En el estrecho sendero de la montaña, cuando el viento aún olía a familia y confianza, mi nuera y mi propio hijo nos empujaron de repente por el acantilado. Caímos al vacío y, al despertar entre las rocas, el sabor metálico de la sangre me llenaba la boca. Sentía las costillas arder cuando escuché a mi esposo susurrar, pegado a mi oído: «No te muevas… finge que estás muerta». Solo cuando ellos se alejaron, jadeando, él me reveló una verdad todavía más atroz que la caída.

Me llamo Elena Novak y el día que mi familia decidió matarme, el cielo sobre Montserrat estaba limpio y azul, como en una postal. Caminábamos uno detrás de otro por un sendero estrecho: primero mi marido, Michael, luego yo, y detrás nuestro hijo Daniel y su esposa, Sophie.

—Tenéis que venir más a menudo —dijo Michael sin girarse—. Este camino es bueno para despejar la cabeza.

—Cuando podamos, papá —respondió Daniel, con esa voz cansada que últimamente usaba siempre que se hablaba de familia.

Sophie caminaba en silencio. Solo oía el golpecito rítmico de sus bastones contra las piedras. Desde que se habían casado, la mayoría de las frases de ella tenían que ver con dinero, hipotecas, trabajos mejores. Ese día no era diferente.

—En Barcelona los alquileres suben otra vez —soltó, casi para sí—. Así es imposible.

Yo iba concentrada en no tropezar. El sendero bordea un barranco; a un lado, la roca; al otro, el vacío. El viento subía desde el valle con olor a pino y polvo caliente. Pensé en decir algo para aliviar la tensión, pero no encontré nada. Últimamente, el silencio se había instalado entre nosotros con una naturalidad extraña.

De pronto, oí un pequeño derrape de grava detrás de mí. Llegó seguido de un contacto seco en mi espalda, justo entre los omóplatos. No fue un empujón fuerte, más bien decidido, calculado. No tuve tiempo de girarme ni de gritar el nombre de nadie.

Mi cuerpo salió hacia el vacío. Noté el peso de la mochila tirando de mis hombros, el aire golpeándome la cara. Oí, a mi lado, un rugido ahogado: Michael también caía. Luego, la piedra. Un impacto brutal en la cadera, otro en la espalda, algo que crujía dentro. Giré sobre mí misma, choqué con algo duro, y por fin nos detuvimos en una repisa de roca varios metros más abajo.

No pude respirar durante unos segundos. El mundo se redujo a un pitido agudo en los oídos y un sabor metálico en la boca. Intenté mover la pierna derecha y un dolor feroz me atravesó de arriba abajo.

—Michael… —susurré, o creí susurrar.

Sentí su mano buscar la mía. Su voz llegó como un hilo:

—No te muevas… finge que estás muerta.

Quise preguntar por qué, pero entonces oí pasos arriba, justo en el borde del sendero. Unas piedras cayeron muy cerca de mi cara. Abrí apenas los ojos. Vi la silueta de Daniel asomándose, una mano en la roca. A su lado, el perfil de Sophie, quieta, con las gafas de sol puestas.

—No se mueven —dijo ella.

—Con esa caída… imposible que sigan vivos —respondió Daniel, sin temblor en la voz.

Sentí los dedos de Michael apretar los míos con fuerza, ordenándome seguir inmóvil.

—Vámonos —añadió Daniel—. Hay que decir que se han resbalado. Nadie vendrá por aquí hasta la tarde.

Escuché cómo sus pasos se alejaban por el sendero. El viento volvió a ser lo único que sonaba. Una mosca se posó en mi mejilla manchada de sangre. El sol empezaba a quemar.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que Michael hablara. Cuando lo hizo, su voz era baja, rota.

—Elena… —susurró—. Lo siento. No fue un accidente.

Sentí cómo la sangre se me helaba a pesar del calor.

—¿Qué… dices? —apenas podía articular las palabras.

Hubo una pausa, un jadeo doloroso.

—Yo… sabía que iban a hacerlo —admitió—. Yo les pedí que te empujaran.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, mezcladas con el olor a tierra caliente y hierro de nuestra sangre. Durante unos segundos pensé que había oído mal, que el golpe en la cabeza me había confundido.

—¿Qué has dicho? —pregunté, esta vez más clara, sintiendo cómo el dolor de la cadera se mezclaba con otro tipo de dolor, más profundo.

Michael tragó saliva; pude sentir el movimiento en la mano que todavía apretaba la mía.

—No iba a ser así —murmuró—. El plan… el plan era otro.

Me entraron ganas de retirar la mano, pero el mínimo movimiento me arrancó un gemido. Noté algo húmedo y caliente expandiéndose por mi costado.

—¿Qué plan, Michael? —mi voz sonó extraña, más tranquila de lo que yo misma me sentía.

Él respiró hondo, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico.

—Estamos arruinados, Elena —dijo—. No solo un poco. Todo. La empresa, la casa, las deudas con el banco… Yo lo estropeé. No hay forma de salir salvo con dinero rápido.

