Mi hijo menor, piloto de avión, me llamó a una hora extraña; en cuanto vi su nombre en la pantalla sentí un presentimiento helado. Con la voz tensa me preguntó si mi nuera estaba en casa. “Sí, está aquí conmigo”, respondí, mirando instintivamente hacia el pasillo. Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea, y entonces él susurró, casi sin aliento: “Imposible, mamá… ella acaba de abordar mi vuelo”. En ese instante, detrás de mí, comenzaron a oírse unos pasos lentos y decididos.

Me llamo Carmen y, hasta aquella tarde, yo habría jurado que conocía a mi familia mejor que a mí misma. Era sábado, casi las seis, y en el piso sólo se oían los dibujos animados que veía Mateo en el salón y el tintinear de las tazas en la cocina. Laura, mi nuera, estaba sentada a la mesa, repasando unos correos en su portátil mientras tomaba café. Llevaba el pelo recogido en un moño deshecho y esa sudadera gris que siempre usaba para “andar por casa”.

—¿Quieres más café, Laura? —pregunté, levantando la cafetera.

—No, gracias, Carmen. Si tomo otro no duermo —respondió sin apartar la vista de la pantalla.

El móvil fijo del pasillo empezó a sonar. No sé por qué, pero me sobresalté. Casi nadie llama ya al fijo. Dejé la cafetera y fui a contestar, secándome las manos en el delantal.

—¿Diga?

—Mamá, soy yo —la voz de Daniel, mi hijo pequeño, sonó con ese ruido de fondo de aeropuerto que ya reconozco al instante—. ¿Laura está contigo?

Sonreí sin pensarlo.

—Sí, claro. Está aquí en casa, en el salón con Mateo —respondí, echando un vistazo hacia la puerta de la cocina, desde donde veía el reflejo del televisor en la pared.

Hubo un silencio muy breve al otro lado. Luego, la voz de Daniel bajó a un susurro que me puso los pelos de punta.

—Eso es imposible, mamá. —Hizo una pausa—. Laura acaba de embarcar en mi vuelo. La he visto entrar en el avión. Me ha saludado.

Sentí cómo se me enfriaba la sangre. Miré otra vez hacia el pasillo, casi esperando que el piso estuviera vacío, que todo fuera un malentendido absurdo.

—Daniel, cariño, no digas tonterías —intenté reír, pero la voz me salió demasiado aguda—. Laura está aquí. La estoy viendo ahora mismo.

—No puede ser. Lleva su pasaporte, su bolso. Es ella, mamá —insistió, muy serio—. ¿Estás segura de que la que tienes en casa es Laura?

En ese momento lo oí: pasos en el pasillo, acercándose despacio desde el salón. Unos pasos firmes, reconocibles, el tac-tac suave de las zapatillas de casa contra el parquet. Me giré con el teléfono todavía pegado a la oreja.

Laura apareció en el marco de la puerta, con Mateo asomando por detrás de su pierna. Tenía la cara pálida, los ojos muy abiertos, como si hubiera escuchado cada palabra de la conversación. Se quedó mirándome en silencio, y noté en sus facciones algo tenso, una rigidez que nunca le había visto.

—Mamá —susurró Daniel al otro lado—, dime que estás segura.

Laura tragó saliva, dio un paso más hacia la luz de la cocina y, sin apartar la mirada de la mía, dijo en voz baja:

—Carmen… tenemos que hablar. La mujer que acaba de subir al avión de Daniel… no soy yo.

Me quedé con el auricular pegado a la oreja, sin saber qué decir. Daniel repetía mi nombre, cada vez más nervioso.

—Carmen —Laura se acercó hasta casi tocarme el brazo—, cuelga. No podemos hablar de esto por teléfono.

Le sostuve la mirada. Había en sus ojos algo entre miedo y decisión, como si llevara tiempo preparándose para este momento. Le di la espalda unos segundos.

—Daniel, está pasando algo raro. Laura está aquí conmigo, delante de mí. Te llamo en cuanto sepa qué ocurre, ¿vale?

—Mamá, el embarque ya ha terminado, tenemos que salir. No puedo quedarme sin despegar —respiró hondo—. En cuanto llegue a Bogotá llamo a seguridad. No hagas nada sola, ¿me oyes?

