Heredé la finca de mi abuela, pero al llegar mi perro desapareció. Tres días después oí gritos en el establo y, al abrir la puerta, encontré a una mujer encadenada con mi mismo rostro.

Heredé la finca de mi abuela, pero al llegar mi perro desapareció. Tres días después oí gritos en el establo y, al abrir la puerta, encontré a una mujer encadenada con mi mismo rostro.

No tuve tiempo ni de desempacar. El tercer día en la finca abandonada de mi abuela en un pueblo perdido de Jaén, Bruno, mi labrador, desapareció sin dejar rastro. Solo encontré una nota amarillenta pegada con cera roja en la mesa de la cocina: “Lo que se alimenta en la penumbra no perdona el olvido”. Pensé que era una broma de mal gusto de los vecinos hasta que, esa misma noche, bajo una lluvia torrencial, unos alaridos desgarradores retumbaron desde el viejo pajar del establo. No eran latidos ni aullidos de perro. Era una voz humana desgarrándose las cuerdas vocales, pidiendo auxilio entre sofocos.

Agarré la linterna con la mano temblando, el corazón a punto de salírseme del pecho y la llave oxidada que encontré en el cajón. Corrí bajo el agua helada cruzando el barro hasta la enorme puerta de madera del establo. Los gritos adentro se volvieron más agudos, sofocados por un chasquido metálico constante que hacía vibrar el suelo. Al meter la llave y empujar el portón, la bisagra emitió un chillido sordo. La luz de mi linterna atravesó la densa nube de polvo y paja, apuntando directamente al fondo del granero.

Allí no estaba Bruno. Pegada al muro de piedra, cubierta de barro y con la ropa hecha jirones, había una mujer encadenada por el cuello a una viga del techo. Cuando la luz le dio de lleno en el rostro, el aire se me congeló en los pulmones. No era una desconocida. Era la misma cara que veía cada mañana en el espejo, pero diez años mayor, con los ojos inyectados en sangre y las manos cubiertas de cicatrices profundas. Al verme, arrojó algo hacia mis pies: el collar ensangrentado de mi perro. Me miró fijamente con un terror absoluto y susurró entre dientes: “Si estás aquí, él ya sabe que hemos cambiado de lugar”. Antes de que pudiera reaccionar, una sombra enorme bajó desde el tragaluz superior y apagó la linterna de un golpe seco, dejándome a oscuras mientras el portón se cerraba de golpe tras de mí.

El eco de los cerrrojos pasándose al otro lado de la puerta retumbó en la penumbra absoluta. Un aliento helado, con un fuerte olor a tierra mojada y hierro, rozó mi nuca mientras la mujer atrapada comenzó a sollozar en silencio a pocos centímetros de mí.

La historia completa continúa en los comentarios 👇 .

Parte 2:

El pánico me paralizó las piernas. La oscuridad en el establo era tan densa que podía sentir el peso del aire sobre mi pecho. Oía la respiración agitada de aquella mujer que tenía mi propio rostro y, justo sobre nuestras cabezas, el crujido lento de las vigas de madera podridas. Alguien o algo caminaba por el piso superior. Sacudí la linterna con desesperación hasta que parpadeó y volvió a emitir un haz tenue de luz amarilla.

—¿Quién eres? ¿Qué le hiciste a mi perro? —grité, intentando que no se me qu quebrara la voz mientras retrocedía hacia la puerta trabada.

La mujer se arrastró por el suelo, haciendo resonar la pesada cadena de hierro. La luz reveló que tenía los tobillos cubiertos de marcas antiguas, como si llevara años atrapada en ese lugar. Tenía una cicatriz con forma de cruz en la mejilla izquierda, exactamente donde yo me hice una brecha de niña al caerme del cerezo.

—Bruno está bien, lo escondí en la cueva bajo el pozo para que no se lo llevara —dijo ella con una voz rasposa, señalando hacia el rincón—. Pero tú no deberías haber venido. Tu abuela no te heredó esta tierra por cariño, Mateo. Te la dejó para pagar una deuda.

Un golpe seco resonó arriba, seguido por el sonido de algo pesado siendo arrastrado. El techo de madera cedió un par de centímetros y cayó un lluvia de polvo seco.

—¿De qué deuda hablas? ¡Mi abuela murió en un hospital en Madrid hace un mes! —respondí, buscando a tientas un tridente o algo con qué defenderme.

—Ella no murió en Madrid —soltó la mujer, clavándome una mirada llena de dolor—. Tu abuela vendió el reflejo de su linaje a lo que habita bajo esta finca a cambio de cincuenta años de prosperidad para la familia. Cada media generación, la criatura exige a un descendiente para consumirlo y tomar su lugar en el mundo exterior. Yo soy la verdadera versión de ti que se quedó aquí hace diez años cuando viniste de visita. La que vive en la ciudad, la que crees que eres tú… solo es una cáscara vacía llena de recuerdos falsos.

El suelo bajo nuestros pies vibró con violencia. Un crujido ensordecedor partió la tabla del pajar superior y una figura alta, deforme, con extremidades demasiado largas y la piel pálida como la cera, descendió lentamente. No tenía rostro, solo una grieta vertical en la cabeza por la que salía una respiración silbante. Pero lo que me congeló la sangre no fue la criatura, sino lo que llevaba en la mano izquierda: una llave idéntica a la que yo tenía en el bolsillo, y en la mano derecha, la cartera con mis documentos de identidad. La criatura no quería matarme; quería que yo ocupara el lugar de la mujer encadenada para salir ella al mundo vistiendo mi piel.

