Olvidé el bolso en el restaurante una tarde de sábado en Madrid, después de una comida que había sido más tensa de lo normal. Sergio y yo estábamos celebrando, en teoría, nuestro octavo aniversario de boda en un sitio de moda en La Latina, “El Rincón de Atocha”. En la práctica, habíamos pasado más tiempo discutiendo que brindando.
Me di cuenta del olvido al llegar casi a la boca del metro de La Latina. Sentí el vacío en el brazo y se me heló la sangre.
—Joder, el bolso —murmuré, palpándome inútilmente el abrigo.
Sergio se llevó la mano a la frente con un gesto exagerado.
—Laura, de verdad… Eres un desastre. —Miró el reloj—. Yo me voy tirando a casa, tengo que hacer unas llamadas del trabajo. Tú vete a por él, ¿vale?
Ni siquiera se ofreció a acompañarme. Me dio un beso rápido en la mejilla, sin mirarme a los ojos, y se alejó por la calle, hablando ya por el móvil antes de cruzar.
Volví al restaurante casi corriendo. El comedor estaba más lleno que cuando nos habíamos ido; el murmullo de las conversaciones y el tintinear de los cubiertos se mezclaban con un hilo de música suave. Busqué con la mirada nuestra mesa, al fondo, junto al ventanal. El bolso no estaba sobre la silla.
Me acerqué a una camarera.
—Perdona, hace nada estaba aquí con mi marido. Me he dejado el bolso en la silla. Era marrón, de piel…
La camarera frunció el ceño y me miró con algo que me pareció incomodidad.
—Un segundo, por favor. Voy a llamar al encargado.
Apareció un hombre de unos cincuenta años, delgado, con camisa blanca impecable y una corbata negra. Tenía el gesto serio, las ojeras marcadas y un brillo raro en los ojos.
—¿La señora Laura Martín? —preguntó.
Asentí, sorprendida.
—Sí, soy yo.
—Soy Carlos, el gerente. —Bajó un poco la voz—. Su bolso está a salvo, no se preocupe… pero ha habido un problema. Mejor venga conmigo un momento, por favor.
Noté cómo se me tensaba el cuello.
—¿Qué problema?
—Es… complicado de explicar. Se lo enseño y lo entenderá.
Me condujo por un pasillo estrecho hasta una pequeña oficina al fondo, con olor a café recalentado y papel. Había una mesa llena de facturas, una cafetera vieja y, en la esquina, un monitor conectado al sistema de cámaras de seguridad. Encima de la mesa, mi bolso, cerrado.
Verlo allí me dio un cierto alivio.
—Menos mal… —alargué la mano, pero Carlos la detuvo con un gesto suave.
—Antes de que se lo lleve, necesito que vea algo. —Tragó saliva—. No se asuste, ¿vale? No se desmaye. Nadie le ha hecho daño… físicamente. Pero creo que merece saberlo.
Un frío pegajoso me recorrió la espalda.
—¿Saber qué?
Carlos se sentó frente al monitor y empezó a mover el ratón con dedos nerviosos.
—Su marido vino hace unos veinte minutos, muy alterado. Dijo que faltaba dinero de su bolso y amenazó con denunciarnos. Hemos revisado las cámaras. —Me miró de reojo—. Yo… he decidido que usted también debería verlo.
En la pantalla apareció la imagen de la sala, vista desde arriba. Me vi a mí misma, sentada, riendo con esfuerzo mientras jugaba con la copa de vino. Sergio, frente a mí, con su camisa azul clara remangada y esa sonrisa que últimamente solo le veía en las fotos antiguas.
Avanzó el vídeo unos minutos. Se me vio levantarme, coger el móvil del bolso y guardarlo en el bolsillo del abrigo. Recordé que mi madre me había llamado y salí a hablar a la calle. Dejé el bolso sobre la silla, tal como estaba.
En la imagen, mi yo del pasado se alejaba del cuadro. Sergio se quedaba solo en la mesa.
Carlos pausó un segundo y me miró.
—Fíjese bien a partir de aquí.
Volvió a darle al play. Sergio miraba alrededor, como comprobando algo. Su expresión cambió: la mandíbula se le tensó, los ojos se volvieron duros. Deslizó la mano hacia mi bolso, con una naturalidad que me dio náuseas. Lo acercó, lo abrió con cuidado y metió la mano dentro, hurgando entre mis cosas.
En la pantalla, vi cómo sacaba un sobre blanco, grueso, el mismo donde yo guardaba los seiscientos euros que acababa de sacar del banco para pagar varias facturas. Sergio miró el contenido del sobre, contó rápidamente los billetes con los dedos y, sin dudar, se lo metió en el bolsillo interior de la americana.