Asentí, aunque él no podía verme, y colgué. El silencio en la cocina se volvió pesado. Mateo, ajeno a todo, tiró de la sudadera de su madre.

—Mamá, ¿podemos poner los coches? —preguntó, señalando el salón.

—Ve al salón, cariño —dijo Laura, sin apartar la vista de mí—. Ahora voy.

Cuando el niño desapareció, cerró la puerta de la cocina con cuidado. Se apoyó unos segundos en ella, respirando hondo.

—Te lo tendría que haber contado hace años —murmuró—. Pero pensé que nunca volvería a pasar.

—¿Qué es lo que no me has contado? —pregunté, más fría de lo que pretendía.

—Tengo una hermana gemela —soltó de golpe—. Se llama Lucía.

Me quedé helada. Sabía que Laura había tenido una infancia complicada, una madre que apenas mencionaba y un padre ausente. Pero jamás había mencionado una hermana.

—Nos separaron de pequeñas —continuó—. Yo me quedé con mi madre. Lucía pasó por acogidas, centros… Su vida fue por otro camino. Dejó de hablarme hace años. La última vez que la vi fue antes de casarme con Daniel.

Se sentó a la mesa, temblando levemente. Me hizo un gesto para que me sentara frente a ella.

—Hace dos semanas apareció de nuevo. Me llamó desde un número oculto. Sabía todo sobre nuestra vida, sobre Daniel, sobre su trabajo, sobre Mateo. Me dijo que necesitaba… “pedirme prestada mi cara” una vez más. Que si no aceptaba, alguien saldría muy perjudicado.

Le temblaron los labios.

—Me envió una foto de Mateo saliendo de la guardería, Carmen. Una foto tomada desde un coche. Entendí el mensaje.

Noté que el corazón se me aceleraba.

—¿Qué te pidió exactamente?

—Mi pasaporte y unas cosas más. Un viaje a Bogotá en el vuelo de Daniel. «Solo tengo que pasar el control, nada más», me dijo. «Salgo del país y tú vuelves a tu vida perfecta». Hablaba de “gente” que no aceptaría un no por respuesta.

Laura abrió el bolso y sacó algo envuelto en un pañuelo. Lo dejó sobre la mesa. Era un segundo pasaporte, idéntico al suyo, pero con el nombre de LUCÍA MARTÍNEZ.

—Se hizo uno con mis datos hace años —explicó—. Sabe imitarme. El mismo corte de pelo, las mismas gafas de sol… En un aeropuerto nadie mira tan de cerca.

—Pero se ha equivocado —murmuré—. Daniel está al mando del vuelo. Él la ha visto.

—Y por eso se ha puesto tan nerviosa —Laura bajó la voz—. Antes de venir aquí me mandó un mensaje: “Estás con tu suegra, ¿no? No se te ocurra hablar. Tenemos ojos en todas partes”.

Nos miramos en silencio. De repente, el timbre de la puerta sonó con una insistencia cortante, tres veces seguidas, como un puñetazo contra el aire.

Laura se puso rígida.

—No esperaba a nadie —susurré.

Ella se levantó despacio, blanca como el papel.

—Yo sí —dijo—. Si Lucía ha embarcado, ellos han mandado a alguien a comprobar que yo sigo aquí.

El pasillo parecía más largo de lo normal mientras caminábamos hacia la puerta. Podía oír mi propia respiración y el murmullo lejano del televisor en el salón, donde Mateo seguía jugando sin sospechar nada.

—Vete con él —le dije a Laura antes de abrir—. Quédate con Mateo y no digas nada. Yo miro quién es.

—No, no te dejo sola —negó con la cabeza, pero sus pies dudaron.

El timbre sonó de nuevo, esta vez acompañado de unos golpes suaves, como de nudillos impacientes.

Abrí la puerta solo un resquicio, dejando la cadena puesta. En el rellano había un hombre de unos cuarenta años, bien afeitado, con chaqueta de cuero y una sonrisa demasiado correcta.

