Supe que algo se había roto en mi casa la noche en que, mientras mi marido estaba en la cocina cocinando, el móvil vibró sobre la mesa y apareció en la pantalla un mensaje de su compañera de trabajo: «Te echo de menos». Sentí cómo se me helaba la sangre mientras respondía por él, con los dedos temblando, fingiendo tranquilidad, y casi al mismo tiempo sonó el timbre; cuando abrí la puerta y vi a Julia, con una falda roja ajustadísima, vi a mi marido ponerse completamente pálido.

Mi marido, Álvaro, estaba en la cocina de nuestro piso en Madrid, canturreando bajito mientras removía la salsa del sofrito. Era sábado por la tarde y olía a ajo, tomate y laurel. Íbamos a cenar solos, después de semanas en las que casi no nos veíamos por sus turnos interminables en la asesoría. Yo estaba en el sofá, jugando distraídamente con el mando de la tele, cuando su móvil vibró sobre la mesa.

Lo reconocí enseguida por la funda azul descolorida. Otra notificación de trabajo, pensé. A veces respondía él mismo con las manos llenas de harina, otras me pedía que mirara el mensaje. Esa noche no me pidió nada, pero el móvil volvió a vibrar, insistente. Al final, por costumbre más que por curiosidad, lo cogí.

En la pantalla bloqueada se leía: “Julia Oficina: Te echo de menos”.

Sentí un cosquilleo extraño en el estómago, una mezcla de frío y rabia súbita. Deslicé el dedo, el código lo sabía de memoria. Al abrir WhatsApp, la conversación con “Julia Oficina” estaba bien arriba. No era la primera vez que veía su nombre; la conocía de oídas. La abogada brillante del despacho, la que siempre terminaba los informes antes que nadie, la que Álvaro mencionaba con admiración en la cena.

Leí hacia arriba. Comentarios sobre clientes, bromas internas, fotos de reuniones, algún audio corto de ella riéndose. Todo parecía relativamente inocente hasta que llegué a un mensaje de la semana pasada: “Me encantó el otro día. Contigo todo se hace más fácil, aunque solo sea tomar una cerveza después del trabajo 😘. Y la respuesta de Álvaro: “Lo sé… me desconecto cuando estoy contigo.”

Noté cómo se me tensaba la mandíbula. Él seguía en la cocina, ajeno, tarareando una canción de Sabina. El móvil vibró de nuevo. Otro mensaje de Julia:
“Hoy ha sido raro sin ti. Te echo de menos, Álvaro.”

Algo hizo clic dentro de mí. Sin pensarlo demasiado, sentada aún en el sofá, escribí con los dedos temblando:
“Yo también te echo de menos. ¿Por qué no vienes esta noche? Estoy solo en casa.”

Lo releí dos veces. Mi reflejo en la pantalla mostraba unos ojos que no reconocía, más fríos, más afilados. Pulsé “enviar”. Un punto azul, dos, y al instante los dos tics grises se volvieron azules. Visto.

—¿Cariño, has visto mi copa de vino? —gritó Álvaro desde la cocina.

—Está aquí, en la mesa —respondí, tratando de que la voz no me temblara.

Me levanté y llevé la copa, observándolo. Llevaba el delantal negro que le regalé por su cumpleaños, con manchas de tomate en el borde. Sonrió distraído al coger la copa y me dio un beso corto en la mejilla, como quien cumple una costumbre.

Volví al salón con el corazón golpeando en el pecho. Unos minutos después, el móvil vibró otra vez. Julia:
“¿En serio? Pensaba que estarías con Laura. Dime la dirección, por si acaso.”

Miré la pantalla. La dirección ya la tenía: vivíamos cerca de la Plaza de Castilla, y ella había venido una vez a dejarle unos documentos. Aun así, escribí:
“Ven sobre las nueve. Te espero.”

Eran las ocho y media. Guardé el móvil exactamente donde estaba, como si nada hubiera pasado. Los minutos se hicieron densos, espesos. Álvaro salió de la cocina con el plato de pasta en las manos justo cuando el timbre sonó, cortante, como un disparo.

Nos miramos a la vez. Él frunció el ceño.

—¿Esperas a alguien? —preguntó.

Negué con la cabeza, despacio.

—No. Ve tú, que yo pongo los cubiertos.

