El día que descubrí que en el mundo había sitio para doscientos cincuenta desconocidos pero no para mí, su propia hermana, algo en mi pecho se rompió para siempre. En la recepción de su boda no había ni una silla reservada, solo una sonrisa forzada y un “lo siento, es un lugar pequeño” que todavía me quema los oídos. No discutí, no lloré. Solo firmé un plazo: diez días para vaciar la casa que yo pagaba. Cuando regresaron de la luna de miel, ya no tenían hogar.

Mi hermana menor, Ana, siempre fue la princesa de la familia. Yo, en cambio, era la práctica, la que tenía hipoteca, la que resolvía papeles, la que firmaba contratos. Por eso, cuando hace tres años compré un piso antiguo en Carabanchel, nadie se sorprendió de que lo pusiera a nombre solo mío. Tampoco se sorprendieron cuando, unos meses después, Ana y su novio Javier me pidieron quedarse “un par de meses” hasta encontrar algo mejor.

El “par de meses” se convirtió en más de un año. Pagaban algo simbólico, poco más que la comunidad, y yo no decía nada. Al fin y al cabo, era mi hermana.

Cuando anunció la boda, mamá lloró, papá brindó con vermú y yo me ofrecí a ayudar con lo que hiciera falta: papeles, proveedores, incluso algo de dinero para la señal del restaurante. Ana sonrió, me abrazó fuerte y me llamó “mi roca”.

El día de la boda, la iglesia en La Latina estaba llena. Ana entró del brazo de papá, radiante, con el vestido de encaje que habíamos elegido juntas. Yo sujetaba su ramo unos minutos antes de que saliera, escuchando cómo respiraba agitada.

—¿Lista? —le pregunté.
—Siempre —respondió, sin mirarme, más pendiente de si el fotógrafo le estaba enfocando bien.

Tras la ceremonia, todos salimos hacia la finca donde sería el banquete, en las afueras de Madrid. Ana no dejaba de repetirnos a todos: “Son solo 250 invitados, es algo íntimo, ¿eh?” y se reía. Yo pensé que era una broma, un guiño a lo absurdo de la frase.

En el cóctel, me di cuenta de que no tenía tarjeta con mi nombre en el plano de mesas. Pensé que sería un error. Busqué la mesa de mis padres: ahí estaban ellos, mi tía Carmen, mis primos… pero ni rastro de “Lucía”. Empecé a revisar una por una, con esa sensación fría que sube por la nuca cuando algo va muy mal.

Me acerqué a Ana justo cuando el fotógrafo le pedía que levantara la copa para una foto con las amigas.

—Oye, creo que han olvidado mi sitio —le dije, en voz baja, intentando sonar tranquila.

Ana me miró un segundo, incómoda.

—Lucía, ya te lo dije… el sitio es pequeño, hemos tenido que recortar mucho. Luego te explico, ¿vale, sis? —me dijo, con una sonrisa automática que no le llegaba a los ojos. Después se giró hacia el fotógrafo—. ¡Venga, otra foto!

No me lo había dicho. Nunca. Nadie me había avisado. Yo, la hermana que la había visto llorar por cada ruptura, que le había dejado mi piso, no tenía silla en su boda.

Me quedé de pie, con la copa en la mano, mientras veía cómo iban llamando a las mesas. Cuando anunciaron la entrada de los novios al salón, un camarero se me acercó.

—Perdone, ¿tiene mesa asignada?

Lo miré un segundo. Detrás de él, las puertas del salón se cerraban con un golpe seco, tragándose la música y las risas.

—No —respondí, dejando la copa en la bandeja—. Pero no se preocupe. Acabo de decidir que a partir de hoy recorto yo.

En el aparcamiento, dentro del coche, abrí la aplicación del banco. Luego, el correo. Redacté un mensaje que llevaba meses imaginando, pero nunca había tenido motivos suficientes para enviar. Esa noche, por fin, los tenía.

“Ana, Javier: disponéis de diez días para desalojar mi piso. Enviaré burofax mañana. Enhorabuena por la boda.”

Dejé el cursor parpadeando sobre el botón de enviar, sintiendo cómo me temblaban los dedos. Y entonces pensé en el salón lleno, en las 250 personas, en mi nombre ausente.

Hice clic.

A la mañana siguiente estaba en la oficina de correos, en la glorieta de Embajadores, con el burofax ya impreso. El funcionario lo leyó rápido, sin levantar la vista.

—¿Con certificación de contenido y acuse de recibo? —preguntó.
—Con todo —respondí—. Quiero que quede bien claro que lo han recibido.

Mientras firmaba, me di cuenta de que no estaba ni enfadada. Había pasado directamente a algo más frío, más eficaz. Era la misma calma que sentía cuando negociaba una cláusula en un contrato. Solo que esta vez la cláusula eran diez días, y la otra parte eran mi hermana y su flamante marido.

