Me llamo Carmen Valverde y, el día que mi hija me echó de casa, Madrid estaba cubierto por un cielo gris que olía a lluvia y gasolina. Tenía sesenta y tres años, las rodillas hechas polvo y una pensión que apenas alcanzaba para pagar la mitad del alquiler del piso que compartíamos en Carabanchel. El resto lo ponía Laura, mi única hija, veintiocho años, peluquera, carácter de tormenta.
Yo llevaba años jugando siempre los mismos números en Euromillones. Una manía de vieja, decía ella. Aquel viernes por la tarde regresé del supermercado con la compra colgando de los dedos y el resguardo del boleto doblado en el bolsillo del abrigo. En la administración de lotería de la esquina, como siempre, había pedido que imprimieran mi nombre y mi DNI en la parte de atrás. “Por si acaso”, le dije al hombre del mostrador. Él sonrió sin levantar la vista.
En casa, Laura estaba tumbada en el sofá, móvil en mano, viendo vídeos de influencers que enseñaban pisos de lujo en Barcelona y Marbella. Le dejé el resguardo encima de la mesa de cristal.
—Mira luego los números, ¿quieres? A mí me da pereza —le pedí, quitándome los zapatos.
—Sí, mamá, lo de siempre —respondió sin mirarme.
Esa noche el sorteo sonó de fondo en la televisión mientras yo fregaba los platos. No presté atención; llevaba demasiados años perdiendo como para ilusionarme. Escuché, eso sí, un silencio raro en el salón, seguido de un golpe seco de algo que caía al suelo.
—¿Laura? —asomé la cabeza, secándome las manos en el delantal.
Ella estaba de pie, pálida primero, roja después, con el resguardo en la mano temblorosa. Sus ojos brillaban de una manera que no le había visto nunca.
—Son mis números —murmuré, acercándome despacio—. A ver…
No me dejó terminar. Dio un paso hacia atrás como si yo fuera un animal peligroso.
—No. Son mi boleto —escupió—. Lo tenía yo. Yo lo comprobé. Yo lo vi primero.
—Laura, lo pagué yo. Está mi nombre detrás, mujer, no digas tonterías.
Tiró de la mesa, la silla chocó contra la pared. El cristal vibró.
—¡Toda la vida escuchando tus quejas de pobre! —gritó—. ¡Llevas años viviendo a mi costa, vieja! Esta es mi oportunidad de salir de este agujero. No vas a arruinarla ahora.
La palabra “vieja” me atravesó como una aguja fría. Cogió mi maleta del armario del pasillo, abrió los cajones, empezó a tirar ropa dentro sin doblarla, sin mirar.
—Laura, estás nerviosa. Mañana hablamos —intenté decir, bajando la voz.
—No hay mañana. No quiero lastres. Tú no vas a tocar ni un céntimo de mi dinero. —Me señaló la puerta—. ¡Fuera de mi casa, vieja bruja!
Los gritos se colaron al rellano. Escuché una puerta que se abría, el murmullo de los vecinos, un “pero, niña, cálmate…” lejano. Sentí la mirada del matrimonio del tercero B clavada en mi nuca mientras yo, en silencio, metía en el bolso mi pastillero y el necesario con las fotos de mi marido, muerto hacía diez años.
Alzó la voz todavía más:
—¡Te he aguantado bastante! ¡Lárgate antes de que llame a la policía!
Laura no se dio cuenta de que, al agitar el boleto delante de mi cara, lo giró lo justo para que yo viera, en la parte de atrás, la tinta azul con mi nombre completo: Carmen Valverde García, y mi número de DNI, perfectamente legibles. Sus dedos, llenos de brillo de uñas, tapaban la mitad, pero bastó un segundo.
No dije nada. Cogí mi maleta, mi bolso y bajé las escaleras despacio, con el corazón atascado en la garganta. Afuera llovía. Me senté en el banco mojado de la parada de autobús, el abrigo empapado, mientras mi móvil vibraba con las notificaciones: mensajes de WhatsApp del grupo de vecinas comentando el numerito, y, casi al final, un correo nuevo de Loterías y Apuestas del Estado:
“Confirmación de apuesta registrada. Titular: Carmen Valverde García…”
Una semana después, con ese mismo correo impreso y doblado en mi bolso, empujé la puerta de cristal de la sucursal bancaria designada para el cobro de premios mayores. A mi derecha, en la cola, con el boleto arrugado entre los dedos y un vestido nuevo de lentejuelas baratas, estaba Laura. Cuando me vio, se le heló la sonrisa en la cara.