Se limpió las manos en el delantal y caminó hacia la puerta. Desde el pasillo vi su silueta detenerse, dudar un segundo antes de abrir. La puerta se abrió y, por el hueco, vi primero una melena castaña perfectamente alisada, luego una blusa blanca ajustada… y una falda roja, muy ceñida, que le abrazaba las caderas como una declaración.

—Hola, Álvaro —dijo una voz femenina, segura.

Él se quedó inmóvil. Su rostro perdió de golpe todo el color. Se agarró al marco de la puerta como si necesitara sostenerse.

Yo di unos pasos hacia ellos, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Buenas noches, Julia —dije—. Pasa. Estábamos… esperándote.

El silencio que siguió fue casi físico, como una pared invisible en el recibidor estrecho. Julia parpadeó, sorprendida de verme aparecer detrás de Álvaro. Su mirada bajó un segundo a la falda roja, como si de pronto fuera demasiado evidente.

—Laura… hola —balbuceó, pero recuperó enseguida la compostura—. No sabía que… estabas aquí.

—Vivo aquí —respondí con calma—. ¿Te acuerdas? Aquella vez que viniste con una carpeta llena de contratos.

Álvaro tragó saliva.
—Laura, yo…
—Cierra la puerta, que entra frío —le corté, sin mirarlo.

Di media vuelta y caminé hacia el salón. Oía sus pasos detrás, torpes, desacompasados. Julia avanzaba más despacio, los tacones resonando sobre el parquet. Me aseguré de sentarme en mi lado habitual del sofá, el que quedaba frente a la mesa donde seguía su móvil, boca arriba.

—Siéntate, Julia —dije, señalando la butaca.
Se sentó con las rodillas juntas, colocando el bolso cuidadosamente sobre el regazo.

Álvaro se quedó de pie, entre los dos, como un invitado en su propia casa. Tenía las manos entrelazadas, los nudillos blancos.

—¿Qué… qué está pasando? —preguntó al fin, mirando primero a ella y luego a mí.

Le señalé el móvil con la barbilla.
—Ha escrito tu “Julia Oficina” —expliqué—. Y tú estabas ocupado cocinando. Así que he sido amable y he contestado por ti.

Los ojos de Julia se abrieron un poco más.
—¿Has…? —exhaló—. Álvaro, yo pensaba que…

Él dio un paso hacia la mesa, vio la pantalla aún encendida con el chat abierto. El color le subió ahora a las mejillas, un rojo apagado de vergüenza.
—Laura, esto no es lo que crees.

—Entonces explícame —le dije, cruzando los brazos—. ¿Qué cree exactamente que es, Julia? Porque ha venido hasta aquí en esa falda tan… entusiasta. No será solo para hablar de un informe.

Julia lo miró, buscando alguna señal que no encontró. Inspiró hondo.
—Yo creía que querías que viniera —dijo, esta vez mirándome a mí—. Que… que necesitabas hablar. Tus mensajes…

—¿Mis mensajes? —pregunté, suave.

—Los tuyos —repitió, volviéndose a Álvaro—. “Me desconecto cuando estoy contigo”, “me haces sentir vivo”. Lo de hoy… sonaba a… ya sabes.

Sus manos temblaban ligeramente. No parecía una seductora fría y calculadora, sino alguien que se había creído una historia. Me fijé en el brillo de su pintalabios, en el perfume caro que llenaba el salón mezclándose con el olor a pasta.

—¿Desde cuándo? —pregunté, sin apartar la vista de Álvaro.

Se pasó la mano por el pelo, desesperado.
—Laura, de verdad, no es…

—Que conteste ella —lo interrumpí.

Julia cerró los ojos un segundo, como si se lanzara a una piscina.
—Desde hace unos meses. Desde que empezaste a quedarte más tarde en la oficina —dijo en voz baja—. Primero eran solo cafés, bromas, luego las cervezas. Nunca… nunca hablamos de tu mujer. Yo supuse…

—¿Qué supusiste? —pregunté, afilando la voz.

—Que no estabais bien —admitió—. Que… cuando alguien te escribe a las once de la noche diciendo que no soporta irse a casa, piensas cosas. Y luego… lo del hotel después de la cena de empresa.

