En mi propia fiesta de jubilación, justo cuando todos brindaban por mi larga carrera y fingida felicidad, vi cómo ella deslizaba tres pastillas silenciosas en mi vaso, creyéndose invisible. Sentí el corazón acelerarse, pero mis labios sólo dibujaron una sonrisa tranquila mientras esperaba, paciente, el momento del brindis. Cuando alzamos las copas, mi mano, “por error”, tomó la suya. Diez minutos después, entre risas y música, fue su rostro el que empezó a desfigurarse: su propia trampa acababa de activarse.

En mi propia fiesta de jubilación, la vi deslizar tres pastillas en mi copa de cava. Sonreí y no dije nada. Solo esperé al brindis… y luego “accidentalmente” cogí su vaso en lugar del mío. Diez minutos después, su propia trampa se activó.

Me llamo Daniel Foster. Cincuenta y nueve años, ingeniero de mantenimiento en una fábrica de componentes de coche en las afueras de Madrid. Esa noche el salón privado del restaurante “La Encina” estaba lleno de globos dorados, pancartas con mi nombre y compañeros que fingían tristeza mientras calculaban cuánto tardarían en olvidarme.

—A ver, ¡que hable el homenajeado! —gritó Sergio, el jefe de planta, levantando su copa.

Yo tenía la mía delante, espumosa, con una rodaja de naranja en el borde, detalle absurdo de la camarera. Carla estaba sentada a mi derecha, impecable como siempre: vestido verde oscuro, el pelo recogido, sonrisa de anuncio. Nadie habría imaginado que, hacía apenas treinta segundos, la había visto sacar algo del bolso y dejar caer tres pequeñas sombras blancas en mi bebida.

No vi la marca de las pastillas, pero reconocí el gesto. No era la primera vez que Carla escondía algo en un vaso.

—Estoy orgullosa de ti, cariño —susurró, acercándose a mi oído, con una mano sobre mi antebrazo—. Te lo mereces.

Su perfume me revolvió el estómago. Apreté la mandíbula, manteniendo la sonrisa. El murmullo de la sala crecía; los móviles apuntaban hacia mí, esperando el típico discurso emotivo. Yo solo pensaba en el brillo fugaz que había aparecido en los ojos de Carla cuando pensó que nadie la miraba.

Sergio empezó a golpear la cuchara contra su copa.

—¡Silencio, hombre, que va a hablar Daniel!

Las conversaciones se apagaron poco a poco. Sentí todas las miradas clavadas en mí. Delante de cada invitado, una copa de cava; delante de Carla, otra, idéntica a la mía. Solo se diferenciaban en la rodaja de naranja. La suya no tenía.

“Muy listo, Carla”, pensé. “La naranja es para mí. Para que no te equivoques.”

Me levanté despacio. Noté un ligero temblor en las manos, pero no era miedo. Era una mezcla densa de cansancio y algo parecido a curiosidad. Quería ver hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

—Bueno… —empecé, aclarando la voz—. No soy de discursos largos, ya me conocéis.

Risas suaves, cumplidas. Aproveché ese murmullo para deslizar la mano sobre la mesa, apartando apenas unos centímetros mi copa. El borde de la rodaja de naranja rozó la madera. Pareció un gesto torpe, un movimiento cualquiera. Carla ni siquiera miró.

—Treinta y cinco años aquí… —continué—. Algunos buenos, otros… ya sabéis.

Se oyeron chistes, dos o tres aplausos. Mientras hablaba, giré ligeramente mi cuerpo hacia el centro de la mesa, como si buscara incluir a todos. Fue entonces cuando, con una naturalidad ensayada mil veces en mi cabeza, alargué la mano hacia la copa equivocada: la de Carla.

Sentí sus ojos en mi perfil, un instante demasiado largo.

“Dilo”, pensé. “Atrévete a decir algo.”

Pero ella solo sonrió, tensa.

—Y ahora —dije alzando su copa—, por vosotros… y por el tiempo que he perdido y que, a partir de hoy, pienso recuperar.

Las copas se alzaron también. El cristal chocó en un coro desordenado. Bebí un trago largo, sin apartar la mirada de Carla. Ella, obligada por la inercia del grupo, tomó mi copa —la que llevaba la rodaja de naranja— y bebió también.

Diez minutos más tarde, mientras Sergio contaba alguna anécdota sobre un incendio en la planta de secado, Carla parpadeó dos veces, demasiado despacio. Su mano soltó el tenedor. El metal chocó contra el plato. Ella llevó los dedos al cuello, buscando aire, y sus ojos se abrieron de golpe, vidriosos, perdidos, justo antes de que todo el salón se quedara en silencio.

El primer grito no vino de ella, sino de Marta, la secretaria, que estaba enfrente.