No me esperaba que se pusiera tan blanca. Parecía que le hubieran apagado la luz desde dentro. Su mano, con uñas largas color rojo sangre, apretó el boleto como si temiera que alguien se lo arrancara.
—¿Qué haces aquí? —susurró, intentando que nadie más escuchara.
A su alrededor, dos hombres trajeados y una señora mayor hablaban en voz baja con una empleada del banco. En la pared, un cartel gigante anunciaba: “Enhorabuena al ganador de 10 millones de euros. Gestión exclusiva en esta sucursal”.
—Vengo a lo mismo que tú —respondí, manteniendo la vista fija al frente.
A mi lado estaba Javier, un abogado de barrio que había encontrado gracias a una recomendación de la farmacéutica. Treinta y tantos, barba mal recortada, pero ojos despiertos. Él fue quien, días antes, me explicó con calma lo que yo ya intuía: que el boleto no era un trozo de papel cualquiera.
—Doña Carmen —me había dicho en su despacho, oliendo a café recalentado—, aquí la clave es que su nombre y DNI figuran claramente en el resguardo. Y usted tiene, además, el correo de confirmación. No es una donación, no firmó nada. Lo compró usted, con su dinero. El titular es usted.
Recordé sus palabras mientras nos acercábamos poco a poco al mostrador especial, donde una directora del banco, de traje azul marino y gesto profesional, revisaba documentación a cada cliente. Cuando llegó el turno de Laura, Javier me indicó que esperara.
—Buenos días —dijo la directora—. ¿Es usted la agraciada?
—Sí —soltó Laura, inflando el pecho—. He ganado los diez millones.
Le tendió el boleto sin soltarlo del todo. La directora lo tomó con cuidado, lo miró por delante, por detrás. Frunció el ceño un instante casi imperceptible.
—Necesito su DNI, por favor.
Laura se lo dio, una tarjeta brillante que aún olía a plástico nuevo. La mujer comparó datos, movió la cabeza ligeramente y, entonces, levantó la vista.
—Señorita… aquí pone Carmen Valverde García. —Golpeó suavemente el reverso del resguardo con la uña—. Pero su documento dice Laura Valverde Martín.
El silencio cayó sobre la sala como una manta. Escuché el zumbido del aire acondicionado, el pitido de un cajero automático al fondo. Laura se rió, una carcajada forzada.
—Es de mi madre, pero me lo regaló —improvisó—. Siempre juega los mismos números para mí.
La directora adoptó una expresión neutra, entrenada.
—¿Su madre está aquí?
Laura dudó apenas un segundo, lo suficiente.
—No —mintió—. Está enferma en casa. Me mandó a mí.
—Estoy aquí —dije yo, dando un paso adelante.
Todos giraron la cabeza. Javier, a mi lado, asintió con calma, como si aquello estuviera ensayado.
—Buenos días —saludó él—. Mi nombre es Javier Morales, abogado. Represento a doña Carmen Valverde, titular del boleto ganador.
La directora tardó un momento en recuperar su tono profesional.
—Entiendo que hay un conflicto de titularidad —dijo—. En ese caso, y dado el importe del premio, el protocolo nos obliga a paralizar cualquier pago hasta que se aclare la situación.
—¿Pero qué dice? —saltó Laura—. ¡Es mi boleto! ¡Lo tenía yo! ¡Ella lo abandonó cuando se fue de casa!
Su “cuando se fue de casa” resonó con eco en mi mente. Yo no la corregí. Javier sacó con parsimonia una carpeta del maletín.
—Aquí tiene copia del correo de confirmación de la apuesta, emitido por Loterías y Apuestas del Estado —explicó—. Ahí consta que la compra se hizo con la cuenta y el DNI de doña Carmen. También tenemos al responsable de la administración dispuesto a declarar que fue ella quien pagó. Mi clienta nunca transfirió la titularidad del boleto, ni lo donó.
