Cada noche me despertaba con la misma sensación: alguien respirando demasiado cerca. Abría apenas los ojos y lo veía… mi marido de pie junto a la cama, inmóvil, mirándome como si yo fuera un secreto que estaba por revelar.

Cada noche me despertaba con la misma sensación: alguien respirando demasiado cerca. Abría apenas los ojos y lo veía… mi marido de pie junto a la cama, inmóvil, mirándome como si yo fuera un secreto que estaba por revelar. Cuando le preguntaba, sonreía: “Solo te estaba cuidando”. Mentira. Su mirada no cuidaba; calculaba. Así que una noche decidí fingir. Respiré lento, dejé caer el brazo, me volví estatua. Lo escuché inclinarse y sus labios rozaron mi oído. Susurró algo tan suave que parecía una caricia… y aun así me heló la sangre. Porque no era una frase de amor. Era una cuenta regresiva.

Cada noche me despertaba con la misma sensación: alguien respirando demasiado cerca. En nuestro piso de Valencia, el silencio tenía un peso raro, como si el aire se quedara atrapado en los pasillos. Abría apenas los ojos y lo veía… mi marido, Hugo Serrano, de pie junto a la cama, inmóvil, mirándome como si yo fuera un secreto que estaba por revelar.

—¿Qué haces? —murmuraba yo, con la garganta seca.

Él sonreía, siempre igual.

—Solo te estaba cuidando.

Mentira. Su mirada no cuidaba; calculaba. Era la mirada de un hombre que mide tiempos, distancias, consecuencias. De día era encantador: el tipo que te prepara café, que paga con el móvil, que saluda a los vecinos por su nombre. De noche, se quedaba ahí, quieto, respirando como si practicara algo.

Al principio pensé que era sonambulismo. Luego pensé que era estrés. Hasta que empecé a notar detalles: su móvil siempre en silencio, su ropa doblada como si nunca se arrugara, su costumbre de revisar el balcón antes de acostarse. Y, sobre todo, su paciencia cuando yo le preguntaba. No se molestaba. No discutía. Como si mi miedo fuera parte del plan.

Una noche encontré en el cajón del salón un sobre con el logo de una aseguradora. No lo abrí, pero vi mi nombre impreso y la palabra “beneficiario”. Cuando Hugo entró, cerré el cajón como si nada. Él me miró un segundo, demasiado atento.

Esa fue la noche que decidí fingir.

Me acosté temprano y apagué la luz. Cuando sentí su peso a mi lado, conté mi respiración, como me enseñó una vez en una clase de yoga: inhalar cuatro, sostener dos, exhalar seis. Esperé.

A las 03:12, el colchón dejó de moverse. Escuché el roce mínimo de sus pies en el suelo. Lo imaginé de pie, al lado, con esa quietud de estatua.

Yo también me volví estatua.

Respiré lento, dejé caer el brazo por el borde, aflojé la boca como cuando sueñas. No parpadeé. No tragué saliva. El miedo me latía en las sienes, pero lo sostuve.

Lo escuché inclinarse. Su aliento tocó mi mejilla. Sus labios rozaron mi oído.

Y susurró algo tan suave que parecía una caricia… y aun así me heló la sangre:

Quedan tres noches.

No dijo “te quiero”. No dijo “perdón”. No dijo “duerme”.

Dijo una cuenta regresiva.

Sentí que mi cuerpo quería salir corriendo de sí mismo, pero seguí inmóvil. Porque si abría los ojos, él sabría que lo había oído. Y si él sabía… yo no llegaba a la cuarta noche.

Cuando se alejó, escuché un clic metálico, pequeño, como el de una cerradura o el de un temporizador. Luego volvió a la cama y respiró normal, como un hombre cansado.

Yo miré la oscuridad por dentro de mis párpados, repitiendo la frase como un código.

Tres noches.

En algún lugar de la casa, algo acababa de empezar.

No dormí más. Esperé a que amaneciera con la calma falsa de quien aprende a caminar sobre cristal. A las siete, Hugo se levantó como siempre: ducha corta, camisa planchada, beso en la frente.

—Hoy tengo reunión temprano —dijo—. ¿Estás bien? Te noté inquieta.

Era tan perfecto que daba rabia. Asentí, fingiendo un bostezo.

—Solo tuve un mal sueño.

Él sonrió y se fue. Cuando cerró la puerta, el piso se quedó en silencio, pero ya no era un silencio normal: era una escena del crimen sin cadáver visible.

