Mi hijo me llamó “fracaso patético” delante de todos en la sala de espera del despacho.
—No te hagas ilusiones, papá —dijo Daniel, con esa media sonrisa de superioridad que heredó de su madre—. No vas a ver un solo euro. Mamá se aseguró de eso. Tú no mereces nada.
Sentí varias miradas clavarse en nosotros: los hermanos de Laura, una amiga suya de toda la vida, incluso la secretaria del abogado, que fingía ordenar unos papeles para no mirar directamente. Yo me limité a cruzar las manos sobre las rodillas y respirar hondo.
—Lo que tú digas, hijo —respondí, sin levantar la voz.
Por dentro, la frase se me repetía, igual que aquella noche en el hospital, cuando Laura me habló de “la última página”.
Laura había muerto hacía dos semanas, en una habitación blanca del Gregorio Marañón, rodeada de máquinas y de un olor a desinfectante que todavía sentía en la ropa. Estuvimos casados veintidós años y divorciados quince. Hicimos muchas cosas mal; algunas fueron culpa mía, otras de ella, y muchas de la vida misma. Pero aquel último día, con la voz rota por la morfina, me agarró la mano.
—He cambiado el testamento, Javier —susurró—. Hay una última página que Marta tiene que leer al final. Quiero que estés allí. Quiero que lo veas todo.
—¿Qué has hecho, Laura? —pregunté.
Me miró con esos ojos que siempre mezclaban ternura y reproche.
—Solo hice justicia. A mi manera.
Volví al presente cuando se abrió la puerta del despacho.
—Pueden pasar —anunció Marta Ruiz, la abogada, con tono profesional.
Nos sentamos alrededor de la mesa: Daniel a mi derecha, traje caro, reloj brillante, el móvil boca abajo pero a la vista; yo, con mi chaqueta vieja de pana; los hermanos de Laura enfrente. Sobre la mesa, una carpeta azul y un sobre blanco cerrado con el nombre de Laura escrito a mano. Reconocí su letra desde donde estaba.
Marta empezó a leer: fórmulas legales, porcentajes, menciones a la vivienda de Pozuelo, al piso antiguo de Lavapiés, a las cuentas del banco, a la pequeña empresa de decoración que Laura había levantado prácticamente sola. Como todos esperaban, casi todo iba para Daniel: acciones, propiedades, cuentas.
Yo miraba el sobre blanco. Marta aún no lo tocaba.
Daniel se recostó en la silla, satisfecho, sin siquiera disimular.
—Lo ves, papá —musitó, inclinándose hacia mí—. Tú ya tuviste tu oportunidad y la tiraste por la borda. Mamá sabía quién era el verdadero éxito en esta familia.
No contesté. Solo fijé la vista en las manos de Marta cuando, al terminar el documento principal, por fin abrió la carpeta y encontró, al fondo, una hoja suelta doblada.
—Vaya, aquí hay… —murmuró.
Levantó la hoja y la desplegó. Sus ojos recorrieron las líneas, primero con curiosidad, luego con creciente incomodidad. La vi tragar saliva, fruncir el ceño y pararse a mitad de lectura.
Su rostro perdió el color.
Le tembló un poco la mano. Entonces levantó la mirada hacia mí, como si de repente todo en aquella sala hubiera cambiado de peso.
—Señor Morales… —dijo en voz baja— esto… esto va a ser incómodo.
Y todavía no había leído en voz alta la última página de Laura.
La sala se volvió más pequeña. Los ruidos del pasillo desaparecieron. Solo se escuchaba el crujido del papel entre los dedos de Marta.
—Proceda, por favor —dije, sin apartar la vista de ella.
Daniel bufó.
—¿Cuánto teatro por una simple formalidad? Ya está claro todo, ¿no?
Marta se aclaró la garganta.
—Lo que voy a leer ahora es un codicilo, una disposición adicional escrita de puño y letra por la señora Laura Ferrer, con fecha de hace cuatro meses. Me pidió que lo incorporara al testamento y que lo leyera al final, delante de todos los herederos.
Silencio. Daniel dejó de sonreír.
