que… —Clara habló primero, mirando el mantel—. Pensé que hoy lo ibas a hacer.
Diego le lanzó una mirada rápida, casi suplicante.
—Clara, por favor.
—No, Diego —intervine—. Que siga. ¿Qué ibas a hacer hoy?
Ella levantó por fin la vista hacia mí. No había provocación, solo cansancio.
—Te iba a decir la verdad —respondió—. O eso me prometió.
Sentí que algo encajaba, piezas que llevaba meses notando pero sin nombre claro: sus “reuniones” que se alargaban, las duchas tardías al llegar a casa, la forma en que se llevaba el móvil al baño, las risas cuando respondía mensajes y luego guardaba el teléfono boca abajo.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Diego apretó las manos sobre las rodillas.
—Laura, no es lo que piensas, solo… nos hemos liado con todo, en la oficina ha sido un año muy duro, y…
Clara le cortó con un suspiro.
—Desde febrero —dijo ella, simple—. Empezó después de la convención en Valencia.
Recordé esas fechas. Yo estaba cerrando una campaña grande; él volvió de Valencia con una camiseta nueva y un entusiasmo raro. Me lo había contado como algo rutinario. No lo había sido tanto, al parecer.
—¿Estáis juntos? —pregunté, manteniendo la voz estable—. ¿Sois pareja, qué sois?
—No hay etiquetas —murmuró Diego—. Ha sido… complicado.
—Para mí no —replicó Clara, clavándole la mirada—. Yo sé lo que quiero.
El silencio se hizo pesado. La televisión seguía encendida en el salón, murmurando titulares lejanos sobre política y fútbol. En la mesa, la pasta empezaba a enfriarse.
—¿Y qué se supone que ibas a decirme hoy, Diego? —insistí.
Él respiró hondo, sin mirarme.
—Que las cosas entre nosotros no iban bien —dijo, al fin—. Que necesitaba distancia. Que… estaba confundido.
Clara apretó los labios, como si esas palabras no fueran las que había esperado.
—No “necesitas distancia” —lo corrigió—. Me dijiste que querías empezar conmigo de verdad. Que ya no podías seguir así. Que hoy hablaríamos con ella.
“Con ella”. Yo, convertida en tercio incómodo en mi propio piso. Me apoyé en el respaldo de la silla, notando un leve temblor en las manos, que escondí debajo de la mesa.
—¿Y qué quieres tú, Clara? —le pregunté—. Dilo claro.
Ella tragó saliva, dudó una fracción de segundo y luego habló con una seguridad nueva:
—Quiero que dejéis de esconderme. Quiero que asumas lo que está pasando. Y quiero que no sigas haciendo como si aquí no hubiera nada.
Diego se pasó la mano por el pelo, desesperado.
—Esto se está yendo de las manos…
—¿De verdad? —solté—. Me mandas un “Te echo de menos”, yo te contesto como si fueras tú y la que se presenta en mi casa eres tú. No parece tan fuera de control, la verdad.
Clara abrió la boca, sorprendida.
—¿Has sido tú la que ha mandado el mensaje?
—“Ven a casa. Mi mujer no está hoy” —repetí, sin apartar la mirada de Diego—. Muy poético.
Una sombra de rabia cruzó la cara de él, mezclada con miedo. No dijo nada. Clara inspiró lentamente, se llevó una mano al abdomen, casi sin darse cuenta. Ese gesto pequeño me llamó la atención.
—Mira, Laura —empezó, con la voz algo quebrada—. Puede que todo esto te parezca una traición horrible, no voy a intentar maquillarlo. Pero ya no se trata solo de quién se acuesta con quién. Se trata de algo que va a seguir aquí, pase lo que pase.
Sus dedos seguían apoyados en su vientre, como si lo protegiera. Entonces lo entendí, antes de que lo dijera. Aun así, escuché las palabras salir de su boca, claras, precisas:
—Voy a tener un hijo. Y es de Diego.
La frase cayó sobre la mesa como un golpe seco. No grité. No lloré. Lo primero que sentí fue un silencio interno, como si todo mi cuerpo se hubiera quedado en pausa unos segundos.
Diego se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas y las manos en el pelo.
—Clara, no así… —murmuró—. Íbamos a explicarlo de otra manera.
—¿Cuántas maneras hay de decir lo mismo? —respondí yo, despacio—. Está embarazada. Es tuyo. Y yo soy la última en enterarme.
Clara bajó la mirada, pero no retiró la mano del vientre.
—Tengo ocho semanas —añadió—. Me lo confirmaron la semana pasada.
