“Te envenené, te quedan 30 minutos”: Mi esposo fingió llevarme al hospital y me abandonó en un camino de tierra
El motor del Audi se apagó con un chasquido seco, metálico, que resonó en la inmensidad de la estepa castellana. Valeria intentó incorporarse, pero el dolor en el bajo vientre la doblegó, obligándola a morder el tapizado de cuero. Sudaba frío. La visión se le emborronaba por momentos, tiñendo los bordes del parabrisas de un tono violáceo. Fuera, la noche de Toledo era un muro de oscuridad total, apenas roto por los faros del coche que apuntaban hacia un desolado camino de tierra, flanqueado por olivos secos.
—¿Por qué nos detenemos, Alberto? —susurró, con la saliva pastosa—. El hospital… dijiste que el hospital de campaña estaba a diez minutos. Me quema por dentro.
Alberto no respondió de inmediato. Clavó sus ojos fríos en el espejo retrovisor, ajustándose el cuello de la chaqueta con una calma que erizaba la piel. Cuando se giró hacia ella, no había rastro del esposo abnegado que, una hora antes, gritaba desesperado al verla colapsar en el suelo de la cocina. Su rostro era una máscara de piedra.
—No hay ningún hospital, Valeria —dijo él, con una voz extrañamente pausada, desprovista de cualquier rastro de pánico—. Te envenené. Te quedan 30 minutos, quizás veinticinco si tu corazón sigue latiendo así de rápido.
El cerebro de Valeria luchó por procesar las palabras, buscando un rastro de broma macabra, pero la rigidez de sus propios músculos la ancló a la realidad. Alberto estiró el brazo, abrió la puerta del copiloto desde fuera y, con un empujón seco y calculado, la despidió del habitáculo. Valeria cayó de rodillas sobre la grava del camino, raspándose la piel. El polvo se le pegó a las lágrimas.
—El arsénico que disolví en tu copa de Rioja no dejará rastro evidente si tardan días en encontrarte —continuó Alberto, bajándose del coche solo para arrojarle el bolso vacío a sus pies—. Dirán que te dio un colapso viajando sola. Tu seguro de vida pagará las deudas de mi constructora. Adiós, mi amor.
Antes de que Valeria pudiera gritar, Alberto subió al vehículo, metió la marcha atrás con violencia y dio la vuelta. Las ruedas derraparon, levantando una densa nube de polvo que la asfixió. Valeria vio cómo las luces rojas traseras se alejaban a toda velocidad por el sendero, devoradas por la noche, dejándola absolutamente sola, tirada en la tierra, sintiendo cómo el veneno devoraba sus entrañas mientras el minutero de su reloj de pulsera comenzaba su cuenta regresiva.
El silencio que siguió a la partida del coche fue absoluto, denso como el lodo. Valeria se quedó boca abajo, con la mejilla pegada a la tierra fría, escuchando el galope desbocado de su propio corazón. Treinta minutos. No, Alberto se había tomado su tiempo para hablar; probablemente le quedaban poco más de veinte. El dolor en el estómago ya no era un pinchazo, sino una hoguera líquida que se expandía hacia su pecho y extremidades. Las náuseas la asaltaron de golpe, obligándola a vomitar un bilis amarga sobre los matorrales.
«Piensa, Valeria, piensa», se ordenó a sí misma, hincando las uñas en el suelo arcilloso. «Si te quedas aquí, ganarás la apuesta de ese miserable».
Con un esfuerzo sobrehumano que le desgarró los músculos del abdomen, logró ponerse a gatas. La debilidad era extrema; sentía las piernas de gelatina. Buscó a tientas el bolso que Alberto le había arrojado. Sabía que no tendría el teléfono móvil —él se habría asegurado de desaparecerlo—, pero necesitaba cualquier herramienta para sobrevivir. Al abrir la cremallera, sus sospechas se confirmaron: el teléfono no estaba. Sin embargo, sus dedos tropezaron con el llavero de su casa de Madrid, una pesada pieza de bronce, y un pequeño frasco de perfume de vidrio grueso.
Miró a su alrededor. No había luces de ninguna carretera principal en el horizonte. Alberto la había llevado deliberadamente a una zona muerta de la comarca de Torrijos, un laberinto de caminos agrícolas utilizados solo en la época de la vendimia o la recogida de aceituna. Caminar sin rumbo firme era una sentencia de muerte; el veneno aceleraría su absorción con el esfuerzo físico. Tenía que encontrar agua o una vía transitada de inmediato.