La abogada empezó a leer:
—“A mi hijo Daniel. Si estás escuchando esto, significa que ya no estoy. No voy a endulzar mis palabras. Eres brillante, trabajador y ambicioso. Pero también te has convertido en algo que me duele reconocer: cruel, interesado y dispuesto a mentir por dinero.”
Daniel se irguió en la silla.
—Esto tiene que ser una broma.
Marta levantó la mano, pidiéndole silencio, y siguió:
—“Hace un año descubrí que habías falsificado mi firma en dos transferencias para sacar dinero de la cuenta de la empresa. Lo justificaste diciendo que ‘ya sería tuyo algún día’. Tenía las pruebas: el correo al banco, el informe del perito caligráfico que Javier me ayudó a conseguir, los movimientos cruzados a tu cuenta personal. Lo guardé todo.”
Noté cómo los tíos de Daniel se miraban entre sí, sorprendidos.
—“No te denuncié entonces. Pensé que podríamos hablarlo, que cambiarías. Pero no cambiaste. Cuando enfermé, te preocupó más el valor de mis acciones que mis últimos análisis. Y aun así, quería dejarte algo. Hasta que supe cómo tratabas a tu padre.”
Daniel se volvió hacia mí con una mirada mezcla de odio y desconcierto.
—¿Qué le contaste? —escupió.
Yo no respondí. Era cierto: había ido al hospital un día, con el informe del detective que Laura había mandado contratar, y le conté lo que Daniel había dicho de mí por teléfono, creyendo que yo no lo oía. Solo repetí sus palabras. Nada más.
Marta siguió leyendo, la voz firme:
—“Javier cometió muchos errores, y yo también. Pero no merece el desprecio con el que tú lo tratas. Su único delito real contigo fue no saber ser un buen marido, ni un buen padre a tiempo. Tú, en cambio, estás eligiendo conscientemente humillar, engañar y robar.”
Daniel golpeó la mesa.
—¡Esto es intolerable!
—Señor —intervino Marta—, le ruego que mantenga la calma.
Continuó:
—“Por todo ello, dispongo lo siguiente: revoco cualquier disposición anterior que te otorgara la mayoría de mi patrimonio directamente. Mis acciones en la empresa, las propiedades y el dinero serán transferidos a un fideicomiso administrado por Javier Morales durante los próximos diez años.”
Ahí fue cuando la respiración de Daniel se cortó.
—“Durante ese periodo, Javier decidirá cuánto recibes tú, Daniel, en función de tu comportamiento y de que no existan nuevos actos de violencia, amenazas o intentos de impugnar este testamento. Si intentas anularlo, serás excluido por completo y tu parte pasará automáticamente a la fundación ‘Casa Abierta’, para mujeres y niños sin recursos, que aquí constituyo con el resto de mis bienes.”
La voz de Marta tembló apenas en la última frase:
—“Confío en ti, Javier. Esta es mi última petición: que seas más justo con nuestro hijo de lo que él ha sido contigo… si puedes.”
Terminó de leer.
Nadie habló durante unos segundos. El aire estaba denso.
Daniel se levantó de golpe, la silla chocando contra la pared.
—¡No pienso aceptar esto! ¡No dejaré que un fracasado como él tenga en sus manos mi vida! —me señaló con el dedo, los ojos inyectados en rabia.
Yo seguía sentado. Por primera vez en muchos años, no me sentí más pequeño que mi propio hijo.
—Puedes hacer lo que quieras, Daniel —dije, tranquilo—. Pero sabes que tu madre nunca escribía nada sin pensarlo mil veces.
—Te voy a llevar a juicio, a ti y a este despacho —escupió—. Voy a demostrar que la manipulaste. Esto no se va a quedar así.
Y en ese instante supe que la última página de Laura no había hecho más que abrir una guerra que nadie más que yo estaba realmente dispuesto a librar.
Las semanas siguientes fueron un desfile de citas con abogados, notificaciones y llamadas a destiempo. Daniel cumplió su amenaza: impugnó el testamento alegando “influencia indebida” por mi parte. Decía que yo había presionado a Laura cuando estaba débil, que la había manipulado para vengarme.
