Cuando mi nieta gritó delante de toda la familia: «¡Este regalo hecho a mano parece tan barato!», sentí cómo algo se rompía por dentro mientras las carcajadas llenaban el comedor. Fingí sonreír, recogí con cuidado el pequeño presente que yo misma había bordado y pasé la noche entera en silencio, escuchando aún sus risas. A la mañana siguiente, sin avisar a nadie, firmé los papeles y vendí la casa de la playa donde ella ya había enviado las invitaciones de boda.

Me llamo Carmen y tengo setenta y dos años. Mis manos tiemblan un poco cuando cozo, pero sigo sabiendo bordar como me enseñó mi madre en un piso húmedo de barrio obrero, cuando en España aún se susurraba para no llamar la atención.
Quizá por eso le puse tanto empeño al regalo para mi nieta Lucía.

Lucía se casa en septiembre. Dice que será “la boda del año” en sus redes sociales; tiene miles de seguidores que comentan cada foto suya con filtros perfectos. En Navidad anunció, con una copa de cava en la mano, que quería casarse en mi casa de la playa, en Dénia. “La casa de la yaya Carmen es súper vintage, con ese rollo Mediterráneo auténtico”, dijo. Todos aplaudieron. Yo sonreí en silencio.

Durante meses, por las tardes, me senté junto a la ventana del salón en Valencia, con la radio bajita, a bordar una colcha de lino para su cama matrimonial. Elegí tonos azules y arena que me recordaban al mar frente a la casa. Cada puntada llevaba un recuerdo: la primera vez que mis hijos se bañaron en aquellas aguas frías de mayo, las sardinas a la brasa en la terraza, el olor de la crema solar barata que usábamos porque no llegábamos a más.

El día que les entregué el regalo, estábamos todos reunidos en la casa de la playa. Lucía había traído a Jorge, su prometido, y a los padres de él. Habían venido a pasar un fin de semana, hacer fotos para las invitaciones y decidir dónde iría el altar en el jardín.

Esperé a que terminaran de hablar de flores, de cátering, de DJs. Entonces, saqué la caja cuidadosamente envuelta y se la tendí a Lucía.

—Para ti, cariño —le dije—. Lo he hecho yo.

Lucía abrió la caja con prisa, apartando el lazo sin mirarlo siquiera. Levantó la colcha, la extendió un poco, miró los bordes, las iniciales entrelazadas “L & J” en un rincón.

Frunció los labios.

—¿Es… hecho a mano? —preguntó, como si dudara.

—Claro —respondí—. He tardado meses.

Ella soltó una risita aguda.

—Abuela, esto parece tan barato… —dijo, alzando la voz—. ¡Con todo lo que estamos preparando y me traes algo que parece de mercadillo!

Hubo un silencio breve, incómodo, y luego alguien rió. Mi hijo Eduardo, nervioso. La madre de Jorge se llevó la mano a la boca pero también se le escapó una carcajada. Jorge sonrió, mirando al suelo. La colcha quedó entre las manos de Lucía, colgando como un trapo.

Noté un calor subirme desde el pecho hasta la cara. Tragué saliva. Nadie dijo nada para defenderme. Nadie.

—Bueno, gracias igualmente, yaya —añadió Lucía, doblando la colcha como quien guarda una bolsa de supermercado—. La guardaré… no sé dónde, pero gracias.

Por la noche apenas dormí. Oía sus risas repitiéndose en bucle, mezcladas con el rumor del mar al otro lado de la ventana. Me levanté, encendí la luz de la cocina y abrí el cajón donde guardaba las escrituras de la casa.

La casa estaba sólo a mi nombre. Comprada con la indemnización por la muerte de mi marido en la fábrica, y con años de guardarme monedas en un bote de galletas. Registrada, pagada, sin cargas.

Recordé a Ana, la vecina de al lado, que llevaba dos veranos diciéndome: “Carmen, si algún día te cansas de venir, mi hermano te la compra al contado. Está loco por tener una casa en primera línea.” Había guardado su teléfono en una libreta.

