En el supermercado pagué las compras de una anciana que no alcanzaba con su pensión. Me tomó la muñeca con fuerza y, pegando su boca a mi oído, susurró: “Cuando tu marido se vaya… no toques la nieve del jardín”. Me reí, nerviosa, pensando que era una señora excéntrica. Pero su mirada no tenía locura; tenía certeza. Esa noche casi no dormí. A la mañana siguiente, cuando salí al porche y vi el patio, me fallaron las piernas. Porque la nieve estaba intacta… excepto por un círculo perfecto, como si alguien hubiera derretido algo desde abajo.
En el supermercado pagué las compras de una anciana que no alcanzaba con su pensión. Fue en Segovia, un viernes por la tarde, con nieve reciente en las aceras y la calefacción del local tan alta que todo olía a pan caliente y ropa mojada. La mujer temblaba frente a la caja, contando monedas con dedos torpes. El cajero miraba el reloj. Yo llevaba prisa, pero algo en su vergüenza me apretó el pecho.
—Déjelo, yo lo cubro —dije, y acerqué mi tarjeta.
La anciana levantó la vista. Tenía ojos claros, muy despiertos, como si estuviera contando otra cosa además de céntimos. Cuando el ticket salió, no me dio las gracias con una sonrisa normal. Me agarró la muñeca con una fuerza que no parecía suya y, pegando su boca a mi oído, susurró:
—Cuando tu marido se vaya… no toques la nieve del jardín.
Me reí, nerviosa, pensando que era una señora excéntrica. Pero su mirada no tenía locura; tenía certeza. Certeza fría.
—Señora… yo… —intenté.
Ella me soltó como si el contacto quemara y se alejó empujando el carro vacío, sin mirar atrás. Me quedé clavada, con el pulso golpeándome la garganta. No recordaba haberle dicho mi nombre, ni que yo estuviera casada. Y, sin embargo, lo había dicho como quien repite una instrucción.
Esa noche casi no dormí. Mi marido, Adam Keller, dormía a mi lado como siempre: respiración lenta, el móvil boca abajo en la mesilla. Adam era alemán, ingeniero, metódico, el tipo de hombre que arregla cerraduras y te dice que no te preocupes. Nos habíamos mudado a un chalet a las afueras por “tranquilidad”. Yo lo había creído.
A las seis de la mañana, escuché el garaje. Adam se levantó sin hacer ruido, se vistió y susurró:
—Vuelvo en una hora. Voy a por café.
La frase sonó ensayada. Me quedé quieta, esperando el portazo. Cuando el motor se alejó, mi cuerpo se movió solo, como si la anciana hubiera tirado de un hilo invisible.
Abrí la cortina del salón y miré el patio trasero. La nieve estaba intacta, lisa, perfecta… excepto por un círculo. Un círculo impecable, de casi un metro de diámetro, donde la nieve había desaparecido. No era huella, no era pisada: era como si alguien hubiera derretido algo desde abajo, dejando la hierba oscura expuesta, húmeda, humeando apenas.
Me fallaron las piernas.
Recordé las palabras: no toques la nieve del jardín.
En el centro del círculo había algo pequeño, negro, apenas visible contra la tierra. Un punto que no debería estar ahí.
Y entonces, desde dentro de la casa, sonó el timbre del móvil de Adam que él había olvidado en la mesilla.
Tres vibraciones.
Una notificación que apareció en la pantalla bloqueada: “ENTREGA CONFIRMADA. NO ABRIR HASTA QUE ÉL SALGA.”
Me quedé mirando el teléfono como si fuera una bomba. La notificación desapareció, pero el hielo en mi nuca no. Adam nunca olvidaba el móvil. Nunca. Lo llevaba incluso al baño. Si lo había dejado, era porque no lo necesitaba… o porque quería que yo lo viera.
Respiré despacio. No toqué el teléfono. No lo desbloqueé. En lugar de eso, tomé la chaqueta y salí al porche con cuidado, como si el aire pudiera delatarme. El frío me golpeó la cara. La nieve crujía bajo mis botas, y cada paso sonaba demasiado alto.
Me acerqué al círculo derretido sin pisarlo. El borde era limpio, casi geométrico, como si el calor hubiera subido desde un punto exacto. Me agaché a un metro de distancia, lo suficiente para ver sin tocar. En el centro, asomaba un trozo de plástico negro del tamaño de un pulgar. Parecía la esquina de una bolsa resistente.
No debía tocar la nieve, pero el círculo ya no era nieve. Aun así, el aviso me retumbaba: no toques. Miré alrededor: la valla, el cobertizo, el seto. Nada. Ninguna huella cercana. Demasiado perfecto.