Yo, un antiguo mecánico en paro parcial, contra su equipo de letrados pagados con el dinero que aún le quedaba.
El juez pidió informes médicos, testimonios del hospital, correos electrónicos. Salieron a la luz detalles que yo habría preferido no volver a ver: la fecha exacta del diagnóstico, los últimos cambios en la medicación, los mensajes fríos de Daniel preguntando por “el tema de los papeles” mientras el oncólogo hablaba de metástasis.
En la vista, Marta declaró que había recibido el codicilo de mano de Laura, totalmente consciente, meses antes de su muerte. Los médicos confirmaron que, en esa fecha, su capacidad mental estaba intacta. El perito confirmó la letra y la firma.
Luego llegó mi turno.
—Señor Morales —dijo el abogado de Daniel—, ¿es cierto que usted colaboró en la búsqueda de pruebas sobre las supuestas transferencias de su hijo?
—Sí —respondí—. Laura me pidió ayuda.
—¿Y lo hizo por resentimiento hacia su hijo?
Lo pensé un segundo.
—Lo hice porque ella me lo pidió. Lo demás… es cosa nuestra. De familia.
El juez mantuvo el rostro neutro.
Al final, después de meses, la sentencia fue clara: el testamento era válido. El fideicomiso quedaba confirmado. Yo era el administrador de los bienes de Laura durante diez años. Daniel, si quería ver un euro, tendría que aceptar las condiciones y comportarse, al menos de cara a la ley.
El día que salió la resolución, estaba solo en el pequeño piso de Vallecas que alquilaba desde el divorcio. Puse la hoja sobre la mesa, al lado de una taza de café frío. Por primera vez en mucho tiempo, tuve poder sobre algo. Sobre alguien. Sobre mi propio hijo.
No tuve que esperar mucho para que llamara.
—¿Contento? —fue lo primero que dijo Daniel, sin saludar.
—No se trata de eso, Daniel.
—Claro que sí. Has ganado. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Goteármelo de a poco? ¿Disfrutar mientras me arrodillo?
Me quedé mirando la ventana. Abajo, la calle seguía como siempre: motos, un perro ladrando, una mujer arrastrando un carro de la compra.
—Lo primero —dije al fin— será vender el piso de tu madre. Legalmente ya no es tuyo.
Silencio al otro lado. Luego un susurro furioso:
—Vivo ahí.
—Lo sé. Tendrás tiempo para buscar otro sitio —respondí, con la voz más fría de lo que había imaginado posible—. La empresa seguirá funcionando, pero no verás beneficios hasta que pagues lo que tomaste indebidamente. Hay informes, Daniel. Firmas. Números.
—Te estás vengando —dijo, casi sin aire.
Pensé en llamarlo “hijo” y no me salió.
—Estoy cumpliendo la voluntad de tu madre —contesté—. Ella confiaba en que aprenderías algo de todo esto. Yo… no estoy tan seguro.
Hubo un largo silencio. Por un momento creí que iba a llorar, pero al final colgó sin decir adiós.
Aquella noche, Laura se me apareció solo en la memoria, sentada en la cama del hospital, los ojos cansados. “Sé más justo con él de lo que él ha sido contigo… si puedes.” No supe si estaba haciéndole caso o traicionándola.
Lo único cierto era que, por primera vez, Daniel necesitaba algo de mí. Y yo tenía el poder de dárselo… o no.
No voy a decir si me siento orgulloso o culpable. Eso se lo dejo a otros. Yo solo cuento lo que pasó.
Y tú, que estás leyendo esto en español, desde España, México, Argentina o donde sea… ¿de qué lado estás realmente?
¿Del padre que se quedó callado hasta tener en sus manos la última página, o del hijo que creyó que todo le pertenecía por derecho?
Si hubieras sido Javier, ¿habrías usado ese poder para enseñar, para castigar… o para perdonar?
Y si hubieras sido Daniel, ¿habrías aceptado las condiciones o habrías seguido luchando?
Me gustaría leer vuestra opinión: cuéntame, con sinceridad, qué habrías hecho tú.



