La noche de Navidad descubrí el precio real de ser madre: toqué el timbre con los regalos en la mano y mi propio hijo me miró fijo y dijo: “Lo siento, creo que se ha equivocado de casa”. Sentí que me echaban a la calle, me fui temblando. Minutos después llamó: “Tranquila, mamá, solo queremos un poco de paz”. “Lo entiendo”, mentí. No colgó bien: “Se cree que el dinero que manda cada mes le compra un lugar aquí”. Cancelé las transferencias. A la mañana siguiente tenía veinticinco llamadas perdidas.

Cuando Carmen bajó del taxi en la calle José del Hierro, el aire cortaba las manos. Llevaba el abrigo gris abrochado hasta el cuello y, agarradas contra el pecho, dos fiambreras de plástico con croquetas y redondo de ternera, aún tibios. Era Nochebuena en Madrid y, por primera vez desde que se había quedado viuda, había decidido ir sin avisar a casa de su hijo. Pensó que a Daniel le haría ilusión. A los niños, más aún.

Subió despacio hasta el tercer piso, notando cómo los escalones parecían más empinados que antes. Del rellano llegaba el olor mezclado de marisco, ajo frito y perfume barato, un aroma típico de portal español en fiestas. Se detuvo un segundo frente a la puerta 3ºB, se alisó el pelo corto frente al cristal de la mirilla y llamó al timbre con una sonrisa ya preparada.

Tardaron en abrir. Carmen alcanzó a oír unos pasos apresurados, un susurro, algo que sonó a “mira quién es”. Entonces la puerta se entreabrió y apareció Daniel, con una camisa blanca sin abotonar del todo y la expresión tensa.

—¿Mamá? —dijo, sin moverse para dejarla pasar.

—He pensado… —alzando un poco las fiambreras—. Que podría cenar aquí, con vosotros. He hecho croquetas de jamón, como te gustaban de pequeño.

Daniel soltó una risita seca, mirando un instante hacia el interior del piso, como si pidiera permiso a alguien.

—Mamá… Creo que te has equivocado de casa —intentó bromear, pero su tono sonó más cansado que gracioso—. Hoy… queríamos estar tranquilos. Solo nosotros.

La palabra “equivocado” se le clavó a Carmen en el estómago. Notó cómo se le enfriaban las manos alrededor del plástico caliente.

—Ah —musitó—. Claro. No pasa nada. Yo… solo pasaba a felicitaros.

Laura apareció detrás de Daniel, con un vestido rojo y una copa en la mano. Saludó con una sonrisa rápida, demasiado amplia.

—Feliz Navidad, Carmen —dijo, sin acercarse a besarla.

—Feliz Navidad —respondió ella, reculando hacia el pasillo, intentando no mirar más allá del marco, donde creyó adivinar papel de regalo y una mesa ya puesta.

Bajó las escaleras como en automático, con las fiambreras cada vez más pesadas. En la calle, las luces navideñas parecían un poco más blancas, menos cálidas. Carmen caminó hasta la parada del autobús con el teléfono vibrando en el bolso. No lo sacó hasta que se sentó.

“Daniel” parpadeaba en la pantalla. Dudó, pero contestó.

—Mamá, relájate —entró la voz de su hijo, mezclada con risas de fondo—. No te pongas dramática. Solo queremos un poco de paz, ¿vale? Hemos tenido un año muy largo.

Carmen tragó saliva.

—Lo entiendo —dijo, con la voz sorprendentemente firme—. Claro que lo entiendo.

—Eso, pues ya está. Mañana hablamos. —Oyó cómo se apartaba del teléfono—. Cuélgale, que si no se queda colgando la llamada.

Sin embargo, nadie colgó. Carmen iba a separar el móvil de la oreja cuando escuchó claramente la voz de Daniel, ya lejos del micrófono, como si hablara desde el salón.

—Te lo dije, Laura. Se cree que por mandar cuatro duros todos los meses tiene sitio asegurado en la mesa. —Risas. Otra voz añadió algo que ella no llegó a entender—. Bastaba con cortar el grifo desde el principio.

El autobús arrancó justo entonces. Carmen se quedó inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja, hasta que la llamada se cortó sola. Luego abrió la aplicación del banco, con dedos que le temblaban, y buscó la domiciliación que llevaba años saliendo el día 25 de cada mes: “Transferencia fija – Daniel hipoteca”.