Lo primero fue el cajón. Saqué el sobre de la aseguradora. Esta vez lo abrí con cuidado, como si fuera a explotar. Dentro había una copia de póliza de vida. A mi nombre. Capital asegurado: 600.000 euros. Beneficiario: Hugo Serrano. Fecha de alta: hacía cuatro meses.

Yo no recordaba haber firmado nada. Pero mi firma estaba ahí, temblorosa, como la de alguien que firma en una tablet sin mirar. Recordé una cena con amigos, Hugo pasándome el móvil “para confirmar la reserva”. Recordé el gesto rápido, el “firma aquí, cariño”.

Tragué saliva. El plan no era nuevo. Tenía meses.

Busqué más. En un archivador encontré recibos de farmacia: somníferos, gotas, suplementos. Cosas que él “me compraba” porque yo “estaba estresada”. Me vino a la boca el sabor amargo de algunas noches, una sed rara, el sueño pesado que caía como un saco. No era paranoia: era química.

Llamé a mi amiga Marina Paredes, enfermera en el Hospital Clínico de Valencia. No le conté todo por teléfono. Solo le dije:

—Necesito que me hagas un favor y no me preguntes por qué. ¿Puedes conseguirme un test toxicológico básico? De orina. Hoy.

Silencio. Luego, Marina respiró hondo.

—Dime solo una cosa: ¿estás en peligro?

—Creo que sí.

—Entonces vienes a mi casa ya.

Fui caminando, sin coger el coche, por miedo a que el GPS de Hugo estuviera vinculado. En el trayecto, observé detalles que antes ignoraba: una cámara en el portal del edificio que apuntaba más hacia mi puerta que hacia el pasillo; el vecino del tercero que siempre “casualmente” sacaba la basura cuando yo salía; el coche gris aparcado cada día en el mismo sitio. Valencia seguía siendo Valencia, con naranjos y cafeterías, pero para mí era un tablero.

En casa de Marina me temblaron las manos mientras hacía el test. Salió una línea tenue que ella interpretó con el ceño fruncido.

—No es concluyente, pero… hay indicios de sedantes. Necesitas un análisis en condiciones.

—No puedo ir a urgencias y decir “creo que mi marido…” —susurré.

Marina me miró con rabia.

—Claro que puedes. Y con abogado. Y con denuncia.

La palabra “denuncia” me dio vértigo. Porque si me equivocaba, él me destrozaría. Y si no me equivocaba… me mataría.

—Dijo “tres noches” —le conté al fin, y se me rompió la voz.

Marina no se rió. No dudó. Se levantó y cerró con llave.

—Vale. Vamos a actuar como si fueran tres noches de verdad.

Ese mismo día, hicimos un plan simple y lógico. Nada de héroes. Nada de trampas sofisticadas. Pruebas y salida.

  1. Guardé la póliza, los recibos y fotos de todo en una nube con acceso de Marina.

  2. Compré una grabadora pequeña en una tienda de electrónica cerca de Colón.

  3. Llamé a una abogada recomendada por Marina: Valeria Blasco, especializada en violencia y medidas cautelares.

  4. Y lo más importante: no volví a dormir en casa… pero tampoco desaparecí. Porque si Hugo notaba el vacío, aceleraría.

Volví al piso al atardecer como si nada. Sonreí. Cociné. Dejé que Hugo hablara de su “reunión”. Observé cómo miraba el reloj dos veces, siempre al mismo minuto. Observé cómo puso mi vaso de agua a mi izquierda, donde yo siempre lo alcanzaba. Observé cómo, al ir al baño, dejó su móvil boca abajo.

Esa noche, antes de acostarme, dejé la grabadora escondida bajo la cama, cerca del lado donde él se ponía de pie.

Me recé a mí misma una promesa: si volvía a susurrar la cuenta regresiva, esta vez la prueba quedaría registrada.

Y si quedaban dos noches… yo no pensaba estar allí para la tercera.

La segunda noche fue peor porque ya sabía exactamente lo que estaba esperando. Cenamos viendo una serie. Hugo se rió en los momentos correctos. Me preguntó por mi día como un actor que conoce el guion. Yo fingí cansancio y me fui a la cama primero.

Apagué la luz. Conté mi respiración. Me obligué a pensar en cosas neutras: el sonido del tranvía, el olor a café en la calle, el agua golpeando una fuente. A las 03:09, el colchón se alivió. La habitación cambió de temperatura, como si alguien abriera una puerta invisible.

Hugo se levantó.