Los primeros mensajes de WhatsApp de la familia llegaron esa tarde. Fotos del banquete, vídeos de Ana y Javier bailando, emojis de corazones. Nadie parecía haberse dado cuenta de mi ausencia real, solo de mi presencia digital en el grupo.

Papá me llamó por la noche.
—Hija, ¿por qué te fuiste tan pronto? Tu hermana estaba preguntando por ti.
—¿Ah, sí? —respondí, encendiendo un cigarro en la ventana—. Qué raro, pensaba que no había sitio para mí.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—Bueno… ya sabes cómo es tu hermana, se lía con las cosas de la organización…
—Papá, no pasa nada —mentí—. ¿Está ya de viaje?
—Sí, se han ido esta mañana a Lanzarote. Diez días. Les ha salido barato, la agencia esa online…

Sonreí para mí misma. Diez días. Perfecto.

Antes de que el burofax llegara al buzón del piso, hablé con un abogado amigo mío, Marcos, compañero de la universidad. Le conté los detalles: piso en propiedad, contrato de alquiler verbal, pagos irregulares.

—Desde el punto de vista legal, vas fuerte, pero cubierta —me dijo—. No es un desahucio inmediato, pero el burofax deja clara tu voluntad. Si se ponen tontos, te llamas a un procurador y listo.
—No quiero juicios, Marcos. Solo quiero que se vayan.
—Entonces sé firme. Nada de echarte atrás cuando empiecen los lloriqueos.

Los días siguientes fueron extraños. Sabía que, en algún rincón de Lanzarote, Ana estaría subiendo fotos de cócteles al atardecer, de pies en la arena, de Javier abrazándola por detrás. Yo, mientras tanto, hacía inventario mental de sus cosas en mi piso: la cafetera italiana que se llevaron “prestada”, las cajas de zapatos de Ana apiladas en mi antiguo despacho, la PlayStation de Javier junto al televisor.

El burofax fue entregado el tercer día de su viaje. Correos me avisó con un correo electrónico: “Entregado y firmado”. Abrí el documento adjunto y vi la firma torpe de Javier, seguramente sin leer bien, creyendo que sería publicidad o alguna notificación rutinaria.

Llamé a un cerrajero para el día exacto en que vencían los diez días.
—Quiero cambiar la cerradura esa mañana —le dije—. Muy temprano.
—Sin problema. A las ocho estoy ahí.

La noche anterior a su regreso, fui al piso. Abrí la puerta con mis llaves, encendí la luz del salón y me quedé de pie un momento, mirando todo como si fuera un escenario a punto de vaciarse. Empecé a meter sus cosas en cajas: una para la ropa de Ana, otra para los trajes de Javier, otra para la cocina. No tiré nada. No quería que luego dijeran que había actuado con mala intención. Todo etiquetado, ordenado, casi cariñoso.

A las siete y media de la mañana siguiente, el cerrajero estaba taladrando la vieja cerradura. El ruido retumbaba por la escalera. La vecina del tercero, Carmen, abrió la puerta un poco.
—¿Todo bien, Lucía?
—Sí, Carmen. Renovación de seguridad.

A las nueve, las cajas ya estaban en el trastero que tenía alquilado dos portales más allá. Dejé una nota encima de la mesa de la cocina, justo bajo la lámpara:

“Vuestras cosas están guardadas en el trastero 17 del garaje de la calle de al lado. El dueño se llama Antonio, ya lo sabe. Lucía.”

Cuando bajé a la calle, vi el taxi amarillo y negro doblar la esquina. Ana asomó la cabeza por la ventanilla, el pelo todavía arreglado de peluquería barata de aeropuerto. Javier bajó primero, cargando las maletas. Los vi mirar hacia arriba, hacia las ventanas del piso. Ana sonreía, sin saber aún nada.

Me quedé en la acera de enfrente, apoyada en una farola, esperando a que llegaran a la puerta del portal y buscaran las llaves en sus mochilas.

Los vi detenerse delante del portal. Javier metió la llave en la cerradura, giró… y nada. Probó otra vez, más fuerte. Ana se acercó, dejó una maleta en el suelo, frunció el ceño.

Desde donde estaba, podía escuchar ya el tono impaciente de Javier.
—¿Qué coño pasa con esta cerradura?
—Déjame a mí —dijo Ana, quitándole las llaves.

Intentó ella. Una, otra vez. La llave raspó metal y no encajó. El gesto en su cara fue pasando de la confusión al enfado, y del enfado a algo parecido al miedo. Miró alrededor, buscando alguna explicación, algún testigo. Me vio.

—¡Lucía! —gritó, al reconocerme—. Oye, ¿te ha pasado algo con el portal? No abre.

Crucé la calle despacio, como si no llevara semanas preparando ese momento.