Un recuerdo se encendió en mi mente: la cena aplazada del viernes “porque se complicó un informe”; el mensaje que envió a las once de la noche, “al final me quedo en la oficina un rato más”; el tono neutro, demasiado neutro.
Me levanté, fui hasta la cocina sin decir nada y apagué el fuego, aunque ya no quedaba nada que pudiera quemarse. Abrí un cajón, saqué mi móvil, lo dejé en silencio y volví al comedor. Me senté de nuevo.
—Quiero que me lo digáis todo —dije, mirando alternativamente a los dos—. Sin adornos. Cuánto tiempo, qué habéis planeado, qué pensabais hacer conmigo. Y quiero que lo digáis en voz alta.
Diego levantó la cabeza, sorprendido por mi tono calmado. No sabía que cada palabra suya, cada detalle, iba a quedarme grabado. Yo tampoco sabía aún qué haría con eso, pero algo empezaba a ordenarse en mi mente.
Hablamos más de una hora. O, mejor dicho, hablaron ellos. Diego confesó que al principio “no fue serio”, que se liaron en Valencia después de unas copas; que luego todo se complicó, que se fue acostumbrando a tener dos vidas. Clara explicó que había intentado cortar varias veces, que luego no; que cuando se enteró del embarazo le puso un límite: o daba la cara o se terminaba. Las palabras “separarnos”, “piso”, “custodia” empezaron a aparecer, torpes y adelantadas.
Yo escuché. Pregunté fechas. Pedí que repitieran cosas. De vez en cuando, asentía. Cuando se enzarzaban entre ellos, los cortaba con una pregunta concreta. Nadie se fijó en que, al dejar mi móvil sobre la mesa, lo coloqué con la pantalla hacia abajo, el botón de grabar activado.
Cuando por fin se quedaron sin argumentos, miré el reloj.
—Bien —dije—. Ya sé lo que necesitaba saber.
Diego frunció el ceño.
—¿Y ahora qué?
—Ahora vais a iros de mi casa —respondí, sin elevar la voz—. Mañana hablaremos. Cada uno con la cabeza más fría.
Clara asintió primero, como si también necesitara aire. Se levantó, tomó su abrigo y la botella cerrada, que nunca llegamos a abrir.
—Lo siento —dijo, mirándome a los ojos.
—No tienes por qué disculparte conmigo ahora —contesté simplemente—. Lo importante es lo que habéis dicho hoy. Y que no se pueda desdecir.
Los acompañé hasta la puerta. Diego quiso tocarme el brazo, pero me aparté un paso. No hubo escenas. Solo rostros exhaustos y un pasillo demasiado iluminado. Cuando la puerta se cerró, me quedé un momento apoyada en ella, respirando hondo. Luego fui directa al móvil, detuve la grabación y la escuché unos segundos. La voz de Diego sonaba clara: “El hijo es mío”, “llevamos desde febrero”, “he estado engañándote”. Guardé el archivo en una carpeta y lo envié a mi correo.
Dos semanas después, estábamos sentados frente a una abogada en un despacho de la Gran Vía. Yo tenía el audio; él lo sabía. No hubo gritos allí tampoco, solo números, porcentajes y cláusulas. El piso donde vivíamos se quedaría a mi nombre. Una compensación mensual adecuada a su sueldo de ingeniero. Un acuerdo para no alargar el proceso.
Clara no estaba en esa reunión. La vi otra vez meses más tarde, por casualidad, en una terraza de Malasaña. Tenía la barriga ya muy marcada, un vestido ancho y una expresión cansada. Diego estaba con ella, moviendo nervioso un cochecito plegado. Yo pasé por la acera de enfrente; ninguno de los dos me vio.
En mi nueva vida, en un pequeño piso luminoso cerca del Retiro, las noches eran distintas. Llegaba del trabajo, me preparaba algo sencillo de cenar, ponía música baja y dejaba el móvil sobre la mesa, sin miedo a que vibrara con secretos ajenos. A veces pensaba en cómo habían salido las cosas: Diego con un hijo y una relación expuesta; yo con un comienzo distinto, un silencio propio.
Una noche, mientras cortaba tomates en la encimera, el móvil vibró. Lo miré. Era un mensaje de un número nuevo, un compañero de la agencia con el que había coincidido en varios proyectos:
“¿Te apetece tomar algo después del trabajo esta semana?”
No respondí enseguida. Dejé el móvil boca abajo, me serví una copa de vino y volví a la tabla de cortar. Tenía tiempo. Ahora, al menos, las decisiones eran solo mías.