La directora tomó los papeles, los leyó por encima y luego nos miró a las dos, a Laura y a mí, como si fuéramos dos desconocidas encontradas en la sala de espera de un hospital.
—En estos casos —informó—, se abre un expediente y, si no hay acuerdo entre las partes, se deriva al juzgado. El premio queda retenido hasta resolución judicial.
La cara de Laura se deformó.
—¿Un juzgado? ¡No pienso esperar meses! ¡Es mi dinero!
—Es dinero que todavía no es de nadie —aclaró la directora—. Legalmente está en disputa.
Salimos del banco con un mar de cámaras esperándonos. Alguien había filtrado que el ganador estaba allí, y los reporteros olían la historia. Un micrófono casi me golpea la cara.
—¿Es verdad que su propia hija la echó de casa por el premio? —preguntó una periodista con abrigo rojo.
Laura se giró hacia mí, los ojos encendidos.
—Diles la verdad, mamá —me soltó, clavando la palabra como un cuchillo—. Diles que te lo di todo durante años, que sin mí estarías en la calle. Diles que ahora quieres robarme lo único bueno que me ha pasado.
Sentí las miradas, las cámaras, el murmullo del gentío. Recordé cada factura de luz que habíamos pagado juntas, cada discusión por el dinero, cada “ya te lo devolveré” que nunca llegó. Javier se puso entre las dos.
—No haga declaraciones —me susurró—. A partir de ahora, que hablen los papeles.
Una semana después, estábamos sentadas frente a frente en un juzgado de Plaza de Castilla. Laura evitaba mirarme. El juez, un hombre calvo con gafas finas, pasaba las páginas del expediente con gesto aburrido. Al final, levantó la vista.
—Bien. Queda visto para sentencia —anunció—. Dictaré resolución en el plazo legal.
Y mientras el mazo imaginario caía en mi cabeza, sólo pensé en una cosa: que mi hija estaba al otro lado de la sala, a escasos tres metros, y nunca la había sentido tan lejos.
La sentencia llegó un martes por la mañana, en un sobre blanco con el sello del juzgado. Estaba en la habitación alquilada de una pensión en Oporto, un cuarto con paredes finas y una ventana que daba a un patio interior donde se escuchaban los cubiertos de otros desayunos. Lo miré un rato antes de abrirlo, como si el papel pudiera morderme.
Javier vino en seguida, con la corbata torcida y el abrigo húmedo por la llovizna.
—¿Lo abrimos juntos? —propuso.
Asentí. Sus dedos rasgaron el sobre con cuidado. El silencio del pasillo se coló en la habitación. Empezó a leer en voz alta, con ese tono neutro que usan los abogados para poner distancia.
El juez reconocía como titular legítima del boleto premiado a doña Carmen Valverde García, en base a la documentación aportada: resguardo nominal, correo de confirmación, testimonio del administrador de lotería. Declaraba, además, que no constaban pruebas de donación ni de cesión a favor de la hija, Laura Valverde Martín. El banco debía proceder al pago íntegro del premio en mi cuenta.
—Ha ganado —dijo Javier, levantando por fin la vista—. Todo el premio es suyo.
Me quedé quieta, con el papel en las manos. No lloré. No grité. Sólo sentí un cansancio antiguo, como si hubiera terminado una mudanza interminable.
—¿Y Laura? —pregunté, al cabo de un rato.
—Puede recurrir, pero las probabilidades están de su lado, Carmen. —Se encogió de hombros—. De momento, la sentencia la obliga a devolver cualquier cantidad que haya gastado del premio, si hubiera logrado disponer de algo, que no parece el caso.
No había logrado gastar nada. Lo supe más tarde, cuando vi en la televisión las imágenes de ella saliendo del juzgado, rodeada de periodistas. Llevaba el mismo abrigo que el día del banco. Nada de coches de lujo, ni bolsos caros. Solo su rabia, intacta.
Fui al banco con Javier. Firmé papeles, enseñé mi DNI una y otra vez. Las cifras que aparecieron en la pantalla del despacho del director me parecieron irreales: números demasiado grandes para alguien que contaba céntimos para llegar a fin de mes. Diez millones de euros. Yo. Carmen, la que recortaba cupones del supermercado.
