“Tú no mereces ningún regalo”, gritó mi hija delante de todos, y la sala estalló en carcajadas que me golpearon como bofetadas invisibles. Sentí cómo me ardían las orejas, noté las miradas clavadas en mí, esperando que me rompiera, que reaccionara, que me humillara aún más. Pero solo sonreí, despacio, sin decir una palabra. Me incliné, abrí mi maletín con una calma que no sentía, y en el instante en que vieron lo que había dentro, las risas murieron. Sus rostros se pusieron blancos.

Tenía que ocurrir justo en mi cumpleaños número sesenta. El restaurante estaba lleno: familia, algunos socios, vecinos del edificio. Globos dorados, una tarta ridículamente grande con un “60” encima y, a mis pies, mi viejo maletín de cuero negro.

Mi hija mayor, Laura, se levantó con la copa de cava en la mano. Llevaba un vestido rojo que llamaba más la atención que cualquier otra cosa en la sala. Dio un golpecito con la cuchara en la copa y todos hicieron silencio.

—Bueno —dijo, sonriendo de lado—, hoy es el cumpleaños de Daniel… mi padre.
Se oyó un murmullo de aplausos. Yo sonreí por educación.

—La verdad —añadió, mirando a su alrededor— es que todos hemos hablado mucho de qué regalarte. Y al final hemos llegado a una conclusión.

Se hizo una pequeña pausa dramática, de esas que ella usa en las reuniones de la empresa para manipular a la gente.

—No te mereces un regalo.

Risas. Risas fuertes, algunas nerviosas, pero risas al fin y al cabo. Incluso mi exmujer, Marta, se tapó la boca fingiendo escandalizarse, aunque sus ojos brillaban de satisfacción. Mi yerno, Diego, casi se atraganta de la risa.

Yo simplemente me quedé mirándolos. Años financiando sus caprichos, comprando pisos a su nombre, cediéndoles partes de mi empresa… y aun así, había aprendido a sonreír. La sonrisa del tonto útil, como ellos me llamaban cuando creían que no los escuchaba.

Terminaron de reírse. Laura dejó la copa sobre la mesa, triunfante.

—Pero bueno, al menos hemos venido todos —añadió—. Eso ya es mucho.

—Es verdad —dije yo por fin, con voz tranquila—. Y te lo agradezco.

Noté cómo algunos invitados relajaban los hombros, creyendo que iba a dejar pasar la broma. Yo mismo parecía relajado, casi cansado. Pero por dentro, la decisión estaba tomada desde hacía meses.

Me incliné hacia abajo, agarré el maletín y lo coloqué despacio sobre el mantel blanco. El clic metálico de las hebillas resonó en todo el salón como si hubieran bajado el volumen del mundo. Varias cabezas se giraron.

—Tienes razón, Laura —continué—. No me merezco un regalo. Por eso, hoy… el regalo lo traigo yo.

Abrí el maletín. Dentro, perfectamente ordenadas, había varias carpetas azules, un sobre grueso con los bordes sellados y un pequeño USB plateado. Deslicé la primera carpeta hacia el centro de la mesa. Encima, bien visibles, había hojas impresas llenas de capturas de pantalla.

—¿Qué es eso? —preguntó Diego, frunciendo el ceño.

No respondí. Simplemente giré la primera hoja para que todos pudieran leer el nombre del grupo de WhatsApp que aparecía en la parte superior: “Sin el viejo”. Debajo, las frases en verde y gris, con sus nombres, con sus fotos.

“Es un inútil.”
“Que firme lo que sea, ni se entera.”
“Cuando se muera, por fin podremos hacer las cosas bien.”

Silencio. Nadie se rió esta vez.
Marta se llevó la mano al pecho. Laura se quedó helada, la boca entreabierta. Diego buscó su propio nombre en las capturas, pálido.

Y entonces, uno por uno, todos fueron poniéndose blancos, como si de pronto el restaurante se hubiera quedado sin aire.

Tres meses antes había descubierto ese grupo por accidente. Había dejado mi móvil en casa de Laura, sobre la encimera de la cocina, mientras jugaba con mi nieto. Ella creía que estaba en el baño cuando, en realidad, había vuelto a por mis gafas. Su móvil vibró junto al mío y, al confundirlos, vi la notificación.