Volví adentro, cerré con llave, y entonces sí: cogí el móvil de Adam. La pantalla me pidió el código. Probé una fecha que él usaba para todo: 1107. Falló. Probé otra: 2401. Falló. Mi corazón subía a la garganta. No era solo un secreto; era otro Adam.
El móvil vibró de nuevo. Llamada entrante: “MARTIN”.
La llamada siguió sonando. No podía dejar que saltara el buzón con mi voz. No podía contestar y delatar que yo estaba con el teléfono. Lo dejé sonar hasta que se cortó. Al segundo, llegó un mensaje: “¿Ya está listo el jardín?”
Sentí náuseas. Jardín. Esa palabra. Como si el patio fuera una caja de seguridad.
Pensé en la anciana. Tenía que encontrarla. Me puse botas, gorro y salí por la puerta principal, sin mirar el patio. Conduje hasta el supermercado con las manos blancas en el volante. Allí, el cajero me reconoció.
—¿La señora de ayer? —pregunté—. La mayor… pelo blanco… ojos claros.
El cajero frunció el ceño.
—¿La de la pensión? Viene a veces. Se llama Moira… creo. Vive por el barrio viejo.
No era mucho, pero era algo. Fui al barrio viejo, a calles estrechas con piedra y humedad, preguntando en una panadería, en una farmacia. En la farmacia, una empleada bajó la voz.
—¿Moira Hargreaves? Sí. Vive en la calle San Juan. Pero… tenga cuidado. Esa mujer trabajó años en limpieza del hospital. Ve cosas.
Subí la cuesta y llamé a una puerta verde. Nadie respondió. Llamé otra vez. Entonces escuché un sonido leve, como una cadena. Se abrió una rendija y vi un ojo.
—¿Qué quieres? —dijo una voz áspera.
—Soy la del supermercado. La que pagó su compra. Usted me dijo… lo de la nieve.
La puerta se abrió un poco más. Moira me miró de arriba abajo como si confirmara una ficha.
—Entra rápido.
Su casa olía a té y a calefactor viejo. En la mesa había recortes de periódico. Vi titulares sobre robos, estafas, “operaciones” y una foto pequeña de un hombre de perfil… Adam. O alguien que se le parecía.
—¿Quién es mi marido? —solté, sin rodeos.
Moira no se sorprendió.
—No es “tu marido” como tú crees. Ese hombre cambia de nombre como cambia de abrigo. —Señaló un recorte— Hace tres años, en Navacerrada, otra mujer encontró un círculo así en la nieve. Pensó que era una tubería caliente. Tocó. Y esa noche su casa ardió.
Me faltó el aire.
—¿Qué hay en el círculo? —pregunté.
Moira bebió un sorbo de té, temblando apenas.
—Una entrega. Suelen esconder cosas donde nadie mira: debajo de nieve recién caída, en jardines privados. El calor… —hizo un gesto con la mano— una bolsa con una reacción química pequeña, o una placa térmica. Lo justo para marcar el punto y derretir sin dejar huellas.
—¿Y por qué yo?
Moira me miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque tu casa es “segura”. Porque tu nombre no levanta sospechas. Y porque él te usa como coartada.
Mi garganta se cerró. Quise pensar que todo era una paranoia, pero el mensaje de “Martin” seguía en mi cabeza como un martillo.
—¿Qué hago? —susurré.
Moira se inclinó hacia mí, muy cerca, igual que en el supermercado.
—No lo enfrentes sola. No llames a tu marido. Y no toques la nieve… porque si hay algo ahí que está hecho para activarse con presión o movimiento, el culpable serás tú. —Me puso un papel en la mano— Este número es de Ismael Duarte, Policía Nacional, Grupo de Estupefacientes en Segovia. No confía en cualquiera. Y yo no doy números por gusto.
Miré el papel. Me temblaban los dedos.
—¿Por qué me ayudas? —pregunté.
Moira tragó saliva, y por primera vez su certeza tuvo una grieta.
—Porque ya vi a una chica como tú… y nadie le creyó a tiempo.
Salí con el número apretado en el puño. Cuando llegué a casa, el coche de Adam estaba en la entrada.
Y la nieve del patio… seguía intacta.
Pero el círculo era un poco más grande.
Me quedé en el coche, con el motor apagado, mirando la fachada como si fuera otra casa. Adam estaba dentro. O quizá no. Quizá era solo alguien con su cara. Recordé lo que Moira dijo: no lo enfrentes sola.
Marqué el número de Ismael Duarte antes de perder valor. Respondió una voz masculina, seca.
—Duarte.
—Mi nombre es Claire Morgan —mentí por instinto; luego lo corregí—. Claire Keller. Vivo en las afueras. Creo que mi marido está usando nuestra casa para… una entrega. Hay un círculo derretido en la nieve del jardín. Y mensajes en su móvil.
