La Nochevieja siempre había sido mi fiesta favorita, pero aquel 31 de diciembre la casa de mi hijo me parecía más fría que la calle. Las luces del árbol parpadeaban en el salón del piso de Carabanchel, y el televisor escupía risas enlatadas mientras Laura, mi nuera, retiraba los platos del postre.
—Mamá, tenemos que hablar —dijo, sin mirarme del todo.
David, mi hijo, se pasó la mano por el pelo, nervioso. Supe que algo no iba bien. Llevábamos semanas con discusiones veladas: que si yo ya no podía subir la compra, que si me olvidaba las llaves, que si el médico había dicho “cuidado con las caídas”.
—Dilo tú —insistió Laura, clavándole los ojos a David.
Él carraspeó.
—Mamá… Hemos estado pensando que lo mejor sería que fueras a una residencia. Una buena, en Vallecas. Tienen actividades, médicos, amigos de tu edad…
Laura remató, con una sonrisa tensa:
—Es lo más lógico. Ya eres muy mayor para ser útil en una casa. Nosotros trabajamos todo el día, los niños tienen sus cosas… No podemos estar pendientes de ti.
La frase me atravesó como un cuchillo: “Ya eres muy mayor para ser útil”. Me ardieron las mejillas. Miré a mi hijo, esperando que rectificara, que dijera “se ha pasado, Laura”, pero sólo bajó la vista hacia el plato vacío de turrón.
El resto de la noche transcurrió como una obra de teatro mal ensayada. Sonaron las campanadas, nos metimos las uvas a trompicones, los niños gritaron por el balcón “¡feliz año!”, y yo brindé con cava, sabiendo que algo dentro de mí se había roto.
A las seis de la mañana, mientras todos dormían, abrí el armario de la habitación pequeña donde me dejaban dormir y saqué mi vieja maleta de tela. Metí dos vestidos, un jersey grueso, mi bata, las fotos de cuando David era niño y el pequeño sobre de ahorros que guardaba cosido en el forro de un abrigo viejo. Dejé una nota en la mesa de la cocina: “No os preocupéis por mí. Feliz año. Mamá”.
Bajé las escaleras despacio, apoyándome en la barandilla, y cogí el primer autobús hacia Méndez Álvaro. La ciudad amanecía gris, con restos de confeti pegados al suelo y un frío que calaba los huesos.
En la estación de autobuses me senté en un banco con la maleta entre las piernas. No sabía adónde ir, sólo quería estar lejos del “ya no eres útil”. Las lágrimas empezaron a caer sin control. Me limpié una, luego otra, hasta que una voz suave se detuvo frente a mí.
—Señora, ¿está bien? —era una chica joven, de unos veintitantos años, con abrigo camel y bufanda granate. Tenía los ojos grandes, inquietos.
No sé por qué, quizá porque estaba agotada de callar, le conté todo. Que me llamaba Carmen Sánchez, que tenía setenta y cuatro años, que mi nuera quería meterme en una residencia, que mi hijo no había dicho nada. Que una vez, cuando era muy joven, había dejado a un niño en Albacete, a cargo de su padre, y que llevaba toda la vida arrepintiéndome.
La chica enmudeció. Me miró el rostro como quien intenta encajar piezas de un puzle, luego sus ojos bajaron a mi collar: un medallón de plata con las iniciales “C & J” grabadas.
Tragó saliva, dio un paso atrás y sacó el móvil con manos temblorosas.
—Un momento, por favor —murmuró, y se apartó unos metros.
La vi marcar un número y pegarse el teléfono a la oreja.
—Papá… —su voz se quebró—. La he encontrado. Sí… sí, estoy segura.
Me miraba fijamente mientras lo decía. Y entonces sentí que el aire de la estación se volvía más denso, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Me quedé clavada en el banco, abrazada a la maleta, sin entender nada. ¿A quién había llamado? ¿Por qué me miraba así, como si me conociera de toda la vida?
La chica regresó despacio. Se sentó a mi lado, dejando un espacio prudente.
—Me llamo Clara —dijo, con un hilo de voz—. Clara Jiménez.
El apellido me erizó la piel. “J”, pensé, mirando el medallón que llevaba décadas colgando de mi cuello. “Jiménez”.
—Mi padre se llama Javier Jiménez —continuó, sin apartar la vista de mí—. Nació en Albacete. Su madre se llamaba Carmen Sánchez. Se fue de casa cuando él tenía cinco años y nunca volvió.
Sentí que el banco se movía bajo mis pies. Tragué saliva.
—Eso… eso es una coincidencia —intenté decir, pero la voz me salió ronca—. Carmen Sánchez hay muchas.
Clara negó con la cabeza.
—Mi padre siempre me habló de usted. Dijo que tenía un pequeño lunar junto a la oreja izquierda… —se inclinó—. Lo tiene. Y que llevaba siempre un medallón de plata que ponía “C & J”. La C de Carmen. La J de Javier.
Instintivamente, llevé la mano al collar.
—Yo… —las palabras se evaporaron.