Lo vi por una rendija mínima entre pestañas. Su silueta se recortó contra la luz del pasillo. Se quedó quieto, mirando mi cara. No era sonambulismo. Tenía el cuerpo despierto, firme, controlado. La pausa duró demasiado, como si esperara el momento preciso.

Se inclinó.

—Quedan dos noches —susurró.

El mismo tono. La misma suavidad. La misma ausencia de humanidad.

Luego escuché el clic metálico otra vez. Esta vez, más claro: venía del cajón de la mesilla. Como una caja que se abre y se cierra.

Volvió a acostarse. Y, por primera vez, sentí algo además del miedo: certeza. Certeza de que yo era un trámite.

A las siete, cuando se fue a trabajar, no llamé a Hugo. Llamé a Valeria Blasco y a Marina. Quedamos en un punto: una cafetería cerca de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Llevé la grabadora y el móvil con las copias.

Valeria escuchó el audio con auriculares. Su cara no cambió, pero su voz sí.

—Esto es oro —dijo—. Cuenta regresiva, conducta repetida, posible administración de sedantes, y una póliza con beneficiario. Con esto pedimos medidas.

—¿Hoy? —pregunté.

—Hoy. Antes de la tercera noche.

Fuimos a comisaría con todo impreso y respaldado digitalmente. Yo temblaba al hablar, pero Valeria se encargó de que cada frase fuera un dato: fechas, horas, documentos, patrones. Los agentes nos escucharon con escepticismo al principio, hasta que oyeron el audio. Uno de ellos, un inspector llamado Iván Roca, ladeó la cabeza como quien encaja una pieza.

—He visto algo parecido —dijo—. No es frecuente, pero existe. Gente que “prepara” un fallecimiento como si fuera un trámite financiero.

Ordenaron una actuación discreta. Nada de patrullas llamativas en mi edificio. Dos agentes de paisano y una unidad para “verificación de riesgo” cerca. Me explicaron el plan: yo volvería a casa, actuaría normal, pero tendría una vía de salida preparada. Si Hugo hacía un movimiento sospechoso, intervendrían.

Volví al piso al anochecer con el estómago vacío. Hugo estaba de buen humor, demasiado. Me trajo flores baratas, gesto raro en él.

—Te veo mejor —dijo, tocándome la mejilla—. Me alegra.

La palabra “me alegra” sonó como “se acerca”.

Esa noche, mientras él se duchaba, hice una cosa mínima pero decisiva: cambié mi vaso por otro idéntico y lo dejé en el mismo lugar, pero no lo bebí. Guardé el original en una bolsa para análisis, como me indicó Marina. Y dejé mi móvil con la pantalla encendida en un chat con Valeria, preparado para enviar un solo punto “.” si necesitaba ayuda inmediata.

A las 03:11, el colchón se movió.

Hugo se levantó.

Mi piel se erizó incluso antes de oírlo. Se colocó a mi lado, inmóvil. Esperó. Se inclinó.

—Queda una noche —susurró.

Y entonces su mano fue hacia mi mesilla. Yo vi el brillo de algo metálico. No un cuchillo de película, sino algo pequeño, clínico. Un frasco, quizá. Una jeringa de insulina. Algo de uso “médico”.

Mi pulgar envió el punto.

“.”

En el silencio, Hugo soltó una exhalación corta, como irritado. Como si algo no encajara. Su mirada se giró hacia mi móvil. Había un segundo de duda. La duda de quien se da cuenta de que el tablero ya no es suyo.

Sonó un golpe fuerte en la puerta del piso.

—Policía —dijo una voz firme.

Hugo se quedó congelado, por primera vez. No por miedo a mí. Por miedo al sistema.

Los agentes entraron con rapidez medida. Iván Roca se acercó y vio lo que Hugo intentaba ocultar en la mano. Hugo sonrió, aún intentando sostener el personaje.

—Es un malentendido. Mi esposa está nerviosa. Yo solo…

—Solo contaba noches —lo cortó Iván, y le puso las esposas.

Yo me incorporé, temblando, y por primera vez en semanas respiré aire completo. No me sentí “salvada” como en una película. Me sentí viva de manera sucia y real.

Al amanecer, en una sala de declaraciones, Valeria me puso una manta sobre los hombros. Marina me apretó la mano. Iván me explicó que investigarían la póliza, los movimientos bancarios, los fármacos, y el posible cómplice “Martin” que aparecía en algunos correos del móvil de Hugo.

La cuenta regresiva había terminado.

No porque el tiempo se agotara, sino porque yo dejé de fingir que estaba dormida en mi propia vida.