La frase quedó flotando en el aire. Bajé la mirada solo un instante hacia el suelo, como si allí hubiera una explicación.
Álvaro dio un respingo.
—Julia, no…

Ella lo miró, incrédula.
—¿Ahora vas a negar que pasó? —susurró—. Estabas tú. Estaba yo. Y esa habitación con vistas a la Castellana. No fue un sueño.

Noté un zumbido en los oídos. La cena, la copa de vino, su olor al llegar tarde aquella noche, el “no te despiertes, fue un evento pesado”… Las piezas empezaron a encajar con una precisión casi insultante.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Está bien —dije—. Vamos a hacer una cosa. Álvaro, siéntate. Y vas a contarme, con tus palabras, qué es exactamente “lo del hotel”. O dejo que lo cuente ella.

Él sacudió la cabeza, negando, pero sus ojos ya brillaban con algo que no era ira, sino miedo. Julia apretó los labios, como si estuviera a punto de romperse.

—Habla —repetí.

Álvaro dio un paso atrás, se apoyó en la pared y, por un segundo, pensé que se iba a desmayar.

—No fue… —empezó, con la voz rota—. No fue solo una cerveza, Laura.

Julia clavó la mirada en mí.

—No fue solo una noche, tampoco —añadió ella, despacio—. Y si no lo dices tú… lo digo yo.

El salón pareció encogerse. El reloj del pasillo marcaba las nueve y cuarto con un tic-tac inoportunamente regular, como si midiera la distancia entre mi vida de antes y la de después.

—Perfecto —dije, apoyando la espalda en el sofá—. Empecemos por ahí: “no fue solo una noche”.

Álvaro se dejó caer en la silla frente a mí. Se había quitado el delantal y lo tenía hecho un ovillo entre las manos, como si pudiera esconder dentro toda la historia.
—Laura, yo… no sé por dónde…

—Por el principio —le dije—. Sin adornos.

Se pasó la lengua por los labios resecos.
—Después de la cena de empresa… bebimos más de la cuenta. Todos. Julia y yo nos quedamos hablando en el bar del hotel. Yo me quejé del estrés, de que casi no estaba en casa, de que todo eran facturas, obligaciones. Ella… me escuchó.

—Y luego la habitación —completé.

Asintió, sin mirarme.
—Fue un error. Un… desliz. Pensé que se quedaría ahí.

Julia se rió, amarga.
—Un “desliz” que duró meses —dijo—. Mensajes todos los días, cafés, salir del trabajo juntos, tus manos en mi espalda en el ascensor, tus “te pienso demasiado”.

—¿Le dijiste que me querías? —pregunté. Mi voz sonó extrañamente serena.

Él dudó. Eso fue suficiente respuesta.

Bajé la mirada a mis manos. Tenía una pequeña mancha de tomate en el pulgar, recuerdo de cuando había cortado pan para acompañar la cena que ya nadie comería. Algo en mí se alineó, frío, preciso.

—Bien —dije por fin—. Entonces, vamos a dejar de fingir que esto es un malentendido.

Álvaro se inclinó hacia mí.
—Laura, escúchame, por favor. No quiero perderte. Lo que tengo contigo no tiene nada que ver con lo que… ha pasado con Julia. Fue…

—¿Un escape? ¿Un premio de consolación? —pregunté—. ¿O una segunda vida donde te sentías “vivo”?

No esperé respuesta. Me levanté despacio.
—Julia. ¿Sabías que seguíamos viviendo juntos, compartiendo cama, planificando vacaciones?

Ella sostuvo mi mirada.
—Sabía que estabais casados, claro. No soy idiota. Pero él… siempre lo pintaba como algo roto. Que solo seguíais por inercia. Que tú estabas centrada en tu trabajo, en tus cosas. Que… —se encogió de hombros—. Que se sentía solo.

—No estaba solo —dije—. Estaba ocupado construyendo una historia paralela.

Álvaro se levantó también.
—Puedo dejarla, ahora mismo —soltó, desesperado—. Laura, te juro que corto todo con Julia. Cambio de despacho, de ciudad si hace falta. Lo que quieras. Solo dame una oportunidad.

Lo miré con una calma que no sentía, pero que de pronto me pertenecía.
—No has entendido nada —dije—. Yo no quiero que la dejes “por mí”. Yo no compito.

Se quedó quieto, como si le hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué… qué quieres entonces?

