El día que cumplí veinte años, mientras mi familia hacía las maletas para volar a Roma con mi hermana —“la única que nos hace sentir orgullosos”, repetían como una canción cruel—, yo aprendí a sonreír en silencio. Un mes después, en su boda, me colocaron en la mesa pegada al baño, tan lejos como se pudiera de las fotos y de la música. Entonces un desconocido se sentó a mi lado, me susurró “por favor, solo sígueme” y, cuando se levantó a hablar, todos giraron la cabeza, horrorizados.

Cumplí veinte años un martes gris de febrero, en el piso pequeño de mis padres en Aluche.
En la mesa del salón había una vela con el número veinte clavada en una magdalena solitaria.

Mi madre, Carmen, dejó la cafetera sobre el mantel y, mirándome apenas, anunció:

—Este año el regalo grande se lo lleva tu hermana. Lucía, nos vamos contigo a Roma para celebrar tu ascenso. Eres la única que de verdad nos hace sentir orgullosos.

Mi padre, Javier, asintió con entusiasmo, ya buscando vuelos en el móvil.
Nadie preguntó qué quería yo por mi cumpleaños.

—Qué bien, Roma —murmuré, jugando con el papel de la magdalena para que no notaran que me temblaban los dedos.

Lucía, dos años mayor, me dio un beso rápido en la mejilla.

—Ya iremos juntas algún día —dijo, con el mismo tono condescendiente de siempre.

—Clara, tú te quedas al mando del piso, ¿vale? —añadió mi padre después—. Sabemos que podemos confiar en ti.

—Sabemos que podemos confiar en ti para estas cosas —repitió mi madre, sirviendo café.

Para estas cosas.

Un mes después, la boda de Lucía convirtió la iglesia de San Ginés en un catálogo de revista: flores blancas, amigos elegantes, flashes por todas partes.
En el salón del banquete busqué mi nombre en el panel de corcho donde colgaban las tarjetas de las mesas.

«Mesa central: Lucía y Marcos», «Mesa de los orgullosos», «Mesa Erasmus», «Mesa Bruselas».

Mi nombre apareció abajo del todo, encajado en letras pequeñas: «Mesa servicio».

Allí me encontré, al lado de la puerta de los baños, compartiendo mantel con dos primos adolescentes pegados al móvil y una tía abuela que roncaba entre plato y plato.

Desde nuestra esquina veía a mis padres en la mesa de los orgullosos, levantando copas mientras contaban anécdotas del Erasmus de Lucía, de su italiano perfecto, de sus prácticas en Bruselas.

Entonces él apareció.

Un hombre moreno, barba recortada, la chaqueta del traje desabrochada, se detuvo junto a mi mesa.

—¿Está libre? —preguntó, señalando la silla vacía a mi lado.

Asentí.

Se sentó sin dejar de mirar hacia el centro del salón, donde Lucía y Marcos posaban para otra foto. Luego se inclinó hacia mí.

—Me llamo Diego —murmuró—. Por favor, solo sígueme la corriente, ¿vale? Confía en mí.

Antes de que pudiera responder, Diego ya se había levantado, hacía señas al DJ y pedía un micrófono.

El murmullo del salón fue apagándose.
Mis padres giraron la cabeza; Lucía frunció el ceño, incómoda.

Diego sostuvo el micrófono, respiró hondo y dijo:

—Buenas noches. Soy Diego, primo de Marcos, y quiero hablaros de alguien de esta sala a quien habéis decidido sentar junto a los baños: Clara, la otra hija.

Por un segundo pensé que Diego había dicho otro nombre.
Pero no: allí, en medio del salón, había pronunciado el mío con una claridad que me dejó clavada a la silla.

Sentí un calor brusco subir desde el estómago hasta las orejas.

Diego sonrió hacia la mesa principal, como si todo formara parte de un discurso preparado.

—Lucía es increíble —continuó—. Lo sabéis mejor que yo. Y hoy todo gira en torno a ella, como debe ser. Pero he visto algo que me ha inquietado.

Alzó la cartulina de nuestra mesa.

—Aquí delante tenéis la mesa de los orgullosos —señaló a mis padres—. Allí la de los Erasmus, allí los jefes, allí los amigos del gimnasio… Y luego, aquí, junto a los baños, la mesa servicio.

La palabra quedó flotando en el aire.

Algunas personas rieron por compromiso.
Otras miraron hacia nuestro rincón por primera vez en toda la noche.

—En esta mesa —siguió Diego— se supone que van los camareros cuando descansan, los niños revoltosos, los que llegan sin confirmar. Y, por alguna razón, también han sentado a Clara, la hermana pequeña de la novia. La otra hija.

La sala se quedó en silencio.
Solo se escuchaba el golpeteo del hielo en las copas y la puerta del baño abriéndose y cerrándose a mi espalda.

