En medio de los preparativos, mi padre soltó, con una sonrisa orgullosa como si estuviera proclamando un premio, “hemos dado tu dinero de boda a tu hermana, ella merece más atención que tú”. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies mientras lo miraba sin poder responder; solo alcancé a buscar con la mirada a mi prometido. Él me sostuvo la mano, su voz helada pero firme cuando dijo, sin parpadear: “tienen 96 horas. Ni una más, esta vez”.

Cuando mi padre dijo:

—Le hemos dado vuestro dinero de la boda a tu hermana. Ella se merece más la atención que tú—

lo dijo como si estuviera anunciando el Gordo de Navidad. Yo me quedé con el tenedor en el aire, encima de un trozo de tortilla, sin poder moverme.

Estábamos en el piso de mis padres, en Carabanchel. Era domingo, comida familiar “para hablar de los preparativos”, según mi madre. Habíamos traído una carpeta con presupuestos, la lista de invitados y las fotos de la finca en Toledo donde queríamos casarnos.

Marcos, a mi lado, dejó la copa de vino sobre el mantel de hule con un golpe seco.

—¿Cómo que le habéis dado el dinero a Irene? —pregunté, sintiendo que la voz me salía más aguda de lo normal—. Papá, ¿de qué estás hablando?

Mi madre evitó mirarme. Jugaba con el servilletero de plástico, doblando y desdoblando la servilleta.

—No lo dramatices, Lucía —dijo ella—. Irene lo necesitaba. Está pasando un momento muy difícil.

—Todos estamos pasando un momento difícil —respondió Marcos, muy calmado—. Ese dinero lo hemos ahorrado los dos durante tres años. Eran nuestros ahorros para la boda.

Mi padre bufó, como si lo estuvieran molestando con tonterías.

—Mira, Marcos, tú no entiendes. Irene ha sido despedida, el alquiler del piso en Malasaña se le come todo, y además… ya sabes cómo es, siempre ha sido más sensible. Necesita un empujón. Vosotros os podéis casar más adelante, no pasa nada.

Sentí un pinchazo en el pecho. Esa frase la había oído toda la vida con variaciones: “Irene lo necesita más”, “Irene es más frágil”, “tú puedes apañarte sola”.

—¿Cuánto dinero? —preguntó Marcos.

Mi padre levantó las cejas, incómodo.

—Todo. Los quince mil. Se los hemos transferido esta semana. Es temporal, luego ya veremos cómo lo devolvemos.

Yo miré a Irene, sentada enfrente, removiendo el café con una sonrisa culpable en los labios. Llevaba un vestido caro que yo no me podía permitir ni en rebajas.

—Lucía, yo… —empezó ella—. Lo voy a usar para el local. Si no firmaba este mes, lo perdía. Es mi sueño, ya lo sabes.

—¿Tu sueño con mi boda? —solté sin pensar—. Estupendo.

El silencio cayó sobre la mesa. La televisión encendida en el salón escupía un anuncio de coches. Me ardían los ojos.

—No seas egoísta —dijo mi madre, ahora con tono duro—. Siempre has sido muy correcta, muy responsable. Mira a tu hermana. ¿De verdad no ves que ella lo necesita más que tú una fiesta de un día?

—No es una fiesta —dijo Marcos, pronunciando cada palabra—. Es nuestro proyecto. Y el dinero es nuestro. No vuestro.

Mi padre se inclinó hacia delante.

—Ese dinero está en una cuenta que tú, Lucía, pusiste a mi nombre hace años para que te ayudara con los trámites. Legalmente, podría considerarse mío. Así que, por favor, no vengáis a dar lecciones.

Noté cómo Marcos se tensaba a mi lado. Le conocía lo suficiente como para saber que estaba haciendo cálculos mentales, no sólo económicos.

—¿Lo sabías? —me susurró él, sin apartar la mirada de mi padre.

—Pensé que… —me tembló la voz—. Pensé que sólo era algo práctico. Nunca imaginé que…

Marcos se levantó de la silla. El ruido de la madera contra el suelo hizo que todos pegaran un pequeño salto.

—Muy bien —dijo, metiendo las manos en los bolsillos, con esa calma que le salía cuando estaba realmente furioso—. Entonces vamos a hacerlo también práctico.

Mi padre lo miró con desdén.

—No me amenaces en mi propia casa, chaval.

Marcos sonrió, pero los ojos le brillaban de una forma que me dio miedo.

—No es una amenaza. Es un plazo —dijo—. Tienen noventa y seis horas para devolver el dinero o encontrar una solución real. Ni una más.