Clara respiró hondo, conteniendo la emoción.
—Él nunca dejó de buscarla. Iba a archivos, al padrón, preguntaba a parientes. Hace años localizó que una Carmen Sánchez, de su misma edad, se había empadronado en Madrid, en Carabanchel. Pero no tenía valor para aparecer de la nada. Tiene miedo a oír que usted no quiere verle.
Las lágrimas volvieron, más calientes que antes. Ya no lloraba por la frase de Laura, sino por un niño de cinco años al que había dejado en una estación diferente, tantos años atrás.
—¿Y ahora…? —susurré.
—Ahora está de camino —dijo Clara—. Me ha pedido que no la deje sola.
Nos quedamos en silencio. A mi alrededor, la gente arrastraba maletas, tomaba cafés, discutía por teléfonos. Yo sólo oía mi propio corazón, golpeando en el pecho como si quisiera escapar.
—¿Por qué se fue? —preguntó Clara, al cabo de un rato, sin reproche, sólo con curiosidad dolorida.
Miré el suelo, los zapatos gastados, mis manos manchadas de vejez.
—Su abuelo bebía —respondí—. Mucho. Me pegaba. Decía que el niño era un estorbo. Yo tenía diecinueve años, ningún dinero, ningún sitio adonde ir. Un día casi le levanta la mano a Javier. Yo… me asusté. Me fui. Pensé que él estaría mejor con su padre y la familia de su padre. Me prometí volver cuando tuviera algo que ofrecerle. Pero la vida se complicó. Conocí al padre de David, nos mudamos, y cada año era más difícil… y más vergonzoso.
No añadí que también tuve miedo de su odio.
Clara escuchó en silencio, mordiéndose el labio.
—Papá no la odia —dijo al final—. Está roto. Pero cuando habla de usted… yo sé que sigue siendo su madre, aunque sea en pasado.
Pasó casi una hora hasta que vi a un hombre de unos cincuenta y tantos entrar en la estación, buscando con la mirada. Alto, con el cabello entrecano y un abrigo oscuro. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, algo se desgarró en el aire.
Se acercó despacio, como si temiera que yo fuera una ilusión.
—¿Carmen? —preguntó, la voz ronca.
Me levanté con dificultad.
—Javier…
Nos quedamos frente a frente, midiéndonos. En sus ojos vi al niño que dejé llorando en la puerta de un piso húmedo de Albacete.
—Has envejecido —dijo él, sin malicia.
—Tú también —respondí.
Clara se apartó unos pasos, dejándonos espacio.
Javier suspiró hondo.
—No sabía cómo iba a ser este momento —admitió—. Tenía mil discursos preparados, pero ahora… sólo tengo una pregunta. ¿Quién te ha hecho llorar hoy?
La pregunta me cogió por sorpresa. Y sin saber muy bien por qué, empecé a hablar. Le conté de David, de Laura, de la residencia, de las palabras “ya no eres útil”, del billete de autobús que no sabía ni adónde me llevaría.
Javier me escuchó con el ceño fruncido, apretando la mandíbula.
—Así que te quieren aparcar —resumió, al final—. Como si fueras un mueble viejo.
No asentí ni negué. Sólo bajé la mirada.
—Mamá —dijo entonces, usando esa palabra por primera vez—, vente con nosotros a Valencia. Por unos días, por unas semanas, por lo que quieras. Luego ya verás qué haces. Pero hoy no te vas sola a ninguna parte.
En ese momento, mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo del abrigo. Miré la pantalla: “David”. Sentí un vuelco en el estómago. Javier miró el teléfono, luego mi cara.
—¿Vas a contestar? —preguntó.
La llamada insistía, implacable, mientras mi pasado y mi presente tiraban de mí en direcciones opuestas.
Dejé que el móvil sonara hasta que se cortó. Al instante volvió a vibrar. Esta vez, contesté. Puse el altavoz sin pensarlo, quizá para no estar sola escuchando aquella voz.
—¿Mamá? —David sonaba alterado—. ¿Dónde estás? Laura se ha levantado y no estabas. ¿Qué significa la nota?
Miré a Javier y a Clara. Ellos me miraban en silencio.
—Estoy bien —dije—. En la estación de autobuses.
—¿Te has vuelto loca? —saltó David—. ¿Qué haces ahí sola? ¿Sabes el susto que nos has dado?
No mencionó ni una vez la palabra “residencia”. Sentí un pinchazo de amargura.
—No estoy sola —respondí—. Estoy con Javier.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—¿Qué Javier? —preguntó, al fin, desconfiado.
Javier dio un paso hacia el móvil.
—Soy Javier Jiménez —dijo, con voz firme—. Tu hermano.
La palabra quedó flotando unos segundos, pesada, improbable.
—Pero… —David tartamudeó—. Mamá, ¿de qué está hablando este hombre?
—David —susurré—, antes de conocerte a ti, tuve otro hijo. Era muy joven. Me equivoqué, me asusté, hice muchas cosas mal. Nunca encontré la forma de contártelo.
