De la nada, mi esposo, que últimamente había sido distante, amaneció increíblemente atento y me preparó un desayuno especial porque sufría náuseas terribles cada mañana; su dulzura repentina me desconcertó, pero aun así, desconfiando de esa perfección inesperada, decidí dárselo a su secretaria personal, y exactamente una hora después, un grito desgarrador, cargado de puro terror, atravesó la oficina: ella se retorcía en el suelo, pálida, temblando, mientras todos corrían sin entender qué estaba pasando… y yo sentí cómo el mundo se me venía encima.

De repente, Javier se volvió casi irreconocible.
Durante semanas apenas me había mirado a la cara, pero aquella mañana apareció en el dormitorio con una bandeja llena de cosas: zumo de naranja recién exprimido, tostadas con tomate y aceite, una tortilla francesa y un pequeño cuenco de fruta cortada con esmero. Yo seguía con las náuseas del primer trimestre; solo el olor del café me revolvía el estómago. Él sonreía, un poco tenso.

—Clara, si no comes algo, el médico te va a reñir —dijo, acomodando la bandeja sobre mis piernas—. He buscado en internet qué va bien para las náuseas.

Le sostuve la mirada.
Tenía los ojos rojos, como si hubiera dormido poco, pero llevaba la camisa perfectamente planchada y la corbata azul que solo se ponía cuando tenía reuniones importantes. Javier era así: descuidado con los sentimientos, obsesivo con los detalles. Desde que supimos del embarazo, su atención había sido más económica que emocional: hablar de hipoteca, de colegios, de cuentas. No de nosotros.

—No tengo hambre, de verdad —murmuré, apartando el tenedor—. Si me obligo, vomito.

Él insistió, exageradamente paciente, casi servil.
Noté algo raro en ese exceso de cuidado, como si repitiera un papel aprendido. En el fondo, seguían resonando los rumores que me habían contado en el despacho: las miradas con su secretaria, Marta, las risas a puerta entreabierta, los mensajes a deshora. Yo no tenía pruebas, solo una intuición densa que se mezclaba con el ácido de las náuseas.

—Llévatelo al despacho —dije, forzando una sonrisa—. Que se lo coma Marta. Ya que ella también te “soporta” tanto…

Lo solté como una broma, pero la palabra quedó flotando entre nosotros con un filo incómodo.
Javier se quedó un segundo quieto, apenas un parpadeo de duda que casi pasó desapercibido. Luego sonrió, rápido, demasiado rápido.

—Como quieras —respondió, retirando la bandeja—. Pero algo tendrás que comer luego.

Una hora después, estaba en la oficina, aún con el regusto amargo de la acidez subiendo por la garganta. Había llegado más tarde de lo habitual por culpa del mareo, y el ambiente en el bufete estaba raro: susurros en el pasillo, portazos contenidos, teléfonos sonando sin que nadie los cogiera a la primera. Marta no estaba en su mesa, lo que me sorprendió; ella siempre era la primera en llegar.

Me crucé con Javier en el pasillo. Llevaba la corbata aflojada y las mangas de la camisa remangadas, como si ya llevara horas trabajando. No mencionó el desayuno. Yo tampoco. Había decidido, casi sin admitirlo, observarle en silencio, acumular pequeños gestos como si fueran pruebas invisibles.

Me detuve a hablar con Lucía, otra abogada del despacho, cuando un grito desgarró el aire.
Vino del fondo del pasillo, de la zona de los baños. Un chillido femenino, largo, quebrado, que heló las conversaciones y cortó el sonido de los teclados.

—¡Dios mío, Marta! —reconocí la voz de una de las recepcionistas.

El siguiente sonido fue un golpe hueco, como un cuerpo desplomándose contra el suelo. Todo el mundo se levantó a la vez. Yo también, con el corazón desbocado y un presentimiento frío clavándose en la boca del estómago. Mientras corríamos hacia el baño, vi de reojo a Javier. Estaba pálido, inmóvil junto a la puerta de su despacho, mirando hacia el origen del grito como si ya supiera exactamente lo que íbamos a encontrar.

El baño de mujeres estaba medio abierto, la puerta chocando una y otra vez contra el tope.
Dentro, la recepcionista, Ana, lloraba histéricamente, pegada a la pared. En el suelo, junto a uno de los lavabos, Marta estaba desplomada, convulsionando. La mitad de su blusa estaba empapada de un líquido anaranjado y espumoso que goteaba también del borde del lavabo. Un olor dulce, extraño, flotaba en el aire.

