El pasillo del Juzgado de Familia de Madrid olía a café recalentado y papel viejo. Yo, Lucía Navarro, apretaba entre los dedos la carpeta azul que Martín, mi abogado, me había preparado. Notaba el sudor en la espalda a pesar de que en febrero hacía frío. Cuando vi a Javier acercarse, de traje impecable y sonrisa satisfecha, el estómago se me hizo un nudo.
Se detuvo a un metro de mí, con ese perfume caro que conocía demasiado bien. A su lado, apoyada en unos tacones imposibles, estaba Clara, su amante, el pelo castaño perfectamente planchado, mirando todo como si estuviera en una serie.
—Hoy es mi mejor día, Lucía —dijo Javier, sin bajar la voz—. Te lo voy a quitar todo.
Clara soltó una risita breve, casi como un comentario de fondo. Me recorrió con la mirada, de arriba abajo, como quien evalúa un mueble viejo. Yo sentí que la cara se me encendía, pero mantuve la boca cerrada. En ese instante, Martín se acercó y se colocó a mi lado, interponiéndose ligeramente entre Javier y yo.
—Buenos días, Javier —saludó Martín, con tono neutro—. Veo que sigues tan discreto como siempre.
Javier ni siquiera le respondió. Se giró hacia Clara, le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, y siguieron juntos hacia la puerta de la sala. Cuando estuvieron lo bastante lejos, Martín se inclinó hacia mí.
—¿Hiciste exactamente lo que te dije? —susurró.
—Todo —respondí, sin mirarle, con la vista fija en la placa “Juzgado de Primera Instancia nº 12”.
Martín sonrió apenas, apenas un movimiento en la comisura de los labios.
—Bien. Entonces, el espectáculo empieza ahora.
Entramos a la sala. La jueza, una mujer de unos cincuenta años llamada magistrada Torres, revisaba unos papeles. El secretario tecleaba sin mirar a nadie. Los procuradores se acomodaban con gesto cansado. Era un día más para todos, menos para nosotros cuatro.
Me senté al lado de Martín. En frente, Javier y su abogado, un hombre canoso, con gafas finas, consultaban un montón de folios subrayados. Clara se sentó en la última fila, cruzando las piernas con deliberada calma, sacando el móvil como si nada de aquello tuviera que ver con ella.
La jueza levantó la cabeza.
—Vamos a ver. Procedimiento de divorcio contencioso entre don Javier Muñoz y doña Lucía Navarro. ¿Están todas las partes presentes?
Asentimos. El abogado de Javier tomó la palabra primero. Empezó a hablar de “régimen económico ganancial”, “aporte principal del esposo”, “estilo de vida que no puede mantenerse” y “salida de la vivienda familiar por parte de la esposa”. Yo escuchaba en silencio, sintiendo cada frase como un pequeño golpe.
—Mi representado —continuó— ha sido el sostén económico casi exclusivo del matrimonio. Mi clienta, doña Lucía, ha trabajado de forma esporádica, sin estabilidad. Consideramos que lo justo es que la vivienda se adjudique a don Javier, así como la mayoría de los bienes, y que se establezca una pensión compensatoria mínima…
Martín, a mi lado, tomaba notas con calma. No se inmutaba. Yo lo miré de reojo; su rostro era el de alguien que ya sabía el final de la película.
—Cuando termine, vamos nosotros —murmuró, sin dejar de escribir.
El abogado de Javier presentó un inventario de bienes pulcro, precioso, perfectamente ordenado: el piso de Chamberí, el coche, algunos ahorros, un pequeño fondo de inversión. Nada más. Ni rastro de las tres sociedades limitadas, ni de la cuenta en Andorra, ni del piso en Málaga a nombre de una empresa pantalla.
Cuando la jueza le dio la palabra a Martín, él se levantó despacio, ajustándose la chaqueta gris.
—Señoría —comenzó—, la parte de mi representada discrepa profundamente del inventario presentado. Y, antes de entrar en detalles, quisiera incorporar al procedimiento cierta documentación adicional.
Sacó de su maletín una carpeta granate, mucho más gruesa que la mía azul. Al abrirla, vi el lomo perfecto de varios informes encuadernados y un USB sujeto con una pinza. Desde nuestra mesa, escuché el suspiro involuntario de Javier al ver el grosor de aquella carpeta.
—En esta documentación —continuó Martín— constan las pruebas de que el señor Muñoz ha ocultado de forma sistemática bienes gananciales durante los últimos cuatro años. Incluye movimientos bancarios, escrituras de sociedades, correos electrónicos y contratos con testaferros… entre ellos, la señorita —se giró levemente— Clara Delgado.