—¿Carla? Oye, ¿estás bien?

Carla intentó decir algo, pero solo salió un sonido áspero, como si la lengua se le hubiera pegado al paladar. Vi cómo se le aflojaban los músculos de la cara, cómo el color abandonaba su piel. La copa con la rodaja de naranja rodó por la mesa, derramando cava sobre el mantel blanco.

—¡Llamad a una ambulancia! —alguien gritó detrás de mí.

Yo me quedé sentado, inmóvil, con la mano aún en el aire, sosteniendo una servilleta arrugada. Tenía muy claro cuál era el papel que debía interpretar: el marido confundido, asustado, pero no demasiado útil. Demasiado humano.

Sergio y otro compañero la incorporaron con torpeza. La silla se volcó. La cabeza de Carla cayó hacia atrás, los ojos semicerrados. El murmullo de la sala se transformó en un caos de órdenes cruzadas, llantos y golpes de sillas.

—Daniel, ¿qué le pasa? —preguntó Sergio, mirándome como si yo pudiera saberlo todo.

—No… no lo sé —respondí, dejando que la voz me temblara—. Ha dicho que se mareaba esta mañana, pero…

Mentira. Esa mañana Carla había salido de casa antes que yo, diciendo que tenía una “gestión” en el banco. En realidad yo la había seguido a cierta distancia, desde el coche. La vi entrar en una farmacia en la avenida de la Constitución. No era la primera vez. Desde hacía semanas llevaba anotando en silencio todos sus pequeños desvíos: llamadas que cortaba cuando yo entraba en la habitación, mensajes borrados, sobres escondidos en la caja de zapatos del armario.

La ambulancia tardó doce minutos. Doce minutos eternos en los que Carla fue perdiendo la capacidad de mantenerse consciente. Uno de los camareros, pálido, explicó que solo habían servido cava de la misma botella para todos. Nadie mencionó las pastillas. Nadie las había visto, salvo yo.

En el pasillo del hospital, una hora después, el aire olía a desinfectante y café recalentado. Me senté frente a la puerta de urgencias con las manos entrelazadas. Un policía tomó nota de mis datos.

—Entonces, ¿su mujer no tenía antecedentes médicos graves? —preguntó, sin levantar la vista de la libreta.

—Ansiedad, nada más —dije—. Y algo de insomnio.

Eso era cierto. Lo sabía porque fui yo quien encontró, dos meses atrás, el frasco de pastillas en su bolso. No me sorprendió. Cualquier persona que viviera con una doble vida necesitaría ayuda para dormir.

Lo que sí me sorprendió fue encontrar, al lado de ese frasco, la fotocopia de mi póliza de vida. Ampliada, subrayada. El número de la indemnización señalada con un círculo rojo.

Esa noche, mientras ella fingía ver una serie en el salón, yo estaba en el despacho, mirando la fotocopia una y otra vez. No sentí rabia, exactamente. Sentí algo parecido a una confirmación. Como si una sospecha antigua, silenciosa, encontrara por fin su forma.

No le dije nada. En lugar de eso, empecé a observarla. Compré una libreta gris en la papelería de la esquina y llené varias páginas con fechas, lugares, nombres escuchados de pasada en llamadas mal disimuladas.

La idea de devolverle su propio gesto no surgió de golpe. Llegó a mí una noche, al verla servirme un vaso de vino sin que yo lo hubiera pedido. Su sonrisa era demasiado amplia, demasiado ensayada.

“Si un día decides hacerlo”, pensé, “te bastará con rellenar el vaso equivocado.”

Cuando propusieron la idea de la fiesta de jubilación, entendí que Carla lo vería como el momento perfecto. Un salón lleno de gente, alcohol, brindis, confusión. Un infarto más en un hombre de casi sesenta años. Nadie rascaría más allá.

La puerta de urgencias se abrió. Una doctora salió, la mirada cansada.

—¿Familia de Carla Foster? —preguntó.

Me levanté.

—Soy su marido.

—Su mujer ha sufrido una reacción tóxica aguda —dijo, escogiendo las palabras con cuidado—. La hemos estabilizado, pero la situación es delicada. Necesitamos hacer más pruebas para saber qué ha tomado exactamente.

Sentí varias miradas sobre mí: la del policía, la de Sergio, la de Marta, que había insistido en venir al hospital. Yo asentí, en silencio.

Dentro de mi cabeza, sin embargo, solo resonaba una frase: “Tres pastillas en mi copa. Nada más hice que devolverle el gesto.”

Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron una sucesión de pasillos, máquinas que pitaban y cafés de máquina. Carla estuvo en la UCI, conectada a un respirador. Los médicos hablaban de “daño neurológico posible”, de “tiempo de exposición”, de “sustancia desconocida”.

