—Me mudo el miércoles por la tarde —guiñó un ojo Lucía—. Papá ya me ha dado el visto bueno definitivo.
Apreté la mandíbula antes de responder. Estábamos en la barra de un bar en Lavapiés, a dos calles de mi piso. Ella hablaba como si fuera lo más natural del mundo, como si no hubiera quemado todos los puentes en los últimos años.
—¿Y a mí quién me ha preguntado? —murmuré, dejando la caña en la barra.
—Eres mi hermano, Marcos. No hace falta. Además, es temporal —remarcó la palabra como si lo creyera de verdad—. Hasta que encuentre algo. Papá dice que es lo mejor.
“Papá dice”. Siempre papá. Siempre alguien decidiendo por mí.
Cuando Lucía se fue, encendiendo un cigarro en la puerta sin siquiera despedirse bien, saqué el móvil. Abrí la app del sistema de seguridad nuevo, el orgullo de mi ansiedad: sensores de movimiento, cámaras en el pasillo y el salón, grabación automática, llamada a la policía si detectaba intrusión confirmada.
La programación seguía en la pantalla: Activación automática – miércoles 08:00. Modo estricto.
Mi dedo dudó sobre el botón de “Desactivar”. Podía cambiarlo. Podía añadirla como residente. Podía, en teoría, confiar.
Bloqueé la pantalla. No toqué nada.
El miércoles amaneció gris sobre Madrid. A las ocho y cinco, mientras salía del portal rumbo al coworking de Embajadores, el móvil vibró:
Sistema armado. Todas las zonas activas.
Sonreí sin alegría. Lucía había dicho “miércoles por la tarde”. Tendría tiempo de volver, ajustarlo… decidir.
A las doce menos cuarto, el móvil volvió a vibrar sobre la mesa compartida.
Alerta: Movimiento detectado – Pasillo. Grabando.
Alerta: Intento de acceso con llave no autorizada.
Abrí la notificación. La imagen tardó unos segundos en cargar. Allí estaba Lucía, en la pantalla, el pelo recogido en un moño apresurado, dos maletas enormes a sus pies. Miraba la cerradura con el ceño fruncido.
—¿Pero qué…? —leí en sus labios.
La llave giró, la puerta se abrió… y, en cuanto cruzó el marco, se disparó la sirena interior. En el vídeo la vi encogerse, tirar las maletas al suelo y llevarse las manos a los oídos. Los vecinos empezaron a abrir puertas, curiosos, irritados.
El sistema superpuso un mensaje sobre su figura:
Intrusión confirmada. Llamando a policía en 10… 9… 8…
Lucía sacó el móvil del bolsillo. La vi marcar, gritar algo, seguramente mi nombre. Mis auriculares estaban sobre la mesa. El teléfono sonaba en mi mochila, en silencio. Yo no me moví de la silla.
La cuenta atrás llegó a cero.
Nueva notificación: Aviso enviado a Policía Municipal. Patrulla en camino.
Subió el volumen del audio. A través del altavoz del portátil, la sirena aguda llenó el espacio del coworking. Algunos giraron la cabeza; fingí que era un vídeo cualquiera.
En la pantalla, Lucía, roja de rabia, golpeaba la cámara del pasillo con el palo de una fregona que había encontrado junto a la puerta. El plano tembló. La sirena seguía aullando.
Entonces, desde el ángulo derecho, apareció una sombra azul. El sistema enfocó automáticamente: dos agentes empezaban a subir las escaleras del edificio, una mano ya apoyada en la funda del arma.
Y Lucía, sin saberlo, seguía gritando mi nombre delante de la puerta blindada de mi piso.
Llegué al portal jadeando, más por los nervios que por las escaleras. La sirena ya se había apagado, pero el eco seguía en el rellano. Un vecino del tercero me lanzó una mirada asesina al cruzarse conmigo.
En la puerta de mi piso, los dos agentes y Lucía. Ella gesticulaba, encendida, el moño a medio deshacer.
—Ese es él —me señaló en cuanto vio mi cara—. Marcos, explícales qué mierda de sistema has montado.
El agente más alto se giró hacia mí.
—¿Es usted el titular de la vivienda?
Asentí, sacando el DNI con manos que temblaban apenas.
—Han saltado las alarmas. El sistema ha llamado al 092 y, cuando hemos llegado, nos hemos encontrado a su… —miró las notas— hermana, Lucía Álvarez, dentro del inmueble, con todo sonando.
—Tengo llave —interrumpió ella, levantándola—. Papá me ha dicho que podía venir. Solo he entrado un poco antes, ¿vale? No he roto nada.
El segundo agente señaló la cámara del pasillo, aún ladeada por el golpe de fregona.
—Lo único “roto” parece ser esto. Y los tímpanos de los vecinos.
Solté el aire lentamente.
—Ha sido un… malentendido. El sistema es nuevo. No he tenido tiempo de configurarlo bien —mentí.