A las ocho de la mañana, mientras el resto de la casa dormía la resaca del vino y las risas, llamé a Ana. Luego llamé a su hermano. Luego a mi abogado, el mismo que me había ayudado cuando murió mi marido.

A las once y media, sentada frente al notario de Dénia, firmé un contrato de arras por el que entregaba mi casa de la playa a cambio de una cantidad que nunca había visto junta en mi vida.

Cuando salí a la calle, el sol caía fuerte sobre las baldosas. Miré el móvil: en el grupo familiar, Lucía acababa de enviar el diseño de las invitaciones de boda. En letras doradas se leía: “Ceremonia y celebración en la casa de la playa de la abuela Carmen, Dénia”.

Sonreí despacio, guardé el teléfono en el bolso y cerré los dedos, aún manchados de tinta, sobre la carpeta con la copia del contrato.
La casa donde pensaban casarse ya no era mía.

Regresé andando a la casa, despacio, con el mar a mi derecha. Cada paso resonaba distinto. No era la misma acera de siempre; o quizá no era la misma persona la que caminaba por ella.

Al entrar, encontré la cocina llena de tazas, migas de pan y restos de risas. Lucía apareció en pijama corto, el móvil en la mano.

—Yaya, ¿dónde estabas? —preguntó, sin levantar la vista de la pantalla—. Tenemos que hablar de la colocación de las mesas. En las fotos del dron la casa sale preciosa.

La miré. Vi sus uñas perfectamente pintadas, su camiseta con el logo de una marca carísima. Su expresión de seguridad absoluta, como si todo lo que la rodeaba estuviera garantizado por derecho.

—He ido al notario —respondí, sacando la carpeta del bolso y dejándola sobre la mesa.

Ella alzó por fin la mirada.

—¿Eh? ¿Y eso?

—He vendido la casa.

Al principio creyó que era una broma. Se rió, avanzó hacia mí y me dio un beso en la mejilla.

—Ay, yaya, qué graciosa. De verdad, deberías abrirte un TikTok.

—Lucía —dije, sin sonreír—. He vendido la casa. Ya no es nuestra. Bueno, ya no es mía.

Su risa se cortó en seco. Cogió la carpeta, la abrió con brusquedad, leyó el encabezado, las cifras, el nombre del comprador. Sus labios se abrieron, pero no salió sonido.

—Esto… esto no puede ser —balbuceó—. ¡Tenemos las invitaciones impresas! ¡La sesión de fotos! ¡El cátering nos pidió la dirección!

Entró Eduardo, mi hijo, aún abrochándose la camisa.

—¿Qué pasa aquí?

Lucía le enseñó los papeles como si fueran una prueba de delito.

—Mira lo que ha hecho tu madre. ¡Ha vendido la casa! ¡La casa de mi boda!

Eduardo leyó en silencio, se pasó la mano por el pelo, miró hacia mí.

—Mamá, dime que esto es una locura, que se puede deshacer.

—No —contesté—. Ya está firmado. Han pagado las arras. El mes que viene ya no podremos venir.

Lucía golpeó la mesa con la palma abierta.

—¡Pero por qué! —gritó—. ¡¿Por qué ahora?!

Me sostuvo la mirada, exigiendo una explicación que no la dejara en mal lugar, una razón que no tuviera que ver con ella. No se la di.

—Ayer me dejaste claro lo que piensas de las cosas que salen de mis manos —dije—. Así que he decidido dejar de ofrecerlas.

—¿Es por la colcha? —su voz subió un tono agudo—. ¡Era una broma! ¡Todo el mundo sabe que tú eres… no sé, antigua! No iba con mala intención.

—Nadie se rió como si fuera una broma —respondí—. Pero aunque lo fuera, no cambia nada. La casa es mía. Y he decidido venderla.

Jorge apareció en la puerta, descalzo, con cara de sueño.

—¿Qué está pasando?

Lucía se volvió hacia él, casi llorando.

—Tu boda perfecta se ha ido a la mierda, eso pasa. Mi abuela ha vendido la casa.

La madre de Jorge, que venía detrás, apretó los labios.

—Señora Carmen, ¿no cree que esto es… precipitado? —dijo, midiendo las palabras—. Hay contratos, proveedores… no se puede cambiar un plan así.

