Eran exactamente las tres de la madrugada cuando vi, desde la ventana de la cocina, la silueta de mi hijo arrodillado en el patio trasero, enterrando con las manos temblorosas una pequeña caja oscura. Permanecí escondido, conteniendo la respiración mientras él, nervioso, miraba a su alrededor antes de volver a la casa. Cuando se fue, salí, cavé en el mismo lugar y abrí la caja. Al ver lo que había dentro, sentí un frío brutal subir por la espalda. La cerré, la volví a enterrar en silencio. Luego llamé a la UOE.

Eran las tres de la madrugada cuando vi a mi hijo Lucas en el jardín trasero, cavando un agujero junto a la valla. Yo estaba en la cocina, con la luz apagada y un vaso de agua en la mano. A través del cristal lo veía sudar, con la capucha puesta, moviendo la pala pequeña que solemos usar para las macetas como si estuviera haciendo algo que no quería que nadie viera.

Se agachaba, miraba hacia la casa, se quedaba inmóvil unos segundos y luego seguía cavando. No era un juego ni una travesura. Pero verlo allí, a las tres de la mañana, convirtiendo nuestro césped de Madrid en un pequeño hoyo clandestino, me hizo sentir un frío en la nuca que no venía de la noche.

Cuando el agujero fue lo bastante profundo, sacó de su mochila una caja pequeña envuelta en una bolsa de plástico negra. La sostuvo un momento entre las manos, respirando rápido, y después la dejó caer dentro. Echó la tierra a toda prisa, la aplastó con las zapatillas hasta nivelarla más o menos y, sin mirar atrás, cruzó el jardín y entró en casa. Escuché la puerta del salón, luego sus pasos subiendo la escalera hacia su cuarto.

Entonces dejé el vaso en el fregadero, cogí el móvil para usarlo de linterna y salí al jardín. Encontrar el lugar fue fácil: un parche más oscuro en el césped, todavía suelto. Me arrodillé y empecé a cavar con las manos, conteniendo la respiración cada vez que algún coche pasaba por la calle.

No tardé en sacar la bolsa de plástico. Abrí la bolsa y apareció una caja de zapatos vieja, cerrada con cinta adhesiva. La rompí con las uñas. Dentro había un teléfono móvil barato, cubierto de tierra; un pendrive rojo; y un par de guantes de látex arrugados. Debajo de todo, doblada en cuatro, había una foto impresa.

La luz de la pantalla iluminó la imagen. Lucas, con la capucha puesta, miraba a la cámara con una expresión dura que nunca le había visto. A su lado, en el suelo, había otro chico, de su edad, con la cara hinchada y los ojos cerrados. Sobre la foto, escrito a bolígrafo, se leía: “O lo entierras todo, o la siguiente es tu hermana”. Volví a meterlo todo en la caja, la envolví en la bolsa y la enterré donde estaba.

Cuando el césped volvió a parecer intacto, saqué el móvil del bolsillo del pijama. No llamé a Lucas ni a mi mujer. Marqué el 091.

—Necesito hablar con la UOE —dije cuando respondieron—. Es sobre mi hijo. Y sobre lo que acabo de desenterrar en mi jardín.

El inspector de guardia me escuchó sin interrumpir. Cuando mencioné la foto, la amenaza a mi hija y el hecho de que Lucas hubiera enterrado un móvil y un pendrive, se hizo un silencio raro al otro lado de la línea.

—Le voy a pasar con la UOE —dijo—. Unidad de Operaciones Especiales. Llevan un caso de menores y chantajes. No toque más la tierra. Haremos como si nada hubiera pasado.

A las siete y media, cuando la casa seguía en penumbra, sonó el timbre. Dos personas con chaquetas oscuras y mirada cansada enseñaron sus placas al abrir. —Ana Beltrán, UOE —dijo ella—. Él es el sargento Morales. Entraron sin ruido. En la mesa de la cocina les conté, por tercera vez esa noche, cada detalle. Me pidieron que les señalara el lugar exacto. En el jardín, con guantes azules, desenterraron la caja como si lo hicieran todos los días.

Morales encendió el móvil encontrado, conectado a una batería portátil. Abrió la galería y seleccionó un vídeo. Ana me hizo un gesto para que me acercara. Se veía una explanada de cemento, farolas anaranjadas, grafitis en las paredes. Chavales con capuchas y mascarillas negras con un logo rojo rodeaban a otro chico en el suelo, sangrando por la ceja.

En un momento la cámara enfocaba a Lucas. Mi hijo estaba rígido, pálido, mirando al objetivo como si no supiera dónde ponerse. Una voz masculina, grave, fuera de plano, decía: —Venga, Lucas, que se vea que estás con nosotros. O te recordamos lo de tu hermana. Antes de que yo pudiera procesar esas palabras, el vídeo se cortaba abruptamente.

—No es el único archivo —comentó Morales—. Pero con esto basta para que lo entiendan. —¿Quiénes son? —pregunté. —Un grupo que estamos siguiendo. Organizan agresiones grabadas, “retos” para redes, y luego chantajean a los que salen en los vídeos. Usan canales cerrados de Telegram.