Lucía me taladró con la mirada. Sabía que era mentira.
Los agentes me explicaron, con paciencia casi ensayada, que las falsas alarmas saturaban el servicio, que la próxima multa iría a mi nombre, que por favor revisara la programación. Hice que asentía, pedí disculpas, prometí revisar todo.
Cuando por fin se fueron, el rellano quedó en silencio. Solo las maletas de Lucía, inmóviles junto a la puerta, y su respiración agitada.
—¿“No he tenido tiempo de configurarlo bien”? —repitió, imitando mi tono—. Lo tenías perfectamente configurado. Para tratarme como una ladrona.
—Has entrado antes de la hora que dijiste —repliqué, intentando sonar razonable—. Estaba en modo estricto.
—Claro. Porque tú decides la hora exacta a la que puedo poner un pie en este piso.
Arrastró las maletas hacia dentro, chocando a propósito con el marco.
—Relájate. Solo quiero que las cosas estén claras —dije.
—Están clarísimas, Marcos. Me odias más que al banco.
Se metió en el que hasta ese momento era el cuarto de invitados y dio un portazo.
La tarde transcurrió entre golpes, cajas y silencios tensos. Yo trabajaba en el salón, el portátil delante, mientras las notificaciones del sistema no dejaban de salir en la esquina de la pantalla.
Movimiento detectado – Habitación 2.
Nueva cara detectada – Lucía. Registro de actividad activado.
Cada vez que pasaba por el pasillo, una luz roja la seguía. Ella acabó fijándose.
—¿Eso me está grabando todo el rato? —preguntó desde la puerta, con una caja en brazos.
—Es un piso, no Gran Hermano. Son solo zonas comunes —respondí sin apartar la vista de la pantalla.
—Zonas comunes, dice. ¿También vas a poner uno en el baño?
No contesté. Ella dejó la caja en el suelo, cruzó el salón y se plantó detrás de mí. Sentí su mirada en la pantalla.
—¿“Perfil Lucía: visitante vigilado”? —leyó en la esquina del panel de control.
Cerré la ventana demasiado tarde.
—Es la configuración por defecto —improvisé.
—No me trates como si fuera idiota, Marcos.
Dio media vuelta y volvió a su cuarto. Esta vez no dio portazo. Eso me inquietó más.
Esa noche, la lluvia golpeaba las persianas del patio interior. Yo repasaba informes en el portátil, con la televisión apagada y solo la luz fría del flexo. El piso, que llevaba años siendo mi refugio, se sentía de repente estrecho, ocupado.
Fui al baño. Tardé más de lo normal, alargando los segundos bajo el agua caliente. Cuando volví al salón, el portátil seguía en la mesa, pero la silla había cambiado de ángulo unos centímetros.
Abrí la tapa. La sesión estaba abierta, el panel de la app de seguridad minimizado. Nada parecía tocado, pero un cosquilleo me recorrió la nuca.
Entré en la carpeta que nunca dejaba a la vista: /Documentos/PruebasLucía.
Todos los archivos seguían allí: capturas de pantalla de sus mensajes pidiéndome dinero, extractos de banco donde mi nombre aparecía ligado a sus deudas, correos redactados y nunca enviados a Papá, explicando por qué no debería fiarse de ella.
Y, al final de la lista, un archivo nuevo que no había creado yo:
LEE_ESTO_MAÑANA.mp4
El corazón me dio un vuelco. Lo abrí.
La pantalla se llenó con la imagen granulada del pasillo, grabada por mi propia cámara. Hora: 02:37.
Lucía, en pijama y con una sudadera vieja mía, salía de su cuarto, miraba hacia mi puerta, se aseguraba de que estaba cerrada… y se dirigía directamente a la pared del salón donde estaba empotrada la caja fuerte.
Tecló el código sin dudar.
La puerta se abrió.
Y la vi sacar, con calma absoluta, la carpeta azul que contenía el testamento de Papá y todos los papeles del piso.
Yo, al otro lado de la pantalla, solo pude seguir mirando cómo sonreía a la cámara, antes de desaparecer con la carpeta en la oscuridad del pasillo.
Dormí poco y mal. Cada vez que cerraba los ojos veía la imagen de Lucía mirando directamente a la cámara, esa media sonrisa que no supe interpretar: burla, desafío, aviso.
A las ocho, el olor a café llegó desde la cocina. Me levanté con la boca seca.
Lucía estaba de espaldas, el pelo suelto, moviéndose con una naturalidad irritante entre mi tostadora y mi nevera. La carpeta azul no estaba a la vista, por supuesto.
—Buenos días —dijo sin girarse—. He desactivado la alarma de la cocina, no quería que el café saliera escoltado por la policía.
—No puedes tocar la configuración —solté.
Se dio la vuelta, apoyando la cadera en la encimera, taza en mano.
—Pues parece que sí puedo.
Nos quedamos un momento en silencio. La pantalla del móvil, boca arriba sobre la mesa, se iluminó con una notificación de correo.