La policía volvió a hacerme preguntas. También hablaron con los camareros, con mis compañeros de trabajo, con el dueño del restaurante. Registraron el salón, la cocina, los cubos de basura. No encontraron nada.

Las pastillas habían desaparecido. Yo sabía por qué: se habían disuelto en el cava, y el resto lo había absorbido el mantel cuando la copa se volcó. No quedaba rastro sólido.

—¿Sabe si su mujer tomaba algún tipo de medicación sin receta? —insistió uno de los agentes.

—No lo creo —respondí, mirando al suelo—. Solo lo que le mandó el médico hace unos meses. Para los nervios.

El agente anotó algo y cambió de tema. Era una pregunta de trámite. Un intento más de encajar un puzle con piezas borrosas. Nadie sospecha del hombre que se ha pasado la noche sin dormir en una silla de plástico, con la cabeza apoyada en la pared.

Cuando por fin me dejaron verla, Carla estaba inmóvil, con tubos y cables saliendo de su cuerpo. Sus ojos estaban entreabiertos, sin foco. La enfermera me explicó que, aunque respiraba por sí misma, la actividad cerebral era irregular.

—Puede hablarle —dijo—. Aunque no responda, es posible que le oiga.

Me acerqué a la cama. Observé su rostro sin maquillaje, más joven y a la vez más extraño. Por primera vez en años, Carla no estaba interpretando a nadie. No era la esposa perfecta, ni la compañera encantadora de mis colegas, ni la mujer que miraba de reojo la póliza de seguro mientras sonreía.

—Carla —susurré—. Soy Daniel.

Ningún movimiento. Ni un parpadeo.

Recordé la primera vez que la vi, en una conferencia de la empresa en Lisboa. Ella trabajaba en la delegación alemana. Llevaba un vestido azul y hablaba un castellano impecable con acento ligero. Yo estaba divorciado desde hacía poco. Me pareció una casualidad luminosa. Nunca pensé entonces en pólizas, pastillas o copas intercambiadas.

Los médicos fueron claros al final de la semana: sobreviviría, pero con secuelas. Problemas de memoria, dificultades de coordinación, quizá cambios de personalidad. No sabían cuánto se recuperaría ni hasta qué punto.

La investigación oficial se cerró sin culpables. El informe hablaba de “ingesta accidental o voluntaria de sustancias no determinadas”. Carla no estaba en condiciones de explicar nada, y nadie había visto nada raro salvo yo. Mis sospechas, convenientemente silenciosas, no tenían valor legal.

Meses después, el salón de nuestra casa era otro. El espejo grande había desaparecido; lo quité yo mismo, cansado de ver en él una versión demasiado nítida de lo que había ocurrido. Carla caminaba despacio, a veces arrastrando un pie. La ayudaba a sentarse, a comer, a tomar la medicación que ahora sí estaba pautada por un neurólogo.

No volvimos a hablar de la póliza. Tampoco de la farmacia, ni del restaurante. Cuando a veces sus ojos me miraban con un desconcierto infantil, me preguntaba cuánto recordaba realmente. Si en algún lugar de su mente quedaba la imagen de su mano soltando tres pastillas sobre mi copa.

—¿He sido… buena contigo? —me preguntó una tarde, en voz baja, tropezando con las palabras.

La miré. Podría haberle contado todo. Podría haber sacado la fotocopia de la póliza, aún guardada en el cajón del escritorio, y pedirle que intentara explicar los círculos rojos. Podría haberle mencionado la rodaja de naranja, la copa, el gesto rápido de sus dedos.

No lo hice.

—Has hecho lo que has podido —respondí simplemente.

Esa noche, al acostarla, me quedé un rato más en la oscuridad del dormitorio, sentado en el borde de la cama. Escuché su respiración irregular, los pequeños espasmos de sus piernas. Pensé en cómo un gesto tan mínimo —cambiar de sitio dos copas idénticas— había decidido el resto de nuestras vidas.

No necesité tribunales, ni confesiones, ni castigos públicos. La realidad se había ajustado sola, con una precisión fría. Yo no añadí nada más que un movimiento de mano en el momento justo.

¿Fue justicia poética, azar, cobardía o simple inercia? No lo sé. Solo sé que, cada vez que huelo cava en algún brindis, siento de nuevo el cristal frío en mis dedos y la mirada de Carla clavada en mí, justo antes de beber.

Y ahora que has llegado hasta aquí, te lanzo la pregunta a ti, que lees esto desde la tranquilidad de tu casa:
si hubieras sido tú en mi lugar, viendo a tu pareja deslizar esas pastillas en tu copa, ¿habrías dejado que bebiera de la suya… o habrías hecho otra cosa?

Cuéntame en los comentarios qué habríais hecho vosotros; me interesa saber cómo veis esta historia desde el otro lado de la mesa.