Cuando por fin regresé al país después de un año en el extranjero, soñando con el silencio de mi vieja cabaña en la montaña, abrí la puerta de la cocina y me encontré en otra casa: azulejos nuevos, muebles brillantes y, en medio de todo, mi hermana sonriéndome como si fuera lo más normal del mundo. “Ahora vivimos aquí —dijo—, la he remodelado porque era muy vieja. Te saldrá solo 55 mil dólares”. Una semana después, me aseguré de que su vida se convirtiera en un infierno.

Volví a España a finales de septiembre, después de un año trabajando en Lisboa, soñando con mi cabaña en los Pirineos. El tren desde Barcelona subió entre valles verdes y cielos limpios, y sentí que, por fin, todo volvía a ser mío. Mi hermana menor, Lucía, sabía que regresaba, pero no había contestado mis últimos mensajes. Pensé que estaría ocupada con el trabajo en Zaragoza, no que estuviera a punto de destrozar lo poco que me quedaba.

La pista forestal que llevaba a la cabaña estaba igual: baches, polvo, el mismo pino caído a un lado del camino. Aparqué el coche junto al muro de piedra y respiré hondo, sintiendo ese frío seco que siempre me había calmado. Pero cuando abrí la puerta, supe que algo iba mal. Olía a pintura nueva, a producto de limpieza barato y a perfume de mujer, un perfume que no era mío.

Avancé hasta la cocina y allí la vi, descalza sobre mis baldosas cambiadas, con una copa de vino en la mano. Donde antes había muebles viejos de madera oscura, ahora brillaba una cocina blanca, de catálogo, con isla central y luces empotradas.

—¡Javi! —dijo Lucía, sonriendo como si nada—. Bienvenido a tu casa nueva.

Me quedé mirando los azulejos, la encimera de cuarzo, la nevera gigantesca que yo nunca habría podido pagar. Algo dentro de mí se tensó, una cuerda vieja a punto de romperse.

—¿Qué es todo esto? —pregunté, sin devolverle la sonrisa.

Lucía dejó la copa en la isla, tocó la superficie con la palma extendida, como presentando un trofeo.

—Estamos viviendo aquí desde marzo —dijo—. Miguel y yo necesitábamos un sitio tranquilo, y tu cabaña estaba muerta de risa.

La palabra “estamos” se me clavó en el estómago.

—He hecho reformas —continuó—, todo por tu bien. La cocina era un desastre, vieja, húmeda, poco higiénica. Ahora tiene valor, ¿sabes?

La rabia subió antes que las palabras.

—¿Y quién te ha dado permiso para tocar nada? —dije, notando cómo me temblaban las manos.

Lucía chasqueó la lengua, como cuando éramos niños y yo no entendía algo que para ella era obvio.

—Mamá estaría de acuerdo conmigo —dijo—.

Se sentó en un taburete nuevo, cruzó las piernas y añadió, con tono casi administrativo:

—He pagado a los albañiles, a los diseñadores, todo lo he gestionado yo. La broma ha salido por unos cincuenta y cinco mil euros. Te pasaré la cuenta, claro; no pienso quedarme con la deuda de tu casa.

Sentí un pitido en los oídos, como si la montaña entera se hubiera metido en mi cabeza. Miré alrededor y supe, con una calma helada, que aquello no iba a quedarle gratis. Una semana después, empezó su infierno.

El infierno de Lucía no empezó con gritos ni con violencia, sino con papeles. Papeles oficiales, sellos, notificaciones con su nombre y, lo más importante, con el mío bien escrito en negrita. Después de aquella discusión en la cocina, me fui esa misma noche al pequeño hostal del pueblo. Lucía se quedó en la cabaña con Miguel, seguros de que yo terminaría aceptando su versión de los hechos. No grité más, no discutí; solo escuché, observé y esperé.

En el camino de vuelta al hostal, abrí el buzón metálico oxidado que la compañía de correos se empeñaba en mantener frente a la finca. Dentro había un sobre del banco, a mi nombre, con la dirección de la cabaña. No lo abrí hasta estar solo en la habitación, sentado en la cama estrecha con las paredes llenas de crucifijos y fotos antiguas.

Era un extracto de un préstamo personal por cincuenta y cinco mil euros, firmado supuestamente por mí tres meses antes, junto a otro nombre: Lucía Sáenz García. La firma era una imitación torpe de la mía; el banco no se había molestado en comprobarla. Me quedé un buen rato mirando el papel, sintiendo cómo la rabia fría se ordenaba en mi cabeza como fichas de dominó. Lucía no solo había ocupado mi casa; había intentado encadenarme a su reforma para toda la vida.

Esa noche no dormí, pero no por el enfado, sino por la extraña calma de tener, por primera vez, todas las piezas. A la mañana siguiente pedí cita con el director de la sucursal del banco en Jaca. Me recibió con una sonrisa educada, esa sonrisa que se borró cuando puse el extracto sobre la mesa y le dije que iba a denunciar una suplantación de identidad.