Respiré hondo.
—Quiero que recojas algunas cosas y te vayas esta noche —respondí—. A casa de un amigo, de tu madre, de quien sea. Mañana hablaremos de abogados, cuentas, papeles. De si vendemos el piso o te lo quedas tú. Pero hoy… hoy no duermes aquí.

La palabra “abogados” pareció atravesar el aire como un cuchillo. Curioso, en una casa de dos juristas.

—Laura, por favor… —dio un paso hacia mí, pero retrocedí—. Piénsalo. Tenemos doce años juntos. Una hipoteca, un coche, planes…

—Y estuviste dispuesto a poner todo eso en la misma cama de hotel donde te “desconectabas” —le recordé—. Yo ya he pensado bastante.

Me giré hacia Julia.
—Y tú —añadí—, te vas a ir también. Esta noche no vas a ser la tercera persona en mi salón.

Julia se levantó, recogiendo el bolso. Su rostro estaba pálido, el rímel un poco corrido en las comisuras.
—No quería hacerte daño —murmuró—. De verdad creí que…

—Lo sé —dije simplemente—. Y créeme, no eres la única responsable aquí. Pero a partir de mañana, tal vez sea buena idea que pienses en cómo suena “me echo de menos” cuando la otra persona está casada.

No hubo insultos, ni gritos. Solo el sonido de sus tacones alejándose hacia la puerta. El golpe suave al cerrarse.

Álvaro se desplomó de nuevo en la silla, hundido.
—No puedo creer que estés tan fría —susurró—. ¿De verdad vas a tirar todo por la borda sin luchar?

Lo miré largo rato.
—Yo ya luché —respondí—. Cuando cenaba sola y tú llegabas a medianoche. Cuando justificaba tus mensajes constantes con “es el trabajo”. Cuando creía cada excusa tuya después de la cena de empresa. Tú decidiste por los dos cuando cruzaste esa puerta del hotel. Yo solo estoy… poniendo por escrito la decisión.

Entré en el dormitorio. Abrí el cajón donde guardaba documentos importantes. Saqué una carpeta transparente con nuestros papeles de la hipoteca, seguros, cuentas comunes. Volví al salón y la dejé sobre la mesa, al lado del móvil aún encendido.

—Mañana a las diez —dije—. Aquí. Revisamos esto y llamamos a un abogado de familia. Con calma. Sin dramatismos.

Él me miró como si no me reconociera.
—¿Y si cambio? ¿Y si te demuestro…?

Negué con la cabeza.
—No quiero una versión nueva de ti —contesté—. Quiero una vida nueva para mí.

Se levantó por fin, derrotado. Fue al dormitorio, escuché cajones, una maleta pequeña arrastrándose. Quince minutos después, estaba en la puerta con el abrigo puesto, los ojos rojos.

—Te quiero, Laura —dijo, como última defensa.

—Yo también me quise —respondí—. Y por primera vez, eso va primero.

Cerró la puerta despacio. El piso quedó en silencio. Me dejé caer en el sofá, mirando el plato de pasta ya frío, la copa de vino a medio terminar. Tomé el móvil de la mesa. El chat con “Julia Oficina” seguía abierto. Deslicé hacia arriba, vi la secuencia de mensajes, la historia entera comprimida en líneas verdes y blancas.

Abrí la cámara, hice un par de capturas de pantalla. Luego abrí el correo electrónico del trabajo, escribí la dirección de Recursos Humanos del despacho. Asunto: “Posible relación impropia entre compañeros de la misma jerarquía”. Adjunté las capturas, sin comentario adicional, sin mi nombre. Un correo anónimo desde una cuenta recién creada.

No era venganza ardiente; era algo más simple: poner las piezas en su sitio. Dejar que el despacho decidiera qué hacer con dos profesionales que confundían tan alegremente fronteras.

Cuando pulsé “enviar”, el apartamento siguió igual de silencioso, pero yo respiré distinto. Me serví otra copa de vino, abrí el balcón y dejé que el aire frío de Madrid entrara. La ciudad continuaba ahí fuera, indiferente, con sus luces y sus taxis pasando.

Mi vida, pensé, también iba a seguir. De otra forma, con otros nombres, con otra historia que aún no conocía. Cerré la puerta del balcón, apagué el móvil y, por primera vez en mucho tiempo, la casa me pareció mía.