La cabeza de Javier se giró bruscamente hacia atrás. Clara, en la última fila, dejó el móvil en el regazo. La jueza frunció el ceño.
—Explíquese, letrado —pidió la magistrada.
Martín sonrió apenas y levantó uno de los informes.
—Con su permiso, señoría, empiezo por la primera sociedad instrumental constituida por el señor Muñoz para esconder ingresos no declarados…
El bolígrafo se me resbaló de los dedos y cayó al suelo. Mientras me agachaba a recogerlo, escuché, por primera vez en meses, cómo la voz de Javier se quebraba:
—¿Qué demonios es eso, Martín?
La jueza golpeó la mesa con la maza.
—¡Silencio en la sala! Continúe, letrado.
Martín, sin mirar a Javier, conectó el USB que había traído al ordenador del juzgado.
—Señoría, va a escuchar ahora una conversación grabada hace tres meses, en la que el señor Muñoz explica, con todo detalle, cómo se propone dejar a mi clienta “sin nada”.
La voz de Javier, desde los altavoces, llenó la sala.
Y en ese instante exacto, el rostro de Javier perdió toda su seguridad.
En la grabación, la voz de Javier sonaba más relajada que la que acababa de gritar en la sala.
—No te preocupes, Clara —decía, con calma—. Cuando firme el divorcio, Lucía se quedará con las migajas. Lo gordo está fuera. Las sociedades a tu nombre, la cuenta de Andorra… todo limpio. Ella ni se entera.
En la sala, el silencio era compacto. Solo se oía la respiración agitada de alguien en las filas del fondo. La jueza hizo un gesto al secretario para que pausara la reproducción.
—¿Quién aporta esta grabación? —preguntó.
—Mi clienta, doña Lucía Navarro —respondió Martín—. Se trata de una conversación mantenida en el despacho del señor Muñoz, en la calle Alcalá, grabada con el consentimiento de uno de los interlocutores. Mi clienta estaba presente, aunque ellos creyeron que no.
Cerré los ojos un segundo, recordando aquella tarde. El despacho con las paredes de cristal, la cita que Javier había olvidado que teníamos, mi entrada cinco minutos antes de lo previsto, el móvil en la mano grabando sin decir una palabra mientras ellos hablaban en el sofá del fondo, pensando que estaba en el baño.
La jueza se acomodó las gafas.
—Letrado, ¿qué más tiene?
Martín abrió otro informe.
—Hacienda ha recibido ya copia de todo esto, señoría. Los movimientos de la cuenta en Andorra, las transferencias cruzadas a través de la sociedad “Servicios Delgado SL”, constituida a nombre de la señorita Clara Delgado, pero gestionada de facto por el señor Muñoz. También figuran las escrituras del piso de Málaga, adquirido a través de esta sociedad mientras el matrimonio seguía en régimen de gananciales.
El abogado de Javier se levantó con brusquedad.
—Señoría, nos oponemos a la admisión de estas pruebas. No hemos tenido conocimiento previo y…
—Letrado —le cortó la jueza—, si hay indicios de ocultación de bienes gananciales y defraudación fiscal, esta sala no va a mirar hacia otro lado. Tendrá tiempo de estudiarlo. De momento, se incorporan al procedimiento.
Javier, pálido, se inclinó hacia su abogado.
—¿Cómo lo han conseguido? —le susurró, sin conseguir bajar del todo la voz—. ¿Qué ha hecho Lucía?
Martín pidió la palabra de nuevo.
—Señoría, también queremos aclarar un punto sobre la supuesta “falta de aportación económica” de mi representada. Hace dos años, el señor Muñoz convenció a la señora Navarro para que figurara como administradora en dos de sus sociedades, asegurándole que era un mero trámite. Le hizo firmar sin explicaciones detalladas, sabiendo que confiaba en él.
La jueza hojeó rápidamente unos folios que Martín le había entregado.
—Según esto, doña Lucía figura como administradora solidaria, no solo como mera figura decorativa.
—Exacto, señoría —confirmó Martín—. Durante meses, mientras mi clienta se ocupaba de la casa y buscaba trabajos sueltos de diseño gráfico, su nombre y su firma se utilizaban para mover dinero a través de sociedades que ahora mismo están siendo investigadas por la Agencia Tributaria.