Recordó el trayecto que habían hecho antes de que ella perdiera la conciencia parcial. Alberto había girado a la izquierda tras pasar por debajo de un puente de hormigón de la vía del tren del AVE. Si lograba orientarse por el sonido, o si encontraba las vías, tendría una oportunidad. Justo en ese instante, una vibración casi imperceptible sacudió el suelo. A lo lejos, a un kilómetro de distancia en línea recta, las luces de un tren de mercancías rasgaron la oscuridad, cortando el paisaje. Las vías estaban hacia el norte.
Arrastrando los pies, tambaleándose como una marioneta con los hilos cortados, Valeria avanzó entre los olivos. Cada paso era una tortura. Su propia saliva sabía a metal. El mareo aumentó, obligándola a apoyarse en los troncos retorcidos de los árboles. La visión periférica se le cerraba en un túnel negro. El veneno estaba atacando su sistema nervioso. Se cayó dos veces, rompiéndose el vestido y lacerándose las manos, pero el odio y el deseo salvaje de supervivencia la empujaron a levantarse. Alberto creía que la había dejado indefensa, una víctima sumisa para su crimen perfecto. No conocía la resistencia de la mujer con la que se había casado. Divisó la silueta del terraplén de la vía férrea a unos doscientos metros, y junto a ella, la silueta de una carretera comarcal secundaria. El tiempo se agotaba; sentía que los pulmones le pesaban como si estuvieran llenos de plomo.
Llegar al borde de la carretera comarcal le costó las últimas reservas de glucosa de su cuerpo. Valeria colapsó sobre la cuneta de asfalto, con medio cuerpo invadiendo el carril. El reloj de pulsera marcaba las 23:42. Si el cálculo de Alberto era correcto, el colapso sistémico final ocurriría en menos de cinco minutos. Sus ojos ya no enfocaban bien; veía destellos brillantes que no existían. La hipotermia la hacía temblar descontroladamente, un mecanismo de su cuerpo intentando defenderse del veneno que saboteaba sus funciones vitales.
A lo lejos, el rugido de un motor rompió la monotonía de la noche. Dos faros amarillentos aparecieron en la curva. Valeria intentó levantar el brazo, pero sus músculos no respondieron al estímulo de su cerebro. Estaba paralizada. Si el vehículo pasaba de largo, o peor, si la atropellaba en la oscuridad, todo habría terminado.
Con la última pizca de fuerza consciente, Valeria rodó sobre sí misma hacia el centro del carril opuesto y golpeó el frasco de perfume de vidrio contra el asfalto. El cristal se rompió con un sonido agudo y el intenso olor a lavanda y ámbar inundó el aire, un contraste grotesco con el olor a muerte de la estepa. El camión, un viejo transporte de ganado local, frenó en seco con un chirrido ensordecedor de neumáticos que dejó una marca negra a escasos dos metros de su cabeza.
El conductor, un ganadero de mediana edad llamado Tomás, bajó maldiciendo en voz alta, pensando que había golpeado a un animal. Su enfado se transformó en horror al ver a una mujer joven, con el rostro cubierto de polvo y sudor frío, cuyas pupilas estaban completamente dilatadas.
—¡Señora! ¡Por Dios! ¿Qué le ha pasado? —gritó Tomás, arrodillándose a su lado.
Valeria no podía articular palabras completas. Su mandíbula estaba rígida. Reunió todo el aire que le quedaba en los pulmones moribundos y logró emitir unos sonidos roncos, desesperados, clavando sus dedos en la chaqueta de pana del hombre.
—Al… Alberto… Mi esposo… Me… envenenó… Arsénico… Hospital… ya.
Tomás no perdió el tiempo haciendo preguntas inútiles. La cargó en brazos con la tosquedad y la fuerza de un hombre de campo y la metió en la cabina del camión. Mientras el vehículo aceleraba a toda velocidad hacia el hospital Virgen de la Salud de Toledo, Tomás llamaba a los servicios de emergencia por el manos libres, repitiendo las palabras exactas de la mujer.
A la entrada de Urgencias, el equipo médico ya esperaba con los equipos de lavado gástrico y los viales de dimercaprol, el antídoto específico. El corazón de Valeria se detuvo dos veces en la mesa de reanimación, pero la tenacidad de los médicos y el aviso previo sobre el tipo de tóxico lograron estabilizarla tras cuatro horas de agonía.
Dos días después, Valeria abrió los ojos en la unidad de cuidados intensivos. A los pies de su cama no estaba su esposo, sino dos agentes de la Policía Nacional. Alberto había sido detenido en el aeropuerto de Barajas esa misma madrugada, con un billete de ida a Brasil y la póliza de seguro en su maletín. Valeria sonrió débilmente a través de la máscara de oxígeno; los treinta minutos de Alberto habían sido su billete de vuelta a la vida.



