Cuando Lucía se desplomó delante de mi puerta, tardé unos segundos en reconocerla.
Su vestido azul estaba desgarrado, manchado de polvo y de algo que no quise nombrar. Tenía un ojo morado, el labio abierto, las rodillas raspadas. Temblaba, y no era por el frío.
—Papá… —balbuceó—. Me ha pegado otra vez.
La sujeté antes de que se estrellara contra las baldosas. Noté cómo le costaba respirar, cómo se le encogía el pecho cada vez que contenía el llanto.
—¿Sergio? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Asintió, apretando los dientes.
—Por ella —escupió—. Por la… “señorita” que tiene en el ático encima del restaurante. Llegué antes de lo que esperaba. Los pillé juntos. Él se puso como loco.
Supe quién era “ella” incluso antes de que Lucía pronunciara el nombre.
Nuria.
Recordé su currículum perfecto, su sonrisa estudiada, el perfume caro que dejaba flotando en mi despacho cada vez que venía a “charlar” sobre los permisos de terraza del restaurante de Sergio. Yo mismo le había firmado más de uno.
Guié a Lucía hasta el sofá. Mientras le limpiaba la sangre del labio con una gasa, revisé automáticamente su respiración, las pupilas, las costillas.
Años de médico militar antes de entrar en la Policía Nacional dejan marcas.
—No tengo nada roto —murmuró, leyendo mi gesto—. Solo… duele.
Duele. Qué palabra tan pobre para lo que le habían hecho.
Me levanté en silencio y fui al dormitorio. El uniforme colgaba del armario como una promesa antigua: la gorra sobre la percha, la camisa perfectamente planchada, la pistola reglamentaria en su funda, dentro de la caja fuerte empotrada.
Mientras me abotonaba, veía reflejada en el espejo la cara de otro hombre, más viejo, más cansado, con el pelo gris pegado a las sienes. Mandíbula rígida. El rostro del inspector jefe Ricardo Salas, no del padre que había fallado a su hija.
No encendí la luz del salón al volver. Lucía se había quedado dormida de agotamiento, enroscada sobre sí misma, sujetando todavía el bolso como si fuera un salvavidas.
Cogí el móvil del bolsillo del uniforme y marqué un número que llevaba años sin tocar.
Contestaron al segundo tono.
—¿Sí?
—Soy Salas —dije, sin presentaciones—. El plan empieza ahora.
Silencio. Luego una risa corta, vieja conocida.
—Pensé que nunca dirías esas palabras, Ricardo.
—Pues escúchame bien, porque no las repetiré —susurré—. Esta noche vas a ir al restaurante “El Mirador”. Quiero a Sergio Torres vivo cuando yo llegue.
Colgué antes de oír la respuesta. Tomé las llaves del coche de servicio, me puse la gorra y abrí la puerta.
Al otro lado, en el descansillo, me esperaba Sergio, con la camisa aún manchada del pintalabios de Nuria y los nudillos enrojecidos.
Sergio levantó la vista cuando abrí la puerta. La camisa medio abotonada, el pelo revuelto, los nudillos aún rojos.
—Inspector —dijo, exagerando el respeto—. Justo iba a llamar.
Miró por encima de mi hombro, buscando a Lucía. Me coloqué en medio.
—Conmigo basta —respondí—. ¿Qué has hecho?
Se encogió de hombros, con esa sonrisa de presentador que gustaba en las fotos.
—Nada que no pase en todos los matrimonios —contestó—. Lucía dramatiza. Sabe montar escenas. Y usted… usted la sobreprotege.
Le agarré la muñeca antes de que pudiera terminar. Su gesto cambió.
—Mañana iréis a Urgencias —dije—. Ella declarará. Tú firmarás. Reconocerás cada golpe. Y después desaparecerás de su vida.
—No puede ordenarme eso —murmuró, intentando zafarse—. Somos familia.
—Te casaste con mi hija —aclaré—. Eso es todo.
Durante un segundo pareció dispuesto a pegarme. Lo vi en la tensión del hombro. Pero se tragó el impulso. Calculaba opciones.
—Si Lucía habla, yo también puedo hablar —susurró—. ¿O olvida quién le firmó esas licencias exprés? ¿Quién sabe de sus visitas nocturnas a este barrio? Los periódicos adoran a los policías que caen del pedestal.
Ahí estaba el verdadero Sergio: no el marido, sino el socio, el hombre que guardaba cuentas pendientes.
Pensé en Abel Romero y en la palabra que habíamos inventado una noche de whisky barato en un bar vacío: “el plan”. Una salida de emergencia nunca usada.
Solté su muñeca.
—Vas a venir conmigo a comisaría —dije—. Ahora mismo.
—¿Y Lucía? —preguntó.
—Está a salvo —mentí—. Si colaboras, seguirá así.
El tono bastó. Bajó las escaleras delante de mí, mascullando algo. En el portal, el vigilante fulminó con la mirada a Sergio y saludó al uniforme. Nadie preguntó nada.
En el coche, él se sentó atrás, como un detenido. Encendió un cigarrillo.
—¿Puedo saber qué pretende? —soltó el humo hacia un lado.