Sentí que el suelo se me movía.
Carlos detuvo la imagen justo en el momento en que la mano de mi marido desaparecía con mi dinero dentro de su chaqueta. Mi propia respiración sonaba demasiado fuerte en la oficina.
—Y eso —dijo el gerente en voz baja— no fue lo peor que hizo.
Me agarré al respaldo de la silla para no perder el equilibrio. Notaba un zumbido en los oídos, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
—No… no puede ser —susurré—. Seguro que hay una explicación.
Carlos no contestó. Reanudó el vídeo.
Después de guardarse el sobre, Sergio cerró mi bolso con cuidado y lo recolocó en la silla, tal y como yo lo había dejado. Luego bebió el último sorbo de su vino, se levantó y salió de plano. Unos segundos después, otra cámara tomó el relevo: la de la zona de la barra.
En esa imagen, Sergio se acercaba a un camarero joven, con delantal negro, y empezaba a hablarle, ya con los brazos abiertos, visiblemente molesto. Carlos subió el volumen.
—…estaba ahí hace un momento, tío, ¡no me tomes por imbécil! Mi mujer se ha ido un segundo y cuando vuelve falta el sobre con el dinero. ¿Qué clase de sitio es este?
Reconocí perfectamente su tono, una mezcla de indignación y superioridad que tantas veces había usado conmigo.
El camarero tartamudeaba.
—Señor, yo… no he tocado nada, se lo juro. Puedo llamar al encargado…
Sergio insistía.
—Llama a quien quieras, pero aquí falta dinero. O me lo devolvéis o voy a la policía ahora mismo. Y os pongo una reseña que os vais a enterar. Tengo amigos periodistas, ¿sabes?
La imagen cambió de ángulo. Ahora aparecía el propio Carlos acercándose, con gesto conciliador, intentando calmarlo. La escena me resultaba surrealista: mi marido, tan seguro, sabiendo que llevaba mi dinero en el bolsillo, exigiendo una compensación.
—Me pidió que no llamáramos a la policía —explicó Carlos, pausando el vídeo un momento—. Dijo que prefería arreglarlo entre caballeros, pero que si no respondíamos, lo haría oficial. Al final, para evitar un escándalo con el local lleno, tuve que aceptar.
Volvió a darle al play. Me vi a mí misma entrando de nuevo en el comedor, hablando por el móvil, todavía ajena a todo. Sergio, unos pasos más allá, detrás de una columna, guardando discretamente un fajo de billetes en la cartera. Después, la cámara mostraba cómo él salía por la puerta principal, con el gesto satisfecho, mientras yo me sentaba de nuevo en la mesa buscando el bolso.
Yo, en la actualidad, apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
—¿Cuánto le dio? —pregunté, sabiendo que no iba a gustarme la respuesta.
—Seiscientos euros. Exactamente la cantidad que dijo que faltaba en su sobre. Firmó un recibo de “indemnización amistosa”. —Carlos abrió un cajón y me enseñó una copia del papel, con la firma de Sergio, inequívoca—. Y se marchó. Al poco rato, una camarera encontró su bolso bajo la mesa, medio escondido. Cuando iba a salir a buscarlos, apareció usted de nuevo.
Recordé cómo él se había ofrecido “tan amablemente” a gestionar el pago en la caja, cómo me había insistido en que sacara todo el dinero del banco “por si acaso”. Recordé otras comidas en las que siempre había “algún problema” con el servicio, alguna queja, alguna invitación a la casa por “compensación”.
Un patrón empezó a dibujarse delante de mis ojos.
Carlos me miraba con una mezcla de pena y prudencia.
—Sé que esto es… delicado. Podría haberlo dejado estar, al fin y al cabo no me conviene tener líos con clientes. Pero cuando la vi entrar otra vez, tan tranquila, buscando el bolso, entendí que usted no estaba en el juego.
—No lo estoy —dije, con la voz rota.
—No quiero problemas con su marido, ni con nadie. Solo… pensé que tal vez esta información le sería útil. —Se giró hacia una esquina de la mesa y cogió un pequeño pendrive negro—. He hecho una copia del vídeo. Si decide no usarlo nunca, mejor para mí. Pero si alguna vez lo necesita…
Alargó el pendrive hacia mí. Lo miré como si fuera una piedra caliente.
Lo cogí con dedos temblorosos y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo. Luego tomé mi bolso de la mesa. Pesaba lo mismo de siempre, pero me parecía otra cosa, casi un objeto ajeno.
—Gracias —murmuré—. De verdad.