El monstruo avanzó con una lentitud aterradora, balanceando sus brazos desproporcionados mientras la grieta de su cabeza se abría, emitiendo un sonido similar al susurro de miles de hojas secas. La luz de la linterna parpadeaba con fuerza, amenazando con apagarse en cualquier momento. El terror que sentía ya no era solo por mi vida, sino por la devastadora certeza de que toda mi existencia, mis memorias de la universidad, mis amigos en Madrid y mi vida entera, podían ser una simple ilusión fabricada para traerme de vuelta al matadero.

—¡Toma la llave de mis cadenas! —gritó la mujer desde el suelo, lanzándome una pequeña pieza de bronce oxidado que sacó de entre sus jirones de ropa—. ¡La abuela la escondió en la nota! ¡Si me liberas, el pacto se rompe porque seremos dos voluntades verdaderas contra él!

La criatura emitió un chillido agudo que hizo retumbar las paredes de piedra del establo. Se abalanzó hacia mí con una velocidad inhumana, extendiendo sus garras para atraparme por el cuello. Llevado por el puro instinto de supervivencia, me tiré hacia un lado sobre el barro helado, esquivando el impacto por milímetros. La criatura chocó contra el pilar principal de madera, haciendo que la estructura del granero cediera con un crujido ominoso.

Aproveché esos segundos de confusión para arrastrarme hasta la mujer. Mis manos temblaban tanto que me costó tres intentos encajar la pequeña llave de bronce en el candado oxidado de su cuello. El mecanismo cedió con un chasquido seco justo cuando la sombra de la criatura se cernía de nuevo sobre nosotros.

En cuanto la cadena cayó al suelo, la mujer no intentó huir. Agarró con ambas manos un viejo tridente metálico apoyado contra la pared de piedra y me miró con una determinación brutal que nunca me había visto a mí mismo en el espejo.

—¡Al pozo, Mateo! ¡Busca a Bruno y rompe el espejo del fondo! —gritó ella antes de lanzarse de frente contra el monstruo, clavándole el tridente en la cavidad del pecho.

Un aullido de dolor retumbó en la finca mientras la criatura intentaba quitarse a la mujer de encima. No lo pensé dos veces. Corrí hacia el fondo del establo, donde una pequeña trampilla de madera conducía al subterráneo del pozo. Descendí por las maderas húmedas a la penumbra de la cueva subterránea. El olor a ozono y tierra mojada era insoportable. En un rincón, atado suavemente a un poste y temblando de miedo, vi la silueta de Bruno. Al oírme, emitió un pequeño gemido de alivio.

Corrí hacia mi perro y lo abracé por un segundo antes de girarme hacia el centro de la cueva. Allí, sobre un altar de piedra verde, reposaba un enorme espejo marco de plata cobriza, cubierto de símbolos antiguos grabados a fuego. La superficie del cristal no reflejaba el techo de la cueva, sino la imagen de la casa principal ardiendo en llamas. Entendí todo en ese instante: el espejo era el ancla de la entidad, el portal que mantenía atada la maldición de la familia desde hacía medio siglo.

Arriba, el techo del granero comenzó a colapsar con un estruendo brutal. Se oyeron pasos pesados bajando precipitadamente por la trampilla. La criatura descendía por la escalera, cubierta de una sustancia negra y espesa, pero con la cara cambiando de forma rápidamente, tomando mis propios rasgos faciales a cada segundo que pasaba.

—Demasiado tarde —dijo el monstruo con mi propia voz, articulando las palabras con una sonrisa macabra—. Tu vida fuera de aquí ya me pertenece.

Levanté una piedra pesada del suelo de la cueva con ambas manos. Con todas las fuerzas que me quedaban y soltando un grito de rabia contenido durante años de mentiras, la arrojé con violencia contra el centro del espejo.

El cristal no solo se rompió; se hizo añicos con un sonido similar al de un trueno encerrado bajo tierra. Una onda de choque de aire helado nos golpeó a todos. La criatura soltó un alarido desgarrador mientras su cuerpo comenzaba a agrietarse como la porcelana vieja, deshaciéndose en finas cenizas negras que se disolvieron en el agua del pozo.

Arriba, el silencio volvió a gobernar la finca. Subí por la trampilla abrazando a Bruno con un brazo, temiendo lo peor. El establo estaba semidestruido. Entre los escombros y la paja, la mujer estaba sentada, respirando con dificultad pero sonriendo débilmente mientras la luz del amanecer comenzaba a colarse por el techo roto.

No dijimos nada. No hacía falta. Sabíamos que ninguno de los dos podría volver a la vida normal que creíamos conocer en la ciudad. Vendimos la propiedad a un consorcio agrícola semanas después y quemamos hasta los cimientos el viejo pajar. Hoy vivo con mi perro en una pequeña casa cerca del mar en Cádiz, lejos de las montañas de Jaén y de las sombras del pasado. A veces me miro en el espejo al despertar y me pregunto cuál de los dos se quedó realmente con la vida verdadera, pero mientras Bruno me espere junto a la puerta cada mañana, decido no buscar respuestas.

Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.