—¡Llamad a una ambulancia! —gritó alguien detrás de mí.

Me quedé clavada. Marta tenía los labios manchados del mismo tono anaranjado, y en el cubo de basura vi algo que reconocí al instante: el vaso de cristal con tapa metálica que Javier siempre usaba en casa para llevarse batidos al trabajo. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que tuve que apoyar la mano en la pared para no caer.

—Clara, sal de ahí —susurró Lucía, tirando de mi brazo—. Te vas a marear.

No me moví.
Marta abrió los ojos de golpe, como si alguien tirara de ella desde dentro. Me miró sin verme, las pupilas dilatadas. Su cuerpo se arqueó, expulsando otra bocanada de ese líquido espeso, mezclado ya con hilos de sangre. Una enfermera del edificio de al lado —que por casualidad estaba de visita— se arrodilló junto a ella, intentando estabilizarla hasta que llegara la ambulancia.

Javier irrumpió por fin en el baño, empujando a un par de compañeros.
—Apartaos, por favor —dijo, con esa voz grave y autoritaria que usaba en los juicios—. ¿Qué ha pasado?

Nuestros ojos se cruzaron un segundo.
Los suyos se posaron después sobre el vaso en la basura. No hizo ningún gesto evidente, pero vi el leve apretón de su mandíbula, el temblor casi imperceptible en su mano derecha. Sabía exactamente qué vaso era. Y sabía, o al menos yo creía saber, que ese batido estaba pensado para mí.

La ambulancia llegó en menos de diez minutos, aunque a mí me parecieron horas.
Acompañé con la mirada cómo se llevaban a Marta en la camilla, inconsciente, con la mascarilla de oxígeno cubriéndole la mitad de la cara. Javier quiso subir con ella, pero los sanitarios dijeron que solo un acompañante. Ana, la recepcionista, empezó a sollozar que ella la había encontrado, que debía ir. A Javier no le quedó más remedio que quedarse.

El despacho se convirtió pronto en una escena de investigación.
Llamaron a la policía porque alguno mencionó la palabra “veneno” en voz demasiado alta. Dos agentes de la Policía Nacional aparecieron primero para acordonar el baño y tomar declaraciones básicas. Luego llegaron una inspectora y su compañero: Silvia Morales, una mujer de unos cuarenta años, delgada, pelo recogido en una coleta tirante; y Tomás Rivas, más mayor, con barriga y mirada cansada.

Me tocó declarar en una sala de reuniones.
Silvia me observó con una calma incómoda mientras yo le explicaba que había llegado tarde, que había oído el grito, que apenas había visto nada. Evité mirar a Javier, sentado al otro lado de la mesa, presente como socio del bufete y testigo principal. Sentía sus ojos clavados en mi perfil.

—¿Tenía usted relación cercana con la señorita Marta López? —preguntó la inspectora.

—Era la secretaria de mi marido —respondí, sin adornos.

—¿Su marido le ha comentado algo sobre su estado esta mañana? —insistió—. ¿Si la vio comer o beber algo traído de fuera?

Noté cómo el aire se espesaba.
Vi, en mi mente, la bandeja del desayuno, el batido que yo no había probado, mi frase sarcástica: “Que se lo coma Marta”.
Comprendí, en un flash helado, que nadie más conocía ese detalle. Solo Javier y yo.

—No —mentí, tragando saliva—. No sé qué habrá tomado.

Silvia apuntó algo en su cuaderno.
Javier habló entonces, con tono preocupado, casi tembloroso: contó que Marta había llegado algo más tarde de lo normal, que había dicho que se encontraba un poco mareada, que había traído un batido de casa —“o eso me pareció”, dijo— y que se lo había visto beber en su mesa.

Cuando los policías se fueron, el despacho quedó en un murmullo tenso.
Me acerqué a Javier en el pasillo.

—Ese vaso era de casa —susurré, apretando los dientes—. Era tuyo.

Él no se inmutó.
—Clara, no es el momento —replicó con una calma que me puso la piel de gallina—. Ahora mismo lo importante es Marta.

Por la tarde, nos llamaron del hospital. Marta estaba en la UCI, en estado crítico, con un fallo multiorgánico. La palabra “intoxicación” se repitió varias veces. Y, al caer la noche, mientras me sentaba en el borde de la cama del dormitorio, sonó mi móvil otra vez. Era un número desconocido.