La habitación pareció encogerse de golpe. Mi madre abrió la boca para responder, Irene dejó caer la cucharilla dentro del café, salpicando el mantel, y mi padre apretó los puños sobre la mesa, rojo de rabia.

Y yo, en medio de todo, sentí por primera vez que, pasara lo que pasara en esas noventa y seis horas, nada en mi vida iba a ser igual.

No dormí esa noche. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de mi padre, desafiante, y la de Marcos, fría como el mármol.

Quedaban noventa y seis horas. Eso repetía mi cabeza, como un reloj silencioso.

A la mañana siguiente, camino del trabajo en el metro, Marcos me escribió un mensaje: “Esta tarde hablamos. No tomes ninguna decisión sin mí.” Sentí una mezcla rara de alivio y rabia. Yo también era adulta, también era mi familia.

Después de salir de la oficina, nos vimos en un bar de Lavapiés. Marcos llegó con una carpeta bajo el brazo, la misma que habíamos llevado el día anterior a casa de mis padres, sólo que ahora dentro había extractos bancarios.

—He mirado los movimientos —dijo sin rodeos—. Mi parte del dinero entró en esa cuenta desde mi nómina. No pueden decir que no lo sabían.

—Pero legalmente… —empecé.

—Legalmente quizá sea complicado —me interrumpió—. Pero hay otra cosa: confianza. Si tus padres no devuelven el dinero, no me caso. No voy a unir mi vida a una familia que nos roba en la cara.

La palabra “roba” me dolió más que todo lo demás, porque en el fondo sabía que era la adecuada.

—Son mis padres, Marcos.

—Y tú eres mi futura esposa —respondió—. O eso creía.

La frase flotó entre nosotros como un golpe. Nadie habló durante unos segundos. Al final, asentí.

—Les hablaré hoy. A solas con Irene primero.

Irene me recibió en su piso con cara de mártir.

—Sabía que vendrías a echarme la bronca —dijo, cruzándose de brazos—. Mamá ya me ha llamado tres veces para decirme que Marcos es un exagerado.

—No vengo a defender a Marcos. Vengo a defender nuestra boda —dije—. Quiero que me expliques por qué aceptaste el dinero.

Rodó los ojos.

—Porque lo necesito, Lucía. Siempre he sido la que menos ha tenido. Tú tienes un trabajo estable, un novio que te adora, una vida ordenada. Yo no. Esto es mi oportunidad.

—O sea, que mi boda es negociable y tu peluquería no.

—No lo ves —contestó, alzando la voz—. A ti siempre te ha salido todo bien. A mí no. ¿No puedes ceder una vez en la vida?

Recordé aquellos veranos en el pueblo, cuando yo recogía la mesa mientras ella se escapaba al río con los amigos. Yo sacaba buenas notas, ella suspendía y mis padres le pagaban profesores particulares. Todo giraba alrededor de que Irene no se hundiera. Yo aprendí a nadar sola.

—No quiero ceder en esto —dije al fin—. Quiero casarme. Con el dinero que hemos ahorrado. No voy a dejar que mis padres lo decidan por mí.

Ella se encogió de hombros.

—Pues háblalo con ellos. Yo ya firmé el contrato del local. No puedo devolver nada. Aunque quisiera.

Salí de allí con un nudo en la garganta. Quedaban unas sesenta y ocho horas.

La siguiente conversación fue con mis padres. Me citaron en la cafetería de debajo de su casa, “para estar más tranquilos”.

—Lucía, hija —empezó mi madre, tomando mi mano—. No te pongas del lado de ese chico contra tu familia.

—Es mi prometido, mamá.

—Será tu marido si sigue habiendo boda —dijo mi padre, con ese tono sarcástico suyo—. Porque si lo deja todo por un poco de dinero, ya me dirás qué clase de hombre es.

Marcos llevaba años pagando parte de la hipoteca de nuestro piso y cubriendo facturas cuando a mí me reducían jornada. Quise decirlo, pero me callé. Sabía que no les importaría.

—No es “un poco de dinero” —repliqué—. Son quince mil euros. Y no son tuyos.

Mi padre resopló.

—Ya te dije que legalmente…

—No hablo de legalidad. Hablo de respeto.

Hubo un silencio incómodo. Mi madre retiró la mano de la mía.

—Hemos decidido algo —dijo, mirando a su café—. Te daremos cinco mil. Es lo que podemos sacar pidiendo un préstamo. Más no.

—El resto ya lo arreglaréis entre vosotros —añadió mi padre—. O posponéis la boda. O hacéis algo más sencillo. No entiendo el drama.