“Nuevo mensaje en ‘Sin el viejo’.”

Reconocí mi foto de perfil en una captura. El corazón se me cayó al estómago. Abrí la conversación. No fue un arrebato; fue una curiosidad con sabor a veneno. Leí durante diez minutos que parecieron años.

Ahí estaba todo: burlas sobre cómo hablaba en las reuniones, chistes sobre mi edad, planes sobre qué harían “cuando por fin Daniel suelte la empresa”, discusiones sobre cómo convencerme de vender el edificio de oficinas, sobre el piso que yo pagaba donde vivían Laura y Diego “mientras tanto”.

No dije nada aquel día. Dejé el móvil exactamente donde estaba y sonreí en la cena como si nada. Pero al día siguiente llamé a Tomás, mi abogado de confianza desde hacía veinte años.

—Ha llegado el momento —le dije—. Vamos a ordenar la casa.

Pasamos semanas revisando escrituras, contratos, poderes notariales. Yo seguía yendo a la oficina cada mañana, fingiendo torpeza, preguntando dos veces lo mismo, dejando que creyeran que me estaba apagando. Mientras tanto, firmaba silenciosamente la venta de parte de mis acciones, la revocación de poderes, la creación de una fundación a nombre de los antiguos trabajadores de la empresa.

Ahora, en el restaurante, veía el resultado de ese trabajo en sus caras.

—Papá, esto es una broma, ¿no? —balbuceó Laura, con la voz tensa.

—No —respondí—. Las bromas ya las hicisteis vosotros. Yo solo imprimí el guion.

Algunos invitados se removieron incómodos en sus sillas. Una vecina que siempre me saludaba en el portal se inclinó hacia su marido y susurró algo. El socio más antiguo de la empresa, Javier, bajó la mirada, avergonzado.

Tomé la segunda carpeta del maletín. Esta no tenía capturas, sino sellos notariales.

—Aquí —dije, hablando lo bastante alto para que toda la mesa lo escuchara— está la revocación de todos los poderes que os di sobre la empresa. Desde la semana pasada, ninguno de los dos —miré a Laura y a Diego— puede firmar nada en mi nombre.

—Daniel, no exageres —intervino Marta, tratando de sonreír—. Estás enfadado, pero esto se puede hablar.

—Ya lo hablé. Con el notario.

Pasé otra hoja.

—Aquí está la venta del 60% de mis acciones a un fondo alemán. A partir de mañana, yo seré solo consejero. Vosotros, nada.

Diego se puso rojo.

—¡Eso no puedes hacerlo sin avisar! ¡Yo soy el director financiero!

—Eras —rectifiqué con calma—. Te llegará la carta el lunes.

Noté un murmullo general. El camarero que sostenía la tarta en la esquina dio un paso atrás, incómodo, con las velas todavía encendidas.

Saqué entonces un tercer documento.

—Y aquí, el piso donde vivís. Está a mi nombre. Lo he vendido. Tenéis treinta días para desalojarlo.

—Estás loco —susurró Laura, con los ojos llenos de lágrimas—. No lo dices en serio.

—Todo lo que ves aquí —toqué con el dedo los sellos azules— es muy serio.

El silencio se hizo más pesado que cualquier palabra. Al fondo, alguien tosió. Marta apretaba la servilleta entre los dedos hasta arrugarla.

Cerré la carpeta y volví al maletín. Quedaba solo el sobre grueso, con sus nombres escritos a mano: “Laura y Diego”. Lo levanté despacio.

—Y todavía falta el último regalo. El más importante.

Extendí el sobre sobre la mesa, entre las copas vacías y los restos de pan, y todos contuvieron la respiración.

Nadie se atrevía a tocar el sobre. La música de fondo se había detenido sin que yo supiera en qué momento. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y la respiración agitada de Laura.

—Ábrelo tú —dije, mirándola fijamente.

Sus manos temblaban al romper el borde del sobre. Sacó primero una carta, escrita de mi puño y letra, y luego un documento con membrete notarial. Leyó en silencio las primeras líneas, y sus labios empezaron a moverse sin que saliera sonido.