—Señora Clara Álvarez —dijo la voz de la inspectora Morales—, ya tenemos los primeros resultados de toxicología. El batido que bebió la señorita López contenía una dosis muy elevada de un raticida anticoagulante. No parece un accidente. Vamos a necesitar que venga mañana a comisaría a ampliar su declaración.

Hizo una pausa.
—Y una cosa más: hay testigos que afirman haberla visto a usted entregarle un recipiente similar esta mañana.

Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.
En el espejo del armario, mi reflejo me miró con ojos desorbitados. De pronto, entendí que la historia que se estaba construyendo ya tenía protagonista. Y no era Javier. Era yo.

La comisaría de la calle Leganitos olía a café recalentado y papel viejo.
Me hicieron esperar casi una hora en una sala pequeña, con paredes grises y una mesa de metal rayada por años de interrogatorios. Javier insistió en venir conmigo como “apoyo”, pero al llegar le pidieron que se quedara fuera. “Es mejor que entre sola, señora”, dijo Silvia con amabilidad fría.

Cuando por fin se sentó frente a mí, dejó una carpeta azul sobre la mesa. No la abrió.
—Clara, ¿sabe por qué está aquí? —preguntó.

—Porque alguien ha intentado matar a Marta —respondí—. Y creen que he sido yo.

La inspectora no negó ni confirmó.
—Hay varias cosas que no encajan —dijo—. Primero, usted fue la única que tocó directamente el recipiente antes de que la víctima lo bebiera. Segundo, hemos encontrado en su cocina restos del mismo raticida en el cubo de la basura. Las huellas en el bote son suyas.

Se me heló la sangre.
Recordé, con nitidez, el bote de veneno para ratas que Javier había comprado meses atrás cuando tuvimos un problema en el trastero comunitario. Lo había tirado, vacío, hacía poco. Yo misma lo había cogido con las manos para meterlo en la bolsa de basura. Nada me había parecido importante entonces.

—Ese veneno lo compró mi marido —dije—. Pregúntenle a él.

—Y lo tiró usted —replicó Silvia—. Tenemos el ticket de compra a nombre de él, sí. Pero la manipulación reciente es suya. Y luego está… esto.

Abrió la carpeta.
Sacó unas impresiones de WhatsApp. Al ver mi propio nombre, se me encogió el estómago. Eran capturas del grupo de compañeras del despacho, de hacía dos semanas. Una conversación donde, entre quejas del trabajo, yo había escrito: “Si Marta sigue pegada a mi marido, me la cargo” seguido de un emoji de cuchillo y una cara riendo.

—Era una broma —balbuceé—. Una broma estúpida.

—Las bromas no matan a nadie, señora Álvarez —contestó Silvia, neutral—. Pero a veces enseñan por dónde van los resentimientos.

Salí de allí con una citación formal como investigada por tentativa de homicidio.
Javier me esperaba fuera, apoyado en la pared, fumando. Hacía meses que decía que lo había dejado. Apagó el cigarrillo con rapidez al verme.

—¿Qué te han dicho? —preguntó, serio.

—Que hay pruebas contra mí —respondí, con la voz hueca—. Que el veneno estaba en nuestra cocina. Que yo le di el batido a Marta. Que tengo mensajes deseándole la muerte.

Javier se pasó una mano por el pelo, como si estuviera abrumado.
—Tranquila, encontraremos un buen abogado —dijo—. Yo me ocuparé.

En las semanas siguientes, todo se movió deprisa y, al mismo tiempo, en una especie de cámara lenta viscosa.
Marta murió a los diez días, sin recuperar la consciencia. El cargo pasó a ser homicidio consumado. Fui imputada formalmente. Mis padres me miraban como si no reconocieran a su hija. En el despacho, “por prudencia”, me apartaron del puesto. Javier, sin embargo, mantuvo su lugar como socio, aunque “temporalmente” trabajaría desde casa.

Mi abogado, designado inicialmente de oficio y luego sustituido por otro que Javier eligió —un antiguo compañero de universidad—, insistía en que lo mejor era colaborar, mostrarme arrepentida “siempre en condicional”, hablar de estrés, de celos desbordados, de un impulso irracional. Yo repetía una y otra vez que no había envenenado a nadie. Cada vez sonaba menos convincente, incluso para mí.