La desactivó. El mensaje de confirmación apareció en la pantalla: “Orden cancelada con éxito”. Carmen apoyó la cabeza en la ventanilla empañada, mirando las luces borrosas de Alcalá.

A la mañana siguiente, despertó con una vibración insistente en la mesilla. Miró el reloj: 8:07. El móvil mostraba un número rojo en la pantalla de bloqueo: 25 llamadas perdidas de “Daniel”. En ese momento, volvió a sonar.

Carmen lo miró un segundo, dejó que siguiera vibrando y, con un gesto lento, lo puso boca abajo.

El timbre sonó a las once y pico, corto y nervioso, como si alguien apretara con demasiada fuerza. Carmen estaba pelando una naranja en la cocina. Pensó en no abrir, fingir que no estaba, pero el timbre volvió a sonar, más largo esta vez.

—Ya voy —murmuró, aunque nadie pudiera oírla.

Abrió la puerta y encontró a Daniel en el rellano, con la cara desencajada. Llevaba la barba de dos días y el abrigo desabrochado. No dijo “hola”.

—¿Has cancelado la transferencia? —soltó, directo.

Carmen sostuvo su mirada unos segundos, notando el olor frío de la escalera.

—Pasa, que entra corriente.

Él entró sin quitarse el abrigo. Se quedó en medio del salón, mirando alrededor como si viera el piso por primera vez: el sofá viejo, el mueble de madera clara, la foto de su padre en la estantería.

—Te he llamado veinte veces —dijo—. Veinticinco.

—Lo he visto —respondió ella, cerrando la puerta con calma—. Estaba ocupada.

Daniel rió por la nariz.

—Claro. Ocupada fastidiándome la vida.

—He cancelado la transferencia, sí —dijo Carmen, acercándose a la mesa del comedor—. Puedes sentarte si quieres.

Él no se sentó.

—Mañana pasa el recibo de la hipoteca, mamá —explicó, como si le hablara a alguien que no entendiera—. Si no entra, el banco me cobra comisión. Y ya sabes cómo estamos.

—Lo sé —respondió ella.

Hubo un silencio que se estiró demasiado. Por la ventana se oían silbatos lejanos y el ruido de un carrito de la compra en la acera. Daniel frunció el ceño.

—Entonces no lo entiendo. ¿Qué te ha dado? ¿Por venir anoche sin avisar y que te dijera que no? ¿De verdad es para tanto? Laura se quedó hecha polvo, ¿sabes? No quería que te fueras enfadada.

Carmen le sostuvo la mirada. Vio en él el gesto de su padre cuando discutía por dinero, la vena del cuello marcada, la mandíbula rígida.

—He cancelado la transferencia —repitió— porque escuché lo que dijiste anoche.

Daniel parpadeó.

—¿Qué…? —Se detuvo—. ¿Qué escuchaste?

—Todo. —Carmen se apoyó en el respaldo de una silla—. Que “me creo que por mandar cuatro duros tengo sitio asegurado en la mesa”. Que “bastaba con cortar el grifo”. Lo dijiste tú. Yo tenía el teléfono pegado a la oreja.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Daniel apartó la vista, se pasó la mano por el pelo.

—Estaba caliente —murmuró—. Nervioso. No lo decía así… Era una manera de hablar.

—Era bastante clara —contestó ella—. Bastante limpia.

Él dio dos pasos hacia la ventana, como si necesitara aire, y luego se giró.

—Mira, mamá, llevo meses con ansiedad por la hipoteca, por los niños, por el trabajo que no termina de arrancar. Cada vez que entra tu dinero es un alivio, sí, pero también es un recordatorio. —La señaló vagamente—. Siempre estás ahí, como… como una sombra.

—Una sombra con número de cuenta —dijo Carmen, sin subir el tono.

—Eso. —Daniel se encogió de hombros—. Nunca lo haces gratis. Siempre viene con comentarios, con “ya sabes lo que me ha costado a mí sacarte adelante”, con caras, con silencios. Tú crees que lo compras todo. Hasta la silla en la mesa de Nochebuena.

Carmen notó un pinchazo en el pecho, pero no retrocedió.