Una punzada fría me recorrió el pecho. Sabía todo eso desde hacía meses, desde el día en que Martín me recibió en su despacho de la calle Serrano, me sirvió un café y me dijo, con calma:
—Te han puesto la cabeza de turco, Lucía. Si esto explota y no lo movemos bien, la que puede acabar con problemas serios eres tú.
De vuelta en la sala, escuché la voz de la jueza, más dura.
—¿Es cierto, señor Muñoz, que su esposa figura como administradora de estas sociedades?
Javier dudó apenas un segundo.
—Era… una cuestión formal. Todo lo gestionaba yo.
—Pero la que firmaba era su esposa —insistió la jueza.
Javier apretó los labios.
—A veces, sí.
Martín aprovechó la pausa.
—Señoría, mi clienta ha colaborado con la Agencia Tributaria, aportando toda la documentación y explicaciones necesarias. Gracias a ello, se ha podido reconstruir el entramado de ocultación de bienes. De hecho, hay un informe preliminar de Hacienda donde se sugiere que, sin la cooperación de la señora Navarro, hubiera sido imposible detectarlo.
El abogado de Javier empezó a sudar visiblemente.
—Señoría, esto se está desviando del objeto del procedimiento. Estamos en un divorcio, no en un juicio penal.
La jueza lo miró fijamente.
—Letrado, cuando en un divorcio aparecen pruebas de posible delito fiscal, la obligación de este juzgado es comunicarlo. El Ministerio Fiscal será informado. De momento, vamos a establecer medidas cautelares sobre los bienes.
Se inclinó hacia el micrófono.
—Se decreta la anotación preventiva de embargo sobre todos los bienes conocidos del señor Muñoz, así como de las sociedades en las que figure él o su esposa. Igualmente, se prohíbe la disposición de la vivienda familiar hasta nueva resolución.
Sentí a Javier erguirse en la silla.
—¡Eso es mi dinero, mi trabajo de años! —soltó, elevando la voz—. ¡Ella solo ha estado en casa, perdiendo el tiempo!
La jueza golpeó la mesa.
—Le llamo al orden, señor Muñoz.
Martín, sin alterarse, añadió:
—Señoría, dada la agresividad verbal del señor Muñoz y los antecedentes de episodios de violencia psicológica que mi clienta ha relatado ante el forense, solicitamos también la atribución provisional del uso exclusivo de la vivienda a la señora Navarro y una orden de alejamiento…
—¡Esto es una farsa! —interrumpió Javier, poniéndose de pie.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió. Dos agentes de la Unidad de Policía Judicial entraron con paso rápido, identificándose ante el secretario. Uno de ellos miró directamente a Javier.
—¿Don Javier Muñoz? —preguntó, en voz alta.
Javier se quedó de pie, con la boca entreabierta.
—Sí… —respondió, apenas audible.
—Traemos una orden —dijo el agente, sacando un papel de la carpeta—. Tiene que acompañarnos ahora mismo.
El papel que el agente le enseñó a la jueza era una orden de detención provisional por presunto delito de fraude fiscal y blanqueo de capitales. La magistrada Torres lo leyó en silencio, asintió una vez y habló al micrófono.
—Este juzgado no se opone a la ejecución de la orden. Procedan.
Javier miró a su alrededor, como si buscara una salida que no existía. La corbata, perfecta al entrar, parecía de repente demasiado apretada. Su abogado intentó intervenir.
—Señoría, mi cliente siempre se ha mostrado dispuesto a colaborar, esto es desproporcionado…
—Eso deberá alegarlo en la sede correspondiente, letrado —respondió la jueza, seca—. Aquí solo se ejecuta una orden.
Los agentes se acercaron a Javier.
—Le ruego que venga con nosotros, señor Muñoz —dijo uno.
—No hace falta esposarle —intervino la jueza—, salvo que se resista.
Javier miró un segundo hacia la última fila. Clara estaba de pie, el bolso ya colgado al hombro, con el rostro descompuesto. Nuestros ojos se cruzaron un instante; ella apartó la mirada, como si quisiera desaparecer.
Mientras se llevaban a Javier, la sala entera parecía contener la respiración. Yo me quedé sentada, inmóvil, sin saber qué hacer con las manos. Cuando la puerta se cerró tras ellos, la jueza se volvió hacia nosotros.
—Vamos a continuar con las medidas civiles —dijo, como quien vuelve a un expediente más—. Dada la situación actual, y hasta que se aclare el alcance de los bienes ocultos, este juzgado atribuye provisionalmente el uso de la vivienda familiar a la señora Navarro. Se fija también una pensión compensatoria temporal, hasta que se determine el patrimonio real de las partes.