Salí del restaurante en automático, con la sensación de que el aire de la calle era demasiado frío para ser primavera. Caminé sin rumbo por La Latina, cruzando grupos de turistas, terrazas llenas, risas y vasos de caña chocando, mientras en mi cabeza solo resonaban las frases de Sergio: “O me lo devolvéis o voy a la policía”.
Recordé la última vez que desapareció dinero de casa y él culpó a la señora que venía a limpiar. Recordé las veces que me dijo que estaba “ahogado” de deudas, que tenía que hacer “malabares” para que llegáramos a fin de mes, mientras yo aumentaba horas en la oficina para ayudar.
Cuando llegué al portal de nuestro piso en Embajadores, ya no sabía si quería gritar, llorar o fingir que no había visto nada. Al final, subí en silencio.
Encontré a Sergio en el salón, descalzo, viendo un partido en la tele, una cerveza en la mano.
—¿Todo bien con el bolso? —preguntó, sin apartar la vista de la pantalla.
Lo miré fijamente.
—Sí. Todo en su sitio —respondí, notando cómo la rabia se mezclaba con una calma extraña—. O casi todo.
Esperé. Dejé el bolso sobre la mesa del comedor, saqué el pendrive del abrigo y lo tuve un segundo entre los dedos, sintiendo su peso mínimo.
—Sergio —dije, con una voz que no parecía la mía—, ¿te ha pasado algo raro en el restaurante después de que yo me fuera?
Parpadeó, incómodo.
—¿Raro? No, nada. Una tontería con la cuenta, pero lo arreglé. ¿Por?
No contesté. Fui directamente a la tele, conecté el pendrive al puerto USB del lateral y cogí el mando. Noté cómo él se incorporaba un poco en el sofá.
—¿Qué haces?
—Vamos a ver una película corta. —Pulsé “play”.
En la pantalla apareció la imagen granulada del comedor de “El Rincón de Atocha”. Yo, él, nuestra mesa. Vi, sin pestañear, el momento en que me levantaba y salía del plano. Luego, la mano de Sergio acercándose a mi bolso.
No miré la televisión. Miré su cara.
El color se le fue de golpe. La cerveza, a medio camino de sus labios, se quedó suspendida en el aire. Por primera vez en ocho años, vi miedo en los ojos de mi marido.
Durante unos segundos, solo se escuchó el sonido del vídeo: el murmullo del restaurante, un plato que chocaba contra otro, una risa lejana. En el salón de nuestro piso, el silencio era casi sólido.
Sergio dejó la cerveza en la mesa con un golpe seco.
—¿De dónde has sacado eso? —su voz sonó más grave de lo normal.
—Del lugar donde te lo inventaste todo —respondí—. Del restaurante. El gerente me lo ha enseñado todo. Y me ha dado una copia.
En la pantalla, la versión grabada de Sergio abría mi bolso, sacaba el sobre y contaba los billetes. Mi yo del presente no apartó la mirada de él ni un segundo.
—No es lo que parece —dijo al fin, con el cliché más triste del mundo.
Solté una risa amarga.
—¿Qué es entonces? ¿Un experimento social? ¿Un truco de magia?
—Estaba… —buscó palabras en el aire— guardando tu dinero. No quería que lo llevaras ahí, a la vista de cualquiera. Podrían habértelo robado.
Se señaló a sí mismo en la pantalla, metiéndose el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Y la escena con el camarero? —pregunté—. ¿También era para protegerme? ¿Extorsionar a un chaval que gana mil euros al mes es parte del plan de seguridad?
Su mandíbula se tensó.
—No hables de cosas que no entiendes, Laura. Esa gente nos iba a estafar. Les vi las caras, se notaba. Me adelanté, eso es todo.
En el vídeo, el gerente aparecía intentando calmarlo, y mi marido exigía el dinero con voz indignada. Yo subí un poco más el volumen, obligándole a escucharse a sí mismo.
—“Tengo amigos periodistas, ¿sabes?” —repetí sus palabras—. Muy elegante.
Sergio avanzó hacia la tele y apagó la imagen de un manotazo.
—¡Ya está bien! ¿Qué pretendes? ¿Montar un juicio aquí? ¿Delante de la tele?
—No hace falta montar nada —susurré—. El juicio está bastante claro.
Se quedó de pie frente a mí, respirando fuerte. Vi cómo se le movía una vena en la sien.
—Vale. —Se pasó una mano por el pelo—. Digamos que… exageré un poco. Estoy jodido de pasta, lo sabes. Tenía que conseguir dinero rápido. ¿Y qué? No te ha pasado nada. Tienes tu bolso, tu DNI, tus tarjetas. Y ahora, además, el restaurante nos ha pagado. Hemos salido ganando todos.
