El lunes por la mañana, los pasillos de los juzgados de Plaza de Castilla olían a café recalentado y nervios. Clara Martín avanzó con paso firme, el taconeo seco resonando sobre el mármol, mientras sujetaba la carpeta azul donde había guardado, como si fuera un arma, todos los documentos de los últimos meses. A su lado, su abogado, Javier Ledesma, murmuraba detalles técnicos del procedimiento, pero ella apenas lo escuchaba. Tenía la mirada clavada en la puerta de la Sala 12.
Dentro, ya la esperaban. Lo supo en cuanto el ujier abrió y ella vio, al fondo, la silueta recta de su marido. Sergio Álvarez, traje oscuro perfectamente entallado, corbata burdeos, la barba recortada como si estuviera cerrando una operación millonaria y no enfrentándose al divorcio que iba a desmantelar su vida. A su derecha, con un vestido verde demasiado llamativo para un juzgado, estaba Lucía Romero, su amante, las piernas cruzadas y el bolso abrazado contra el pecho como un escudo torpe.
Fue la primera vez que Clara los vio juntos desde aquella noche en el restaurante de Chamberí, cuando reconoció la risa de Sergio detrás de una columna y, al asomarse, lo vio acariciando la muñeca de esa misma mujer. Recordaba el brillo del vino, el olor a perfume barato, la sensación física de que el mundo se le desplazaba un metro a la izquierda. Esa noche no gritó, no hizo una escena. Simplemente se dio media vuelta, y empezó a guardar pruebas.
Durante meses Sergio había movido dinero de la empresa a cuentas opacas, había firmado contratos ficticios para simular deudas, había puesto a nombre de terceros el piso en Chamartín. Todo bajo la suposición de que Clara, profesora de instituto, nunca entendería las maniobras de un empresario inmobiliario. Lo subestimó. Ella contrató a un perito, a un investigador privado, y, sobre todo, hizo una llamada que cambió el tablero: la llamada a Marcos León.
Cuando la jueza Morales entró en la sala, todos se pusieron en pie. Se leyeron los escritos, hablaron los abogados. El de Sergio, el señor Martínez, dibujó a Clara como una esposa resentida, decidida a “arruinar la reputación de un hombre de éxito”. Sergio sonreía apenas, inclinándose de vez en cuando hacia Lucía, que evitaba mirar a Clara.
Entonces llegó el turno de la prueba testifical. Javier se levantó.
—Señoría, la parte demandante solicita la comparecencia de un testigo clave, recientemente admitido por el juzgado.
La jueza frunció el ceño.
—¿Se encuentra ya en los pasillos?
—Sí, señoría —respondió Javier—. Ruego que llamen a Marcos León.
El nombre cayó en la sala como un vaso rompiéndose. Sergio, que hasta entonces jugueteaba con un bolígrafo, se quedó rígido.
La puerta del fondo se abrió. El ujier anunció el nombre en voz alta, y un hombre de unos cuarenta años, traje gris claro y mirada cansada, cruzó el umbral. Sergio lo reconoció enseguida.
Su mejor amigo. Su socio. El único que conocía todos sus secretos.
—Marcos… —susurró Sergio, con la voz quebrada—. No.
Pero Marcos evitó su mirada y caminó hacia el estrado.
El silencio que siguió al nombre de Marcos se hizo pesado, casi pegajoso. Lucía miró primero a Sergio y luego al recién llegado, intentando encajar las piezas de un puzle que no sabía que existía. Clara, en cambio, se permitió por primera vez una media sonrisa apenas perceptible. Sabía que ese era el punto de inflexión.
La jueza Morales tamborileó con el bolígrafo sobre la mesa.
—¿El testigo ha sido informado de las obligaciones y consecuencias legales de su declaración?
—Así es, señoría —dijo Javier—. Consta su firma en el escrito presentado la semana pasada.
El abogado de Sergio se levantó de golpe.
—Señoría, la defensa no ha tenido tiempo suficiente para preparar el interrogatorio de este testigo. Solicitamos que no se le admita.
Javier no se inmutó.
—El testigo se refiere exclusivamente a hechos ya incluidos en la demanda y en la documentación aportada. La defensa ha tenido acceso a todo ello.
La jueza los miró a ambos, midió el nerviosismo de Sergio, la calma tensa de Clara, y al final asintió.
—Se admite. Que el testigo preste juramento.
Marcos alzó la mano derecha, la voz algo ronca al prometer decir la verdad. No miró ni una sola vez a Sergio. Esa omisión, más que cualquier palabra, atravesó al empresario como una cuchillada lenta.
Javier se acercó con las manos a la espalda.
—Señor León, ¿podría indicar su relación con el señor Álvarez?
—Somos socios desde hace doce años —respondió Marcos—. Amigos desde la universidad.