Sentí cómo el aire volvía poco a poco a mis pulmones.
Tres meses después, me desperté en el mismo piso de Chamberí, pero vacío de sus trajes y de sus relojes colocados en fila en el vestidor. Las paredes seguían siendo blancas, pero ya no había fotos de bodas ni viajes lujosos; las había ido guardando en una caja en el trastero. En su lugar, colgaban algunos de mis bocetos de diseño, mal enmarcados, pero míos.
Bajé a la cocina. El olor a café ya no venía de la cafetera automática italiana que él insistía en tener, sino de una sencilla máquina de filtro que había comprado en una tienda de barrio. Encendí el portátil en la mesa, abriendo el correo de mi pequeño estudio de diseño gráfico, “Navarro Estudio”, que Martín me había animado a registrar por mi cuenta.
Había un mensaje nuevo de él.
“Hacienda ha aceptado la propuesta. Te consideran colaboradora necesaria, pero sin responsabilidad penal, gracias a la documentación aportada. El proceso contra Javier sigue su curso. En cuanto al divorcio, la jueza mantiene las medidas: vivienda para ti, participación en las sociedades a repartir según el valor real. Te llamo luego.”
Leí el correo dos veces. No sentí euforia, ni venganza. Solo una calma extraña, como cuando termina una tormenta larga y el silencio resulta casi incómodo.
A media mañana tenía que ir al juzgado a firmar unos documentos. Me puse unos vaqueros, una camisa gris y una chaqueta de cuero que llevaba años en el armario. Bajé por la escalera, saludando al portero, que me miró con curiosidad discreta: en la finca todos sabían, a medias, lo que estaba pasando.
Frente al edificio de los juzgados, en la calle, vi a Clara. Estaba apoyada en una farola, el móvil en la mano, un cigarrillo apagado en la otra. Llevaba gafas de sol, pero las ojeras se marcaban igual. Titubeé, dudando si cruzar la calle por otro sitio. Ella me vio primero.
—Lucía —dijo, acercándose unos pasos.
No respondí. Me detuve, dejando un metro de distancia entre las dos.
—Yo… —empezó, buscando palabras— no sabía hasta dónde… lo de las sociedades, todo eso. Pensé que era solo… lo que él decía.
La escuché sin asentir ni negar. Sus manos temblaban ligeramente.
—Ha vendido mi coche para pagar abogados —continuó—. Y la empresa… Hacienda ha bloqueado las cuentas. Estoy… —se interrumpió, tragando saliva—. Solo quería decirte que, si necesitas que declare, declararé. Lo que sea que ayude a aclarar las cosas.
—Eso tendrás que hablarlo con tu abogado —respondí, con voz baja—. Y con el fiscal.
Ella asintió, mirando al suelo.
—Lo sé. Solo… tenía que decir algo.
Nos quedamos unos segundos en silencio, hasta que sonó su móvil. Lo miró, se dio la vuelta y se alejó sin despedirse. La seguí con la mirada un instante y luego entré al edificio.
En el despacho de Martín, sobre la mesa, hubo menos papeles que las otras veces.
—Estamos en la recta final —dijo, mientras me daba un bolígrafo—. Aquí confirmas que aceptas el convenio con las nuevas valoraciones de Hacienda. Tendrás el piso, un porcentaje de las sociedades una vez liquidadas y una compensación económica acorde al patrimonio real. Nada de migajas.
Firmé donde me indicó, sin comentar la última frase. Cuando acabé, guardé el bolígrafo en el bolso, sin prisa.
Al salir del juzgado, el sol de mayo pegaba con fuerza en la acera. Miré el reloj del móvil: las doce y diez. Javier estaba, según los periódicos digitales, pendiente de juicio, con medidas cautelares y prohibición de salir del país. No lo había visto en persona desde el día que se lo llevaron de la sala.
Caminé despacio hacia la estación de metro. En la esquina, frente a una cafetería pequeña, me detuve un instante, mirando mi reflejo en el cristal. El pelo recogido deprisa, la camisa arrugada por el cinturón del bolso, unas ojeras suaves que no se iban del todo.
Recordé sus palabras en el pasillo, aquel primer día:
“Hoy es mi mejor día. Te lo voy a quitar todo”.
Saqué el móvil, abrí el calendario y miré la fecha marcada en rojo: “Divorcio firme”. Hoy. Cerré la aplicación, respiré hondo y empecé a andar de nuevo.
No era el mejor día ni el peor. Era, sencillamente, el primero que empezaba sin llevar su apellido en el DNI y sin temor a la próxima jugada.



