Cuando escuché a mi hijo pronunciar con esa frialdad inhumana: «Él nunca volverá», sentí cómo algo dentro de mí se quebraba y, al mismo tiempo, se encendía una calma extraña. Bajé la mirada hacia el frasco de medicina que me había tendido, lo sostuve con tanta fuerza que casi se me clavó en la piel y, sin decir una sola palabra, lo acepté. Fingí obediencia, fingí resignación, mientras por dentro me preparaba, con una lucidez helada, para convertir su sueño en la peor de sus pesadillas.

Después de escuchar las palabras heladas de mi hijo, «no volverá jamás», me quedé mirando el frasco de medicina que acababa de dejar sobre la mesita de noche. La etiqueta era blanca, genérica, sin logo del hospital ni nombre de laboratorio. Solo mi nombre, MARTÍN GÓMEZ, escrito a máquina, y la dosis garabateada a bolígrafo con la letra apurada de Daniel. Él creyó que yo dormía cuando murmuró aquella frase en el pasillo, creyó que la puerta estaba cerrada.

Me incorporé despacio, sintiendo el pinchazo habitual en el pecho, pero esta vez el dolor tenía otro sabor: desconfianza. Durante meses Daniel había insistido en que cambiara de cardiólogo, en que probara «un tratamiento más moderno». Había hablado de estudios clínicos, de contactos en la clínica privada donde ahora trabajaba su novia, de oportunidades. Yo, cansado, había aceptado. Al fin y al cabo, era mi hijo. ¿No se supone que los hijos quieren ver a su padre vivir más tiempo?

Recordé todas las veces que había mencionado, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos, lo mucho que le pesaba la hipoteca, las deudas de la empresa de reformas que habíamos construido juntos, los viajes que aún no había hecho. «Cuando te mejores, podríamos vender la casa del pueblo», había dicho una noche, acariciando distraído los marcos de las fotos familiares. «O… si pasa lo contrario, ya sabes que yo me encargo de todo».

Apreté el frasco entre los dedos. Las pastillas eran de un blanco opaco, demasiado perfectas, todas iguales, como pequeños botones de plástico. No llevaban grabado ningún número, ninguna marca. Algo en mi estómago se revolvió. Pensé en mi esposa, muerta hacía diez años, en cómo Daniel había cambiado desde entonces, en la prisa con la que me hablaba de seguros de vida, de testamentos, de «dejarlo todo atado por si acaso».

Escuché sus pasos acercarse por el pasillo y volví a recostarme, colocando el frasco exactamente donde lo había dejado. Entró sonriendo, con esa sonrisa aprendida que usaba ahora con los clientes. Me apartó el flequillo canoso de la frente y comprobó el gotero, teatralmente atento.
—Papá, es hora de tu medicación —dijo, señalando el vaso de agua—. Esta te va a ayudar, confía en mí. Te prometo que pronto no tendrás que preocuparte de nada.

Tomé una pastilla entre los dedos, la miré un segundo de más. Noté cómo sus ojos se afilaban. Me la llevé a la boca, pero en lugar de tragarla la escondí bajo la lengua, como hacía de niño. Bebí el agua despacio. Sentí su mano en mi hombro, cálida. «No volverá jamás», resonó en mi cabeza. Entonces supe que ese sueño suyo sería la peor de sus pesadillas.

Cuando Daniel salió de casa aquella noche, guardé la pastilla humedecida en un pañuelo y la metí en el cajón de la mesilla. A la mañana siguiente, repetí el truco. Y al siguiente. Cada visita suya, cada «¿te sientes mejor, papá?», se convirtió en una entrega silenciosa de pruebas. Al cabo de dos semanas tenía un pequeño tesoro de comprimidos blancos envueltos en papel, escondidos en la caja metálica donde antes guardaba mis relojes.

El tercer lunes llamé al único médico en quien todavía confiaba: el doctor Salazar, viejo amigo de la familia. Le pedí que viniera a casa y que no comentara nada con nadie, ni siquiera con su secretaria. Cuando llegó, le enseñé las pastillas sin decir una palabra. Él las sostuvo contra la luz, frunciendo el ceño.
—¿Quién te ha recetado esto, Martín?
—Daniel —respondí—. Dice que es un tratamiento nuevo. Pero quiero saber exactamente qué me está dando.

Salazar no hizo más preguntas. Guardó dos comprimidos en un tubo de ensayo y se los llevó. Dijo que me llamaría en cuanto tuviera resultados. Esa noche casi no dormí. Escuchaba cada crujido de la casa como si fuera un disparo. Dos días después, se presentó de nuevo, sin bata, sin formalidades, solo con una carpeta en la mano. Cerró la puerta de mi habitación con cuidado antes de hablar.
—Eso que te da tu hijo no es lo que dice ser.

Su explicación fue breve y fría. No necesitaba detalles químicos; bastaba con saber que, si me hubiera tomado esas pastillas durante un par de semanas más, mi corazón cansado habría encontrado una excusa perfecta para pararse. Un infarto «natural», eso dirían los informes. Salazar me miró largo rato, incómodo.
—Deberías denunciarlo, Martín. Esto es intento de asesinato.
—Todavía no —respondí—. Si voy a acusar a mi propio hijo, quiero que no haya ninguna duda.