—¿Y cuál es su función en la empresa Álvarez & León Promociones?
—Llevo la parte financiera. Contabilidad, planificación fiscal, movimientos de capital.
Sergio apretó los dientes. Aquellas palabras eran la puerta de entrada a todo lo que había hecho a espaldas de Clara.
Javier desplegó una carpeta y sacó varias hojas.
—¿Reconoce usted estas transferencias a cuentas en Andorra y Luxemburgo efectuadas en los últimos dieciocho meses?
Marcos bajó la mirada a los papeles.
—Sí. Fui yo quien las ordenó. Por instrucciones del señor Álvarez.
Un murmullo recorrió la sala. El abogado de Sergio intentó intervenir.
—Señoría, recordemos que estamos en un procedimiento civil de divorcio, no en un juicio penal. Las cuestiones fiscales…
—Las cuestiones fiscales —interrumpió Javier, sin perder la cortesía— son relevantes para determinar el patrimonio real de la sociedad de gananciales.
Clara observaba a Sergio sin pestañear. Lo conocía lo suficiente para saber que estaba a punto de perder los estribos. Sus dedos tamborileaban con fuerza sobre la mesa, el gesto que siempre hacía cuando algo escapaba a su control.
—Señor León —continuó Javier—, ¿es cierto que una parte de esos fondos pertenecían legalmente también a la señora Martín, en su condición de cónyuge en régimen de gananciales?
—Sí —dijo Marcos, tragando saliva—. Eran beneficios de la empresa generados durante el matrimonio.
Lucía se removió en su asiento.
—¿Y es cierto que el señor Álvarez le indicó que debía sacar ese dinero de España porque “su mujer no se merecía ni un euro si le pedía el divorcio”?
La frase quedó flotando en el aire. The jueza alzó las cejas. Clara sintió un pinchazo en el estómago al oír sus propias humillaciones convertidas en prueba.
—Sí —confirmó Marcos—. Esas fueron sus palabras.
Sergio se levantó de golpe.
—¡Eso es mentira! —explotó—. ¡Marcos, dime a la cara que no estás inventando esto!
La jueza golpeó con fuerza la mesa.
—¡Silencio en la sala! Señor Álvarez, si vuelve a interrumpir, le expulsaré.
Sergio se dejó caer en la silla, la respiración acelerada. Miró a Marcos con una mezcla de rabia y traición.
—Te lo advertí —susurró, apenas audible—. Te dije que no te metieras.
Por primera vez, Marcos levantó la vista y sostuvo su mirada.
—Y yo te dije que habías ido demasiado lejos.
Javier aprovechó el momento.
—Señoría, además de estas transferencias, en el dossier que hemos presentado consta un correo electrónico enviado por el señor León a la señora Martín, hace dos meses, donde la alerta de estos movimientos irregulares. Fue a raíz de ese correo que mi clienta descubrió el alcance del desvío de fondos.
La jueza hojeó rápidamente el expediente que tenía delante. Sus labios se apretaron en una línea fina.
—Veo también un oficio de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía Nacional.
El murmullo volvió, más intenso. Sergio giró la cabeza hacia Clara con incredulidad.
—¿Qué has hecho, Clara? —masculló, sin poder contenerse.
Ella sostuvo su mirada, fría.
—Solo he dejado de hacerme la tonta, Sergio.
La jueza levantó la vista.
—Si lo que aquí se describe es cierto, podríamos estar ante indicios de un delito de alzamiento de bienes. Una vez concluido este juicio, valoraré remitir testimonio al Ministerio Fiscal.
Lucía palideció. Sergio apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Por primera vez desde que empezó todo, comprendió que podía perder algo más que dinero. Podía perderlo todo.
Y todavía no había terminado el interrogatorio.
El resto de la mañana se desarrolló como una disección lenta y meticulosa. Declararon el perito contable, el investigador privado que había seguido los rastros de dinero, incluso el director del banco donde Sergio tenía una de sus cuentas personales. Cada declaración añadía una capa más al retrato de un hombre que había trabajado con precisión para vaciar el patrimonio común antes de pedir el divorcio.
En cada pausa, Clara notaba la mirada de Lucía sobre ella. No era hostilidad pura; había algo más, una especie de miedo desconcertado. La joven había llegado allí convencida de estar defendiendo al hombre que la había elegido a ella frente a una esposa “amargada”. Ahora veía a un Sergio que no encajaba con el seductor atento de las cenas en Malasaña.
Tras la última testifical, la jueza anunció un receso de veinte minutos antes de las conclusiones. En el pasillo, la tensión se podía cortar. Sergio se apoyó en la máquina de bebidas sin meter ninguna moneda, solo para tener algo a lo que agarrarse. Marcos se quedó a unos metros, con el móvil en la mano pero sin atreverse a mirar la pantalla.