—Yo no te obligué a aceptar nada —respondió—. Podías haber dicho que no desde el principio.

—¿Y tú habrías aceptado? —rió, sin humor—. ¿Te acuerdas cuando te dije que quizás teníamos que buscar un piso más barato, lejos del centro, y tú te enfadaste porque “un Morales no se va de Ciudad Lineal”? Saliste tú misma con lo de la transferencia fija, “hasta que estéis más holgados”. Eso dijiste.

—Y eso hice —contestó ella—. Los últimos seis años.

Él se pasó una mano por la cara, cansado.

—Pues sí. Y te lo agradezco, ¿vale? Pero no quiero que lo uses para aparecer cuando te da la gana, para decidir cómo y con quién cenamos. Ayer solo quería… —buscó la palabra— calma.

—Paz —le corrigió ella—. Dijiste “un poco de paz”.

Daniel apretó la mandíbula.

—No puedo ahora mismo asumir la hipoteca sin esa ayuda —soltó al fin—. Y lo sabes. Podías habérmelo dicho antes, no cancelar así, de golpe. Es una puñalada.

Carmen lo miró largo rato, como si estuviera midiendo algo por dentro.

—Ayer me di cuenta —dijo despacio— de que para ti mi dinero es un grifo. Y que tú decides cuándo se abre y cuándo se cierra la puerta de tu casa. Yo solo he hecho lo mismo.

Daniel la miró como si no la reconociera.

—¿Qué quieres, castigarme? ¿Demostrar que sin ti no puedo? —Su voz subió un punto—. Siempre igual, joder. Todo va de ti.

—No —dijo Carmen, sin alterarse—. Va de mí, por primera vez, sí. De dejar de pagar por sentarme a la mesa de mi propio hijo.

Él dio un golpe seco en la mesa, haciendo temblar el vaso de agua.

—¿Sabes qué? Prefiero perder el piso que seguir debiéndote nada.

Carmen ni siquiera pestañeó.

—Como quieras, Daniel.

Él la miró un segundo más, con los ojos brillantes de rabia o de algo que no quería mostrar, y salió dando un portazo. Los vasos tintinearon en el mueble. En el rellano, Carmen oyó la voz curiosa de la vecina del 4ºA, pero no fue a explicar nada. Se quedó sola en el salón, con el eco del portazo todavía vibrando en las paredes.

Los días siguientes tuvieron el ritmo de una casa donde ya no se espera a nadie. Carmen se levantaba temprano, hacía café en la cafetera italiana de siempre y encendía la radio solo para escuchar voces humanas. En la mesa de la cocina, la carpeta con los recibos de toda una vida permanecía cerrada, como un animal dormido.

Daniel dejó de llamar durante una semana entera. Luego, un par de mensajes cortos, fríos: “Ha llegado la devolución de la hipoteca. Gracias.” “Ya nos apañaremos.” Carmen los leyó, guardó el móvil en el cajón de los manteles y decidió no contestar. No había nada útil que añadir.

En enero, una carta del banco llegó al buzón, dirigida a “Titulares de la cuenta asociada”. Era una notificación general sobre cambios en condiciones, pero el membrete del mismo banco de Daniel hizo que Carmen se quedara un momento quieta en el portal, mirando el papel. Pensó en subir y llamar, preguntar, ofrecer, y se obligó a seguir caminando hasta el ascensor.

Comenzó a ir más al centro de mayores del barrio. Se apuntó a un taller de costura, a clases de memoria, incluso a un grupo de paseo por el Retiro los jueves. Descubrió que podía pasar una tarde entera sin mirar el teléfono. Por las noches, sin embargo, cuando apagaba la luz del dormitorio, la frase “prefiero perder el piso” regresaba, insistente.

A finales de febrero, mientras esperaba turno en la panadería, vio a Laura al otro lado de la calle. Iba empujando un carrito con bolsas de supermercado, sin los niños. Llevaba la cara pálida y ojerosa. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Laura dudó, como si fuera a acercarse, pero el semáforo cambió a verde y ella siguió caminando deprisa, sin saludar.

Tres días después, sonó el teléfono fijo. Nadie lo usaba ya, así que el sonido resultó casi extraño. Carmen descolgó.

—¿Sí?

—Carmen… soy Laura.

La voz sonaba ronca, como si hubiera llorado mucho o no hubiera dormido.