En el juicio, meses más tarde, el relato ya estaba perfectamente armado.
La fiscalía habló de una esposa embarazada, vulnerable, consumida por los celos hacia la secretaria “demasiado cercana” de su marido. Presentaron a Ana y a Lucía como testigos: ambas recordaban mis comentarios, mis chistes envenenados, mis miradas hacia Marta. El experto toxicológico explicó el efecto del raticida, cómo se disolvía fácilmente en líquidos, cómo alguien con un mínimo acceso podía usarlo.

Javier declaró como testigo estrella.
Lo vi entrar en la sala con traje oscuro y gesto compungido. Cuando la fiscal le preguntó por nuestro matrimonio, suspiró.

—Clara… ha estado muy nerviosa desde el embarazo —dijo—. Yo intenté apoyarla, pero a veces decía cosas que me asustaban. No pensé que fuera capaz de algo así.

—¿Temía usted por la seguridad de la señorita López? —le preguntaron.

Hizo una pausa perfectamente medida.
—No quería creerlo —respondió—. Pero sí, hubo momentos en que… me preocupé.

Sus palabras cayeron como piedras.
Me miró solo una vez, de reojo, con una mezcla de compasión y distancia que me resultó extraña, casi técnica. Como si estuviera observando un caso más, no a su esposa embarazada juzgada por asesinato.

Me condenaron a dieciséis años de prisión.
El tribunal consideró probado que yo había preparado el batido con veneno movida por los celos. Mi embarazo no fue atenuante suficiente. El día que me llevaron a la cárcel de Alcalá-Meco, sentí al bebé moverse por primera vez con fuerza. Una patada seca contra mi costado, como un recordatorio brutal de que la vida seguía, aunque la mía se hubiera detenido entre barrotes.

Pasó casi un año hasta que volví a ver a Javier.
Había venido a la sala de visitas, con un sobre en la mano. Yo ya había dado a luz a nuestro hijo, Diego, que vivía conmigo en la unidad de madres. Entró con calma, como si viniera a cerrar un expediente.

—¿A qué has venido? —pregunté, sin rodeos.

Se sentó frente a mí.
—A despedirme —dijo—. He solicitado el divorcio. No quiero que te enteres por los papeles.

Me reí, sin humor.
—¿Y también vas a quedarte con el despacho, con el piso, con todo? —espeté—. Te ha salido redondo.

Javier apoyó el sobre en la mesa, deslizando algo hacia mí.
—Aquí dentro —dijo, en voz baja— hay una copia de un informe que nunca llegó al juzgado. Habla de accesos a mi ordenador el día antes de lo de Marta. Búsquedas sobre dosis de raticida.

Sentí que la respiración se me cortaba.
—¿Tuyas? —susurré.

Él me sostuvo la mirada, tranquilo.
—Nunca podrás demostrarlo —respondió, sin cambiar el tono—. El original “se perdió”. Ese es solo un borrador sin validez. Lo guardé… por si algún día necesitaba recordar hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Mis manos temblaban sobre el sobre cerrado.
—¿Por qué me lo enseñas, entonces?

Javier se encogió de hombros.
—Porque así, al menos, sabrás la verdad —dijo—. Y porque quiero que entiendas algo: tú fuiste quien decidió darle el batido a Marta. Yo solo… trabajé con las decisiones que ya estabas tomando.

Se levantó.
—Cuida de Diego —añadió—. Que no se parezca demasiado a ninguno de los dos.

Lo vi salir sin mirar atrás.
No abrí el sobre. No lo necesitaba. La verdad ya estaba instalada, fría y nítida, en algún lugar muy hondo. Afuera, el mundo seguiría pensando que yo era la asesina celosa. Javier seguiría su vida, quizá con otra secretaria, otro despacho, otra corbata azul para nuevas reuniones.

Esa noche, mientras Diego dormía en la cuna de metal junto a mi litera, pensé en el vaso de cristal, en la bandeja del desayuno, en el momento exacto en que había creído estar cambiando el destino “solo por fastidiar”.
Comprendí, sin dramatismos, que a veces el verdadero veneno no está en el polvo blanco que se disuelve en un batido, sino en las decisiones pequeñas, en las frases dichas con rencor, en los silencios que dejamos crecer hasta que alguien más los utiliza.

Y el villano, a veces, es simplemente quien aprende a escuchar esos silencios antes que nadie.