—Su hijo no es el objetivo principal —añadió Ana—. Es una pieza más. Si se asusta y les avisa de que estamos aquí, se pondrá en peligro él y su hermana. Necesitamos que hoy actúe como si no hubiera visto nada. Si recibe mensajes, nos llama. Sin discutir, sin borrar nada.

A las ocho y cuarto, Nora bajó en pijama y se quedó mirando a Ana y a Morales con curiosidad. Ana sonrió y dijo que eran policías que revisaban cámaras de seguridad por unos robos. Nora se conformó con esa explicación. Lucas bajó después. Cuando vio a los desconocidos frunció el ceño, pero no dijo nada. —Un tema del barrio —improvisé—. Nada que ver contigo.

Pasó el día como si alguien hubiera tensado todos los hilos de la casa. Lucas volvió del instituto más tarde de lo habitual. Cerró la puerta de su cuarto y no salió ni a comer. Yo fingía leer informes del trabajo en la mesa del salón, pero solo miraba el pasillo. El móvil vibró a las cinco y doce: era un mensaje de Ana. “Cámara activa. Estamos listos. Avísenos si oye algo raro”.

A los pocos minutos, el móvil de Lucas sonó con la notificación seca de siempre. Después, silencio. Me levanté, fui hasta su puerta y llamé con los nudillos. —¿Qué quieres? —murmuró desde dentro. —Hablar —contesté—. Sobre lo que enterraste anoche. Tardó en responder. Escuché cómo dejaba algo sobre la mesa. La puerta se abrió apenas unos centímetros. Tenía los ojos enrojecidos, la voz rota. —Papá… si hablo, nos hunden a todos. A ti, a mamá, a Nora.

Detrás de mí, casi invisible sobre el marco, parpadeaba la lucecita roja de la cámara que Ana había colocado esa mañana. Por primera vez desde que todo empezó, sentí que no solo yo estaba escuchando a mi hijo.

Lucas me dejó pasar a su habitación sin discutir. Cerró la puerta y se sentó en la cama, con el móvil boca abajo a su lado. Tenía los ojos hundidos y las manos temblando.

—No puedo más, papá —susurró—. Pensé que si enterraba ese móvil se acababa todo. Pero siempre tienen algo más.

En la pantalla, aún encendida, alcancé a leer el nombre del chat: “Grupo 16_Sombra”.

—Empieza desde el principio —le pedí—. No voy a gritarte. Necesito saber la verdad.

Tardó en hablar, pero cuando empezó no pudo parar. Me contó cómo Adrián, un repetidor del instituto, lo había metido en un grupo de Telegram donde organizaban peleas grabadas “para reírse”. Detrás estaba Víctor, un veinteañero al que todos llamaban “hermano mayor”. Al principio eran empujones, retos estúpidos. Hasta la noche de Sergio.

—Me grabaron pegándole —dijo Lucas sin mirarme—. Yo solo lo empujé, pero se cayó, se dio en la cabeza. Víctor dijo que si alguien hablaba subirían los vídeos con mi cara, con tu coche, con Nora saliendo del cole. Dijeron que sabían dónde vivimos y que a Nora la podían seguir.

—La foto que encontraste la dejaron en mi taquilla. Me dieron el móvil de la caja y me ordenaron que lo hiciera desaparecer. Pero ahora quieren que vaya hoy con otro móvil, para grabar a un profesor. Si no voy, dicen que publican todo.

—Lucas —dije—, lo que hiciste está mal, pero lo que te están haciendo es peor. No vamos a enterrar nada más.

Llamaron a la puerta del piso. Ana y Morales entraron en la habitación pocos segundos después, sin teatralidad. Lucas los reconoció enseguida.

—Hemos escuchado todo —dijo Ana, sentándose en la silla del escritorio—. Necesitamos que esta noche hagas lo que ibas a hacer de todos modos: ir a la cita. Solo que con un móvil nuestro, y sabiendo que no vas solo.

Le explicaron el plan en voz baja. El lugar era un descampado junto al río, el mismo del vídeo. Lucas llegaría, entregaría el móvil “nuevo” a Víctor, fingiría normalidad mientras el grupo preparaba otro vídeo. A unos cientos de metros, equipos de la UOE y patrullas uniformadas estarían esperando la señal para entrar. No habría heroísmos, solo tiempo y posiciones.

Yo me quedé en casa. Yo esperaba en la cocina, inquieto. Cuando el reloj del microondas marcó las once y cuarenta, el móvil sonó.

—Soy Ana —dijo—. Ya está. Tenemos a Adrián, a Víctor y al resto del grupo. Sergio está vivo; lleva semanas ingresado, pero está estable. Su hijo va a tener que declarar ante el fiscal de menores.

No supe qué contestar. Me limité a sentarme en el suelo, de espaldas al lavavajillas, hasta que escuché la llave en la puerta. Lucas entró con Morales. Nos abrazamos en el recibidor, torpemente. Pero, por primera vez, nada de lo que nos amenazaba estaba escondido bajo tierra.

Ahora, cada vez que paso por el trozo de césped donde desenterré aquella caja, creo ver todavía una marca. Y pienso en todas las familias que callan.

Si tú vivieras en cualquier barrio de España y vieras a tu hijo cavar un agujero en el jardín a las tres de la mañana, ¿qué harías primero: hablar con él o llamar a la policía? Me encantaría leer tu respuesta.