Clara fue al baño, se mojó la cara, respiró hondo. No se sentía victoriosa, ni siquiera aliviada. Solo cansada. Aquella mañana no borraba los años de mentiras, ni la noche en que escuchó a Sergio susurrar “te quiero” a otra mujer. Pero al menos estaba poniendo orden en el caos que él había creado.
Cuando salió, se encontró con Lucía esperándola cerca de las escaleras de emergencia.
—Señora Martín… —empezó, dudando—. Clara. ¿Podemos hablar un segundo?
Clara la miró, midiendo la escena.
—Tienes exactamente un segundo, sí.
Lucía bajó la vista.
—Yo no sabía nada de lo del dinero. Pensé que solo… —se interrumpió, buscando palabras—. Pensé que solo se trataba de nosotros.
—Nunca se trató solo de vosotros —respondió Clara, sin dureza pero sin compasión—. Con Sergio nunca es “solo” nada. Siempre hay cálculo.
Lucía tragó saliva.
—Si hubiera sabido que te estaba haciendo esto…
—A mí y a nuestro hijo —añadió Clara—. Diego también existe, aunque tu novedad te haga olvidarlo.
La mención del niño hizo parpadear a Lucía.
—No lo sabía… lo de las cuentas, quiero decir.
—Tal vez deberías preguntarle qué más te ha ocultado —dijo Clara, antes de dar media vuelta.
Cuando volvieron a la sala, el aire estaba aún más denso. Tocaba el turno de las conclusiones. El abogado de Sergio intentó recomponer el cuadro, minimizando las transferencias como “decisiones empresariales agilizadas” y describiendo a Marcos como “un socio que busca eximirse de su propia responsabilidad”. Pero las cifras no entendían de adjetivos. Allí, en negro sobre blanco, las cantidades salidas de la empresa coincidían milimétricamente con los huecos en el patrimonio familiar.
Javier habló después. Su discurso fue sobrio, casi frío: Clara no pedía venganza, dijo, sino que se le reconociera lo que le correspondía por ley y que se protegiera el interés de Diego, el menor que había crecido creyendo que su padre trabajaba tanto “para darle un futuro mejor”.
La jueza se retiró a deliberar. No tardó más de media hora. Nadie habló durante ese tiempo. Sergio miraba fijamente un punto de la pared. Clara observaba sus propias manos. Lucía, inmóvil, parecía haber encogido dos tallas dentro de su vestido verde. Marcos permaneció sentado en la última fila, como si le estuvieran juzgando también a él.
Cuando la jueza regresó, todos se pusieron en pie. Su voz sonó firme, sin adornos.
—Este juzgado acuerda la disolución del matrimonio entre la señora Clara Martín y el señor Sergio Álvarez. Se atribuye la guarda y custodia del menor, Diego Álvarez Martín, a la madre, con un régimen de visitas para el padre.
Sergio cerró los ojos un segundo.
—Asimismo, se declara que los bienes y fondos desviados de la sociedad de gananciales mediante las operaciones descritas en autos deberán reintegrarse en su totalidad, considerándose parte del patrimonio común a dividir. Corresponderá a cada cónyuge el cincuenta por ciento, una vez actualizados los valores.
La jueza hizo una breve pausa.
—Dado que de la documentación y testimonios se desprenden indicios razonables de un posible delito de alzamiento de bienes, se acuerda remitir testimonio de lo actuado al Ministerio Fiscal para que, si lo estima oportuno, inicie las diligencias penales pertinentes.
Un zumbido llenó los oídos de Sergio. Penal. La palabra lo golpeó con más fuerza que cualquier otra. Miró a Clara, buscando en su rostro algo de piedad, algún rescoldo de la mujer que había compartido diez años de su vida. No encontró nada. Solo una serenidad extraña, casi triste.
Al salir de la sala, Lucía se acercó a él, insegura.
—Sergio…
Él la apartó con un gesto brusco.
—Tú no entiendes nada.
Lucía se detuvo, herida. Miró entonces a Clara.
—Lo siento —murmuró, casi para sí.
Clara no respondió. Se limitó a ajustar la correa de su bolso y a coger la carpeta azul. A su lado, Javier le tendió un papel.
—Te llamaré cuando sepamos algo de la Fiscalía. Pero hoy… hoy has ganado lo que venías a ganar.
Ella asintió. No había sensación de triunfo, pero sí una certeza: Sergio ya no podía esconderse detrás de sonrisas ni de cuentas opacas. La verdad estaba escrita, sellada y firmada.
Mientras se alejaba por el pasillo, oyó a lo lejos la voz rota de Sergio discutiendo con Marcos. No prestó atención a las palabras. Tenía que ir a recoger a Diego del colegio y explicarle, con la misma calma con la que había atravesado aquella mañana, que las cosas en casa iban a cambiar.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le daba miedo.