Mi madre se inclinó hacia mi padre, hablando entre dientes.
Él apretó la mandíbula y, poco a poco, se puso en pie.

—Mira, Diego —dijo, intentando mantener la voz neutra—, agradecemos tus palabras, pero esto no viene a cuento. No es asunto tuyo cómo organizamos nuestra familia.

Diego asintió despacio.

—Tiene razón, tío Javier —contestó—. No es asunto mío. Solo que a algunos nos toca la fibra ver siempre al mismo tipo de persona sentada en la esquina, haciendo hueco para todos y recibiendo las sobras.

Algunas miradas volvieron a mí.
Yo jugueteaba con la servilleta, tratando de no llorar.

—Solo quiero pedir un brindis rápido —añadió Diego—. Por Lucía y Marcos, por supuesto. Pero también por Clara. Porque hoy se ha arreglado, ha venido, ha aplaudido desde la sombra… y ni siquiera la habéis nombrado.

Levantó su copa en mi dirección.

Durante unos segundos, nadie se movió.
Luego escuché el tintineo tímido de unas cuantas copas; algunos amigos del novio, un par de primos, la tía Ana.

Mis padres no brindaron.
Lucía tampoco.

Ella se levantó de la mesa principal y cruzó el salón con el vestido blanco recogiendo miradas.
Cuando llegó a mi lado, la sonrisa ya se le había borrado.

—¿Se puede saber qué haces? —me susurró, sin saludar a Diego—. No podías aguantar un solo día sin convertir todo en un drama tuyo.

—Yo no… —empecé.

—Ya está, Lucía —intervino Diego, con tono tranquilo—. La culpa es mía. Me ha dado rabia verla aquí, en la esquina…

—Tú no la conoces —le cortó ella—. Ni conoces a mi familia.

Mi padre apareció detrás, con la corbata torcida.
Olía a vino y a colonia fuerte.

—Esto se ha terminado —dijo, lo bastante alto como para que lo oyera media sala—. Diego, devuélvele el micrófono al DJ y siéntate. Y tú, Clara, deja de mirarnos como si fuéramos monstruos.

Noté que me temblaba la barbilla.

—Papá, yo no he…

—¿Qué te falta, Clara? —me interrumpió—. Te mantenemos, comes aquí todos los domingos, te dejamos vivir en casa cuando te quedas sin trabajo. Y aun así vas por ahí dando pena a los demás.

La palabra pena me atravesó.

Había escuchado cosas peores en la cocina de casa, pero nunca delante de tanta gente.

Diego intentó decir algo, pero mi padre levantó la mano.

—No te metas —siseó—. Bastante has hecho ya.

Se volvió hacia mí, el rostro rojo, las venas del cuello marcadas.

—Si tan infeliz eres con nosotros —dijo despacio, saboreando cada sílaba—, no hace falta que vuelvas a casa. Hoy terminas la cena, recoges tus cosas y te buscas la vida. A partir de ahora, deja de considerarte parte de esta familia.

Sostuvo mi mirada apenas un segundo.
Luego se dio la vuelta y regresó a la mesa de los orgullosos, donde algunos tíos asentían en silencio y otros evitaban mirarme.

Lucía seguía de pie a mi lado, inmóvil.

—No tenías que llegar hasta esto —murmuró, más cansada que enfadada.

Yo miré la copa que tenía delante, todavía llena.
Por primera vez en mucho tiempo, creí que quizá aquello no era un castigo, sino una puerta entreabierta.

Cuando el DJ subió de nuevo la música, nadie sabía muy bien si tocaba seguir bailando o fingir que nada había pasado.
Yo, en cambio, supe exactamente qué hacer.

Me quité los zapatos de tacón, los llevé en la mano y atravesé el salón sin mirar a nadie, con la sensación de caminar por un escenario que ya no era mío.

En el pasillo hacia la salida me crucé con camareros cargando bandejas y con dos niñas que jugaban con los pétalos del suelo.
Nadie me detuvo.

Fuera, la noche de Madrid estaba fría y húmeda.
Se oía todavía el eco amortiguado de la fiesta tras las paredes del salón.

Me apoyé en una columna y respiré hondo, buscando aire que no oliera a perfume caro ni a vino derramado.

—Clara.

Me giré.

Diego estaba allí, sin chaqueta, sujetando dos copas de agua.
Me ofreció una.

—Lo siento —dijo—. No pensé que tu padre…

Negué con la cabeza.

—No lo has provocado tú —respondí, la voz ronca—. Solo has encendido la luz.

Bebimos en silencio unos segundos.

Entonces Diego sacó del bolsillo interior del pantalón una tarjeta doblada.