—Dime.

—Nos han enviado la carta de pre-ejecución hipotecaria. —Lo soltó de golpe, como quien arranca una venda—. Si no pagamos los atrasos, en tres meses… —se le quebró la voz— podemos perder el piso.

Carmen apoyó la espalda en la pared del pasillo.

—¿Daniel lo sabe que me llamas?

—Está trabajando. No sabe que te llamo. —Respiró hondo—. Mira, no te voy a engañar. Nos equivocamos. Él se equivocó. Yo también. Pero los niños… No tienen culpa de nada. Si perdemos la casa, no sé dónde vamos a ir.

Carmen miró hacia el salón, donde el árbol de Navidad desmontado seguía en una caja a medio cerrar, esperando desde hacía semanas.

—Yo ya hice mi parte, Laura —dijo, sin dureza, pero sin suavidad—. Durante años.

—Solo te pedimos tiempo, Carmen. —Laura bajó aún más la voz—. Tres, cuatro meses. Lo devolvemos luego, te lo juro.

Carmen pensó en su pensión, en las cuentas ajustadas, en la calefacción que ya había bajado al mínimo. Pensó en Daniel diciendo “bastaba con cortar el grifo” y “prefiero perder el piso”. Pensó, también, en los ojos de su nieta mayor cuando le enseñó el dibujo del piso nuevo el día que se mudaron allí.

—No puedo —dijo al fin—. No de esa manera.

—¿Entonces de qué manera? —La desesperación de Laura atravesó la línea—. Es tu hijo, Carmen.

—Mi hijo decidió que no quería depender de mí. Y yo he decidido respetarlo.

Hubo un silencio largo, lleno de respiraciones contenidas.

—Vale —susurró Laura—. Pues nada. Perdona la molestia.

La llamada se cortó. Carmen se quedó con el auricular en la mano unos segundos más, escuchando el tono muerto.

En abril, volviendo del mercado, pasó por casualidad —o no tanto— por la calle de Daniel. Desde la esquina vio una furgoneta de mudanzas aparcada frente al portal. Dos hombres subían y bajaban muebles. En la acera, un colchón envuelto en plástico descansaba en vertical. Reconoció la cómoda que ellos habían comprado de segunda mano y que ella, orgullosa, había ayudado a pagar.

Se detuvo a cierta distancia. Laura estaba en la puerta con un papel en la mano, discutiendo con uno de los operarios. Daniel apareció cargando una caja, la dejó junto a la furgoneta y se llevó la mano a la nuca, como hacía cuando era adolescente y no sabía qué decir. Los niños no se veían.

Carmen dio un paso atrás, hacia la sombra de un árbol. Podría acercarse. Podría ofrecer dinero, un aval, un sofá para unos días. Podría, incluso, hacer como que pasaba por allí por casualidad y fingir sorpresa.

En lugar de eso, se quedó observando en silencio. Vio cómo Daniel sacaba del bolsillo el móvil, lo miraba, dudaba, marcaba un número y luego volvía a guardarlo, como si no se atreviera a completar la llamada. Torres más altas se habían caído. Pisos más caros se habían perdido. La vida, pensó Carmen, seguía.

Se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos.

El siguiente mensaje de Daniel llegó meses después, en julio, un simple “Feliz cumpleaños, mamá” acompañado de un emoji neutro. No había foto de familia, ni ubicación. Carmen respondió con un “Gracias” y un punto. No añadió nada más.

En Navidad, un año después de aquella noche en que llamó al timbre con las fiambreras calientes, Carmen cenó en casa de una vecina del centro de mayores. Había turrón, langostinos congelados, vino barato y risas. Alguien puso villancicos en la tele. A medianoche, el móvil vibró una sola vez sobre la mesa: “Feliz Navidad”, de Daniel. Ella lo miró, dejó el mensaje sin abrir unos segundos y luego lo leyó.

“Feliz Navidad”, escribió de vuelta.

Se levantó para ayudar a recoger la mesa. Mientras secaba los platos, la vecina le preguntó si echaba de menos tener la casa llena de familia en esas fechas. Carmen se encogió de hombros.

—Ahora tengo paz —dijo simplemente.

No añadió nada más. La tele soltó una carcajada enlatada. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como siempre.