Silencio breve. Luego, la voz bajó un tono, profesional.
—¿Dirección?
Se la di. Me pidió algo que me sorprendió:
—No entre. No lo mire. No lo provoque. Quédese visible, en un lugar público cercano. ¿Puede ir a una cafetería? ¿Tiene alguien con usted?
—No —dije, sintiéndome pequeña.
—Haga lo que le digo. Ahora.
Colgué. Conduje hasta una gasolinera a dos minutos. Me senté frente a la cristalera, café sin azúcar, manos apretadas alrededor del vaso. A través del vidrio veía coches pasar como si el mundo siguiera intacto.
A los quince minutos, vi dos vehículos sin distintivos y una furgoneta blanca de mantenimiento detenerse cerca de mi calle. No sirenas. No espectáculo. Hombres con chalecos oscuros bajaron y se repartieron discretamente. Uno entró por mi puerta principal. Otro rodeó hacia el lateral. La “furgoneta” se quedó junto al seto, como si fueran jardineros.
Mi teléfono vibró. Número desconocido. No contesté. Volvió a vibrar: mensaje de Adam.
“¿Dónde estás?”
Una parte de mí quiso responder: a salvo de ti. Pero me mordí la lengua. Duarte había dicho: no lo provoque.
Esperé con el corazón en la boca. Pasaron diez minutos eternos. Entonces llegó otro mensaje, esta vez de “Martin”, al móvil que yo llevaba (mi propio móvil):
“Dile a tu marido que no toque nada. Vamos tarde.”
Martin. No era un amigo. Era un socio que asumía que yo era parte del sistema.
De pronto, mi móvil sonó: Duarte.
—Señora Keller, necesito que me confirme algo sin rodeos: ¿su marido se llama realmente Adam Keller?
Tragué saliva.
—Creo que sí… pero ya no estoy segura.
—Bien. —Se oyó ruido de pasos al otro lado—. Encontramos un paquete enterrado. No lo tocaron, por suerte. Y su marido… está aquí con nosotros.
Me quedé sin aire.
—¿Lo arrestaron?
—Está retenido para identificación. Pero escuche: él insistía en que “usted sabe” y que “esto es una confusión”. —Duarte hizo una pausa—. En el interior del paquete hay documentación falsa y una cantidad considerable de dinero en efectivo, escondida con un sistema térmico. También encontramos, en el cobertizo, herramientas y bolsas con residuos químicos. Esto no parece un error doméstico.
Sentí ganas de vomitar. No era una infidelidad. No era una mentira pequeña. Era una vida construida sobre un agujero.
—¿Y ahora qué hago? —pregunté, con la voz rota.
—Ahora viene lo difícil: su declaración. Y su seguridad. Porque si “Martin” existe, no va a estar contento.
Miré por la ventana de la gasolinera. En mi calle, vi movimiento. Vi a un hombre salir escoltado, manos a la vista, cabeza alta. Aunque no lo veía de cerca, reconocí su forma de caminar. Adam.
El mismo que me hacía té cuando estaba enferma. El que me instaló la cerradura “por seguridad”. El que decía que odiaba la mentira.
Mi móvil vibró con un mensaje nuevo. Esta vez, un número sin nombre. Solo texto:
“Bonito círculo. Ahora sabemos que hablas.”
El café me tembló en la mano. Duarte seguía en línea.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Me… me acaban de escribir —susurré—. Saben que hablé.
—Escúcheme, Claire. —Su voz se endureció—. Quédese donde está. No vuelva a casa. Vamos a asignarle una patrulla. ¿Tiene algún lugar seguro? ¿Familia cerca?
Pensé en mi hermana en Valladolid. Pensé en mis padres en Irlanda, lejos. Y pensé en Moira, sola, en una casa vieja, viendo cosas.
—Tengo… una persona —dije—. Una mujer que me avisó.
—Bien. No vaya allí tampoco. —Pausa—. Señora Keller, esto ya no es una historia de vecindario. Esto es una investigación. Y usted es testigo.
Me quedé mirando mis manos. En el anular, aún llevaba el anillo.
Entendí de golpe por qué Moira me había dicho que no tocara la nieve: no era una superstición. Era un protocolo de supervivencia.
Porque el círculo en el jardín no era magia. Era un mensaje.
Y el mensaje decía: tu vida es un escondite.
Apretando el vaso como si me anclara al mundo, hice lo único lógico: me quité el anillo, lo dejé sobre la mesa, y por primera vez en mucho tiempo respiré como alguien que decide.
—Voy a declarar —dije—. Todo.
Duarte no respondió con consuelo. Respondió con algo mejor.
—Así se sale viva.