Pensé en la finca en Toledo, en las flores que había imaginado, en la música. Y luego pensé en los años de renunciar a cosas para ahorrar. Cinco mil euros era, en esencia, un “conformaros”.

—Marcos no va a aceptar eso —dije—. No es una cuestión de cantidad. Es una cuestión de que hayáis elegido otra vez a Irene por encima de mí.

Mi padre me miró con una mezcla de fastidio y cansancio.

—Siempre has sido muy dramática, Lucía. Y desagradecida.

Salí de la cafetería con el corazón golpeando en el pecho. Quedaban cuarenta y ocho horas.

Aquella noche, en casa, se lo conté todo a Marcos. Él escuchó en silencio, con los brazos cruzados.

—Cinco mil —repitió—. Y ningún reconocimiento de que se han equivocado.

Asentí.

—Lucía, esto no va sólo de dinero —dijo al fin—. Va de cómo te tratan a ti. De cómo nos van a tratar siempre. Si tragamos ahora, tragarán ellos con la idea de que pueden hacer lo que quieran.

—Lo sé —susurré—. Pero son mi familia.

Marcos me miró largo rato, como si midiera algo dentro de mí.

—Por eso les di un plazo —dijo—. Para que tuvieran tiempo de demostrar quién eres para ellos.

Quedaban veinticuatro horas.

No hablamos mucho más. Él se fue a dormir al sofá. Yo me quedé mirando el techo del dormitorio, contando hacia atrás mentalmente. Cuando el reloj del móvil marcó que faltaban doce horas, supe que la decisión ya estaba tomada. No por mí, sino por todos los demás.

La llamada de mi madre llegó cuando quedaban apenas dos horas para que se cumplieran las noventa y seis. Me pidió que fuéramos los dos a casa. “Tu padre quiere hablar con vosotros”, dijo.

Cuando Marcos y yo entramos en el salón, mis padres estaban sentados en el sofá, y Irene, en una esquina, con los brazos cruzados. Sobre la mesa del centro había un sobre blanco.

El reloj de pared marcaba las ocho menos cuarto.

Quince minutos para el límite. Y yo no sabía todavía a quién estaba a punto de perder.

Mi padre señaló el sobre sin levantarse.

—Ahí tienes los cinco mil euros que te dijimos —dijo—. En efectivo. Es todo lo que vamos a hacer.

Marcos no se sentó. Se quedó de pie, frente a ellos, las manos en los bolsillos. Yo me coloqué a medio camino entre los dos bandos, sintiéndome ridícula por pensar en esos términos.

—Entonces la respuesta es no —dijo Marcos—. No van a devolver el dinero. Ni van a admitir que se han equivocado.

—No hemos hecho nada malo —replicó mi madre—. Hemos ayudado a una hija. No vamos a pedir perdón por eso.

—Habéis ayudado a una hija robando a la otra —respondió él.

La palabra quedó suspendida en la habitación. Robando. Esta vez nadie trató de corregirla.

—Mide tus palabras, Marcos —gruñó mi padre—. Sigues estando en mi casa.

—Y yo sigo teniendo noventa y seis horas de paciencia que se acaban ahora —contestó él, mirando el reloj de pared—. Plazo cumplido.

Noté un escalofrío. Había algo definitivo en esa forma de hablar, como si de verdad cerrara una puerta que ya no se podía volver a abrir.

—Marcos, por favor —dije, adelantándome un paso—. Cógelo como un gesto. Al menos es algo.

Él me miró a mí ahora, no a mis padres.

—¿Es eso lo que quieres? —preguntó—. ¿Aceptar cinco mil euros y fingir que no ha pasado nada?

Tragué saliva. Pensé en las cenas de Navidad, en los cumpleaños, en los viajes al pueblo. Pensé en mi madre llamándome cuando se ponía mala, en mi padre arreglándome la lavadora la primera vez que se rompió. Pensé también en Irene llorando por cualquier cosa y recibiendo siempre la parte más grande de todo.

—No quiero perder a mi familia —susurré.

—Si aceptas esto, es a mí a quien pierdes —dijo Marcos, sin dramatismos—. Y lo sabes.

Sentí que todos me miraban, esperando mi decisión como si fuera un partido de fútbol y yo tuviera que tirar el penalti. Irene miraba al suelo, mi madre tenía los ojos brillantes, mi padre apretaba la mandíbula.

Fui hacia la mesa y toqué el sobre. Estaba lleno, grueso, pesado. La textura del papel me devolvió, absurdamente, a las pagas de veinte euros que me daban de pequeña.

—No quiero este dinero —dije al fin.

Mi madre suspiró de alivio, creyendo que estaba hablando de los cinco mil.