—Podrías haberme lo dicho —escupí—. Podríamos haber vendido el piso, cualquier cosa.

—El piso está a tu nombre —continuó, ignorando mi reproche—. Tu pensión, el seguro de vida… Eres tú la que vale algo en los papeles. Yo solo soy una carga.

Lo miré de reojo. Tenía la frente abierta, la sangre cayendo hacia la oreja. Los ojos claros, empañados, pero lúcidos.

—Hablé con Daniel —siguió—. Está cansado, presionado. Sophie… Sophie le insistía con lo del dinero para la entrada del piso. Fue fácil. Les dije que si… si pasaba “un accidente” en la montaña, el seguro pagaría, venderíamos todo, y ellos podrían empezar de nuevo. Nosotros… —calló un momento—. Yo me quedaría con una parte.

Cada palabra caía como una piedra en el poco espacio que nos quedaba.

—¿Tú, tu hijo y tu nuera planeasteis matarme en un paseo familiar? —resumí, notando cómo la voz se me quebraba al final.

Michael cerró los ojos.

—El plan original era que solo tú caerías. Yo iría detrás, fingiría que me había tropezado intentando ayudarte. Gritaría. Llamaríamos a emergencias… Todo sería creíble.

Me entraron náuseas. El mundo giró un segundo y tuve que respirar hondo.

—¿Y por qué has caído conmigo? —pregunté, con una frialdad que me sorprendió.

Sus labios temblaron.

—Daniel cambió algo en el último momento —dijo—. No me lo avisó. Solo sentí el empujón también. Supongo que… decidió que sería más sencillo si los dos desaparecíamos. Dos herencias, ningún testigo.

El silencio que siguió fue denso. Solo se oía, a lo lejos, el rumor de una carretera y el zumbido de algún insecto cercano.

Intenté levantar la cabeza. El dolor me nubló la vista, pero conseguí ver un poco más del entorno. Estábamos en una especie de repisa inclinada, llena de polvo y pequeñas piedras sueltas. A un par de metros, más cerca del borde, vi algo negro brillando al sol: mi mochila, medio abierta. El móvil sobresalía por una cremallera rota.

—Elena… —gruñó Michael—. No te muevas. Puedes romperte algo más.

—Ya estoy rota —respondí, y esta vez sí solté su mano.

Cada movimiento era una negociación con el dolor. Fui arrastrando el cuerpo, apoyándome en el codo izquierdo; el derecho me ardía como si me atravesaran con un hierro caliente. Noté cómo la piedra se hundía bajo mi peso y pequeñas cascadas de grava caían al vacío.

—Vas a caerte —advirtió Michael, con un tono que oscilaba entre la preocupación y el miedo—. Elena, escucha. Si sales de aquí… no los denuncies. Yo… yo soy el responsable.

Seguí avanzando sin contestar. La pantalla del móvil tenía una grieta en forma de tela de araña, pero la luz del sol se reflejaba en ella: estaba encendido. Estiré el brazo todo lo que pude; los dedos rozaron la tela de la mochila. Una punzada en las costillas me dejó sin aire.

—Lo hice por todos —oí detrás de mí—. No quería perder la casa, ni que Daniel terminara en la calle. No quería…

Sus palabras se diluyeron en un quejido. Yo solo veía el móvil. Un centímetro más. Estiré todavía un poco más el brazo, y la piedra bajo mi pecho cedió de golpe. Sentí la repisa inclinarse. Solté un grito. Con un manotazo desesperado, agarré el móvil justo cuando una buena parte del borde se desprendía y desaparecía en el vacío.

Me quedé inmóvil, jadeando, con el corazón golpeando en la garganta. El móvil vibró en mi mano. Miré la pantalla con los ojos nublados.

En la parte superior aparecía un nombre: Daniel. Me estaba llamando.

Durante un segundo pensé en dejar que sonara hasta que se cortara. Pero el sonido insistente, tan fuera de lugar en aquel borde de roca y sangre, me taladraba la cabeza. Deslicé el dedo sobre la pantalla con torpeza y acerqué el móvil al oído.

—¿Mamá? —La voz de Daniel llegó limpia, demasiado limpia—. ¿Dónde estáis? No os vemos…

Permanecí callada unos instantes. Podía oír el viento también al otro lado de la línea, así que seguían cerca.

—Daniel —dije por fin. Mi voz sonó ronca, como si viniera de muy lejos—. Nos hemos caído.

Al otro lado hubo un silencio breve, casi imperceptible, antes de que él reaccionara.

—¿Estáis vivos? ¿Estás bien? ¿Papá? ¡Dime algo!

El tono era el de un hijo alarmado. Si no hubiera escuchado la conversación de hacía unos minutos, quizá me lo habría creído.

—Tu padre está aquí —respondí—. No sé cuánto aguantará.

Miré a Michael. Tenía los ojos semicerrados y respiraba a golpes cortos.

—Vamos a llamar a emergencias, mamá —dijo Daniel—. No te muevas.

Podía colgar y marcar yo misma el 112, pero una parte de mí quería escuchar hasta dónde llegaría.

—Daniel —susurré—. He oído todo.