—Los planes siempre se pueden cambiar —contesté—. Las casas también. Lo que no se puede cambiar es lo que ya se ha dicho.

Hubo un silencio denso. Se oía sólo el lavavajillas que alguien había dejado encendido.

Eduardo se acercó a mí, bajando la voz.

—Mamá, esto es una locura. Lucía ha contado con esta casa desde el principio. Es la ilusión de su vida… No puedes castigarla así por una frase desafortunada.

Lo miré. Recordé cuando él, con diecisiete años, me gritó que se avergonzaba de mis manos agrietadas cuando fui a la reunión del instituto con el uniforme de limpiadora. Recordé cómo esa vergüenza se había heredado, pulida y barnizada en Lucía.

—No la estoy castigando —dije—. Estoy tomando una decisión sobre algo que es mío. Y necesito el dinero.

No era mentira. La pensión apenas me alcanzaba, y el ascensor de mi edificio llevaba meses averiado sin fecha de arreglo. Había aprendido a subir las escaleras de cuatro en cuatro descansando cada dos pisos.

Lucía respiraba entrecortadamente.

—Mira, podemos arreglarlo —dijo de pronto, cambiando el tono, poniéndolo dulce—. Yaya, tú siempre has querido que mi boda fuera especial. Podemos nombrarte en los votos, hacerte un lugar de honor. Podemos… no sé, comprar muebles nuevos para tu piso con algo de lo que ahorremos…

—El contrato está firmado —repetí—. Y tú ya has mandado las invitaciones, ¿no? Pues ahora tendrás algo interesante que contarle a tus seguidores.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Por primera vez desde que la cámara del móvil se volvió su espejo principal, Lucía no supo qué cara poner.

La colcha que había bordado seguía doblada sobre una silla, olvidada.
Nadie la tocó.

Las semanas siguientes fueron una sucesión de correos electrónicos, llamadas airadas y silencios largos. El grupo de WhatsApp de la familia se llenó de mensajes sobre “plan B”, “nuevo lugar para la boda” y “urgente hablar con el cátering”. Yo leía, pero apenas intervenía.

Lucía hizo un vídeo para sus redes, con lágrimas perfectamente colocadas, explicando que por “motivos personales” cambiaban de ubicación. No mencionó mi nombre. Habló de resiliencia, de adaptarse a los imprevistos, de cómo el amor era más fuerte que cualquier obstáculo. Sus seguidores la inundaron de corazones y palabras de ánimo.

Sin embargo, en los mensajes privados que me llegaban de mi hermana, de mis sobrinos, el tono era otro.

“Dicen que te has vuelto loca”, escribió mi hermana desde Castellón.
“Lucía está destrozada”, mandó mi sobrina. “Mira que vender la casa justo ahora…”

Yo respondía con frases cortas: “Estoy bien”, “Fue mi decisión”, “No puedo explicar más”. No intenté convencer a nadie.

El dinero de las arras entró en mi cuenta a los tres días. Era una cifra que casi me mareaba al verla en la pantalla del cajero. Fui directamente al supermercado, compré un buen jamón, fruta fresca, pescado del caro y una botella de vino que jamás me habría permitido antes. Esa noche cené sola en mi piso, con las ventanas abiertas al ruido del barrio, y brindé conmigo misma.

No sentía alegría desbordante, ni culpabilidad ardiente. Era otra cosa, más fría y estable: una sensación de haber puesto un límite que llevaba demasiados años posponiendo.

Lucía y yo dejamos de hablarnos durante un tiempo. Eduardo me llamaba de vez en cuando, a veces para reprocharme, a veces para suspirar.

—Han tenido que contratar un salón de bodas carísimo en un hotel de Benidorm —me dijo una tarde—. Les han cobrado un dineral por la fecha tan cercana.

—Pueden pagarlo —respondí.

—No es sólo el dinero, mamá. Es… la familia.

La palabra quedó colgando, hueca.