—Hija, sabía que entenderías…

—No quiero este dinero en estas condiciones —la interrumpí—. Pero tampoco quiero que esto rompa la familia. Tiene que haber otra forma.

Marcos dejó escapar una risa sin alegría.

—Siempre intentando salvarlo todo —murmuró—. Aunque seas tú la que más pierde.

Se giró hacia la puerta.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté, con un hilo de voz.

—Lo que dije que haría —respondió—. No me caso en estas condiciones. Mañana cancelo la finca y empiezo a buscar piso para mí solo. No pienso seguir viviendo con una familia política que me ve como un problema.

—Marcos… —di un paso hacia él.

—Ven conmigo —dijo entonces, tan rápido que me pilló desprevenida—. Deja esto atrás. Empezamos de cero, sin tu padre, sin Irene. Sin deudas.

Miré a mis padres. Mi madre se había llevado la mano a la boca. Mi padre fruncía el ceño, pero permanecía en silencio. Irene levantó al fin la cabeza; en sus ojos no vi miedo a perderme a mí, sino miedo a las consecuencias si yo me iba con él.

Lo supe en ese instante: ninguno de ellos estaba preparado para perderme. Pero tampoco estaban dispuestos a admitir que habían hecho algo malo.

Y yo… yo no era tan valiente como Marcos.

—No puedo —dije.

Fue como escuchar a otra persona. Pero las palabras eran mías.

Marcos cerró los ojos un segundo, como si hubiera recibido un golpe. Después asintió, muy despacio.

—Entonces ya está —dijo—. Suerte, Lucía.

Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.

El portazo resonó por todo el piso, seguido de un silencio espeso. Mi madre fue la primera en hablar.

—Has hecho lo correcto —dijo, abrazándome—. La familia es lo primero.

Sentí sus brazos alrededor de mí, pero no la abracé de vuelta. Miré el sobre sobre la mesa, aún intacto.

—Quedaos el dinero —dije, apartándome de ella—. Yo no quiero nada.

—No dramatices —respondió mi padre—. Ya hablaremos con calma. Con el tiempo verás que Marcos no era para ti.

No contesté. Fui al baño, me miré en el espejo y apenas me reconocí. Había esperado sentir alivio. Lo único que encontraba era un hueco, limpio y frío, justo donde antes estaba el futuro que había imaginado.

Tres años después, pasaba a menudo por delante de la peluquería de Irene en Malasaña. “Studio Irene”, letras doradas en el escaparate, siempre llena de chicas jóvenes haciéndose mechas. Mis padres estaban orgullosísimos. Cada vez que los visitaba, hablaban de lo bien que le iba el negocio, de los cursos que estaba haciendo, de cómo “al final todo salió bien”.

Yo seguía trabajando en la misma asesoría laboral, viviendo sola en un piso de alquiler en Usera. No me había vuelto a comprometer. De vez en cuando, por la noche, buscaba el nombre de Marcos en redes sociales, sólo para descubrir que había cerrado todas sus cuentas o me había bloqueado. Una compañera me dijo que creía haberle visto por Chamberí, entrando en un portal con una mujer rubia y un carrito de bebé. No pregunté más.

En Navidad, cuando nos sentábamos todos alrededor de la mesa, mis padres llenaban las copas y brindaban por “la familia”. Irene contaba anécdotas del local, hablaba de proveeedores, de clientas famosas. Yo sonreía cuando tocaba y recogía los platos, como siempre.

A veces, en medio del ruido, me venía a la cabeza aquella tarde en el salón, el sobre blanco sobre la mesa y la voz de Marcos diciendo: “Ven conmigo”. Entonces imaginaba una vida alternativa que nunca sabría si habría sido mejor o peor. Sólo distinta.

Una tarde, saliendo del trabajo, pasé otra vez por delante de “Studio Irene”. Ella estaba en la puerta, fumando. Me vio y me saludó con la mano.

—¡Lucía! Pasa a tomar un café, tengo cinco minutos.

La miré, miré el interior luminoso del local, y sentí algo parecido a cansancio.

—No, tengo prisa —mentí—. Otro día.

Seguí caminando. No me giré cuando ella me llamó. Hubo un momento, un solo segundo, en que pensé en dar la vuelta y decirle todo lo que llevaba guardando desde hacía años. Pero no lo hice.

Al final, cada uno había elegido su lado el día que se cumplieron aquellas noventa y seis horas. Ellos se habían quedado con el dinero, con la peluquería, con la versión de la historia que les hacía sentirse en paz.

Yo me había quedado con el silencio. Y con la certeza incómoda de que, en esa historia, los que se habían portado peor eran también los que dormían mejor por las noches.