—¿Alguna instrucción especial sobre el dinero? —preguntó el director.
Pensé en comprar un piso pequeño, en curarme las rodillas, en dejar la pensión que olía a lejía y humedad. Pensé, también, en Laura de niña, con trenzas, pidiéndome un helado que yo no podía pagar.
—Quiero una parte en una cuenta que no pueda tocar nadie sin mi firma —dije—. Y otra para una fundación de barrio, para ayudar a gente mayor con pocos recursos. Anónimamente.
Javier arqueó una ceja, sorprendido, pero no dijo nada.
Esa noche, antes de dejar la pensión, mi móvil vibró. Era Laura. Llevábamos semanas sin hablar directamente; todo había sido a través de abogados y papeles.
—¿Qué quieres? —pregunté, con una calma que no sentía.
Su voz llegó rota, pero dura.
—Ya tienes tu dinero. ¿Estás contenta? —escupió—. Has ganado. Has dejado a tu hija en ridículo delante de todo el país.
—Yo no te eché de casa a gritos —respondí, despacio—. No fui yo quien me llamó “vieja bruja” delante de los vecinos.
Al otro lado, escuché un sollozo ahogado.
—Tenía miedo —dijo, al fin—. Miedo de seguir siendo pobre. Miedo de terminar como tú. Pensé que… no sé qué pensé. Lo vi y se me fue la cabeza.
Me apoyé en el marco de la ventana. El patio olía a comida. Una televisión al fondo daba las noticias, hablando de “la madre ganadora” y “la hija que se quedó sin nada”.
—No voy a hacerte ninguna escena, Laura —dije—. El juez ya ha hablado. Tú tomaste tus decisiones. Yo tomaré las mías.
—¿Me vas a dar algo? —soltó, al fin, sin rodeos—. Aunque sea un poco. Me lo debes. Soy tu hija.
Miré mi maleta en la cama, todavía abierta. Sobre la ropa, el sobre de la sentencia, doblado. Lo pensé unos segundos.
—No te debo dinero —contesté—. Te di mi tiempo, mi casa, mis años. Eso ya lo gastaste. Pero voy a dejar algo a tu nombre en un sitio donde no puedas tocarlo hoy por capricho.
—¿Qué significa eso? —su voz subió de tono.
—Que abriré un fondo a tu favor, que sólo podrás usar para estudiar, montar algo honrado o comprar una casa modesta. Nada de Ferraris ni fiestas. Si no lo quieres, se quedará ahí hasta que cambies de idea. Es lo único que voy a hacer.
Hubo un silencio largo, lleno de respiraciones contenidas.
—Siempre tienes que mandar tú, ¿no? —susurró, al final—. Aunque ganes, tienes que ganar de tu manera.
—No se trata de ganar —respondí—. Se trata de no perderme a mí misma.
Colgó sin despedirse. No volví a verla en meses. Supe por los vecinos que se había mudado, que en la peluquería donde trabajaba hablaban de ella en voz baja cuando entraban clientas nuevas.
Yo compré un piso pequeño y luminoso en Lavapiés, con ascensor. Arreglé mis rodillas, me apunté a clases de pintura en el centro cultural del barrio. De vez en cuando, al pasar por delante de una administración de lotería, notaba un pinchazo en el estómago y seguía caminando sin mirar.
Un año después, recibí una carta escueta del banco: Laura había acudido a informarse sobre el fondo a su nombre. No lo había tocado, sólo había preguntado las condiciones. No añadí nada, no quité nada. Dejé que el tiempo siguiera su curso.
Nunca recuperamos lo que se rompió aquella noche en Carabanchel. Quizá nunca lo hagamos. Pero cuando pienso en aquel boleto arrugado, en las manos temblorosas de mi hija, en su grito de “vieja bruja”, no siento venganza ni triunfo. Siento algo mucho más simple y difícil: la certeza de que, por primera vez en muchos años, caminé por la calle con la espalda recta, sin deberle explicaciones a nadie.
El dinero cambió mi vida. Lo que pasó con mi hija la partió en dos. Y las dos cosas, juntas, fueron verdad.