—Trabajo en un centro de orientación laboral del ayuntamiento —explicó—. Si de verdad no vuelves a casa esta noche, si necesitas ayuda con piso, curro, papeleo… llámame. No es caridad, es mi trabajo.

Cogí la tarjeta, temblando un poco.

—Gracias —murmuré.

No nos abrazamos.
Solo nos miramos como se miran dos personas que se han reconocido en una herida parecida.

Volví al piso de mis padres pasada la medianoche.
La casa estaba en silencio; habían llegado antes que yo.

Encontré una maleta abierta en el pasillo de mi habitación.
Mi madre estaba sentada en la cama, doblando ropa con movimientos cortos, secos.

No levantó la vista.

—Tu padre está muy nervioso —dijo—. Lo mejor es que os deis un tiempo. Como él ha dicho, puedes buscar algo por tu cuenta. Ya eres mayor.

—¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —pregunté.

Se detuvo un instante.
Luego terminó de colocar mis camisetas en la maleta.

—No nos pongas las cosas más difíciles —susurró—. Lucía ya bastante tiene con lo de hoy.

Ahí entendí que la escena de la boda no iba a cambiar nada en su cabeza.
Solo se había añadido a la lista de cosas de las que no se habla.

Dejé mis llaves encima de la cómoda del pasillo.
Salí con la maleta a cuestas y el vestido azul metido a presión entre los vaqueros y los libros.

Esa noche dormí en el sofá de Irene, una antigua compañera de la librería.
Al día siguiente, entre cafés de máquina y ojeras, la ayudé a limpiar su piso y le prometí pagar un alquiler simbólico en cuanto encontrara algo.

No hizo falta llamar a Diego la primera semana.
Ni la segunda.

Encontré un trabajo precario en un call center de Lavapiés y otro los fines de semana en un bar pequeño de Malasaña.
Aprendí a calcular cuánto podía gastar en menú del día y cuánto debía guardar para el abono transporte.

Al tercer mes, cuando el cansancio empezó a pesar más que la adrenalina, fui al centro de orientación.

Diego estaba en la mesa del fondo, rodeado de carpetas y folios.
Me reconoció al instante.

—Has tardado —dijo, sonriendo apenas.

—Tenía que comprobar que sabía buscarme la vida sola —respondí.

No me ofreció soluciones mágicas.
Me habló de becas para formación, de un curso de auxiliar administrativa, de un programa de habitaciones compartidas para jóvenes sin apoyo familiar.

Salí de allí con un papel lleno de fechas y teléfonos y, sobre todo, con la sensación extraña de que mi vida podía organizarse en cuadros y plazos que decidiera yo.

Pasaron dos años.

En ese tiempo aprobé un ciclo formativo, cambié el call center por una gestoría aburrida pero estable y me mudé a una habitación con ventana soleada en Vallecas.

Lucía me escribió solo dos veces.

La primera, a los seis meses, fue un mensaje largo de WhatsApp donde decía que no entendía por qué estaba siendo «tan radical», que papá había exagerado, que mamá lo estaba pasando fatal, que iban a ir a Roma por fin y que le daría pena no compartirlo conmigo.

Tardé tres días en contestar.

«Espero que lo disfrutéis», puse. «Yo estoy bien. Necesito distancia».

No volvió a insistir.

La segunda vez fue un año más tarde.

«Me separo de Marcos», decía el mensaje. «Supongo que tenías razón en muchas cosas. No sé por dónde empezar».

Le respondí al día siguiente.
Quedamos en una cafetería cerca de mi trabajo.

Hablamos más de su divorcio que de mi vida, pero por primera vez no sentí que estuviera compitiendo con alguien que no podía alcanzar.

Cuando se levantó para irse, me miró de frente.

—Siento lo de la boda —dijo, rápido, casi atropellada—. No supe verte. O no quise.

Asentí.

No era una confesión perfecta, pero era lo único que había.
Lo acepté como se acepta una cicatriz mal cosida.

El día que cumplí veintidós años cogí un vuelo barato a Roma con tres amigas del curso.

En el aeropuerto de Barajas, mientras esperaba para embarcar, me llegó una foto al móvil del grupo familiar que aún no había abandonado: mis padres, Lucía y unos primos, sentados alrededor de una mesa.

«Comida de domingo», decía el mensaje de mi madre.

Lo dejé en visto.

Cuando el avión despegó, miré por la ventanilla y pensé en aquella magdalena triste con el número veinte, en la mesa servicio junto al baño, en el brindis que nunca levantaron por mí.

A mi lado, una amiga me dio un codazo.

—Venga, Clara, que ahora empieza lo bueno —dijo.

Por primera vez, sentí que la frase era cierta.

Roma se encendía al otro lado de las nubes, y esta vez no iba escondida en ningún rincón: viajaba por mí y para mí, sin pedir permiso a nadie.