—¿Qué pone? —susurró Marta, inclinándose hacia ella.

—Es… el testamento —logró decir Laura, mirando las hojas como si quemaran—. Lo has cambiado.

—Claro —respondí—. Hace dos semanas.

Un invitado más curioso no pudo evitar acercarse un poco. Yo mismo resumí, para no alargar la agonía:

—A partir de ahora, todo lo que tengo —la empresa, las cuentas, las propiedades— pasa, cuando muera, a la Fundación Obrera Daniel Álvarez. Becas para los hijos de los trabajadores, ayudas a quienes se jubilen con pensiones ridículas… Lo que siempre debí hacer desde el principio.

Señalé el testamento con la barbilla.

—Vosotros dos aparecéis también, por supuesto. Cada uno con un euro simbólico. Para que nadie diga que os olvidé.

Diego soltó una carcajada seca, sin humor.

—Esto es un chantaje emocional de viejo rencoroso. Vas a arrepentirte.

—Ya me arrepentí durante años —contesté—. Hoy no.

Laura dejó caer la carta sobre la mesa. Tenía los ojos rojos, el rimel corrido.

—¿Y todo esto… por unos mensajes de WhatsApp? Era humor, papá. Estábamos descargando tensión.

—No —negué, despacio—. No es por unos mensajes. Es por todo lo que hay detrás de ellos. Por cada “viejo inútil”, por cada vez que solo me llamaste cuando necesitabas dinero, por cada socio al que trataste mejor que a mí porque creías que yo ya estaba acabado.

Me puse en pie. Noté un tirón leve en la espalda, pero me mantuve recto.

—Hoy no vengo a discutir —añadí—. Vengo a dejar las cosas en su sitio.

Marta se levantó también.

—Daniel, por favor, habla conmigo a solas. No hagas este espectáculo delante de todos.

—El espectáculo empezó cuando mi propia familia decidió que yo era un estorbo —respondí, sin subir la voz—. Esto es solo el telón bajando.

Cogí el USB del maletín y lo dejé junto a la tarta.

—Ahí tenéis, por cierto, una copia de todo: poderes revocados, venta de acciones, testamento, contrato de venta del piso. Por si creéis que podéis “convencerme” más tarde.

Nadie se movió para tocarlo.

Brindé con el resto de agua que quedaba en mi vaso.

—Gracias por venir. De verdad. Me habéis ayudado a ver con claridad qué valor tiene cada persona sentada en esta mesa. Algunos, si quieren, pueden llamarme mañana. Otros… mejor no.

Tomé el maletín, ahora casi vacío, y di un paso atrás. El camarero, sin saber qué hacer, avanzó con la tarta. Las velas seguían encendidas, ridículas en medio de aquella tensión.

—Pide un deseo, abuelo —susurró mi nieto, sin entender nada.

Lo miré a los ojos y sonreí, por primera vez de forma sincera esa noche.

“Que aprendas a no tratar a nadie como tú has visto hoy”, pensé. Pero en voz alta solo dije:

—Ya lo pedí.

Soplé las velas. Algunos invitados aprovecharon para levantarse e irse discretamente. Otros se acercaron a darme la mano, incómodos, murmurando cosas como “lo siento” o “no tenía ni idea”. Laura se quedó sentada, mirando el testamento como si pudiera borrarlo con los ojos.

Aquella noche no me fui a casa de nadie. Me fui al pequeño piso amueblado que llevaba meses pagando en secreto, en un barrio tranquilo, lejos de todos ellos. Abrí una botella de vino barato, me senté en el sofá y dejé el maletín en el suelo. Vacío. Por primera vez en mucho tiempo, estaba ligero.

Laura tenía razón: no me merecía un regalo.
Pero ese día ella descubrió que tampoco merecía los míos.

Y ahora te pregunto a ti, que has llegado hasta el final:
Si hubieras estado en mi lugar, ¿habrías abierto el maletín delante de todos o lo habrías manejado en privado? ¿Habrías perdonado o habrías hecho algo aún más duro… o más suave?

Cuéntame, desde tu mirada de hispanohablante, qué habrías hecho tú con tu familia en esa mesa. Me interesa leer tu versión, tu final alternativo, tu propio “regalo” para ellos.