La respiración de David se oyó entrecortada.
—¿Tienes otro hijo y me lo cuentas así, por teléfono? —su voz subió de tono—. ¿Y te vas con él, con un desconocido, el día de Año Nuevo?
—No es un desconocido —contesté, más cansada que enfadada—. Es tu hermano. Y ha venido a buscarme.
Al otro lado, escuché un murmullo: la voz de Laura, susurrando algo. Luego David habló de nuevo, más frío.
—Mira, mamá. Si no quieres venir a la residencia, podíamos hablarlo. Pero irte sin avisar, con… con gente que ni conozco, es una irresponsabilidad. No podemos estar pendientes de tus impulsos.
“Pendientes de tus impulsos”. Recordé otras frases: “no eres útil”, “es lo lógico”. Sentí cómo algo dentro de mí se colocaba en su sitio, como cuando una vértebra vuelve al lugar correcto.
—No espero que estés pendiente de mí —dije despacio—. Sólo esperaba que me miraras a los ojos cuando decidías dónde meterme.
Javier me miraba con un gesto grave; Clara tenía los puños cerrados dentro de los bolsillos.
—Voy a estar unos días en Valencia —continué—. Con Javier y su familia. Luego… ya veremos.
—Si te vas —intervino Laura, ahora directamente al teléfono—, que quede claro que no podemos hacernos responsables de lo que te pase. Aquí tienes tu habitación. Pero no vamos a estar abriendo y cerrando la puerta según te dé. Piénsalo bien.
Su tono era el mismo que usaba cuando hablaba con los niños cuando se portaban mal.
—Lo he pensado —respondí—. Feliz año nuevo, Laura.
Colgué antes de que pudieran decir nada más. El silencio que siguió fue extraño, ligero y pesado a la vez.
Javier soltó el aire que había estado conteniendo.
—No ha sido fácil, ¿eh? —murmuró.
—Nunca lo es —contesté.
Clara sonrió apenas.
—El autobús a Valencia sale en media hora —anunció, mirando el panel—. ¿Nos vamos?
Asentí. Cogí mi maleta, y por primera vez en mucho tiempo no me pareció tan pesada.
El viaje fue largo, pero no incómodo. Javier me hacía preguntas tímidas: si me gustaba el mar, si seguía tomando el café solo, si me dolía la rodilla derecha como a su abuelo. Yo respondía como podía, entre recuerdos que regresaban a trompicones.
En Valencia me recibieron en un piso sencillo, cerca del puerto. La esposa de Javier, Nuria, me dio dos besos sin hacer preguntas; sólo dijo:
—Aquí cabemos todos, ya nos apañaremos.
Las primeras semanas fueron raras. Me sentía invitada y culpable a la vez. Ayudaba en lo que podía: pelaba patatas, doblaba ropa, recogía la mesa. Por las tardes, Clara me llevaba al paseo marítimo. El olor a sal me despejaba la cabeza.
Un día, Javier llegó con unos folletos en la mano.
—He estado mirando residencias —dijo, antes de que me diera tiempo a malinterpretar—. Residencias buenas, cerca de casa. Para ver opciones. Pero sólo si tú quieres. No quiero repetir la historia.
Cogí los folletos. Fotos de habitaciones luminosas, grupos de ancianos jugando al dominó, talleres de memoria.
—Quiero elegir yo —dije—. Si algún día voy a una, quiero decidir yo cuál y cuándo. No quiero que nadie me meta en un sitio como si fuera una caja en un trastero.
Javier asintió.
—Eso es lo que tenía que haber sido siempre.
Tres meses después, llegó otra vez la Nochevieja. Esta vez la vi desde el balcón del piso de Valencia, con el sonido del mar de fondo. Clara abría una botella de cava barato; Nuria sacaba una bandeja de canapés. Javier trasteaba con la televisión para poner las campanadas.
Mi móvil vibró sobre la mesa. Era un mensaje de David: “Feliz año. Espero que estés bien”. Nada más. Ni un emoticono, ni una pregunta.
Lo leí varias veces. No supe qué responder, así que no respondí. Dejé el teléfono boca abajo.
Cuando sonaron las campanadas, Clara me pasó las uvas una a una. Javier, a mi lado, murmuró:
—Gracias por no haberte subido a cualquier autobús aquel día.
Miré el cielo, iluminado por fuegos artificiales. Pensé en la residencia que no era mía, en la habitación que ya no me pertenecía en Madrid, en este salón pequeño donde alguien había puesto una manta sobre el respaldo del sofá “para que Carmen no pase frío”.
No sabía si estaba reparando o volviendo a romper cosas. Sólo sabía que, por primera vez en muchos años, la decisión de dónde quería estar la había tomado yo.
—Feliz año, hijos —dije, en plural, casi en un suspiro.
Y dejé que el ruido de las campanadas y el mar se mezclaran, llevándose con ellos, poco a poco, el eco de aquellas palabras: “Ya eres muy mayor para ser útil”.