Otra vez, ese silencio pequeñísimo al otro lado.

—¿El qué? No entiendo…

—“Es imposible que sigan vivos” —repetí sus palabras—. Y lo de que nadie vendría hasta la tarde.

El aire pareció espesarse entre los dos.

—Estaba en shock —balbuceó—. No sabía qué decía. Ha sido un accidente, mamá. Te lo juro.

Clavé la mirada en el cielo, tan azul como al principio del paseo.

—También he oído a tu padre —añadí, sin cambiar el tono—. Todo.

Esta vez no hubo reacción inmediata. Oí pasos, un murmullo de Sophie a lo lejos, el roce del móvil contra su ropa. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.

—Si salís de esta, lo hablamos —dijo—. Ahora lo importante es que os saquen de ahí.

Colgó sin esperar respuesta. Miré la pantalla: la batería marcaba un cinco por ciento. Respiré hondo y marqué el 112.

La operadora habló rápido, profesional. Le expliqué lo esencial: caída en Montserrat, dos heridos graves, sin poder subir. Le di todas las referencias que recordaba del sendero, el aparcamiento, el tiempo que llevábamos caminando. Me pidió que mantuviera el móvil encendido para geolocalizarnos.

—Si se apaga, no se muevan —añadió—. Enviaremos a los bomberos y al helicóptero.

Cuando colgué, el silencio volvió a llenarse con las respiraciones rotas de Michael. Me miraba.

—¿Has… llamado a la policía? —musitó.

—He llamado a quien podía sacarnos de aquí —respondí—. Lo demás vendrá después.

Sonrió torcido, como si eso le doliera.

—No los destruyas, Elena —murmuró—. Yo empecé todo esto. Daniel solo… aceptó.

—Tenías opciones —dije, sin énfasis—. Muchas más que esta.

Sus ojos se perdieron un momento en el cielo.

—Creí que era lo menos malo —susurró—. Me equivoqué en todo.

No contesté. El tiempo se hizo elástico. A lo lejos se empezó a oír el zumbido de un helicóptero, primero muy débil, luego más cercano. El sonido rebotaba en las paredes de roca.

—Ya vienen —le dije.

Michael intentó asentir. Su pecho subía y bajaba con dificultad.

—Si yo no… —tosió, escupiendo sangre—. Si yo no salgo… no les hagas… mucho daño. Son… nuestro hijo.

No había nada que responder a eso. Minutos después, sus ojos se quedaron fijos en un punto que no podía ver. Su mano, manchada de polvo, se soltó lentamente de la roca. El helicóptero aún no se veía, pero ya era demasiado tarde para él.

Las siguientes horas se mezclaron en imágenes sueltas: cascos amarillos, cuerdas, voces en catalán, el giro del rotor sobre mi cabeza, una camilla rígida. Perdí y recuperé la conciencia varias veces.

Desperté en un hospital de Barcelona, con la pierna inmovilizada y un dolor sordo en todo el cuerpo. Una agente de los Mossos d’Esquadra me esperaba a los pies de la cama, con una libreta. Me hizo preguntas: cómo fue la caída, quién iba delante, quién detrás, si había habido discusiones. Contesté a todo. Les hablé del empujón, de las frases de Daniel y Sophie en el borde del precipicio, de la confesión de Michael en la repisa.

Tomaron nota. También hablaron con Daniel y con Sophie. Ellos contaron otra versión: dijeron que yo había resbalado, que Michael se lanzó a ayudarme y ambos caímos. Que ellos corrieron sendero abajo a buscar cobertura para llamar al 112, que lo último que esperaban al volver era encontrar un helicóptero y una nube de policías.

Meses después, recibí una copia del informe. “Versión de la víctima no coincidente con la de los testigos”. “Ausencia de indicios materiales claros de empujón intencionado”. “Contexto de posible confusión debido al politraumatismo y al shock”.

El caso se archivó. Michael estaba muerto. Daniel y Sophie siguieron con su vida en Barcelona. Compraron al fin un piso pequeño en Hospitalet. Me mandaron fotos por WhatsApp que no contesté.

Cambié mi testamento. Vendí la casa grande. Doné casi todo a una fundación de investigación médica y dejé a mi hijo una cantidad simbólica, lo justo para que supiera que lo había pensado hasta el último detalle. No lo denuncié de nuevo. No lo busqué. Tampoco lo perdoné.

Ahora escribo esta historia desde un piso modesto en las afueras de Girona. La cicatriz en mi cadera me molesta cuando llueve, y cada vez que oigo un helicóptero recuerdo el ruido del rotor acercándose demasiado tarde para Michael.

A veces me pregunto qué pensarán otros al leer esto, sobre todo quienes conocéis esos senderos, esa luz, ese viento de las montañas de aquí. Si tú estuvieras en mi lugar, viviendo en España, con un hijo que ha intentado matarte y una justicia que mira a otro lado, ¿qué harías? ¿Lo denunciarías una y otra vez, lo borrarías de tu vida como hice yo, o intentarías entenderlo? Me intriga saber qué habrías elegido tú.