El mensaje de mi hermana Lucía llegó a las 19:12, cuando yo estaba sentada en el suelo del dormitorio, repasando por tercera vez la lista de invitados y mirando mi vestido colgado en el armario como si pudiera tranquilizarme con solo verlo.
“¿Me dejas tu vestido una hora? Es para una sesión de fotos. Prometo que no le pasa nada.”
Me reí sola. Lucía siempre había sido así: impulsiva, teatral, incapaz de distinguir entre una idea divertida y una barbaridad. Iba a contestarle con un “ni loca” cuando Álvaro, mi prometido, salió del baño secándose las manos y vio la pantalla de mi móvil.
No sonrió. No frunció el ceño. Se quedó rígido.
—Marta —dijo, muy despacio—. Mira su Instagram. Ahora.
Lo miré con media risa todavía en la boca.
—¿Qué pasa, que ha subido otra de sus tonterías?
—Míralo.
Abrí la aplicación sin prisa, pero en cuanto entré en el perfil de Lucía se me heló el cuerpo. Había publicado una foto tres horas antes. Estaba delante de un espejo de estudio, con un velo corto sujeto al pelo, un ramo blanco en una mano y una sonrisa ladeada que conocía demasiado bien. El texto decía:
“No todas las novias esperan su turno.”
Lo primero que pensé fue que era una provocación sin gracia. Lo segundo fue peor.
En la esquina inferior del espejo, reflejada sobre una mesa, había una carpeta granate con las iniciales doradas del hotel donde iba a celebrarse mi boda. Encima de la carpeta se veía mi caligrafía en una etiqueta: “Contratos / Marta Gómez”. Y al lado, inconfundible, la llave de repuesto de mi piso con el llavero azul de cerámica que me trajo mi padre de Talavera antes de morir.
Se me secó la garganta.
—Esa carpeta estaba aquí —susurré.
Álvaro ya había cruzado el dormitorio. Abrió el cajón de la cómoda donde guardábamos la documentación y el sobre con el efectivo para el último pago de los proveedores. Vacío. Luego fue al escritorio, encendió mi portátil y abrió el correo. Había un mensaje enviado a las 16:48 desde mi cuenta al hotel, a la floristería y al fotógrafo. Yo no lo había escrito.
“Se modifica la cuenta bancaria para los pagos pendientes. Adjunto autorización.”
El adjunto era un PDF con una firma que se parecía a la mía lo justo para engañar a quien no me conociera.
Sentí una náusea densa, lenta.
Llamé a Lucía. Rechazó la llamada. Volví a llamar. Móvil apagado.
En menos de diez minutos estábamos en su piso de Lavapiés. Nadie abría. Álvaro llamó al portero, que lo conocía de verme entrar y salir de allí durante años, y nos dejó pasar al portal. Lucía había olvidado echar la llave de arriba. Entramos.
Había focos encendidos en el salón. Un aro de luz. Invitaciones de mi boda abiertas sobre la mesa. Y, junto al sofá, la funda blanca de mi vestido.
Abrí el cajón del aparador buscando cualquier explicación.
Encontré una fotocopia de mi DNI, otra de mi firma, y debajo, plastificado aún a medio recortar, un documento que me dejó sin aire: un DNI falso con mi nombre, mi fecha de nacimiento y la cara de mi hermana.
Debajo había una cita impresa para las 09:20 de la mañana siguiente.
Registro Civil de Madrid.
Interesada: Marta Gómez Herrera.
Y entonces oímos la llave girar en la cerradura.