—Buenas tardes, señora —dijo, mostrando una cartera con algo que parecía una acreditación—. Soy de la compañía eléctrica. Estamos comprobando unos contadores del edificio. Sólo serán un par de minutos.

No llevaba ningún logotipo reconocible. Sus ojos, oscuros, pasaron por mi cara, luego por encima de mi hombro, hacia el interior del piso. Sentí a Laura inmóvil detrás de mí.

—El contador está bien —contesté—. Ya nos revisaron hace poco.

El hombre no perdió la sonrisa, pero la insistencia se notaba en la voz.

—La revisión es obligatoria, señora. Mis compañeros ya han pasado por los otros pisos.

Yo sabía que era mentira. Conocía a casi todos mis vecinos, y nadie había mencionado ninguna revisión.

—Lo siento, ahora no es buen momento —dije, y cerré la puerta sin darle tiempo a responder.

Laura me agarró del brazo, con los ojos desorbitados.

—Es de ellos —susurró—. No se van a ir así como así.

Cogí el móvil con manos temblorosas y marqué el 112. Expliqué lo justo: que había alguien extraño insistiendo en entrar, que mi nuera estaba amenazada, que había un posible caso de suplantación de identidad en un vuelo internacional. Noté que la operadora se tensaba y me pidió que no colgara, que mantuviera la puerta cerrada y que una patrulla estaba en camino.

Mientras esperábamos, el hombre llamó un par de veces más, pero ya no respondimos. Los minutos se hicieron eternos. Laura se asomó de reojo por la mirilla.

—Se ha ido —murmuró al fin—. Ha hecho una llamada al móvil y ha bajado las escaleras.

La policía tardó menos de lo que yo esperaba. Dos agentes subieron al piso, tomaron nota, llamaron a la unidad de delitos económicos y a la Guardia Civil del aeropuerto. Les di los datos del vuelo de Daniel, el nombre de Lucía, el número de pasaporte falso.

—Si esa mujer ha embarcado utilizando la documentación de su nuera, habrá cámaras, registros —dijo uno de los agentes—. Avisaremos a la policía colombiana para que la estén esperando a la llegada.

Las horas siguientes fueron una mezcla de declaraciones, llamadas y silencios densos. Laura contó, esta vez con todos los detalles, cómo su hermana la había utilizado en el pasado, cómo había prometido que era “la última vez”. Mateo se quedó dormido en el sofá, ajeno al ruido.

A la mañana siguiente, Daniel llamó desde Bogotá. Su voz sonaba agotada.

—Mamá, la policía se subió al avión nada más aterrizar —me contó—. Se llevaron a “Laura” esposada delante de todos. Cuando le pidieron que dijera mi segundo apellido, se equivocó. Y luego encontraron algo en su maleta. No me dijeron qué, pero por la cara que pusieron…

Lucía había sido detenida por tráfico de drogas y falsedad documental. Gracias a las cámaras del aeropuerto de Madrid y a la denuncia que habíamos puesto, la cosa estaba clara. No era la primera vez que utilizaba la identidad de su hermana, pero sí la primera en la que alguien al mando del vuelo la conocía personalmente.

Semanas después, Laura fue llamada a declarar. Salió del juzgado con los hombros algo más relajados, como si cargara un peso enorme desde hacía años.

—Lo siento —me dijo en la puerta—. Tendría que habértelo contado antes. A ti y a Daniel.

—Ahora ya lo sabe todo el mundo que lo tiene que saber —respondí—. Y Mateo está bien. Eso es lo que importa.

La historia se fue apagando, absorbida por otros titulares. Pero en casa, cada vez que suena el timbre del piso o el teléfono fijo, una parte de mí vuelve a oír aquella voz de Daniel susurrando: “¿Estás segura de que la que tienes en casa es Laura?”.

Y tú, si hubieras estado al otro lado de ese teléfono, oyendo a tu hijo decir que ha visto a tu nuera subir a su avión mientras ella está sentada en tu cocina…
¿qué habrías pensado?
¿Habrías sospechado de una hermana gemela, de una banda, de un simple error… o de algo peor?

Cuéntame: si fueras tú, viviendo en cualquier ciudad de España, ¿qué habrías hecho en mi lugar en ese momento exacto en que oí los pasos en el pasillo?