—No.
Tomé una salida distinta a la habitual. Crucé el puente viejo, esquivé el centro, apagué el localizador del coche con un gesto rápido. La radio siseaba noticias intrascendentes.
Sergio lo notó enseguida.
—Eso que ha tocado… —se inclinó hacia delante—. ¿No vamos a la comisaría, verdad?
—Vamos a tu restaurante —respondí—. Dijiste que querías explicaciones.
—A estas horas está cerrado.
—No del todo.
Cuando aparqué detrás de “El Mirador”, solo una luz permanecía encendida, al fondo, en la zona de almacén. El callejón olía a cerveza derramada y grasa fría.
—Baja —ordené.
Él dudó.
—Si esto es una intimidación, se está equivocando —intentó sonar firme—. Conozco a gente, Ricardo.
—Yo también —contesté, abriendo el maletero para sacar nada, por costumbre.
Lo guié por el pasillo lateral. Desde dentro llegó el chasquido de un candado. La puerta se abrió y apareció Abel Romero, con la misma cazadora de cuero y una sonrisa entre amistad y amenaza.
—Vaya, mira quién trae el jefe —silbó—. El rey de la Alameda en mi trastienda.
Sergio se detuvo.
—¿Qué es esto? —me miró, por primera vez sin sonrisa.
Abel se apartó para dejarnos pasar. Dentro, una mesa metálica, dos sillas, una cámara vieja en un trípode y un portátil ya grabando.
—Esto —dije, empujando suavemente a Sergio hacia la silla— es la única manera que te queda de salir vivo de esta noche.
Abel cerró la puerta con un candado. El clic rebotó en las paredes.
Abel encendió la cámara sin ceremonias. La luz roja se reflejó en la frente sudada de Sergio.
—Empieza —dije—. Nombre completo.
—Sergio Torres Delgado —murmuró.
Le pregunté por Lucía, por la noche de los hechos, por otras discusiones anteriores. No levanté el tono; aprendí hace años que el silencio presiona más que los gritos.
—Le di una bofetada —acabó admitiendo, después de varios rodeos—. Y un puñetazo… en la cocina. No iba a denunciarme. Nunca lo hace.
—Esta vez sí —respondí—. Repite eso mirando a la cámara.
Lo hizo.
Pasamos a los negocios. Entre licencias, sobres y reformas pagadas en efectivo, Sergio terminó soltando una lista desordenada de nombres y cantidades suficiente para hundir a cualquiera que pisara “El Mirador” en los últimos años.
—Ya está —dijo Abel, apagando la cámara—. Firma.
Sobre la mesa, tres documentos: renuncia a la dirección de “El Mirador”, traspaso de participaciones a una sociedad de Abel y compromiso de no acercarse a Lucía. Sergio leyó el primer párrafo y luego nos miró.
—Si firmo, ¿me dejan marcharme? —preguntó.
—Si no firmas, no sales de aquí —contestó Abel, antes que yo.
La firma le tembló, pero quedó clara. Guardé los papeles en una carpeta azul de las muchas que llenaban mi despacho.
—Mañana tendrás un billete a Lisboa —le informé—. Lo coges, desapareces y dejas a Lucía en paz. Si vuelves a Sevilla o te acercas a ella, ese vídeo viaja a Fiscalía y a todos los periódicos.
Abel se lo llevó. El ruido del coche alejándose por el callejón sonó igual que el cierre de un expediente archivado.
Tres semanas después, Abel me mandó un mensaje de dos palabras: “Se acabó”.
Esa misma tarde, los informativos locales abrieron con la noticia: “Empresario sevillano hallado muerto en un hotel de Lisboa. La policía investiga un posible suicidio”.
A la mañana siguiente acompañé a Lucía al Juzgado de Violencia sobre la Mujer para ratificar su denuncia.
—Ha muerto —dijo, enseñándome el móvil, donde brillaba una alerta—. Sergio.
—Lo sé.
—¿Has tenido algo que ver? —preguntó, sin apartar la vista de la pantalla.
Pensé en la trastienda, en la cámara, en la carpeta azul.
—No lo maté —respondí—. Pero sí lo empujé al borde.
Lucía apretó el bolso contra el costado.
—No quiero detalles —murmuró—. Solo necesito que esto termine.
La llamaron por su nombre. La vi entrar en el despacho del juez con pasos todavía inseguros, pero más firmes que la noche en que se desplomó en mi puerta.
Al salir, el aire era más frío. Le abrí la puerta de un taxi.
—Papá —dijo, antes de subir—. A partir de ahora, las decisiones sobre mi vida las tomo yo. Tú ya has decidido bastante.
Asentí.
El taxi se perdió entre el tráfico de la avenida. Yo caminé hasta la orilla del Guadalquivir. Saqué el móvil, abrí el chat con Abel y escribí: “Borra la grabación. El plan ha terminado”.
Guardé el teléfono en el bolsillo del uniforme y miré hacia la otra orilla. El rótulo de “El Mirador” acababa de encenderse para el servicio de la noche, con un nuevo gerente en el registro y los mismos clientes de siempre cruzando su puerta.