Lucía sonrió.
—Ah, ya te habrá llegado.
Tomé el móvil. Un correo nuevo, remitente: Lucía Álvarez. Asunto: Por si acaso se te borra algo.
Dentro había dos archivos adjuntos. El primero, el vídeo que había visto la noche anterior: ella abriendo la caja fuerte. El segundo, uno que no recordaba haber grabado: captura de pantalla de mi carpeta PruebasLucía, abierta, con el ratón seleccionado sobre un documento titulado Borrador_correo_papá_cortar_herencia.pdf.
—Anoche me diste un pase VIP a tu ordenador —comentó, soplando el café—. Lo de los nombres de las carpetas… muy sutil.
—Eso son cosas mías.
—Ya. Como programar alarmas para humillarme delante de media escalera.
Apoyé las manos en la mesa.
—¿Qué has hecho con la carpeta de Papá?
—La he puesto a salvo —respondió, sin pestañear—. No te preocupes, no he falsificado nada. Todavía.
—Lucía…
—Tranquilo. No me interesa ir a la cárcel. A ti tampoco, supongo.
Se acercó, dejó la taza en la mesa y bajó la voz.
—Esto es muy simple, Marcos. Yo tengo cosas tuyas que papá no debería ver jamás. Como esos maratonianos borradores de correo contándole lo mala hija que soy y lo buen hijo mártir que eres tú. O esas capturas de mis deudas “para demostrar su patrón de conducta”. Suena a psicólogo barato.
—Solo quería… protegerme —murmuré.
—No, querías ganarle la partida a todo el mundo. Incluso a papá. He visto el borrador donde le sugieres poner el piso solo a tu nombre “para garantizar su conservación”. Muy bonito.
Me ardían las orejas.
—¿Qué quieres?
—Quiero vivir aquí. Legalmente, no como “visitante vigilada”. Quiero que mañana vayamos juntos al notario con papá y firmemos un acuerdo donde el piso figure al cincuenta por ciento. Y quiero que borres esa carpeta. Toda.
—El testamento ya está hecho.
—Papá aún no lo ha registrado. Lo sé porque en la carpeta había dos versiones. En una tú salías bastante mejor parado. En la otra, las cosas eran… más equilibradas. ¿Adivinas cuál voy a poner encima de la mesa cuando nos veamos con él?
Se cruzó de brazos.
—Si intentas hacer algo raro, le reenvío tus correos y tus “pruebas” antes de que puedas decir “hermanita problemática”.
Nos miramos unos segundos largos. El zumbido del frigorífico se hizo ensordecedor.
Bajé la vista.
—Al cincuenta por ciento —repetí.
—Al cincuenta por ciento —confirmó ella—. Y desactivas el modo psicópata de tu sistema. Quiero poder ir al baño a las tres de la mañana sin que aparezca la UIP.
Dos semanas después, estábamos sentados en una sala aséptica, frente a un notario de barba cuidada y gafas redondas. Papá, emocionado, no paraba de decir lo contento que estaba de vernos “tan unidos por fin”.
Lucía asentía, con una sonrisa impecable. Yo firmé donde me señalaron, la pluma temblando ligeramente entre los dedos.
—Así, si algún día me pasa algo, sabré que os cuidáis el uno al otro —dijo Papá, apretándonos las manos.
Lucía le devolvió el gesto. Yo mantuve la sonrisa.
De vuelta en casa, el sistema de seguridad me saludó con un mensaje en la app:
Nuevo residente añadido: Lucía Álvarez.
Modo estricto desactivado.
Fui a la configuración avanzada. Todas las cámaras seguían activas, pero las alertas de intrusión estaban deshabilitadas. Podía revertirlo con un par de gestos. Podía volver al modo anterior, a la vigilancia constante, a las pruebas.
En lugar de eso, entré en /Documentos y, uno a uno, moví los archivos de PruebasLucía a la papelera. El sistema me pidió confirmación. Apreté “Eliminar definitivamente”.
Desde el pasillo, Lucía asomó la cabeza.
—¿Todo bien, hermano?
La miré. Durante un instante, pensé en contarle que ya no quedaba rastro digital de sus errores… ni de los míos. Que, paradójicamente, me sentía más observado que nunca.
—Todo perfecto —respondí.
Ella sonrió, desapareció hacia su habitación.
En la pantalla del móvil, la app mostró la vista del pasillo: la imagen fija, la luz tenue, la puerta de su cuarto entreabierta. Podía seguir mirándolo todo, analizándolo, guardándolo.
Cerré la aplicación. La pantalla se volvió negra, reflejando mi propio rostro.
Por primera vez desde que instalé el sistema, el piso estaba en silencio total. Ninguna alarma sonaba. Pero, en el fondo, sabía que la única cámara que importaba ahora era la de la memoria de Lucía.
Y esa, a diferencia de la mía, no tenía botón de borrar.