—No, el portal está perfectamente —respondí—. Lo que no abre es tu piso.
—¿Cómo que “mi piso”? —saltó Javier—. Es nuestra casa.
—Era —corregí, sin subir el tono—. Hasta hace diez días.

Ana parpadeó, como si la palabra “diez” hubiese encajado en algún lugar de su memoria.

—El… el burofax —murmuró—. Era tuyo.
—Sí. Lo firmó Javier, por cierto. Muy rápido, sin leer. Clásico de él.

Javier dio un paso hacia mí.
—¿Qué clase de broma es esta, Lucía? Venimos del aeropuerto, estamos agotados. Abre la puerta y luego hablamos.
—No es una broma. Os di diez días para dejar el piso. Han pasado. He cambiado la cerradura.

Ana dejó caer el llavero al suelo. El sonido metálico resonó en el portal.
—Pero… ¿dónde están nuestras cosas? —preguntó, con la voz quebrada.
—En el trastero 17, garaje de la calle de al lado. Tenéis una nota en la mesa de la cocina. Bueno, la tenéis si conseguís entrar con otra cerradura, claro.

Me miró como si no me reconociera.
—Soy tu hermana.
—Y yo era la tuya —respondí—. Y el día de tu boda no tenías ni una silla para mí. Ni un aviso. Ni una disculpa.

Javier bufó.
—¿En serio haces todo esto por una puta silla en una boda?
Lo observé un segundo, midiendo las palabras.
—No es por la silla. Es por lo que significaba. Tú, Javier, eres invitado en mi casa y me dejas fuera de la tuya el día más importante de tu vida. Ana, tú sabías lo que hacías.

Ana negó con la cabeza, llorando ya sin disimulo.
—Estaba estresada… el restaurante decía que no cabía más gente… lo iba a arreglar…
—¿Cuándo? ¿Entre el postre y la barra libre? —pregunté—. No habéis tenido problema en dejarme fuera. Yo tampoco.

La vecina del tercero volvió a asomarse. Otra puerta se entreabrió en el segundo. Madrid, teatro permanente. Papá apareció al final de la calle, corriendo, con la camisa por fuera del pantalón. Alguien le había llamado.

—¡Lucía, por Dios! —exclamó al llegar—. ¿Qué es todo esto? Ana me ha mandado un audio llorando, diciendo que la has dejado en la calle.
—No la he dejado en la calle —repliqué—. He dejado de regalarle un techo. Es distinto.

Papá se llevó la mano a la frente.
—No puedes hacer esto a tu propia hermana.
—Ya lo he hecho —dije—. Y legalmente, estoy en mi derecho. Pregúntale a Marcos, si quieres.

Hubo una discusión larga, desordenada, entre sollozos, reproches y recuerdos lanzados como piedras. Ana dijo que era “cruel”, Javier me llamó “clasista” por echarlos “a la primera de cambio”, papá intentó mediar sin entender nada. Yo me limité a repetir la misma frase:

—A partir de hoy, buscáis vuestro propio piso. Como todo el mundo.

Dos semanas después, me enteré por mi madre de que se habían ido a una habitación alquilada en un piso compartido en Vallecas, con un baño para cinco personas y la lavadora en el pasillo. Ana apenas hablaba en el grupo de WhatsApp; Javier había salido del chat después de publicar un mensaje pasivo-agresivo sobre “la familia que te apuñala por la espalda”. Nadie respondió.

Yo, mientras tanto, vacié del todo el piso. Pinté las paredes, cambié los muebles y lo puse en alquiler a precio de mercado. En menos de un mes, una pareja joven, que no conocía mi historia ni la de Ana, firmó el contrato sonriendo y dándome la mano con respeto.

La primera vez que volví a ver a Ana en persona fue en Nochebuena, en casa de mis padres. Entró más delgada, con unas ojeras que no intentó ocultar. Nos cruzamos en el pasillo camino de la cocina.

—¿Sigues sin arrepentirte? —me preguntó, sin mirarme directamente.
Pensé en la iglesia llena, en las 250 personas, en el camarero preguntando si tenía mesa. Pensé en el burofax, en las cajas ordenadas en el trastero, en la cerradura nueva.

—No —respondí—. Aprendí que cuando alguien no tiene sitio para ti, tú tampoco tienes por qué hacerle sitio en tu casa.

No hubo abrazos, ni reconciliación forzada. Solo una nueva distribución de sillas alrededor de la mesa familiar. Papá sentó a Ana a su lado; yo me quedé en la esquina opuesta. Hubo brindis y villancicos, pero también un silencio nuevo, nítido, entre nosotras.

Mientras levantaba mi copa, mi madre, con los ojos brillantes, susurró:
—Algún día os perdonaréis.
—Quizá —contesté—. Pero eso será en otro lugar. Aquí el aforo ya está completo.

Y bebí, sabiendo que, esta vez, el asiento era mío, y lo había elegido yo.