El día de la boda llegó con un calor pegajoso. Benidorm estaba lleno de turistas rojos como gambas y de despedidas de soltero que gritaban por las calles. Yo había recibido una invitación formal, enviada por correo, donde se me nombraba “querida yaya Carmen”. Podía haberla rechazado. Podía no ir y quedarme en casa viendo la televisión.

Pero me puse mi vestido azul marino, el que había llevado al bautizo de Lucía, y cogí el tren de cercanías.

El hotel era enorme, brillante, con columnas de mármol y aire acondicionado demasiado fuerte. La ceremonia se celebraba en una terraza con vistas al mar, pero el ruido de la autopista llegaba como un murmullo constante.

Lucía estaba radiante dentro de su traje blanco ajustado. Cuando me vio, hubo un segundo en que su gesto vaciló. Luego sonrió para la cámara de un fotógrafo que no dejaba de disparar.

—Yaya, has venido —dijo, acercándose para darme dos besos muy controlados, sin mancharse el maquillaje.

—Es tu boda —respondí.

No hablamos de la casa. No hablamos de la colcha. Nos movimos alrededor de esos temas como quien evita un agujero en el suelo.

Durante el banquete, uno de los tíos de Jorge se sentó a mi lado.

—Qué pena que no haya sido en tu casa, Carmen —comentó, bebiendo vino—. Dicen que era preciosa.

—Lo era —respondí—. Ahora es de otra persona.

—Bueno, al final lo importante es que los chicos sean felices, ¿no?

No contesté. Desde mi asiento veía la pantalla gigante donde proyectaban un vídeo con fotos de Lucía y Jorge: de pequeños, adolescentes, de vacaciones en la casa de la playa. En todas las imágenes, la casa aparecía de fondo: la terraza, las persianas azules, la escalera al mar. Ni una sola foto mostraba mis manos bordando, o mi rostro arrugado preparando paella.

Cuando llegó el momento del baile con los padres, Lucía hizo un gesto hacia mí.

—Quiero un baile con mi abuela —anunció por el micrófono, mirando al DJ—. Ella ha sido muy importante en mi vida.

La gente aplaudió. Me levanté despacio. Mientras bailábamos despacio, con una canción antigua sonando de fondo, sentí su respiración acelerada.

—Yaya —susurró sin mirarme—. Todavía estoy enfadada.

—Lo sé.

—Pero también sé que la casa era tuya.

No respondí. Dejé que la música llenara los huecos.

—He guardado la colcha —añadió, muy bajo—. No la he tirado. No la he enseñado a nadie. Pero… está en mi armario.

—Haz con ella lo que quieras, Lucía.

Nos separamos. Los aplausos sonaron otra vez, mecánicos.

Meses después de la boda, vino a verme a Valencia. Estaba cansada, sin maquillaje, con ojeras.

—Jorge y yo queremos comprar un piso —dijo, sentándose en mi sofá—. El banco nos pide una entrada muy alta. Pensaba que… quizá podrías ayudarnos. Sé que vendiste la casa por mucho dinero.

La miré largo rato. No vi a una niña, ni a una víctima, ni a una enemiga. Vi a una mujer acostumbrada a recibir sin preguntar de dónde venía el esfuerzo.

—Puedo ayudarte con algo —dije al fin—. Pero no con todo. Y no porque seas mi nieta y te lo merezcas, sino porque quiero. Hay diferencia.

—¿Y si te prometo…? —empezó.

Levanté la mano.

—No necesito promesas. Pero sí respeto. Y eso no se compra. Se practica.

Le di una cantidad que para mí seguía siendo grande, y para ellos sería sólo una parte. No le hablé de condiciones. Ella no volvió a llamar a mis cosas “baratas”.

La casa de la playa ahora tenía otros muebles, otros olores, otras risas. A veces, al pasar por la estación, veía un anuncio de pisos en la costa y sentía un pequeño pinchazo en el pecho. Pero cuando llegaba a mi portal, subía al ascensor nuevo que había podido pagar la comunidad gracias a mi aportación, y al tocar la barandilla sólida, comprendía algo sencillo:

Había elegido, por primera vez en muchos años, qué hacer con lo que era mío.
Y esa decisión, cara o barata, no pensaba devolverla.