No le conté nada de Lucía, solo detalles fríos: yo estaba en Lisboa en la fecha de la firma, podía demostrarlo con contratos y billetes de avión. El director sudaba, ajustándose la corbata, mientras hacía fotocopias de mi DNI y del contrato dudoso. Me aseguró que el departamento jurídico se pondría en contacto conmigo, que investigarían, que todo había sido un malentendido. Yo asentí, educado, sabiendo que, en cuanto saliera de allí, llamaría también a la Guardia Civil.

La denuncia formal tardó dos días en estar registrada, con números de expediente, firmas de verdad y un agente que me miró con mezcla de pena y curiosidad.

—Es su hermana, dice —comentó el agente joven al tomar nota—.
—Sangre es sangre, pero los bancos no perdonan.

No respondí. Mientras tanto, envié a Lucía un mensaje breve: “He visto lo del préstamo, mañana hablamos en la cabaña”. Me contestó con un “ok” y un emoji de pulgar arriba, como si se tratara de una broma entre hermanos.

Cuando llegué, Miguel estaba cortando leña en el patio y Lucía fumaba en la puerta, visiblemente nerviosa. Yo llevaba en la mano una carpeta azul con copias de todo: el extracto, mi contrato en Lisboa, la reserva del hostal. Los hice pasar al interior, a la cocina reluciente que tanto presumían, y dejé la carpeta sobre la isla como si fuera una bomba sin explotar.

—O firmáis ahora mismo que habéis tomado ese dinero engañando al banco —dije, con voz tranquila—, o dejaré que os lo explique un juez.

Lucía miró la carpeta como si fuera veneno. Miguel se secó el sudor de la frente con la manga, dejando una mancha oscura sobre la camisa.

—¿Qué es esto, Javier? —preguntó ella, aunque sabía perfectamente lo que era.
—Es todo lo que necesito para demostrar que habéis usado mi nombre sin permiso —respondí—. He puesto la denuncia, el banco está avisado y la Guardia Civil también. Si cooperáis, quizá podáis negociar algo; si no, será más largo, más caro y mucho más público.

Lucía parpadeó varias veces, como si esperara que me echara a reír y dijera que todo era una broma pesada.

—Soy tu hermana —susurró—.
—Y esa —respondí, señalando el extracto— es mi firma falsa.

Miguel reaccionó antes que ella.

—Podemos devolver el dinero —dijo rápidamente—, vender el coche, pedir otro préstamo, lo que sea.

Lo miré y supe que no entendía nada: no se trataba del dinero. Se trataba de que habían decidido, sin siquiera consultarme, que mi vida y mis deudas les pertenecían.

—No voy a retirar la denuncia —dije—. Lo único que puedo hacer es no añadir nada más.

Lucía se rió, una carcajada seca, sin alegría.

—¿Qué más puedes añadir, Javi? —preguntó—.
—Por ejemplo, contarle a tu jefe en Zaragoza que llevas meses trabajando desde esta cabaña, cobrando dietas de desplazamiento que no te corresponden.

Vi cómo se le helaba la sonrisa. No era un secreto difícil de descubrir; ella misma lo publicaba en redes, fotos de amaneceres y chimeneas encendidas con comentarios sobre “teletrabajo responsable”.

—He mandado algunas capturas de pantalla al correo de recursos humanos —añadí—, sin opinión, solo imágenes.

Silencio. Solo se oía el viento chocando contra las ventanas nuevas y el tic tac del reloj encima de la nevera. Lucía agarró la carpeta con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.

—No puedes hacerme esto —dijo, casi sin voz—.
—Puedo, y ya lo he hecho —contesté—.

Esa tarde, cuando me fui, dejé las llaves de la cabaña sobre la mesa y cerré la puerta con una vuelta seca. No regresé hasta una semana después. Para entonces, las cosas ya habían empezado a moverse. Lucía me llamó dos veces y no contesté; Miguel me envió un mensaje lleno de insultos que borré sin leer completo.

Cuando subí de nuevo por la pista forestal, había un coche de la Guardia Civil aparcado frente a la cabaña. Un agente hablaba con Lucía en la puerta, mientras otro hacía fotos al interior, a la cocina brillante, al extractor de humo aún envuelto en plástico protector. Me saludaron con un gesto neutro; yo me identifiqué, mostré mi DNI, y el agente me pidió, con cortesía fría, que esperara fuera. Desde el patio escuché fragmentos de conversación: “licencias de obra”, “ocupación sin consentimiento”, “posible falsificación documental”.

Miguel no estaba; según supe después, había hecho las maletas dos días antes, dejando a Lucía sola con el préstamo, con las facturas y con las visitas inesperadas. Perdió el trabajo la semana siguiente; alguien de la empresa llamó para confirmar algunos datos, y la mentira del teletrabajo rural se desplomó en minutos.

Meses más tarde, en el juicio del préstamo, el juez creyó mi versión sin dudarlo. Lucía salió con antecedentes y sin trabajo; yo me quedé con la cabaña y con todo aquel silencio.