—Todos no —dije—. El camarero al que llamaste ladrón no ha ganado nada. El gerente al que pusiste contra la pared, tampoco.
—Esa gente tiene seguros para estas cosas —replicó, con un tono frío—. No dramatices.
Me miró fijamente, afinando el cálculo.
—Lo que sí puedes dramatizar es lo que pasaría si esto sale a la luz. Si vas a la policía, ¿quién crees que va a quedar peor, tú o yo? El recibo de la indemnización está a mi nombre, sí, pero el sobre era tuyo. Tu dinero. Tu bolso. Tu firma en el ticket del restaurante. ¿Seguro que te interesa meterte en eso?
Me cruzó un escalofrío, no porque tuviera razón del todo, sino por la facilidad con la que convertía su culpa en mi amenaza.
—¿Me estás chantajeando? —pregunté.
—Te estoy recordando la realidad. —Encogió los hombros—. Somos un matrimonio. O caemos juntos o nos salvamos juntos. Tú verás.
Me quedé callada unos segundos, dejando que sus palabras flotaran en el aire. Luego apagué la tele con el mando y recogí el pendrive.
—Tienes razón en algo —dije al fin—. Somos un matrimonio. De momento.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Saqué del bolso una carpeta azul que llevaba días enterrada entre papeles: el borrador del convenio regulador que había pedido a una abogada hacía un mes, cuando nuestras discusiones empezaron a volverse insoportables. Lo dejé sobre la mesa, delante de él.
—Quiero decir que, a partir de hoy, no. —Hablé despacio, vocalizando cada sílaba—. Mañana voy a firmar esto. Y tú también vas a firmarlo.
Abrió la carpeta, leyó por encima y se le desfiguró la cara.
—Ni de coña. El piso es de los dos.
—No —repuse—. El piso lo pagó mi padre y está a mi nombre. Separación de bienes, ¿recuerdas? Eso no lo puedes cambiar. Pero sí puedes complicarme la vida con abogados, juicios y mierda durante años… o puedes aceptar mis condiciones.
Se apoyó en el respaldo de la silla, desafiante.
—¿Y cuáles son tus condiciones, abogada de pacotilla?
Levanté el pendrive entre los dedos.
—Te vas del piso en un mes. Renuncias por escrito a cualquier reclamación sobre mis bienes. Y yo no llevo este vídeo a la policía ni al restaurante, ni a ningún otro sitio. El gerente no quiere líos. Yo tampoco. Pero si me obligas…
Fue la primera vez esa noche que no trató de contestar al momento. Vi cómo calculaba, silencioso, el peso de ese pequeño objeto plástico.
—Esto es ilegal —murmuró—. Me estás extorsionando.
—Lo sé —respondí, sin parpadear—. Igual que tú has extorsionado a medio Madrid, por lo que intuyo. Si quieres, investigamos juntos. Seguro que otros restaurantes tienen cámaras parecidas.
Nos miramos a los ojos, unos diez segundos que me parecieron una hora. Al final, su mirada se desvió.
—No tienes huevos —escupió.
—Pruébame.
No dijo nada más esa noche. Durmió en el sofá, o eso supuse; yo cerré con pestillo la puerta del dormitorio por primera vez en mi vida.
Dos semanas después, estábamos los dos en una notaría de Lavapiés, firmando papeles delante de una funcionaria que apenas levantó la vista de los documentos. Sergio estampó su firma con el gesto rígido. No dijo ni una palabra hasta salir a la calle.
—Te vas a arrepentir, Laura —dijo, sin mirarme.
—Es posible —contesté—. Pero al menos, cuando me mire al espejo, sabré quién soy.
Se alejó por la calle Argumosa, con una maleta pequeña y los hombros caídos. El pendrive seguía guardado en una caja de lata en el fondo de mi armario, junto con viejas fotos y cartas. No lo volví a ver.
Meses más tarde, volví a pasar por “El Rincón de Atocha” con unas compañeras de trabajo. Carlos me reconoció al instante.
—Laura, ¿cómo está? —preguntó, con una sonrisa tímida.
—Libre —respondí, y fue la palabra más precisa que encontré.
No hizo más preguntas. Nos invitó a un café al final de la comida, “por la casa”. Cuando salí, sin olvidar el bolso esta vez, miré un momento hacia la cámara de la entrada y pensé en lo extraño que era que una vida pudiera cambiar por un descuido y un vídeo de mala resolución.
En el fondo de mi bolso, bien cerrado, el pendrive golpeó suavemente contra las llaves de casa. Seguiría allí, mudo, recordándome lo que había visto aquel día. No pensaba destruirlo. Tampoco pensaba usarlo.
Con saber la verdad me bastaba.