Al día siguiente pedí cita con un notario. Fingí ante Daniel que era una revisión de rutina, pero en aquella oficina, rodeado de carpetas gruesas, cambié mi testamento. Nada para mi hijo, todo para mi sobrina Lucía y una donación generosa a la fundación cardiológica. Dejé además una carta sellada dirigida a la policía, autorizando a abrirla solo en caso de mi muerte repentina. En ella detallé mis sospechas y mencioné al doctor Salazar como testigo. Luego compré una pequeña grabadora y empecé a hacer lo que durante años había evitado: escuchar con atención a mi propio hijo.

No hizo falta presionarlo mucho. Bastaba con dejarlo hablar. Se quejaba del banco, del precio de la gasolina, de lo injusta que era la vida con «los que arriesgan». Una noche, creyendo que yo dormía frente al televisor, lo escuché al teléfono:
—Cuando esto acabe, seré dueño absoluto de la empresa. No pienso compartir nada con Lucía. Tengo todo calculado.
Aquella frase quedó grabada. También su búsqueda apresurada en mi ordenador, que olvidó cerrar sesión, sobre pólizas de seguro y plazos de fallecimiento. Entonces lo invité a pasar un fin de semana en la vieja casa del pueblo, como cuando él era niño y pescábamos juntos en el río.

El sábado llegamos a la casa de piedra, rodeada de viñedos secos. Por la noche, saqué la botella de whisky que le gustaba y serví dos vasos generosos. En el suyo, lo esperaban sus decisiones.

Brindamos como en los viejos tiempos. Daniel habló sin parar durante la primera copa, animado por el alcohol y por la idea, que yo le había insinuado, de que pensaba retirarme y dejarle la empresa. Sus manos se movían nerviosas, dibujando proyectos, reformas, números. Empezó la segunda copa con la misma avidez. A mitad del vaso, su discurso se volvió torpe. Tartamudeó. Una gota de sudor le resbaló por la sien, ajena al frío de la noche.

—¿Te encuentras bien? —pregunté, con el tono neutro que había ensayado.
Daniel abrió la boca para responder, pero solo salió un sonido ahogado. Dejó el vaso a medias sobre la mesa y se llevó la mano al pecho. Sus ojos, por primera vez en años, mostraron algo parecido al miedo. Se levantó de golpe y tambaleó. La silla cayó hacia atrás. Yo ya tenía el teléfono en la mano cuando se desplomó. Llamé a una ambulancia, mencioné el nombre del doctor Salazar y, antes de que llegaran, coloqué con cuidado la botella y su vaso en una bolsa de plástico transparente.

Cuando Daniel despertó, ya no estábamos en la casa del pueblo, sino en una habitación de hospital, blanca y ruidosa. Yo estaba sentado junto a la ventana, conectado a mi propio monitor cardíaco, más por prevención que por necesidad. A los pies de su cama había dos personas que él no conocía: una mujer con traje gris y un hombre calvo con libreta. Se presentaron como inspectores. Sobre la mesita metálica descansaba la misma bolsa de plástico con la botella y el vaso.

—Señor Gómez —dijo la mujer, mirando alternativamente a mi hijo y a mí—, necesitamos hacerles unas preguntas por separado. Su padre nos ha contado una historia preocupante.
Daniel giró la cabeza hacia mí, todavía pálido, el sudor seco pegado a la frente.
—Papá… ¿qué has hecho?
Yo respiré hondo.
—Lo único que podía hacer para seguir vivo —respondí—. Les dije la verdad. Que llevas semanas trayéndome una medicación que ningún médico reconoce. Que el doctor Salazar analizó las pastillas y encontró una sustancia incompatible con mi tratamiento. Y que ayer, curiosamente, esa misma sustancia apareció en tu sangre.

La inspectora abrió la carpeta y empezó a enumerar, sin levantar la voz: los audios donde Daniel hablaba de «deshacerse del problema», los resultados de laboratorio, las búsquedas en su portátil sobre cómo alterar medicación cardíaca, los correos a una aseguradora preguntando por plazos de cobro en caso de muerte súbita. También mencionó la carta que el notario había entregado por orden mía esa misma mañana. Daniel intentó incorporarse, irritado por el gotero.
—¡Él me ha tendido una trampa! —gritó—. ¡Fue él quien puso algo en mi vaso!
La inspectora lo observó unos segundos, sin pestañear.
—Puede ser —dijo—. De momento, los hechos verificables apuntan en otra dirección.

Pasaron los meses. Hubo declaraciones, peritajes, abogados que Daniel pagó vendiendo lo que aún era suyo. Nada borró las grabaciones ni los análisis. El juicio fue breve: lo condenaron por intento de homicidio. La primera vez que lo visité en prisión, llevaba uniforme gris y la mirada perdida de quien descubre que su futuro ya no existe.

Al despedirme, le susurré que solo había cumplido su deseo. Y tú, si estuvieras en mi lugar, ¿habrías perdonado o hecho lo mismo? Cuéntamelo.